6. Warren
En cuanto me llega el mensaje de Georgia, me pongo de pie.
—Hora de irnos —digo, agarrando las llaves de la mesa.
Tom levanta una ceja desde su sillón, con un vaso de whisky en la mano.
—¿Y se puede saber adónde vamos?
—A encontrarnos con tu novia.
Trato de disimular la sonrisa, pero es inútil.
A Tom no le hace falta escuchar nada más.
—No se diga más. —Se levanta y se gira hacia el resto de los chicos—. Vamos a divertirnos un rato.
Nos amontonamos en mi Jeep. Nuestro grupo es mucho más chico que el de ellas, pero a nadie parece importarle. Quince minutos después, estoy dando vueltas por el estacionamiento del club buscando un lugar disponible.
—¿Ya llegaron? —pregunta Tom, mirando hacia la entrada—. No veo la limusina.
—Creo que no. Georgia me dijo que estaban saliendo del hotel unos minutos antes que nosotros.
—Georgia, ¿eh? —Tom sonríe de oreja a oreja—. No sabía que ya se estaban escribiendo por privado. Parece que al final no voy a tener que hacer de Cupido.
—Cállate —le digo, luchando contra la sonrisa que se me escapa—. ¿Por qué no entran y buscan una mesa? Yo espero aquí a las chicas.
Tom me da una palmada en el hombro.
—Me parece bien. Los tragos corren por mi cuenta.
Los chicos van hacia la entrada y me dejan solo en el estacionamiento, caminando de un lado a otro como un idiota enamorado.
Hace mucho que nadie me llama la atención. Y hace todavía más que no me interesa conocer a alguien de verdad.
Georgia es distinta.
Tiene una fuerza tranquila debajo de toda esa timidez, mezclada con una chispa de fuego que aparece cada vez que la provoco. Lo vi en Starbucks, cuando volvió hasta mi mesa solo para ponerme en mi lugar. Y lo volví a ver anoche, cada vez que me desafió en vez de bajar la mirada.
Y no tiene ni idea de lo hermosa que es.
No entiendo cómo hizo para metérseme en la cabeza tan rápido, pero pienso averiguarlo.
Una limusina negra y elegante se detiene cerca de la entrada y dejo de caminar. Una por una van bajando mujeres preciosas, todas con tiaras, riéndose a carcajadas y ya un poco alegres.
Valentina prácticamente sale saltando, radiante y eufórica.
Y entonces Georgia pone un pie en la acera.
El vestido corto azul marino se le ajusta a cada curva. Los rizos oscuros le caen sobre los hombros, y tiene los labios pintados de un rojo que hace difícil mirar cualquier otra cosa.
Carajo.
Levanta la vista mientras le acomoda un mechón a Valentina, y de pronto la mano se le queda quieta. Después sonríe, y un rubor se le va subiendo despacio a las mejillas.
Se está sonrojando por mí.
Valentina se da cuenta enseguida. Sigue la mirada de Georgia, y se le ilumina toda la cara cuando me ve.
—¡Warren! —exclama, dando saltitos en el lugar—. ¿Dónde está mi Tom?
—Adentro, esperándote —le digo, sonriendo.
Ahoga un grito y se gira hacia Georgia, agarrándola de los dos brazos.
—¡La. Mejor. Noche. De. Mi. Vida!
Me rio y miro hacia otra cara conocida de la cena.
Natalia. Estoy casi seguro de que se llama así.
—Hola —la saludo con un gesto amable.
—Natalia —me aclara, con una sonrisita burlona.
Sabe perfectamente lo que estoy haciendo.
—¿Te molesta llevar a Valentina adentro? Tom y los demás las están esperando.
—Para nada.
No disimula lo mucho que se está divirtiendo, pero me da igual. Solo necesito unos minutos a solas con Georgia.
Natalia lleva a Valentina y al resto de las chicas hacia la entrada. Georgia se queda atrás, y por un momento ninguno de los dos dice nada.
Cambia el peso de un pie al otro bajo mi mirada y sonríe mientras baja los ojos.
Me acerco, le tomo la mano y me la llevo a los labios.
Se le corta la respiración. Sigue con la mirada nuestras manos unidas antes de levantar despacio los ojos hacia los míos. En ellos brilla la sorpresa, y después algo más suave.
—¿Siempre saludas a las mujeres besándoles la mano? —pregunta.
Sin soltarla, le acaricio despacio los nudillos con el pulgar.
—Solo a la que me tiene rendido.