Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 4. Georgia
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4. Georgia

Antes de que pueda reaccionar, Tom y Valentina ya están de pie, sonriendo de oreja a oreja al hombre que está a mi lado.

—¡Qué alegría que hayas podido venir! —Tom le da un abrazo y después gira hacia Valentina—. Ella es mi hermosa prometida, Valentina.

—¡Por fin te conozco! —Valentina lo abraza como si fueran amigos de toda la vida—. Tom me ha hablado muchísimo de ti.

—El gusto es mío —responde él, con una sonrisa amable.

Mientras tanto, yo sigo sentada en mi silla, tratando de entender cómo es posible que el hombre en el que estuve pensando toda la semana esté parado justo en esta mesa.

—Les presento a mi mejor amigo, Warren —anuncia Tom al resto de los invitados.

La mesa lo saluda a coro y todos vuelven a sus conversaciones, sin tener idea de que el corazón se me quiere salir del pecho.

—Y ella es mi hermana, Georgina —agrega Valentina.

—Georgia —suelto.

¿Por qué la corregí? Valentina me dice Georgina todo el tiempo. ¿Cuál es el drama?

Warren posa la mirada en mí, y un brillo divertido le cruza esos ojos azules.

—Un placer conocerla, señorita —dice, tendiéndome la mano.

Pongo la mía en la suya, esperando un apretón. En cambio, me da vuelta la mano y me roza el dorso con los labios.

En segundos me sube todo el calor a la cara.

—Mucho gusto —logro decir, y retiro la mano demasiado rápido. Acomodo la silla que no necesita acomodo, porque necesito hacer algo que no sea quedarme mirándolo.

—Siéntate —le dice Tom, señalando la silla vacía a mi lado.

Warren se sienta, demasiado cómodo para alguien que acaba de ponerme la noche patas arriba.

Desde el otro lado de la mesa, Valentina nos vigila como un halcón. Le mando a Krystin el mensaje que ya tenía escrito y enseguida abro uno nuevo para Valentina.

Yo:

Por favor, deja de mirarme así.

Ella me contesta casi al instante.

Valentina:

¿Qué te pasa?

Cuando levanto la vista y descubro a Warren mirándome. Nuestras miradas se cruzan un instante antes de que él vuelva a girarse hacia Tom, pero ese aire divertido en su cara me dice que notó el intercambio silencioso entre Valentina y yo.

Yo:

Baño, ahora.

Valentina empuja la silla hacia atrás sin dudarlo.

—Voy al baño, amor —le dice a Tom, y después me mira a mí—. ¿Me acompañas, Georgia?

Asiento y la sigo sin decir nada. Apenas entramos, le pongo el seguro a la puerta y me giro hacia ella.

—¿Qué te pasa? —pregunta, cruzándose de brazos—. Parece que hubieras visto un fantasma.

—El dios griego —digo, todavía sin poder procesar lo que está pasando.

Frunce el ceño medio segundo, hasta que de pronto lo entiende.

Y suelta una carcajada.

—No puede ser. —Se agarra del borde del lavamanos, sin poder respirar de la risa—. ¿Me estás diciendo que el dios griego de Starbucks es el mejor amigo de mi prometido?

—Warren —la corrijo, negando con la cabeza—. Se llama Warren.

Valentina se endereza, con los ojos muy abiertos de emoción.

—¿El mismo Warren que Tom hace meses que muere por presentarte?

—¿Qué? —Se me cae el alma a los pies—. Estás bromeando.

—Para nada —dice, todavía sonriendo—. Hoy mismo cuando veníamos para acá, Tom me venía hablando de cuanto quería que ustedes dos se conocieran. Tom habla maravillas de él.

Me la quedo mirando, intentando asimilar que Tom pensaba presentarme justo al hombre que no me puedo sacar de la cabeza.

—Entonces, ¿Warren sabía que me iba a conocer?

Valentina abre la boca para contestar, pero un golpe seco en la puerta la interrumpe.

—¡Hola! ¿Me abren, por favor? —pide una mujer del otro lado.

Corro a abrir. Una mujer bellísima, de piel aceitunada y con un vestido de flamenco, entra con cara de desesperación.

—Perdón —le digo mientras ella corre hacia un cubículo.

—¡Necesito hacer pis urgente y solo tengo cinco minutos de descanso! —dice por encima del hombro antes de encerrarse.

Valentina me da un codazo y murmura.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer?

—Nada —respondo, respirando hondo—. Lo voy a tratar como a cualquier otro. —Hago una pausa—. Y tú no hagas nada raro.

—No prometo nada —dice, con una sonrisa pícara que lo dice todo.

Cuando volvemos a la mesa, hago exactamente eso. O al menos lo intento. Warren, en cambio, no parece tener ningún interés en ignorarme.

La conversación va y viene por toda la mesa mientras todos nos vamos conociendo, entre risas, tragos y comida. La noche no podría ir mejor.

Cuando el mesero me deja enfrente la tercera sangría, Warren mira la copa de reojo. Él lleva toda la noche tomando solo agua con limón.

