2. Georgia
El domingo por la mañana llega demasiado rápido.
Son poco más de las diez y estoy haciendo fila en el Starbucks de mi barrio, desesperada por algo de cafeína.
Como soy hija menor, cuando llegó el momento de elegir universidad me sentí culpable de dejar solos a mis papás, así que me quedé en la ciudad.
Mi versión de vivir en una residencia universitaria es seguir en casa, en el mismo cuarto que tengo desde que era chica.
Y en mi casa, los domingos por la mañana no son para dormir hasta tarde.
Son para maratones de limpieza a fondo, con mi mamá poniendo su música favorita a todo volumen mientras deja reluciente cada superficie que encuentra.
Me desperté con olor a desinfectante de limón y supe que tenía que escaparme.
Además con la boda en solo una semana, tengo mil cosas por hacer.
Valentina me pidió que fuera su dama de honor. Si mi hermana Krystin estuviera aquí, Val nos lo habría pedido a las dos, pero ella está a miles de kilómetros, en Australia.
Valentina no es solo una amiga, es parte de nuestra familia. Pasó casi toda su adolescencia con nosotros, recibiendo el cariño que nunca encontró en su propia casa. En parte, por eso esta boda me importa tanto.
Por más que Valentina insista en que no necesita una despedida de soltera, la conozco bien: le encantaría. Si ella no la organiza, la tengo que organizar yo.
Con mi café en mano, camino hacia mi mesa favorita y para mi gran sorpresa, me encuentro con que hay alguien sentado en mi silla favorita.
Un hombre enorme, de hombros anchos, completamente absorto en un libro. No tiene café ni computadora delante. Solo él y la novela que sostiene entre las manos.
Tiene la piel dorada, como si pasara todos los días en la playa, ¿O irá a una cama solar? ¿Quién está tan bronceado en pleno invierno?
Lleva la cabeza rapada, y sus cejas, de un rubio casi blanco, resaltan con la luz del sol. Está recostado en la silla con una pierna estirada y el libro abierto apoyado contra el pecho. Se lo ve de lo más cómodo en mi silla y sin la menor idea de que me robó el lugar.
Y yo me lo quedo mirando.
No me doy cuenta de cuánto tiempo llevo ahí parada, con el celular en una mano y el café en la otra, hasta que levanta la vista.
Por un momento, me olvido de respirar.
Tiene los ojos de un azul que no parece real, con una pequeña mancha dorada en el ojo derecho. Mueve los labios, pero no escucho ni una palabra de lo que dice.
Entonces sonríe.
Y a mi corazón le da por hacer tonterías.
—¿Qué? —Se me escapa cuando por fin el cerebro me reacciona.
—Señora —dice, con una voz grave y suave—, ¿la puedo ayudar en algo?
—Tranquilo, vaquero. —Alzo los ojos al cielo—. Soy más joven que tú. No hace falta tanta formalidad.
—Sí, señorita —responde y la sonrisa se le vuelve burlona—. ¿La puedo ayudar en algo?
—Estás sentado en mi silla.
Camino hasta la mesa frente a la suya y me siento. Dejo el café sobre la mesa, cruzo las piernas y saco el celular, fingiendo que no noto su mirada.
—No sabía que estaba reservada —dice, cerrando el libro—. Le pido disculpas, señorita.
Me está tomando el pelo. Lo sé. Pero es imposible que alguien como él esté coqueteando con alguien como yo. Es mayor, guapísimo y demasiado perfecto. Los hombres como él no se fijan en chicas como yo.
Así que hago lo que mejor me sale: me hago la indiferente, tomo un sorbo de café y deslizo el dedo por la pantalla como si no estuviera pendiente de cada movimiento suyo.
Al rato, lo escucho reírse por lo bajo. Por el rabillo del ojo, veo cómo vuelve a abrir el libro y se acomoda en la silla como si yo nunca lo hubiera interrumpido.
Me suena el celular y miro la pantalla.
Krystin.
—¡Hola! —contesto con demasiado entusiasmo—. Krystin, ¡qué alegría que llames!
Desde su mesa llega una risa grave. Levanto la vista y otra vez me está mirando, con esa sonrisita de quien sabe exactamente lo que está pasando.
