Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 1. Georgia
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Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1)

Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1)

Por Rossina Garcia Prince

© inepub.com

1. Georgia

Es sábado por la mañana y otra vez llego tarde.

Por suerte Julia me quiere, porque madrugar nunca fue lo mío. No por nada estudio de noche. Mi cerebro simplemente se niega a funcionar antes del mediodía. Los sábados son la única excepción, y aun así me peleo con la alarma por lo menos veinte minutos.

Un macchiato doble de Starbucks es lo único que me mantiene en pie. Julia insiste en que desperdicio dinero en "café de lujo" cuando en la peluquería tenemos cafetera, pero ese café no lleva suficiente espresso como para resucitarme.

Y si paro a comprar para mí, tengo que llevarles café a todas las demás. Obviamente.

Empujo la puerta con el bolso colgado de un hombro y una bandeja de bebidas en equilibrio entre las manos.

—Llegué —anuncio—. Y traigo cafeína, así que nadie se puede quejar de la hora.

Julia ya le está secando el pelo a Betty. Betty es nuestra primera clienta todos los sábados, y siempre llega quince minutos antes porque, a sus ochenta y cinco años, por lo visto no tiene ningún interés en dormir hasta tarde.

—Tenemos una cafetera que funciona de maravilla —dice Julia cuando me acerco, y me da un beso en la mejilla antes de tomar su vaso—. No tienes por qué seguir gastando dinero en esto.

—Tú me haces madrugar los sábados. Un buen café es una cuestión de seguridad pública. —Dejo la bandeja sobre el mostrador y le doy a Betty su bebida—. También te traje uno a ti. Sabía que ibas a llegar antes que yo.

—Eres un amor, Georgina —dice Betty, con la cara iluminada—. Y me trajiste el que me gusta.

—Por supuesto.

Betty me llama por mi nombre completo desde que tengo memoria. Viniendo de ella, siempre suena cariñoso.

—A esta no la sueltes —le dice a Julia, mirándome por el espejo mientras toma un sorbo.

—Ah, ya lo sé —responde Julia, guiñandome un ojo—. Siempre le digo a su padre que no pienso devolvérsela.

Julia y mi papá son amigos desde la escuela primaria, así que ella forma parte de mi vida desde siempre. Cuando tenía quince años, me ofreció trabajar los sábados con ella. En ese momento, ochenta dólares por semana me parecían una fortuna, y me encantaba tener mi propio dinero.

Empecé en la caja, atendiendo el teléfono y agendando citas.

Después pasé a limpiar los puestos, lavarles el pelo a las clientas, preparar los tintes y, con el tiempo, ayudar con los peinados.

Julia me enseñó todo lo que sé. Sigue convencida de que debería aprender a cortar porque, según ella, tengo muy buena mano.

Quiero a Julia y me encanta estar aquí. Solo por los chismes de la peluquería ya son motivo suficiente para volver cada sábado, pero esto no es lo que quiero hacer para siempre.

Me pasé casi toda la vida fingiendo que todo estaba bien, así que la atención al cliente me sale natural. Sonreír, ser amable y nunca dejar que nadie sepa lo que de verdad pasa por mi cabeza. Pero quiero más que eso.

Estudio Derecho y algún día voy a dejar de trabajar aquí para convertirme en abogada de inmigración. Mis padres llegaron a este país desde Latinoamérica, así que sé lo abrumador que puede ser el proceso para familias como la mía. Quiero ser la persona que las acompañe en ese camino.

—Lupita —la llamo mientras camino hacia el cuarto del fondo.

La encuentro desplomada en una silla, todavía con los lentes de sol puestos.

—¿Noche difícil? —pregunto desde la puerta.

—Hablas muy fuerte —se queja.

—Lo tomo como un sí —digo, y le paso uno de los cafés.

—Ay, Dios —murmura, aferrándose al vaso con las dos manos—. ¿Cómo sabías que lo necesitaba?

—Te conozco desde hace seis años, Lupita. Ayer fue el cumpleaños de tu hija. Sabía que iba a haber fiesta.

—La fiesta terminó a las diez —dice antes de tomar un trago largo—. Pero después Jorge quiso salir, así que fuimos a bailar y nos tomamos unas Coronas. —Se presiona la sien con los dedos—. Creo que necesito un menudo para el almuerzo.

—No —la corto antes de que termine—. Sabes cuánto odia Julia el olor. Va a apestar toda la peluquería.

—Un Bloody Mary también suena bien. —Se sube los lentes de sol a la cabeza y me mira con los ojos entrecerrados—. ¿Crees que el restaurante de al lado me prepare uno tan temprano?

Me quedo mirándola.

—Lupita, estamos en Texas. Hay leyes, ¿sabes? Ponte las pilas y tómate el café.

Me vuelvo hacia la cafetera y preparo una jarra nueva para todas las demás.

—Y que Julia no te vea así. Hoy tienes a una novia y a todas sus damas de honor. La novia llega a las nueve.

Lupita echa la cabeza hacia atrás con otro quejido.

—¿Va a venir Taylor a hacer el maquillaje?

—Sí. Llega a las diez para instalarse y va a maquillar a todas. Te puse el almuerzo entre la novia y las damas de honor. —La miro por encima del hombro—. Y dejé a la madre de la novia para el final, porque parece de las que van a querer controlar hasta el último detalle.