—Espero que no tengas que manejar —murmura.

—¿Perdón? —le digo, girándome hacia él.

—Es tu tercera copa —insiste, sosteniéndome la mirada sin inmutarse—. Espero que no tengas que manejar.

Por un momento me lo quedo mirando, atrapada entre la irritación y algo que prefiero no analizar demasiado.

Sin dejar de mirarlo, levanto la copa y tomo un sorbo lento.

—Mmm —digo, exagerando cuánto lo disfruto—. Riquísima.

Después me giro hacia Natalia, ignorándolo con toda la intención del mundo.

—Mañana le hacemos la despedida a Valentina —le susurro, asegurándome de que ella no me escuche—. Deberías venir.

—Cuenta conmigo —dice Natalia, con una sonrisa cómplice—. Por cierto, Warren no te saca los ojos de encima.

Resisto las ganas de mirar y tomo otro sorbo.

—Siento su mirada quemándome la nuca.

—Huelo tensión sexual —dice Natalia con una risita.

—¿Tensión? —resoplo—. Lo único que me provoca ese tipo son ganas de matarlo.

—Ajá. Así empiezan las mejores historias —responde, guiñándome un ojo.

Unas horas después, el mesero nos avisa que la cocina está por cerrar.

—Esa es su forma elegante de decirnos que nos tenemos que ir gente —dice Tom con una sonrisa.

Todos se ponen de pie y empiezan a despedirse. Antes de que los invitados se fueran, saco el celular y le pido a cada pareja que pose con los futuros esposos. Tomo varias fotos que sé que Valentina va a querer tener después.

—Te toca —dice Tom, quitándome el celular de las manos—. Ponte con ella.

Me acerco a Valentina y Tom empieza a sacarnos fotos.

—¿Alguna vez te conté cómo nos conocimos? —le pregunta a Warren sin bajar el celular.

Warren niega con la cabeza.

—Fue la noche de Año Nuevo —empieza Tom—.

Yo estaba fumando un habano en la terraza del Marriott cuando esta mujer hermosa se me acercó y me pidió que le sacara una foto con su hermana.

Estaba tan distraído mirándola que saqué una sola foto, rapidísimo, y le quise devolver el celular.

—Señala a Valentina con la cabeza—. Enseguida me dijo que era malísimo sacando fotos y me dio una clase completa de fotografía.

Me enseñó a sostener el celular, me explicó cuál era el ángulo correcto y me dijo que siempre tenía que sacar más de una.

Ahora soy el fotógrafo oficial de las dos.

—¿Qué quieres que te diga? —se ríe Valentina—. Soy una gran maestra.

Tom me devuelve el celular mientras los últimos invitados se despiden. Valentina lo abraza y le da un beso mientras yo miro las fotos que sacó.

Cuando bajo el celular, me doy cuenta de que solo quedamos los cuatro. Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Warren, a unos pasos de distancia.

—¿No te vas a sacar una foto conmigo? —pregunta.

Antes de que pueda contestar, Valentina me quita el celular de la mano.

—¡Yo la saco! —anuncia, demasiado entusiasmada.

Miro a Warren, quien tiene esa sonrisa burlona, como si supiera exactamente lo que me provoca que me mire así.

Tratando de parecer indiferente, me acerco y me paro a su lado. Él me rodea la cintura con el brazo derecho y me atrae hacia él sin dudarlo.

Se inclina, y siento su aliento tibio en la oreja.

—Haz como que te caigo bien —susurra.

Todavía estoy procesando lo que dijo cuando salta el flash, pero logro sonreír.

Su brazo se queda en mi cintura un momento más después de que Valentina baja el celular. Cuando por fin me suelta, me alejo y le quito el teléfono, ignorando su mirada cómplice.

Recogemos nuestras cosas y vamos juntos hacia la salida. Afuera, Tom y Valentina se despiden, y Warren se ofrece a acompañarme hasta el auto.

Antes de que pueda negarme, Valentina le agradece por ser tan caballero y le hace prometer que no me va a dejar caminar sola.

Eso fue hace dos horas.

Ahora Warren y yo seguimos parados junto a mi auto, conversando. Lo que empezó con él preguntándome dónde había estacionado terminó en preguntas sobre a qué me dedico, dónde crecimos y prácticamente todo lo demás.

Siento que ya conozco toda su vida.

Warren tiene veintiocho años. Se divorció hace poco y tiene un hijo de cinco años que, según él, es todo su mundo.

Además, es nadador de rescate de la Guardia Costera de Estados Unidos, de esas personas que se tiran al mar en medio de una tormenta para salvar a alguien.

Está asignado a una base en California, pero vino a pasar unas semanas con su familia.

Solo con su trabajo ya me tiene impresionada.

—¿Es idea mía o me tuviste aquí afuera todo este tiempo para que se me pasara el alcohol antes de manejar? —le pregunto, medio riéndome.

