AUDREY #2
—Él es el tipo que me folló.
Ava nos miró alternativamente, de mí a Shield y de vuelta.
—¿Él?
Shield apartó la mirada; un músculo le palpitaba en la mandíbula. Esperé a que me mirara, y me molestó que no lo hiciera.
Bien. ¿No quieres mirarme? Te obligaré a hacerlo.
Asentí, cruzándome de brazos.
—Estuvo bien. No genial. Pero bien.
Shield se sobresaltó y clavó la mirada en la mía.
Que empiece el juego.
—Nena —dijo con un suspiro, pellizcándose el puente de la nariz—. Ya te lo dije, cinco veces es poco realista. No con la cantidad de mierda que tengo que hacer cada maldito día.
Puse los ojos en blanco.
—Kate dijo que ella y Wrath lo hicieron cinco veces sin descansos.
—¿Hay una habitación para nosotros por aquí? —preguntó Ava con voz tensa.
—Os hemos instalado en el viejo granero. Lo han convertido en habitaciones. Sois el número cuatro. ¿Quieres que te muestre...?
—Yo me encargo —gruñó Ghost, interrumpiéndome.
Miraba a Ava como si fuera su última comida.
Ah. Ya veo que han consumado su acuerdo.
—Oh —dije, asintiendo—. Ya veo. Queréis follar.
Como no podía evitar seguir provocando a Shield, decidí ofrecer algunos consejos.
—Aseguraos de hacer mucho juego previo o probad con lubricante. He oído que ayuda.
La mirada de Shield se oscureció; sus ojos brillaban con intensidad.
—No es que yo lo haya necesitado —dije encogiéndome de hombros—. Pero algunas personas sí. Debería haber en cada habitación... me aseguré cuando nos mudamos.
—Gracias, Audrey —dijo Ava con un leve suspiro.
—De nada —respondí, apartándome de Shield—. Soy bastante buena dando consejos sexuales. ¿Verdad, Lottie?
La mandíbula de Shield se tensó, y me deleité al ver el rubor que le subía por el cuello.
—Sí, nena —respondió Lottie con voz tensa.
Ava dijo algo que no capté, pero un momento después Ghost se la echó al hombro. Me quedé boquiabierta mientras la llevaba hacia el granero, ignorando sus protestas.
—Oh —murmuré, observándolos irse—. Eso definitivamente debería ir en la lista de fantasías.
Shield se acercó a mí y se inclinó, con la voz baja, rozándome el oído con los labios.
—Cuando estés lista para admitir que me deseas, solo di las palabras, Audrey.
Me giré, lista para responder, pero ya se había escabullido.
Audrey – 0
Shield – 1
Llena de angustia confusa, hice lo único que se me ocurrió para distraerme de mis pensamientos ciclónicos: cacé a Pope para exigirle la verdad sobre él y Jules.
—Espera —dije, levantando una mano hacia Pope—. Entonces, ¿me estás diciendo que tu hermana es Jen? ¿Mi Jen?
Pasó un trapo de pulir sobre el asiento de cuero de su moto y suspiró.
—Eso parece.
—Pero no estuviste en su funeral.
Su rostro se ensombreció.
—No me lo permitieron.
Asimilé sus palabras, fijándome en su expresión cerrada.
Puño cerrado, hombros tensos... está sufriendo.
—Bien —dije con un gesto desdeñoso de la muñeca—. Entonces, ¿cómo no ataste cabos antes? ¿Cuántas mujeres llamadas Jules crees que asistieron al St. Mary Women's College?
La mandíbula de Pope se tensó.
—No las suficientes, por lo visto.
Suspiré con pesadez.
—Para alguien con un intelecto decente, eres bastante obtuso a veces.
Arqueó las cejas y esbozó una media sonrisa.
—¿Ah, sí? En mi defensa, había que tener en cuenta eso del fin del mundo.
—No es una defensa razonable. El mundo lleva años acabado.
Le di unas palmaditas en el brazo, sintiendo lástima por el tonto.
—Tienes suerte de tenerme cerca. Además de poseer un intelecto superior, soy famosa por mi capacidad de observación y mi sentido práctico.
Oí a alguien resoplar detrás de mí.
—¿Audrey?
—¿Sí? —pregunté con dulzura.
Los labios de Pope se curvaron.
—Nunca cambies.
—No lo haré.
Inclinó la cabeza hacia un lado.
—Ahora que has terminado de interrogarme, ¿te toca a ti?
Me crucé de brazos, abrazándome a mí misma.
—No hay nada que interrogar.
—¿No? —Tiró el trapo en un cubo y cogió una herramienta que no había visto en mi vida—. ¿Estás segura de eso?
Me mordí el interior de la mejilla.
—Ya no quiero acostarme con Shield. Así de simple.
La mentira me salió forzada, con un sonido extraño e inseguro.
Pope se rio.
—Eres la monda.
Me miró.
—Nena, estás tan pillada por ese tío que ni te has dado cuenta de que ya te has hundido. ¿Para qué luchar? ¿Por qué empeñarte en negar lo que todos los demás ya sabemos?
