5. Georgia
La mañana llega demasiado rápido.
Entro casi corriendo a la peluquería con mi bandeja de cafés en una mano y mi mochila y bolso colgando de la otra.
—¡Buenos días! —saludo al empujar la puerta.
—Te dije que hoy no hacía falta que vinieras —dice Julia desde su puesto, mientras le pone los ruleros a Olivia.
—¿Y desde cuándo te hago caso? —Me acerco y le doy un beso en la mejilla—. Buenos días, Olivia.
—Buenos días, Georgia linda —responde Olivia, radiante—. ¿Cómo estás?
—Ya me conoces. Siempre corriendo. —Dejo la bandeja sobre el mostrador y miro alrededor—. ¿Y Betty?
—Vino ayer —dice Julia—. Anoche fue el funeral de su hermana. Ah, eso me recuerda que tengo que mandar las flores.
—Yo me encargo. —Tomo un vaso de la bandeja y se lo doy a Olivia—. Parece que este es el tuyo.
—¿Este tiene del bueno? —pregunta con una sonrisa traviesa.
—Es solo café —digo, arqueando una ceja—. ¿Eso es lo que hacen ustedes en la iglesia?
—Ya sabes que en la iglesia a todo le ponemos un chorrito de algo bueno —responde, con una sonrisa todavía más grande.
Olivia tendrá más de setenta años y será una voluntaria fiel de su iglesia, pero siempre tiene un chiste a mano. Casi siempre de un cura, una monja o la Biblia.
—Julia, ¿pido lo de siempre?
Lo de siempre es el arreglo floral que mandamos cada vez que una de nuestras clientas habituales pierde a alguien o celebra algo importante.
—Sí, perfecto —asiente Julia—. También confirmé a la artista de microblading para el sábado que viene. ¿Puedes publicarlo en las redes? Va a estar todo el día, pero solo con cita.
—Sí, claro. —Saco el celular mientras voy hacia el fondo de la peluquería donde encuentro a Lupe peleándose con la cafetera en el cuarto de descanso mientras Rosa dobla toallas.
—Pensé que hoy no venías —dice Lupe, apretando una y otra vez los botones de la máquina, que no para de pitar.
—Solo me quedo hasta el mediodía. Quería asegurarme de que pudieran sobrevivir sin mí.
Rosa revolea los ojos.
—¿Te ayudo con eso? —le pregunto a Lupe.
—No para de gritarme.
—Le falta agua —le digo, riéndome—. El tanque está vacío.
—¡No puede ser! —Levanta las manos al cielo—. Hace diez minutos que estoy parada aquí apretando botones.
—Tengo que encargar las flores para Betty y revisar la agenda de Julia. Después paso a ver cómo están.
—Hoy empieza una chica nueva —anuncia Rosa con un suspiro dramático.
—¿Qué? —Me giro hacia ella—. ¿Cómo que una chica nueva?
—Clara o algo así —dice, encogiéndose de hombros—. Llega a las diez.
—Genial —murmuro. Entrenar a alguien nuevo es lo último que necesitamos durante un sábado que ya viene cargado.
Vuelvo al frente del salón.
—Julia, me dicen que una chica nueva comienza hoy.
Antes de que pueda contestar, Olivia me llama desde debajo del secador.
—¡Tengo un chiste para ti!
—A ver, cuéntamelo —le digo, con una sonrisa.
—A ti te gustan los libros, ¿no?
—Sí.
—¿Cómo se le llama a un club de lectura que lee el mismo libro una y otra vez? —Hace una pausa dramática—. ¡La iglesia!
Su carcajada llena la peluquería.
—Te va a alegrar saber que la chica nueva vino ayer —dice Julia, sonriendo y negando con la cabeza mientras le pasa una revista a Olivia—. Anoche terminé todo su papeleo. Solo me falta sacarle copia a su documento y a su licencia.
—Pero mira nada más, qué previsora.
—No sabía si ibas a venir, así que quise adelantarme. —Mira la ya abandonada bandeja de cafés—. ¿Trajiste de ese café bueno que me gusta?
—Sí, claro. —Le doy un vaso—. Aquí tienes.
—¿Quién te va a peinar mañana para la boda?
—Yo misma. Y también voy a peinar a la novia.
—Mírate —dice Julia, arqueando una ceja—. Si no estuvieras tan decidida con la carrera de Derecho, pensaría que me quieres robar el negocio. ¿Te ayudo en algo?
—Ah, ¡sí! Necesito un fijador —respondo con una sonrisa—. Valentina quiere ondas estilo Hollywood y necesito que le duren toda la noche.
Sin dudarlo, Julia toma un frasco del exhibidor de productos.
—Este es perfecto. Fija sin dejar el pelo duro.
—Genial, gracias. —Lo guardo en la mochila.
—Llévate también unas horquillas de ese cajón —agrega, señalando detrás de mí—. Doradas para ella y marrones para ti. Hazme caso, nunca sabes cuántas necesitas hasta que se te acaban.
Agarro las horquillas y las meto en la mochila.
—Creo que ya tengo todo.
—Avísame si necesitas algo más.
Se abre la puerta y entra la siguiente clienta de Julia.
Asiento con la cabeza y saco el celular para llamar a la florería.
Cuando me quiero acordar, ya es mediodía.
