7. Georgia
Es apenas la tercera vez que veo a este hombre y ya me besó la mano tres veces. Al parecer, porque lo tengo rendido.
Que alguien me pellizque. Tengo que estar soñando.
La música del club retumba a través de las paredes, y la acera se llena de voces a nuestro alrededor.
Aun así, lo único que escucho son los latidos de mi corazón golpeándome en los oídos.
Lo único que siento es el calor de su mano alrededor de la mía y la corriente que me recorre todo el cuerpo.
Lo único que veo son sus ojos de un azul profundo, sosteniéndome la mirada, firmes y seguros.
Soy adicta a las novelas románticas y, ahora mismo, siento que me metí sin querer en las páginas de una. Si me suelta la mano, a lo mejor salgo flotando de esta acera hasta el cielo.
¿Esto es la vida real?
—Te estaba esperando —dice, con la voz grave y suave.
—¿Ah, sí? —No puedo evitar sonreír.
—No puedo entrar sin mi pareja de baile. —Su sonrisa se vuelve más pícara, y el estómago me da un vuelco—. Tú eres la dama de honor y yo soy el padrino. Eso quiere decir que somos pareja hasta que todo esto termine, ¿no?
—Así es —respondo, sin poder borrar la sonrisa—. Hasta que todo esto termine.
—Además… —Se inclina un poco más hacia mí—. Necesito a alguien a quien lucirle mis pasos de salsa.
—¿Bailas salsa? —pregunto, arqueando una ceja.
Eso sí que no me lo esperaba.
—Salsa, merengue, cumbia. Lo que me pongas, lo bailo —dice, con una sonrisa descarada.
—¿Y entonces qué demonios hacemos aquí afuera? —Le agarro la mano sin pensarlo—. Vamos a bailar.
Bailamos durante horas, y Warren… Warren sí que sabe moverse.
La banda en vivo pasa sin esfuerzo de un ritmo a otro y él sigue cada compás como si hubiera nacido bailando.
Me hace girar, me inclina hacia atrás y me atrae hacia su cuerpo, solo para volver a soltarme en otro giro. Cuando mis pies por fin empiezan a quejarse, estoy sin aliento, mareada y completamente perdida en el momento.
—Voy un momento al baño —le digo, acercándome para que me escuche por encima de la música—. Ya vuelvo.
—¿Quieres que te acompañe?
—No, quédate bailando. —Le aprieto el brazo antes de escabullirme.
Ya en el baño, veo mi reflejo en el espejo y me detengo.
Me veo feliz.
Tengo las mejillas encendidas, el labial rojo sigue casi intacto y los rizos se me alborotaron después de tantas horas bailando. Pero lo que me llama la atención son mis ojos. Hay algo en ellos que no veía hace mucho tiempo, aunque no sepa bien cómo llamarlo.
Me quedo mirándome un momento más, después niego con la cabeza y me lavo las manos.
Al salir del baño, veo a Warren al final del pasillo, apoyado contra la pared y mirando hacia el otro lado. Todavía no me vio.
La camisa se le tensa sobre los brazos, y con esos jeans ajustados y sus botas vaqueras, es casi imposible no quedarse mirándolo.
Está para comérselo.
Camino hacia él y, en cuanto me ve, se le dibuja una sonrisa y no puedo evitar sonreír yo también.
Da un paso adelante y me apoya una mano en la parte baja de la espalda para acercarme. Después me toma la mano derecha, me hace girar una vez y, con suavidad, me lleva de espaldas contra la pared.
Se me corta la respiración.
Con el dedo índice me levanta el mentón, y nuestros ojos se encuentran. Su mirada baja hasta mi boca, pero se detiene ahí, tan cerca que siento su aliento contra la piel.
Podría alejarme, pero en cambio me inclino hacia él. Su boca encuentra la mía y, durante un instante perfecto, todo lo demás desaparece.
Al principio mueve los labios despacio, dándome tiempo para responder. Cuando le devuelvo el beso, se me escapa un suspiro suave. No necesita nada más.
Su lengua roza la mía, tentándome, saboreándome, hasta que el beso se vuelve urgente. Sus manos recorren mis brazos y mi espalda hasta quedarse en mi cintura y pegarme a su cuerpo.
Un calor me recorre entera, y lo único que quiero es estar más cerca.
—Debería parar si quiero seguir siendo un caballero —gruñe en voz baja contra mis labios.
—¿Y quieres parar?
—Ni un poquito.
Warren vuelve a besarme y, por una vez, no me pregunto qué significa todo esto. Me dejo sentir su boca contra la mía, sus manos sosteniéndome cerca y la forma en que hace que todo a nuestro alrededor quede en segundo plano.
No sé cuánto tiempo nos quedamos así.
Cuando por fin el beso se vuelve más suave, ninguno de los dos se aparta. Nos quedamos ahí, sin aliento, con su frente apoyada en la mía.
—Tenemos que parar —susurro, aunque me muero de ganas de volver a besarlo—. Te estás volviendo un poquito adictivo, y en unas horas tenemos una boda.
—Se supone que esta noche tenemos que ser adultos responsables, ¿no? —dice con un largo suspiro, retrocediendo de mala gana.
—Me temo que sí. —Le tomo la mano y entrelazo los dedos con los suyos—. Vamos a llevar a todos a casa.
Buscamos a los demás y los ayudamos a juntar sus cosas antes de salir. Warren espera a mi lado mientras las chicas se suben a la limusina. Cuando ya están todas adentro, me toma de la mano y me lleva hasta la parte de atrás del vehículo, lejos de las ventanillas.
