Shield (MC Almas sin nombre nº 4) SHIELD
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SHIELD

Audrey se despertó horas después. Frunció el ceño y parpadeó mirándome.

Desde mi lugar en la cama, a su lado, le acaricié el costado para tranquilizarla.

—Aquí mismo, cariño.

Parpadeó de nuevo y vi la niebla disiparse.

—¡Oh!

Se incorporó de golpe y se llevó la mano a la cara.

—¿Dónde están mis gafas?

Estiré el brazo hacia su mesita de noche y se las entregué. Se las puso y parpadeó rápidamente hasta que su mirada se encontró con la mía.

—Te quedaste.

Mis labios se curvaron.

—Por supuesto que sí. Te prometí que estarías a salvo.

Tragó saliva, aparentemente sin palabras.

—Audrey, que no quieras mi cuerpo no significa que no tengas mi corazón.

Mierda. ¿De verdad dije eso?

Puse a prueba la verdad de mis palabras.

Joder. Supongo que estamos admitiendo nuestros sentimientos.

Le acaricié la mejilla.

—Te amo, Audrey. Esta declaración no tiene condiciones. No espero nada de ti.

—No soy... es decir...

Miró a su alrededor, buscando las palabras.

—No soy idiota.

Me reí.

—Nunca lo dudé.

—No te rías, es...

Se esforzó por continuar mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Joder.

Le agarré la nuca y la atraje hacia mí, aplastándola contra mi pecho.

—No llores, cariño. No valgo tus lágrimas.

—¡Pero sí las vales!

Su voz sonó amortiguada contra mi pecho.

—Yo no las valgo.

—Tonterías.

Echó la cabeza hacia atrás, el rostro húmedo.

—¡No lo son! No sé comunicarme. No tengo tacto. Soy inteligente, claro. Pero no soy el tipo de mujer que quieres a tu lado. Diré lo incorrecto, haré lo incorrecto. Arruinaré...

—Toda mi vida si dejas que esas dudas ganen.

Me eché hacia atrás, mirándola fijamente.

—Eres jodidamente perfecta. No necesito fachadas de mierda.

No necesito máscaras ni sonrisas ni gente que nunca dice lo que realmente piensa.

Ya tengo suficiente de eso; he tenido toda una vida de eso.

Lo que quiero eres tú. Quiero tu falta de filtro.

Quiero tu brillantez. Quiero tus sexys pruebas de datos. Te quiero a ti.

Sorbió por la nariz, con la barbilla temblorosa mientras me miraba, los grandes ojos llenos de lágrimas detrás de las gafas.

—¿Estás seguro?

Sonreí.

—Jodidamente seguro.

La observé procesar mi respuesta; prácticamente podía ver los engranajes de su mente en movimiento.

Odiaba no poder protegerla de las dudas que la asaltaban. Odiaba que estuviera luchando con la culpa y el arrepentimiento.

Toda mi vida la había pasado protegiendo a los que amaba de peligros externos, pero no tenía poder para combatir los internos. Solo podía esperar ser la persona que la ayudara a silenciar las voces en su cabeza.

—¿Me amas? —susurró, escudriñándome con la mirada.

—Más de lo que creí posible.

Su mano subió por mi pecho y se enroscó alrededor de mi nuca.

—Shield...

Vi sus grandes ojos llenarse de lágrimas, escuché su brusca inhalación.

—Yo también te amo.

—Gracias a Dios.

Capturé su boca en un beso hambriento.

—Espera.

Me aparté, enarcando una ceja.

—¿Tú estás segura?

Nunca había visto una imagen más hermosa que su sonrisa.

—Más de lo que creí posible —repitió mis palabras.

Incapaz de contener mi abrumadora necesidad de reclamarla, me arranqué la camiseta y la lancé lejos.

—Desnúdate. Ahora.

La boca de Audrey se abrió ligeramente, los labios ya hinchados por mi brutal beso.

—Pero...

—Necesito reclamarte, cariño.

Le agarré el pelo para mantenerla quieta.

—Y te advierto que no voy a ser delicado.

Un pequeño gemido se escapó de entre sus labios mientras cerraba los ojos.

—Sí, por favor.

Me arranqué el resto de la ropa y la lancé por todas partes sin miramientos, complacido de ver a Audrey igual de apresurada.

Finalmente desnudos, rodé para cubrirla con mi cuerpo. Nuestras bocas bailaron juntas, las lenguas entrelazándose y acariciándose mientras nos bebíamos el aliento, hambrientos y llenos de deseo desesperado.

—¿Estás lista para mí, preciosa?

Sus gemidos hambrientos fueron una respuesta que me resultaba imposible negar.

Agarrándome la polla, la provoqué con ella, deslizando la punta alrededor de su clítoris.

—¡Fóllame ya! —gritó Audrey, agitando las caderas en la cama—. Shield, necesito...

Me hundí en ella, enterrándome profundamente. Gemimos al unísono ante mi deliciosa intrusión.

—Estás tan apretada, Audrey. Un coño tan caliente y ávido. Quieres esto, ¿verdad, cariño? Quieres que te folle, que te marque, que te llene con mi semen.

Se volvió salvaje debajo de mí; me arañó la espalda con las uñas y me clavó los dientes en la carne alrededor del pezón.

—Joder, qué perra —la elogié mientras la sujetaba y embestía con fuerza su cuerpo apretado—. Qué chica tan traviesa. Voy a reclamarte, cariño. Voy a asegurarme de que sepas exactamente quién es el dueño de este coño.

—Tú —dijo, mirándome fijamente.

—¿Y quién soy yo? —gruñí, moviendo las caderas al ritmo de mis palabras.

—Shield.

—Otra vez.

—Shield.

—Otra vez.

—Shi…

El orgasmo la atravesó, apretándome la polla con la presión más intensa que había experimentado en mi vida.

¡Joder!

Me retiré un poco, pasé un brazo por debajo de su pierna derecha, luego la izquierda, y las empujé hacia arriba y a un lado mientras seguía follándola.

El nuevo ángulo la hizo correrse otra vez, y su grito resonó por todo el granero.

—Buena chica —ladré, inclinándome para morderle el hombro—. Deja que te oigan gritar, Audrey. Deja que oigan cómo te hago mía. Eres mía, nena. Cada puta parte de ti es mía.

—¡Shield!

Se corrió otra vez con un grito ahogado, la cabeza echada hacia atrás, mientras me arañaba la espalda.

Magnífica.

Gruñí su nombre mientras me vaciaba dentro de la mujer que amaba.

Agotado, me desplomé a su lado. Los dos jadeábamos en silencio.

—Vaya —murmuró Audrey un momento después—. No recuerdo haber puesto esa posición en la lista.

Levanté la cabeza y la miré fijamente un momento.

—¿Eso es todo lo que puedes decir?

Se giró de lado y se apoyó la mano bajo la mejilla. Le bailaban los ojos detrás de las gafas torcidas.

—¿Crees que podemos llegar a cinco esta vez?

Me reí y la atraje hacia mí, encantado con su chillido.

—Podemos intentarlo.