Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 3. Georgia
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3. Georgia

Es miércoles por la mañana y la búsqueda del vestido de novia oficialmente empezó.

Valentina y yo ya fuimos a dos tiendas. Se probó doce vestidos, y la mañana se ha hecho eterna.

—¿Y qué pasó después? —me pregunta mientras le subo el cierre del vestido número trece.

—Nada. Me llamaste. —Empiezo a abotonar los delicados botones forrados en seda que le bajan por la espalda—. Este es precioso. A lo mejor el trece es tu número de la suerte.

El vestido es impresionante. Es color marfil, con el cuerpo de encaje, un escote en V profundo y la espalda descubierta. De la cintura caen capas de tul suave que forman una falda liviana, casi etérea. Está como recién salida de una revista de novias.

—Espera. ¿Cómo que te llamé? —pregunta, girando la cabeza para mirarme.

—Sí, me llamaste. El domingo temprano, para organizar la semana y pedirme que me guardara el miércoles por la mañana para buscar el vestido.

Se queda callada un segundo antes de entrecerrar los ojos.

—¿Me estás diciendo que estabas en Starbucks con ese bombón y, en vez de hablar con él, elegiste hablar conmigo?

—Soy una buena amiga —respondo con una sonrisita.

—Lo que eres es una tonta —resopla, girándose hacia el espejo.

En cuanto se ve, le cambia la expresión.

—Pero también eres una amiga increíble —agrega en voz baja.

Se le dibuja una sonrisa y, en cuestión de segundos, se le llenan los ojos de lágrimas.

—Creo que encontré mi vestido —susurra.

Me pongo a su lado y le paso un brazo por los hombros. Las dos nos quedamos mirando su reflejo. Está radiante, más feliz de lo que la vi en mucho tiempo.

—El trece de la suerte —murmuro.

Asiente, y la sonrisa se le agranda todavía más.

De milagro, el vestido le queda perfecto.

Una vez que es oficialmente suyo, quedamos en que yo lo voy a recoger al día siguiente por la tarde, cuando ya esté planchado y listo.

Con eso resuelto, seguimos con la búsqueda de los zapatos perfectos.

En algún momento del camino, encuentro también un vestido para mí.

Es verde esmeralda oscuro, me llega justo arriba de las rodillas y tiene los hombros descubiertos y mangas largas transparentes, cubiertas de piedras bordadas en distintos tonos de verde oscuro. Sencillo, pero elegante.

—Te marca cada curva. ¡Me encanta! —exclama Valentina cuando salgo del probador, y sonríe con picardía—. Si tan solo tuvieras un dios griego para llevar a la boda…

—Era mayor —digo, poniendo los ojos en blanco—. Eso nunca funcionaría. Por lo que sé, hasta podría estar casado.

—¿Le preguntaste? —se burla, pasándome unas sandalias color esmeralda.

Ahogo un grito y apoyo una contra el vestido.

—¿De dónde las sacaste?

—Tengo buena suerte —responde con una sonrisa enorme, y se da vuelta para llamar a la vendedora—. ¿Nos trae estas en número nueve, por favor?

—Enseguida, señorita.

—Qué rápido te acostumbraste a esto de la alta sociedad —le digo, burlona.

Me hace un gesto con la mano para restarle importancia.

—En fin, volvamos a lo importante. Se sentó frente a ti mientras hablabas con mi prometido —dice, otra vez con cara de ensueño—. Después llamé yo. ¿Qué pasó en el medio?

Recuerdo el domingo y me dan ganas de darme una patada. Le cuento todo, reviviendo cada segundo vergonzoso.

—Está sentada en mi silla —me dijo, con esa sonrisa burlona en los labios.

—No sabía que la mesa estaba reservada. —Tomé mi bebida y le di un sorbo, haciendo como que no lo miraba. Cuando por fin le eché un vistazo, me lo encontré sonriéndome otra vez. La luz del sol le daba de lleno en la cara y hacía que esos ridículos ojos azules brillaran todavía más.

—Como le dije antes, esta es mi mesa.

Seguí sin mirarlo.

—¿Me vas a mirar —preguntó en tono burlón— o vas a seguir haciendo como que no existo?

Eso sí me llamó la atención. Nadie me había dejado en evidencia así.

—Elijo ignorar al desconocido que tengo enfrente —le dije, sosteniéndole la mirada—. Esta situación es incomodísima por tu culpa. Podrías haber elegido cualquiera de las otras veinticinco sillas libres.

—¿Y por qué me sentaría en otro lado si tú estás sentada aquí? —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.

Antes de que se me ocurriera qué contestar, el celular empezó a vibrar sobre la mesa.

Valentina.

—Esa es mi señal —dije, y me levanté con la bebida y el celular en la mano.

Y así, sin más, me fui y dejé atrás lo que pudo haber sido.

