EPÍLOGO
Shield
—¿Dónde coño está mi mujer? —bramé.
El patio bullicioso se quedó paralizado cuando todas las cabezas se volvieron hacia mí.
Sentía el miedo rezumando por cada poro de mi cuerpo.
Audrey y yo habíamos discutido la noche anterior por algo tan intrascendente que ni siquiera recordaba qué era.
Pero me había despertado con la cama vacía.
Habían pasado horas desde entonces, el sol se acercaba a su cenit, y no había visto ni rastro de mi mujer.
Y resultó que nadie más la había visto tampoco.
Jules cruzó el patio a la carrera.
—Ava dice que no habrá salido del Búnker. Es demasiado lista como para ponerse en peligro a sí misma o a los demás.
Mi miedo se alivió al saber que era verdad.
—Entonces, ¿dónde coño está?
Jules hizo una mueca y abrió la boca, pero Pope se le adelantó.
—Eh, Prez, respira hondo, joder —espetó, cruzándose de brazos y plantándose con las piernas separadas—. Jules solo intenta ayudar. Deja de descargar tu miedo con ella.
Me pasé una mano temblorosa por el pelo.
—Mierda, lo siento. Es solo que... —sacudí la cabeza—. Joder.
—Está bien —dijo Jules, poniéndome una mano en el brazo—. La encontraremos.
Jo salió del garaje, limpiándose las manos con un trapo. Llevaba el pelo revuelto, apuntando en todas direcciones, y tenía el mono cubierto de grasa y mugre, con manchas en la mejilla.
—¿A quién buscáis? —preguntó, apoyándose en la puerta del granero.
—A Audrey. ¿La has visto?
Arqueó una ceja.
—¿Todo este jaleo por la genio? —señaló con la cabeza hacia la torre del fondo—. Está allí arriba. Lleva ahí desde antes del amanecer. Me despertó para que la ayudara a subir un montón de trastos por un millón de escaleras.
Salí disparado, atravesando el patio a toda velocidad. Puede que pareciera un maníaco, pero sabía que las dudas aún la atormentaban. Estaba mejorando, superando sus miedos y su culpa, aceptando la idea de que merecía ser feliz.
Pero todavía había días en los que lo pasaba mal. Y me negaba a permitirle ni siquiera una hora de ese sufrimiento si podía evitarlo.
Subí las escaleras de dos en dos e irrumpí por la puerta de la torre, frenando en seco.
En el centro de la torre, vestida con vaqueros y una camiseta negra, estaba mi mujer, luciendo orgullosa un kutte que la proclamaba como de mi propiedad.
—...y es genial en la cama —decía Audrey por un móvil conectado a algo que parecía una radio gigante—. Dice muchas guarradas —me sonrió y me hizo señas para que me acercara—. Aquí está. ¿Quieres hablar con él?
Escuchó un momento y se rio.
—Vale, hablamos pronto —me pasó el teléfono—. Es tu hermana.
Cogí el teléfono sin decir nada, mirándolo un segundo antes de llevármelo a la oreja.
—¿Mari?
—Hola, hermano —sonaba con la voz entrecortada, cargada de emoción—. ¿O debería decir tío?
Contuve el aliento.
—¿Has tenido al bebé?
—Una niña —se le quebró la voz—. La hemos llamado Harpa.
Cerré los ojos, agradecido cuando Audrey me rodeó la cintura con los brazos y me estrechó con fuerza.
—¿Y estás bien?
—Las dos estamos genial. Farmer está ridículamente clueco, pero vamos tirando.
Me lo imaginaba perfectamente: el tipo duro perdiendo la cabeza por su hija.
—Te quiero, hermanita.
—Yo también te quiero.
La oí contener el aliento.
—Y puedes darle las gracias a Audrey por esto. Envió un teléfono con el último grupo de nómadas. Por lo visto, los sobornó para que me lo hicieran llegar.
Me reí y me giré para estrechar a mi astuta mujer entre mis brazos. Me sonrió con el rostro perfecto rebosante de alegría.
—Recibirá un agradecimiento como es debido más tarde.
Audrey me guiñó un ojo.
Se oyó el llanto de un bebé de fondo.
—¿Es...?
—Sí. Es tu sobrina —Mari suspiró—. Tengo que dejarte. Creo que tiene hambre.
—Por supuesto. Dale un beso de mi parte.
—Lo haré.
Nos despedimos y dejé el teléfono con cuidado sobre el transmisor.
Rodeé a Audrey con los brazos y la estreché contra mí. Permanecimos en silencio mientras yo luchaba por contener mis emociones desbordadas.
—¿Ha sido una buena sorpresa? —preguntó al fin, rompiendo el silencio.
—La mejor —apoyé la barbilla en su cabeza—. Gracias por este regalo.
Su mano bajó para darme una palmadita en el trasero.
—De nada. Tener una genio tiene sus ventajas.
Me reí entre dientes, frotando la barbilla contra su pelo.
—¿Mm? ¿Cómo cuáles?
—Hojas de cálculo de sexo.
Ya riéndome abiertamente, me eché hacia atrás para mirarla a la cara. Tenía una expresión pícara.
—Te quiero, Audrey.
Se puso de puntillas, con los labios a un suspiro de los míos.
—Lo sé.
Nos besamos, y todo en mi mundo fue perfecto.
***