Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 7. Georgia #2
19%

7. Georgia #2

—Vamos a dejarte hermosa para la boda del año.

—O sea que me estás diciendo —dice Krystin, tomando champán mientras le rizo el pelo— que mi hermanita se besó con un desconocido guapísimo contra una pared en un club, ¿y yo me entero recién ahora?

Valentina ya tiene puesto el vestido de novia y está sentada con cuidado en el sillón de enfrente, con una copa de champán en la mano. Hablan de mí como si yo no estuviera parada justo detrás de Krystin.

—Así es —dice Valentina con una sonrisa enorme—. Y fue de lo más sexy. Natalia también los vio. Él le tenía la mano en el trasero y todo.

—Saben que estoy aquí, ¿no? —pregunto, poniendo los ojos en blanco.

—¿Qué más pasó? —pregunta Krystin, ignorándome por completo.

—Bailaron —agrega Valentina.

Krystin me mira por el espejo, con las cejas levantadas.

—¿Sabe bailar? —Se le dibuja una sonrisa burlona—. Ay, estás frita. Sé lo mucho que te gusta que un hombre sepa bailar.

—Espera a verlo —dice Valentina—. Está buenísimo.

Krystin se gira en la silla para mirarla.

—¿Qué tan bueno?

—Como si Matt Damon y Channing Tatum hubieran tenido un hijo —responde Valentina antes de que yo pueda decir nada—. El cuerpo de Channing con la cara de Matt.

—Ah. —Krystin toma otro sorbo de champán—. Sí, voy a tener que conocer a este hombre.

Resoplo y la giro de nuevo hacia el espejo para terminar de peinarla. Después de acomodar el último rizo, le rocío una capa ligera de spray fijador.

Mientras ellas siguen hablando de mi vida privada, voy a la habitación de al lado a buscar el celular, que estaba cargándose.

Tengo la pantalla llena de mensajes sin leer, pero uno me llama la atención enseguida.

Warren lo mandó hace quince minutos.

Warren:

¿Puedo verte antes de que empiece todo?

Se me hace un nudo en el estómago.

¿Y si se arrepiente de lo de anoche? ¿Y si quiere echarle la culpa del beso al alcohol y hacer como que nunca pasó? Ya estoy demasiado involucrada, y la idea de pasar toda la boda actuando como que no pasa nada me revuelve el estómago.

Me obligo a dejar de darle vueltas y escribo una respuesta.

Yo:

Sí.

Su respuesta aparece segundos después.

Warren:

Te espero en la terraza.

Yo:

Voy para allá.

—Ya vuelvo —les digo a Krystin y a Valentina, y salgo de la suite antes de que cualquiera de las dos me pregunte adónde voy.

Todo el piso está transformado para la boda. Hay flores en casi todas las superficies, y la organizadora va y viene entre el salón de la fiesta y la terraza, revisando los últimos detalles antes de que empiece la ceremonia en cuarenta y cinco minutos.

Me abro paso entre los preparativos y salgo a la terraza, donde encuentro a Warren parado cerca del borde, mirando la ciudad.

Está de espaldas a mí, con un traje negro que le queda perfecto sobre esos hombros anchos. Doy unos pasos hacia él y, como si sintiera que estoy ahí, se da vuelta.

Por un momento, solo me mira.

Después se le suaviza la expresión y una sonrisa lenta se le extiende por la cara. No es esa sonrisa burlona a la que ya me acostumbré, sino una sonrisa de verdad. Cálida y sin defensas.

Camino hacia él, y su mirada recorre despacio mi cuerpo antes de volver a mi cara.

—Guau —dice en voz baja. Me mira a los ojos y, por una vez, parece que no encuentra las palabras—. Estás preciosa.

Siento que se me suben los colores a las mejillas, y bajo la vista mientras le aliso a la falda una arruga que no existe.

—Gracias. Tú tampoco estás nada mal.

Me tiende la mano, y le doy la mía sin dudarlo. Sus dedos se cierran alrededor de los míos, cálidos y seguros, antes de levantarme la mano y darme un beso suave en los nudillos.

Después me atrae hacia él y me rodea la cintura con el otro brazo.

Me envuelve ese aroma suyo, limpio y ya conocido, mientras baja la cara hasta mi cuello. Sus labios me rozan apenas la piel.

—Ahora entiendo por qué Valentina insistió tanto en que me pusiera esta corbata verde —murmura.

—Claro que insistió —respondo, sonriendo—. Es exactamente del mismo color de mi vestido.

Se aparta lo justo para mirarme, pero deja una mano en mi cintura y sigue sosteniéndome la otra. Parados así, en medio de la terraza cubierta de flores, parece que estamos a punto de empezar a bailar con el horizonte de Houston de fondo.

—¿Cómo dormiste? —me pregunta.

—No dormí.

Se le levanta una comisura de la boca.

—Yo tampoco.

Por un momento, nos quedamos mirándonos.

Me suelta la mano y desliza los dedos hasta mi nuca. Me acerca despacio, dándome todas las oportunidades de apartarme.

Pero no lo hago.

Sus labios se encuentran con los míos, más suaves que anoche.

Le apoyo las manos en el pecho, y después mis dedos se aferran a las solapas de su saco. Se toma su tiempo, moviendo la boca despacio contra la mía mientras su brazo me ciñe la cintura.

Cuando me inclino hacia él, el beso se vuelve más profundo. Me abraza más fuerte, y todo lo que pasa dentro del hotel deja de importarme. Las voces, los pasos, los preparativos. Nada me llega.

Cuando por fin se aparta, me mantiene entre sus brazos y apoya la frente en la mía.

—Me moría de ganas de volver a besarte —susurra.

—Yo también.

Me acaricia la mejilla con el pulgar antes de darme otro beso, suave y breve.

Ahí, entre sus brazos, dejo de preguntarme por qué un hombre como Warren se fijaría en alguien como yo.

Por primera vez, me permito creer en mí.