—¿Te fuiste después de que te dijo que quería sentarse contigo?

— Valentina prácticamente grita mientras caminamos hacia mi auto, cargadas con una cantidad ridícula de bolsas—.

Georgina, no puedo creer que no te quedaras a hablar con él.

Si es tan guapo como dices, tendrías que estar loca para no intentarlo por lo menos.

—Val, sabes tan bien como yo que un hombre así nunca se fijaría en una mujer como yo —digo mientras abro el baúl del auto y empiezo a cargar las bolsas.

Ella suspira mientras acomoda las suyas al lado de las mías.

—Eso está casi todo en tu cabeza. Los hombres te miran adondequiera que vamos, y tú los ignoras porque das por hecho que te están juzgando. Te convences de que te están diciendo gorda por lo bajo en vez de pensar que, a lo mejor, les gustas.

—Valentina, no sigas. —Cierro el baúl y me subo al asiento del conductor.

Ella se sube del lado del acompañante, sin darse por vencida en lo más mínimo.

—Georgia, ojalá pudieras verte como te ve todo el mundo. Los hombres se fijan en ti todo el tiempo, pero dejas que lo que te dijeron en el pasado defina la imagen que tienes de ti misma. Tienes que soltar esas palabras y aceptarte como eres.

En el fondo, sé que tiene razón. Pero eso no lo hace más fácil.

La talla dieciséis es una de las más comunes entre las mujeres de Estados Unidos, pero eso no quiere decir que la sociedad trate mi cuerpo como algo normal.

Llevo casi toda la vida luchando por aceptarlo y comparándome con mis amigas y con cada mujer que tengo alrededor.

Es difícil animarme a dar el paso cuando una parte de mí está convencida de que me van a ignorar o, peor todavía, que se van a reír de mí.

Con tantas mujeres hermosas en el mundo, ¿por qué un hombre como él me elegiría a mí?

Hacemos el resto del camino en silencio. Valentina sabe que esto es algo con lo que lucho desde hace años. Se que lo dice con la mejor intención, pero no hay palabras que puedan arreglarlo de un día para el otro.

Cuando llegamos a su barrio, rompo el silencio.

—¿Necesitas ayuda para preparar el lugar de la boda?

—No —responde con una sonrisa dulce—. Tom y yo vamos mañana a repasar todo con ellos en persona.

Reservó el piso entero. Nos casamos en la terraza, en el mismo lugar donde nos conocimos.

—Vuelve a poner cara de ensueño—. También reservó todas las habitaciones de ese piso para que nos quedemos ahí el sábado a la noche.

Por cierto, ¿ya te mandó los detalles de la cena del viernes?

—Sí. Mi Luna, en Rice Village, a las siete.

—¡Ese restaurante español es mi favorito! —dice, con la cara iluminada—. ¿Fuiste alguna vez?

—Nunca —respondo mientras estaciono frente a su casa.

—Tienen bailarinas de flamenco y la comida es increíble. Me muero de ganas de que estemos todos juntos. Hasta va a ir el mejor amigo de la infancia de Tom. —Suelta un suspiro—. Ojalá Krys pudiera venir.

—Hablando de eso —digo mientras apago el motor—, el sábado a la noche tenemos algo preparado para ti, así que no hagas planes.

—¿Tragos? —pregunta, entrecerrando los ojos con picardía.

—Algo así —respondo, misteriosa—. El sábado trabajo solo medio día, así que después paso por tu casa y te ayudo a dejar todo listo. Puedo llevar temprano al hotel lo que necesites para que puedas disfrutar la noche sin preocuparte por nada.

—Eres la mejor —dice, inclinándose para abrazarme. Cuando se aparta, sonríe de oreja a oreja—. Gracias por sobrevivir conmigo a esta maratón de compras.

—Mañana recojo tu vestido y te lo llevo el sábado —digo, riéndome.

—Trato hecho.

Nos bajamos del auto, y Valentina abre el baúl para sacar sus bolsas.

—¿Qué vas a hacer el resto del día?

—Estudiar —gruño—. Tengo dos exámenes muy importantes la semana que viene, y este fin de semana va a ser un torbellino.

—¿Ya te dije últimamente que eres la mejor? —pregunta, haciendo pucheros.

—Menos mal que eres linda —Se ríe y me abraza una última vez antes de entrar a su casa. Vuelvo a subirme al auto y respiro hondo.

Hora de ir a casa y enfrentarme a mis libros.

Diario16 de enero de 2019

Hoy Valentina se miró al espejo y vio exactamente lo que veíamos todos los demás: estaba hermosa. No lo cuestionó ni se buscó defectos. Simplemente se permitió creer lo que veía.

Yo no sé lo que es eso.