Krystin sigue hablando, pero no registro ni una palabra.
—Espera, ¿qué? —tartamudeo—. Perdón, no te entendí nada.
—¿Se está cortando la señal? —pregunta.
No. Lo que pasa es que hay un hombre ridículamente atractivo mirándome como si yo fuera lo más entretenido que vio en toda la mañana.
Él levanta el libro y lo sacude un poquito.
Ah. Estoy hablando muy fuerte.
Claro. Es un imbécil.
Con el teléfono todavía pegado a la oreja, agarro mi bebida y voy hacia la salida. Estoy casi en la puerta cuando me detengo, me giro y vuelvo hasta su mesa.
—¿Sabes qué? Esto no es una biblioteca. Si quieres leer en silencio, puedes irte a otro lado.
Le dedico mi sonrisa más dulce, doy media vuelta y salgo antes de que pueda contestar.
Ya afuera, cuando por fin puedo prestar atención, Krystin me cuenta que no va a poder venir a la boda. Con dos hijos chiquitos y un negocio que manejar, es imposible hacer un viaje internacional con solo una semana de aviso. Está destrozada, y a Valentina se le va a partir el corazón.
Pero como es la mejor, Krystin acepta ayudarme a contactar a las demás amigas de Valentina para darle una sorpresa con una pequeña despedida de soltera.
—Puedo mandarte los datos de todas y armar un grupo en Facebook para saber cuántas son —dice—.
Te pongo en altavoz y lo hago ya. Steve habló con Tom hace un rato y parece que Tom está organizando una cena el viernes para que sus amigos más cercanos se conozcan antes de la boda.
Habla con él para que no se te crucen los planes.
—Le escribo ahora mismo.
El celular empieza a sonar con notificaciones de los mensajes que van llegando.
—Las chicas ya están en el grupo —dice Krystin—. Solo agregué a las que sé que Valentina querría tener ahí. ¿Qué tienes pensado?
—Algo chiquito: una cena, regalos para la novia y después, a lo mejor, salir a bailar. —Hago una pausa—. No querría un stripper, ¿no?
—No —responde Krystin al instante—. Con todos los clubes de striptease a los que iba su ex, creo que le quedó un trauma. Lo de bailar me encanta, igual. Qué lástima me da no poder ir.
—Acaban de abrir un lugar cubano, con bandas en vivo los fines de semana. Voy a llamar para ver si puedo reservar.
—Perfecto, hazlo. Avísame cuando tengas los detalles y les digo a las chicas. Yo me encargo de organizarlas.
—Eres la mejor. Te dejo por ahora, que tengo que entrar a Amazon a pedir unas cosas para la fiesta.
—Cuéntame qué encuentras —dice, entusiasmada—. Y no te olvides de escribirle a Tom.
—Le escribo ya. Te quiero.
—Te quiero, Georgia.
Cuelga y vuelvo a entrar a Starbucks con mi café ya frío. Voy directo a James, mi barista favorito.
—¿Me lo puedes calentar un minuto en el microondas? —le pregunto, extendiéndole el vaso.
—¿Qué pasó? —pregunta, frunciendo el ceño mientras agarra el vaso.
—Me llamó Krystin y me distraje.
James trabaja en este Starbucks desde que los dos estábamos en la secundaria. Es un artista increíble: dibuja, pinta y hasta esculpe. Es de esas personas insoportablemente talentosas que pueden convertir casi cualquier cosa en algo hermoso.
—Caffè mocha con leche descremada, extra de caramelo por encima y dos medidas de salsa de caramelo —lee en la etiqueta, y me mira con fingido horror—. Ni loco te caliento esto. Qué asco.
Y lo tira a la basura.
—¡James!
—Te hago uno nuevo —dice con una sonrisa ladeada—. Dame dos minutos.
Niego con la cabeza, pero no puedo evitar sonreír mientras me paso de la caja a la barra de entrega. Mientras espero, saco el celular y le escribo a Tom.
Yo:
Hola, Tom. ¿Tienes un minuto?
Me contesta casi al instante.
Tom:
Hola, Georgia. ¿Qué pasa? ¿Quieres que te llame?
Antes de que pueda responder, el celular me vibra en la mano. Es Tom.