Después de despedirme de todas y prometerles a varias clientas habituales que el fin de semana que viene les traeré fotos de la boda, agarro mis cosas y voy a casa de Valentina.
Cargamos en mi auto todo lo que necesita para el fin de semana y después la ayudo a hacer la maleta para la luna de miel.
“El Señor Perfecto”, también conocido como Thomas Richardson, organizó un viaje de sueños de último momento a Mykonos.
Se van el lunes por la tarde, así que Valentina tiene menos de dos días para recuperarse de la boda antes de subirse a un avión rumbo a Grecia.
Qué suerte tiene esta mujer.
Cuando termina de guardar una cantidad impresionante de bikinis, salimos para el hotel. Le cuento que van a venir algunas de las chicas, así que tiene que llevar algo lindo para su última noche de soltera. Como era de esperarse, mete en la maleta el vestido blanco más chiquito que tiene.
Al llegar al hotel, los preparativos de la boda ya están en marcha.
Los pasillos están llenos de flores en todos los tonos de rosa, y la suite que nos reservaron desborda de arreglos y globos.
En una pared cuelga un cartel enorme que dice «¡Felicitaciones, señora Richardson!
». Hay botellas de champán enfriándose en baldes plateados con hielo, y las mesas están cubiertas de bandejas con canapés.
Tom pensó en todo.
Valentina y yo pasamos la hora siguiente peinándonos y maquillándonos la una a la otra mientras escuchamos a Taylor Swift y tomamos champán. Para cuando terminamos, empiezan a llegar las primeras invitadas.
Valentina me convence de ponerme algo muy fuera de mi zona de confort: un minivestido azul marino, bien ajustado que deja muy poco a la imaginación.
Lo combina con unas sandalias color nude y joyas doradas.
Me riza el pelo hasta que me cae sobre los hombros en ondas gruesas y con mucho volumen, y después también se encarga de mi maquillaje.
Cuando termina, tengo pestañas postizas, labios rojos y mucho más maquillaje del que suelo usar. Me miro una sola vez al espejo y tengo que admitirlo: me veo bastante sexy.
Las chicas llegan con lencería para Valentina, y pasamos las horas siguientes tomando champán, riéndonos y sacando fotos mientras ella abre cada regalo. Estoy fotografiándola con algunas de sus amigas cuando veo un mensaje de Tom.
Tom:
Les hice una reserva. El restaurante de abajo tiene una mesa lista para cuando quieran. Después de la cena, va a haber un chofer esperándolas para llevarlas al club. Gracias por cuidar a mi chica.
Sonrío mientras le contesto.
Yo:
¡Gracias, Tom!
Antes de que pueda guardar el celular, empieza a sonar. El nombre de Warren se ilumina en la pantalla y el estómago me da un vuelco. Contesto antes de ponerme a pensarlo demasiado y salgo al balcón, cerrando la puerta detrás de mí para que no se escuchen tanto la música y las risas de la suite.
—¿Hola?
—Hola. —Se nota que está sonriendo—. ¿Te estás divirtiendo?
—Muchísimo. —Me apoyo en la baranda, sin poder evitar sonreír yo también—. ¿Y tú?
—Te estoy esperando.
Se me corta la respiración.
—A que me digas que ya van camino al club —agrega con toda tranquilidad.
Ah.
—Recién estamos empezando —admito.
—Parece que ustedes se están divirtiendo más que nosotros.
—Estamos tomando champán y abriendo regalos. Todo bastante tranquilo. Dentro de un rato vamos a cenar y después nos vamos al club.
—Perfecto. ¿Me escribes cuando salgan?
—Te escribo.
Hay una pausa entre los dos.
—¿Y ustedes qué están haciendo? —pregunto.
—Los chicos están fumando habanos.
—¿Y tú?
—Hablando contigo.
—Ya veo —digo, tragando saliva, de pronto nerviosa.
—¿Te estoy interrumpiendo?
—Para nada.
Por un momento, ninguno de los dos dice nada.
—¿Pasa algo? —pregunta.
—No. —Dudo antes de admitir la verdad—. No soy mucho de hablar por teléfono, pero no quiero cortar.
—Yo tampoco —responde, con la voz más suave—. Pero prefiero despedirme ahora para verte antes.
Maldito sea.
Aprieto los labios para aguantarme la sonrisa.
—Te escribo pronto —le prometo.
—Te espero.
La llamada termina, pero me quedo un momento más en el balcón, mirando el celular con una sonrisa ridícula en la cara.
Después dejo esos pensamientos de lado y vuelvo a la suite para poner a todas en marcha. En cuestión de minutos, estamos apretadas en el ascensor, bajando al restaurante.
Tal como prometió Tom, hay una mesa esperándonos. En el centro hay un ramo enorme de rosas rojas junto a una tarjeta escrita a mano.
Me muero de ganas de casarme contigo, mi Valentina.
Hay que reconocerlo: este hombre está en todos los detalles.
Comemos sushi y tomamos varias copas más de champán hasta que por fin llega la hora de llevar la fiesta al club.
Se me revuelve el estómago de los nervios mientras le mando el mensaje que le prometí.
Yo:
Estamos por salir del hotel.
Me contesta segundos después.
Warren:
Nos vemos pronto.