Sin decir una palabra, me envuelve en sus brazos.
Este abrazo se siente distinto al de anoche. Me rodea por completo, con las manos firmes en la parte baja de mi espalda, como si no quisiera dejar ni un centímetro entre los dos. Hunde la cara en mi cuello, y su aliento tibio me eriza la piel.
Me dejo ir contra él, le rodeo los hombros con los brazos y, por un momento, siento que encajamos a la perfección.
Después de un largo momento, una de sus manos sube desde mi espalda hasta mi cuello. Con los dedos me sostiene la mandíbula y me inclina la cara hacia la suya.
Me besa despacio, como si ninguno de los dos tuviera prisa por despedirse.
—No estoy listo para dejarte ir —murmura contra mis labios.
—Nos vamos a ver mañana —le digo con una sonrisa, y le doy un último beso.
Me aprieta todavía más contra él.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Me suelta poco a poco, como si quisiera alargar el momento y después de una última mirada, me subo a la limusina.
Mientras nos alejamos, lo miro por la ventanilla y me pregunto si toda la noche no habrá sido un sueño provocado por el champán.
A la mañana siguiente, me despierto medio convencida de que me lo imaginé todo. Después miro el celular, y en la pantalla me espera un solo mensaje.
Warren:
Todavía siento tu boca en la mía.
Diario20 de enero de 2019
Casi no dormí.
Y no porque haya llegado tarde a casa ni por los nervios de la boda de Valentina. No podía dejar de pensar en Warren.
Siempre me imaginé que mi primer beso de verdad iba a ser incómodo. Que iba a pensar demasiado dónde poner las manos o si estaba haciendo algo mal.
Con él no pensé en nada de eso.
Durante esos pocos minutos, me olvidé de todas las razones que alguna vez me di para convencerme de que un hombre como él no podía fijarse en mí. Creí que le gustaba porque no había espacio para la duda. No con la manera en que me tocaba ni con cómo me acercaba cada vez más a él.
Para lo que no estaba preparada era para darme cuenta de cuánto me gusta él.
Hoy es la boda de Valentina y se merece toda mi atención. Tengo que levantarme, arreglarme y dejar de pensar en que Warren va a estar ahí, o en la forma que sus labios se sintieron en los míos.
Que Dios me ayude.
Cierro el diario y vuelvo a agarrar el celular.
El mensaje de Warren sigue en la pantalla.
Todavía siento tu boca en la mía.
Yo también.
Lo leo una vez más, sin poder evitar la sonrisa que se me extiende por la cara. ¿Cómo pasé de querer evitarlo a querer más de un hombre al que apenas conozco?
—Ni siquiera sé su apellido —murmuro para mí misma.
—Sutton —responde Valentina desde la puerta.
Levanto la vista mientras entra al cuarto con una sonrisa de suficiencia y se deja caer en la cama a mi lado.
—Aunque pensé que ya lo sabrías, teniendo en cuenta que su lengua ya conoce tu boca por dentro.
—¿Nos viste? —pregunto con un quejido, hundiendo la cara en la almohada. Me arden las mejillas.
—Ah, sí —se ríe—. Natalia y yo hicimos un viajecito al baño de lo más emocionante. Estaba borracha, pero no tanto como para perderme cómo se besaban contra la pared. Manos y lenguas por todos lados. Estuvo bastante sexy.
—Cállate. —Le tiro la almohada—. ¿No deberías estar arreglándote?
La agarra al vuelo y la abraza contra el pecho.
—No hasta que me cuentes todo.
—No hay nada que contar —digo, pero la sonrisa que se me escapa me delata enseguida—. Nos besamos. Estuvo muy sexy. Y ya.
—¿Va a volver a pasar? —pregunta, prácticamente vibrando de emoción.
—Ojalá que sí.
Antes de que pueda preguntar algo más, tocan a la puerta.
—Debe ser la maquilladora. —Me levanto de la cama—. Me lavo la cara y empezamos con tu peinado.
Tres horas después, tenemos el maquillaje impecable y le estoy sacando los últimos rulos a Valentina cuando vuelven a tocar a la puerta.
—Yo voy. —Dejo el rulo sobre el tocador y cruzo la habitación.
En cuanto veo quién es, se me borra todo de la cabeza.
Krystin está parada en el pasillo.
Me la quedo mirando sin poder entender cómo es que mi hermana, que se supone que está a miles de kilómetros, de repente está frente a mí.
—¡Ay, Dios mío, no puede ser! —grita Valentina.
Salta de la silla y cruza la habitación corriendo. Krystin apenas tiene tiempo de entrar antes de que Valentina se le tire encima para abrazarla. En cuestión de segundos, las dos están llorando.
—¿De verdad pensaste que no iba a dejar todo para estar en tu boda? —le pregunta Krystin entre lágrimas.
Se aparta un poco y mira a Valentina de arriba abajo.
—Mujer, estás buenísima.
Yo sigo parada junto a la puerta abierta, intentando procesar que de verdad está aquí.
—¿Y los bebés?
—Steve los llevó a casa de papá y mamá —responde, sonriendo de oreja a oreja—. Esta noche, esta mamá se va a divertir.
Valentina y yo nos reímos.
Entonces Krystin se gira hacia mí, con una sonrisa medio avergonzada.
—¿Tienes tiempo de arreglarme el pelo? No estaba segura de llegar, así que me puse este vestido en el aeropuerto.
—Claro que sí.
Ya estoy buscando mis cosas.