—Ni se te ocurra pensar que no te voy a seguir hasta tu casa para asegurarme de que llegues bien —responde con una sonrisa pícara, sin negarlo.

Lo dice con un tono tan firme que sé que no es broma.

—No hace falta, estoy perfectamente bien. —Miro la hora en el celular—. Pero sí me tengo que ir. Ya pasó la media noche, y mañana tengo que madrugar y después me espera una noche larguísima.

—¿Cosas de la boda?

—Trabajo por la mañana, mandados de la boda por la tarde y, por la noche, la despedida de soltera de Valentina.

—¿Despedida de soltera? —pregunta, arqueando una ceja.

—Cosas de chicas —suspiro—. Obligaciones de dama de honor.

—Dama de honor, ¿eh? —Se le curvan las comisuras de los labios, como si estuviera aguantándose la risa—. ¿Y yo tendría que estar haciendo algo como padrino?

—¿Tú eres el padrino? —pregunto, abriendo los ojos como platos.

—Sí —dice, riéndose—. Tom me lo pidió ayer.

—Con razón armaron una despedida de soltero a último momento.

—Mañana lo llevamos a tomar algo —explica—. Ustedes van a cenar, ¿no?

—Cena, tragos y después a bailar. Si quieres se nos pueden sumar para esa última parte.

Algo cambia en su expresión. Diversión, interés o algo que no logro descifrar.

—Creo que a Tom le encantaría ver a Valentina al final de la noche —dice, tendiéndome su celular—. Dame tu número y lo coordinamos.

Lo agarro, guardo mi número y se lo devuelvo.

—Me parece bien.

Siento un cosquilleo en el estómago cuando mira la pantalla y sonríe. Cuando vuelve a mirarme, ninguno de los dos dice nada.

Entonces da un paso hacia mí y me rodea con los dos brazos.

No es un abrazo rápido, con un solo brazo, que yo esperaba. Me sostiene contra él, con los brazos firmes alrededor de mi cuerpo. Huele a limpio, a jabón y a algo fresco que no logro reconocer, y sin pensarlo dos veces, me relajo contra su pecho.

El abrazo dura más de lo que debería, pero igual me desilusiona un poco cuando empieza a separarse.

Ni siquiera entonces me suelta del todo. Me toma la mano derecha, me acaricia el dorso despacio con el pulgar y se la lleva a los labios para volver a besármela.

—Espera en tu auto mientras voy a buscar el mío —dice, y siento su sonrisa contra mis nudillos—. Ni loco te dejo manejar sola a esta hora. Te voy a seguir.

—Pero…

—Tengo un Jeep negro —me corta antes de que pueda protestar—. Tu casa me queda de camino a la de mis padres, así que no te preocupes.

—Está bien —cedo, sin poder evitar una pequeña sonrisa.

Me subo al auto, pero Warren se queda junto a mi ventanilla y da unos golpecitos en el vidrio.

La bajo y lo miro arqueando una ceja.

—Ponle el seguro a la puerta —me dice.

Espero medio segundo solo para llevarle la contraria y después aprieto el botón.

Su sonrisa se vuelve todavía más pícara.

—Buena chica.

Después se da vuelta y cruza la calle hacia el otro estacionamiento.

Unos minutos más tarde, unas luces destellan detrás de mí cuando aparece su Jeep Wrangler negro. Me hace una seña para que salga primero, y cuando dejo el estacionamiento, me sigue a una distancia prudente.

Cuarenta y cinco minutos después, estaciono frente a mi casa y miro por el espejo retrovisor. Sigue ahí, esperando.

Lo saludo con la mano al salir del auto y él baja la ventanilla.

—No me voy hasta que esté adentro, señorita.

Pongo los ojos en blanco, pero voy sonriendo hacia la casa. Una vez adentro, cierro con llave y me asomo por la ventana.

Su Jeep arranca despacio y se aleja hasta desaparecer.

Me quito los tacones y suelto un largo suspiro. El celular me vibra dentro del bolso. Cuando lo saco, tengo un mensaje de un número desconocido.

Número desconocido:

Me alegra que hayas llegado bien. Nos vemos mañana. Xx

Diario19 de enero de 2019

No creo en el destino.

Pero el universo tiene un sentido del humor muy raro.

Se llama Warren.

Me pasé toda la semana preguntándome si me había imaginado la forma en que me miró en Starbucks. Esta noche se me hizo difícil seguir convenciéndome de eso. Me miró durante toda la cena, me pidió una foto juntos y se quedó dos horas conversando conmigo al lado de mi auto.

Lo sensato sería pensar en los hechos. Se divorció hace poco. Tiene un hijo de cinco años. Vive en California y solo va a estar aquí unas semanas.

Pero no puedo dejar de recordar cómo me sentí cuando me miró.

Estoy tan acostumbrada a suponer que la gente mira a través de mí que no sé qué hacer con alguien que se niega a hacerlo.

A lo mejor debería tener más cuidado. A lo mejor debería esforzarme más para convencerme de que todo esto no significa nada.

Pero esta noche, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí invisible.