Cuando me miro al espejo, veo cada parte de mi cuerpo que quisiera más chica o distinta. Y cuando un hombre me mira, doy por hecho que está juzgando esas mismas cosas.

Valentina dice que los hombres se fijan en mí. Puede que sí. A lo mejor pasé tanto tiempo convenciéndome de que era imposible que les interesara que nunca le di a ninguno la oportunidad de demostrarme lo contrario.

Creo que por eso no me puedo sacar de la cabeza al hombre del Starbucks.

Durante esos pocos minutos, sentí que me miraba porque quería. Me gustó, pero no me lo creí. Era más fácil irme que quedarme el tiempo suficiente para descubrir si lo había malinterpretado.

Si me voy yo primero, él no tiene cómo rechazarme.

Lo más probable es que no lo vuelva a ver nunca, y eso tendría que aliviarme un poco.

Pero no me alivia en lo más mínimo.

Casi sin darme cuenta, llega el viernes por la tarde y estoy parada frente al espejo sin tener idea de qué ponerme.

Me pasé los últimos dos días enterrada en los libros, tratando de meterme en la cabeza toda la información posible. Mis dos últimos exámenes son el lunes, y lo último que necesito es reprobar por pasar más tiempo estresada por una boda que ni siquiera es la mía que estudiando.

No sé quiénes van a estar en la cena ni cómo van a ir vestidos los demás, así que elegir qué ponerme es casi imposible. ¿Tengo que arreglarme? ¿Ir más informal? Preguntarle a Valentina no sirve de nada, porque seguro va a ir de blanco.

Un look casual pero arreglado parece lo más seguro.

Me decido por unos jeans oscuros, un body negro sin mangas y un blazer rosa intenso de solapas anchas.

Me dejo mi pelo castaño oscuro suelto, con ondas suaves, y me maquillo simple: rímel y un poco de rubor.

Después de robarle a mi mamá unos tacones negros de su ropero, agarro mi cartera y salgo como siempre, apurada.

El restaurante queda a casi cuarenta minutos y ya voy tarde.

Cuando por fin llego, me paso otros diez minutos dando vueltas por el estacionamiento hasta encontrar dónde dejar el auto. Entro corriendo y recorro el restaurante con la mirada mientras la recepcionista me saluda.

Veo a Valentina enseguida. Tiene su pelo rubio recogido en un moño suelto y está tan radiante que es imposible no sonreír.

—Ya encontré a mis amigos, gracias —le digo a la recepcionista antes de ir hacia la mesa.

En cuanto me ve, a Valentina se le ilumina la cara. Se levanta de un salto y viene corriendo hacia mí.

—¡Qué feliz estoy de que estés aquí! —chilla, abrazándome antes de llevarme hasta la mesa—. Les presento a Georgia, mi hermana.

—Hola —saludo con la mano mientras recorro la mesa con la mirada.

Tom se pone de pie y me tiende la mano. Cuando se la tomo, la cubre con la otra, en un gesto cálido que me tranquiliza. Si no lo amaba antes, ahora sí.

—Qué bueno que pudiste venir —dice.

—Gracias por invitarme.

Cuando Tom me suelta la mano, saludo a los demás. Reconozco a algunas amigas de Valentina, pero también hay caras nuevas. Deben de ser los amigos de Tom, y todos parecen bastante simpáticos.

—Siéntate aquí —dice Valentina, apartando una silla—. Vas a estar al lado de Natalia. Te acuerdas de ella, ¿no?

—Claro —respondo, sonriéndole a Natalia mientras me siento a su lado.

Me cayó bien la primera vez que nos vimos, y sigue siendo igual de cálida. Valentina vuelve a su lugar junto a Tom, justo enfrente de mí.

Se acerca un mesero y me pregunta qué quiero tomar.

—Una sangría, por favor.

En la mesa hay varias conversaciones a la vez, y las risas llenan cada pausa. Tom y Valentina se ven completamente enamorados, y verlos así me llena el corazón.

Cuando el mesero vuelve con mi bebida, se dirige a Tom:

—¿Esperan a alguien más?

—A una persona más —responde Tom—. Debe estar por llegar.

Miro a Tom, después al mesero, y al final mis ojos se detienen en la única silla vacía de la mesa, justo a mi izquierda.

Mientras esperamos, saco el celular y abro la cámara.

—Tortolitos, posen para mí. Le prometí una foto a Krystin.

—¡Ay, sí! —Valentina se acerca a Tom y apoya la mejilla contra la suya.

Se los ve asquerosamente enamorados.

Saco unas cuantas fotos, le muestro a Valentina la mejor y se la mando a mi hermana.

Y entonces la escucho.

Una voz grave y conocida, justo a mi lado.

—Señorita, ¿está ocupado este asiento?

Levanto la vista y me encuentro con los mismos ojos azules en los que no pude dejar de pensar en toda la semana.

Es él.

Mierda.