8. Georgia #2
Teniendo en cuenta que Warren es el primer hombre que les presento a mis papás (aunque, técnicamente, se presentó solo), me sorprende lo natural que se siente toda la noche.
Es fácil hablar con Warren, y todavía más fácil estar con él. Le presta toda su atención a quien esté hablando, contesta cada pregunta sin dudar y sabe exactamente cuándo desplegar su encanto sin que parezca forzado.
Papá reservó en nuestro restaurante italiano favorito, un lugar al que venimos desde hace años. Estar en un sitio tan conocido me ayuda a calmar los nervios, y al rato la conversación fluye como si Warren hubiera cenado con nosotros una docena de veces.
Les pregunta a mis papás sobre ellos, se ríe de los chistes de papá y responde las preguntas de mamá sin ponerse nervioso ni una vez. Hasta Krystin parece impresionada, aunque se pasa casi toda la noche mirándome con una sonrisa cómplice.
¿Ya habrá hecho esto antes? ¿Será un experto secreto en conquistar a mujeres nerviosas y a sus familias?
Porque la mía está encantada.
Cuando mamá le pregunta por su hijo, Warren saca el celular sin dudarlo. Le cambia toda la cara mientras nos muestra una foto tras otra de Wyatt. Habla de él con tanto orgullo que cualquier posibilidad que yo tenía de mantener mis sentimientos bajo control desaparece.
Estoy perdida.
Después de la cena, Warren se gira hacia mi papá y le pregunta si puede llevarme a tomar un helado. Hasta le promete traerme sana y salva a casa.
—¿Sabes? —le digo una vez que estamos en su Jeep—. No tienes que pedirle permiso a mi papá para llevarme a ningún lado. Soy una adulta.
—Era lo correcto. —Me mira con una sonrisa mientras arranca el motor—. Pensé que lo iba a apreciar.
—Bueno, lo apreció. —Me acomodo en el asiento del acompañante, sin poder dejar de sonreír—. Seguramente más de la cuenta.
En la heladería, nos reímos cuando nos damos cuenta de que los dos pedimos menta con chispas de chocolate. Llevamos los cucuruchos a una mesita en un rincón, lejos de los demás clientes y trato de que el momento no se sienta tan importante como se siente.
Cuando terminamos el helado, la expresión de Warren se pone más seria.
—El sábado vuelvo a California.
—Lo sé.
El recordatorio cae pesado entre los dos. Estuve tratando de no pensar en la fecha de vencimiento que pende sobre lo que sea que tenemos.
—Quiero pasar un tiempo con mi hijo antes de volver al trabajo —sigue—. Vamos a tener toda la semana para nosotros.
—Suena maravilloso —y lo digo en serio.
Por la forma en que habla de Wyatt, es obvio cuánto le encanta ser su papá.
Nunca antes había pensado en salir con un hombre que tuviera un hijo.
No porque no me gusten los niños. Me encantan.
Es saber que estaría entrando en una vida en la que las necesidades de otra persona siempre van a estar primero.
No sé si estoy lista para todo lo que eso implica.
No es que Warren y yo estemos saliendo.
¿O sí?
—Vamos a ir a San Diego —continúa—. Un compañero de la Guardia Costera tiene un Airbnb chiquito cerca del agua y nos lo presta por la semana.
—Suena muy divertido.
—Quiero que vengas con nosotros.
Por un momento, estoy segura de que entendí mal.
Me lo quedo mirando desde el otro lado de la mesa, esperando que me explique qué quiso decir en realidad.
—¿Te gustaría pasar la semana con Wyatt y conmigo? —pregunta.
—¿Contigo y con tu hijo?
—Sí. —Sonríe con total naturalidad, como si invitar a una mujer a la que apenas conoce de vacaciones con su hijo fuera la propuesta más razonable del mundo—.
Sé que es de último momento y que seguramente tienes responsabilidades aquí, pero tenía que preguntarte.
No podía volver a California sin por lo menos intentarlo.
—¿Lo dices en serio?
Mis pensamientos salen disparados en todas direcciones.
Este es el hombre más atractivo que conocí en mi vida. ¿Quiero treparme a él como a un árbol? Por supuesto. ¿Alguna vez imaginé que me iba a pasar algo así? Ni en un millón de años. Me besó como si le fuera la vida en ello, pero no intentó llevarme a la cama.
En cambio, me está pidiendo que pase una semana entera con él y con su hijo de cinco años.
¿De verdad está pasando esto?
—Sé que es mucho. —Estira la mano por encima de la mesa y toma la mía. Su contacto me calma los nervios y, al mismo tiempo, me acelera el pulso—. Y sé cómo suena. Nos acabamos de conocer y ya te estoy pidiendo que te vayas de viaje conmigo y con mi hijo.
Hace una pausa y me acaricia los nudillos con el pulgar.
—Pero nunca esperé conocer a alguien como tú, Georgia. No esperaba sentir esto por nadie. Todavía no sé qué es, pero no estoy listo para dejarlo ir.
Las clases terminaron, y a Julia no le va a molestar darme la semana libre. Por una vez, no hay nada que me impida decir que sí.
A lo mejor es el vino de la cena, o la calidez en su voz cuando admite que esto también significa algo para él. Sea lo que sea, el resto de mis dudas se queda en silencio.
Le aprieto los dedos y tiro de él con suavidad. Él se inclina hacia mí y nos encontramos a mitad de camino sobre la mesa. En cuanto sus labios tocan los míos, algo dentro de mí se acomoda.
Por una vez, no me pregunto qué ve en mí. Simplemente me permito creer que lo que siente es real.
—Me encantaría ir con ustedes —susurro contra sus labios.
Se aparta lo justo para mirarme. Le brillan los ojos de esperanza, con un toque de picardía.
—¿Estás segura? Un niño de cinco años puede ser mucho.
—Estoy segura.
Y vuelvo a besarlo.