—Ay, que Dios te bendiga.

—Lo sé —le digo con mi sonrisa más dulce—. Ahora tómate el café y recomponte.

Cuatro horas y una cantidad incontable de clientas después, la peluquería es un caos que a duras penas logramos controlar.

Lupita ya terminó de peinar a la novia, se tomó su hora de almuerzo y ahora está con la segunda dama de honor. Julia encadena una cita tras otra sin tiempo ni para respirar.

Mientras tanto, yo atiendo el teléfono, recibo a las clientas, ayudo a las estilistas e intento convencer a las que llegan sin cita de que esperar cuarenta y cinco minutos es de lo más razonable.

Julia es incapaz de decirle que no a una clienta. Se llena la agenda de más, y a mí me toca el placer de explicarles a mujeres cada vez más fastidiadas por qué su cita de las diez y media tiene toda la pinta de terminar siendo a las once y cuarto.

Estoy en plena misión de reorganizar tres citas sin desatar un motín cuando Rosa levanta la vista desde su puesto.

—Te está parpadeando el pecho.

—¿Qué?

—El pecho —insiste, señalándome con el peine.

Miro hacia abajo y ahí está: el celular parpadeando a través del bolsillo de mi camisa de franela como una mini luz de discoteca.

A mi sobrino de cuatro años le parece lo más gracioso del mundo cambiarme la configuración del teléfono.

La semana pasada me puso de tono de llamada un pato haciendo cuac, y no me enteré hasta que sonó en plena clase.

Saco el celular: cuatro llamadas perdidas de Valentina.

Se me hace un nudo en el estómago.

Valentina me escribe todo el tiempo, casi siempre un mensaje distinto por cada idea que se le cruza, pero muy rara vez llama. Cuatro llamadas perdidas no pueden ser buena señal.

—Julia, necesito diez minutos —digo, ya camino a la puerta.

—Tómate el almuerzo —me grita mientras me alejo.

—Ya vuelvo.

Salgo a la calle, donde hay apenas un poco menos de ruido y le devuelvo la llamada enseguida. No llega a sonar ni una vez completa antes de que conteste.

—¡Por fin! —chilla tan fuerte que tengo que apartarme el teléfono de la oreja.

—Val, ¿qué pasa? ¿Estás bien?

—¡Tengo una noticia increíble!

El nudo en el estómago se afloja. Suena demasiado entusiasmada como para que algo ande mal.

—¿Qué pasó?

—¡Tom me pidió matrimonio y le dije que sí!

Por un segundo, me olvido por completo del caos que me espera adentro.

—Ay, Val —digo, con una sonrisa que me ocupa toda la cara—. Estoy tan feliz por ti. ¡Felicitaciones!

—¡Gracias! —grita, eufórica—. Pero espera, que hay más.

—Cómo no.

—Nos casamos el domingo que viene.

—Espera, ¿el domingo de la semana que viene? ¿En ocho días?

—¡Sí! Va a ser algo chiquito. Solo la gente que queremos.

Me apoyo contra la pared de ladrillo de la peluquería.

—¿Estás segura? Es muy pronto.

—Fue idea mía —se apura a decir—. Las bodas grandes están sobrevaloradas, y además es mi segunda. No necesito una fiesta enorme ni un año de preparativos. Solo quiero casarme con él.

Valentina era muy joven cuando se casó por primera vez, y el hombre al que amaba la hizo pasar por un infierno. Le llevó mucho tiempo volver a creer que podía ser feliz.

Hasta que conoció a Tom.

Él la quiere como ella siempre mereció que la quisieran. Sin condiciones, sin miedo, sin preguntarse con qué versión de él se va a encontrar cuando entre por la puerta. La adora y, lo más importante, con él se siente segura.

—Tom me hace muy feliz —dice, ahora con la voz más suave—. Solo quiero estar con él para siempre.

Cierro los ojos, con una sonrisa que no puedo borrar.

—Entonces me alegro muchísimo por ti.

Diario12 de enero de 2019

Me alegro por Valentina. De verdad.

Se merece a alguien que la quiera, que la haga sentir segura y que la mire como si fuera lo mejor que le pasó en la vida. Después de todo lo que vivió, se merece ser feliz. Si Tom es quien le da eso, ¿cómo no voy a estar contenta por ella?

Pero ¿una boda en una semana?

Me parece muy apresurado, incluso para Valentina. Sé que no le importa tener una boda grande, pero crecimos juntas. Es mi familia, y me doy cuenta cuando se está guardando algo. Hay algo en todo esto que no me cuadra.

Quizás le estoy dando demasiadas vueltas.

Cuando habla de Tom, se le nota lo feliz que está. Se la escucha más liviana, más segura. Dice que quiere estar con él para siempre como si fuera la decisión más fácil de su vida.

Me pregunto qué se sentirá.

Querer tanto a alguien que la idea de para siempre no te dé miedo. Estar tan segura de que es la persona que quieres a tu lado el resto de tu vida.

Tal vez algún día lo descubra.

Por ahora, este es el momento de Valentina. Si esto es lo que ella quiere, ahí voy a estar. Voy a apoyarla, a celebrar con ella y a hacer todo lo que esté en mis manos para que su boda sea perfecta.