—Hola, Tom. Perdón que te moleste —digo, de pronto nerviosa. Es el hombre más dulce del mundo, pero igual me intimida. Siempre está tan impecable.
—Tú nunca molestas, Georgia —dice con calidez—. ¿Qué pasa?
Suelto el aire de golpe.
—Primero, felicitaciones. Estamos todos felices por ti y por Valentina.
—Gracias, Georgia. Significa mucho, sobre todo viniendo de ti.
—De nada. Quería hablar contigo porque estoy organizando una pequeña despedida para Valentina, pero no quiero que se cruce con algo que ya tengas planeado. Sé que los dos tienen mucho entre manos antes de la boda.
—Le va a encantar —dice, y se nota que la idea lo entusiasma de verdad.
—Me imaginé —respondo, sonriendo.
James me da el café nuevo, le digo gracias moviendo solo los labios y vuelvo a mi mesa de siempre. Recién cuando me acomodo en mi silla favorita me doy cuenta de que el hombre ya no está.
—… pero eso es todo lo que tengo planeado —dice Tom, y me doy cuenta de que me desconecté por completo de la conversación.
—Perdón, creo que se cortó un segundo. ¿Me lo repites?
—Claro. Te decía que lo único que tengo planeado es la cena del viernes en la noche. Quiero que nuestros amigos se conozcan antes del gran día y, por supuesto, estás invitada.
—Me parece genial. Si la cena es el viernes, ¿estaría bien organizar estos planes para el sábado?
—Sí, por supuesto. Avísame adónde quieren ir y me encargo de que todo esté cubierto.
¿Ya mencioné que Tom es millonario? Su familia es dueña de una de las petroleras más grandes de Texas. Entre mi trabajo de medio tiempo y mis gastos de estudiante, no pienso rechazar su oferta.
—Gracias. Estoy pensando en cena, regalos y salir a bailar.
—Suena perfecto. Le va a encantar —dice Tom, pero apenas lo escucho.
Porque el hombre de hace un rato viene caminando hacia mí.
Me quedo congelada, y el resto de la cafetería parece desaparecer.
Saca la silla frente a la mía, se sienta, deja el libro sobre la mesa y se echa hacia atrás con una sonrisa ladeada.
—¿Georgia? —La voz de Tom me trae de vuelta a la conversación—. Creo que se está cortando otra vez. ¿Georgia?
—Sí, perdón —digo, tragando saliva—. Hago la reserva para el sábado.
—Perfecto —dice Tom—. Avísame si necesitas algo. Sabes que puedo conseguirte acceso a cualquier lugar.
—Lo sé —respondo, pensando en la vez que nos consiguió entradas para un concierto agotado de Taylor Swift como si nada—. Hablamos después.
Por fin levanto la vista. El hombre sigue mirándome, con la sonrisa bien puesta.
Corto, dejo el celular sobre la mesa y tomo un sorbo de café, haciendo como que su presencia no me afecta en lo más mínimo.
—Señorita —dice, con la misma voz grave y burlona—, está sentada en mi silla.
Diaro13 de enero de 2019
Hoy vi a alguien.
No puedo decir que lo conocí porque no sé cómo se llama, y casi toda nuestra conversación se resumió en él llamándome «señorita» y yo diciéndole que estaba sentado en mi silla.
Pero me tomó completamente por sorpresa.
No solo porque era super atractivo. Sino por la forma en que me miraba. No dejaba de observarme con esa sonrisa ladeada, como si supiera exactamente lo nerviosa que me ponía.
Intenté actuar como si su presencia no me afectara.
Pero sí me afectó.
De pronto, era demasiado consciente de cada cosa que hacía, desde mi postura al sentarme hasta el volumen de mi voz. Cuanto más intentaba fingir que no me daba cuenta de que me estaba mirando, más evidente debía de ser que sí lo notaba.
Me irritó, y eso hizo que me resultara más fácil irme. Al menos, eso es lo que me digo a mí misma.
No sé si estaba coqueteando conmigo o si simplemente disfrutaba haciéndome sentir incómoda. De cualquier manera, me gustó tener su atención más de lo que quiero admitir.
No sé quién es ni si volveré a verlo, pero es extraño que alguien con quien hablé apenas unos minutos siga en mi cabeza después de tanto tiempo.
¿No?