—¿Y qué es?
—Que él está loco por ti, tú estás loca por él, y los dos merecéis encontrar algo de felicidad en este mundo de mierda.
Ya me lo han dicho varias veces hoy.
Negué con la cabeza.
—Estoy bien.
—¿Ah, sí? —Se volvió hacia la moto—. Porque serías la única.
Los demás estamos hechos polvo. Shield incluido.
El tío perdió a su hermana. Murió la mitad de su Club.
Ha luchado con uñas y dientes para mantenernos unidos, ¿y entonces encuentra a una mujer como tú?
—Hizo un gesto hacia mí—. Eso es muy jodido.
Se me cortó la respiración.
—¿Qué quieres decir con una mujer como yo? ¿Por qué es jodido?
Pope resopló, soltando una herramienta para coger otra.
—Nena, eres increíble. Estás buenísima. Y seamos sinceros, probablemente eres la persona más inteligente que queda en este planeta. El tío está loco por ti. ¿Y tú se lo quitas así, sin más? —Negó con la cabeza mientras atornillaba algo en su moto—. Es muy frío.
Se me encogió el corazón.
—No es así.
—¿No? —Dejó las herramientas y se volvió para mirarme—. Entonces, ¿cómo es?
—Solo era sexo.
La sonrisa de Pope rebosaba compasión.
—¿Quieres intentarlo de nuevo?
—Era... es... él... —Me callé, incapaz de procesar.
—Mira, entiendo que esto es difícil para ti y que has pasado por mucho, y que has amado y perdido, bla, bla, bla —hizo un gesto despectivo con la mano—. Pero los demás también. No te habría tomado por cobarde.
—No lo soy.
—¿No? —Se volvió hacia su moto—. Entonces, ¿por qué sales corriendo muerta de miedo?
—No es verdad.
—Sigue diciéndotelo.
Así despachada, salí del garaje con los pies entumecidos, un millón de pensamientos dándome vueltas en la cabeza tan rápido que no podía retener ninguno.
El sol brillaba con fuerza, el cielo de un azul intenso y limpio. Bajo mis pies, la tierra roja estaba salpicada de diminutas flores silvestres que brotaban de las grietas del suelo.
Cerré los ojos y aspiré el intenso olor a tierra bajo mis pies.
Estás viva. ¿Por qué no vives?
Culpa. Dolor. Rabia. Las palabras eran demasiado simples para el torbellino de emociones que bullía dentro de mí.
No causé sus muertes, pero tampoco les ayudé.
Racionalmente, sabía que no había nada que pudiera haber hecho. Había estado atrapada en otro estado, a miles de kilómetros. Pero la culpa no funciona así. El dolor no entiende de razones.
Abrí los ojos y miré hacia el horizonte.
Lo siento.
Me humedecí los labios.
—Lo siento.
Las lágrimas me escocían en los ojos, lágrimas que me había negado a derramar.
—Siento no haber estado allí. Y siento haber sobrevivido cuando vosotros moristeis.
Se me escapó un sollozo y me temblaron los hombros.
—Pero Ellie y Pope tienen razón. Merezco ser feliz. Todos lo merecemos.
Me sequé las lágrimas que ahora me corrían por las mejillas.
—Os echaré de menos. Siempre os echaré de menos. Pero tengo que dejaros marchar. No puedo manteneros atados a este mundo.
Cerré los ojos y dejé que las lágrimas fluyeran.
—Os quiero. A todos. Nos vemos en la otra vida.
Mis defensas se derrumbaron. Una ola de emociones me arrolló, aplastándome bajo su peso. Los sollozos me brotaron del pecho, profundos y guturales, cargados de dolor contenido.
Un sonido como ninguno que hubiera oído jamás me estalló en el pecho, me desgarró la garganta y me salió por la boca: el aullido de un animal herido.
Unos brazos fuertes me rodearon y me atrajeron contra un pecho ancho y cálido.
—Te tengo.
Shield.
Intenté mirarlo, intenté recuperar el aliento para explicarme, pero las lágrimas no paraban.
—Déjalo salir, nena.
Shield se agachó, me cogió por debajo de las rodillas y me levantó en brazos, apretándome fuerte contra su pecho.
—Estás a salvo, Audrey. Te lo prometo.
Me llevó cruzando el patio hasta el granero reconvertido. Abrió de una patada la puerta de mi pequeña habitación y se sentó en la cama, sin dejar de acunarme en sus brazos.
—Eso es, buena chica. Déjalo salir todo.
Me quitó las gafas con suavidad y sacó un pañuelo de algún sitio para secarme las lágrimas.
—Y-y-yo... —Intenté explicarme, justificar mi estado.
—Nena.
Me tomó la cara entre las manos, me apartó el pelo y me miró con una sonrisa comprensiva.
—No tienes que explicar nada.
—Me despedí —dije entre hipidos, empeñada en acabar—. D-d-de mi familia. No lo hice... cuando murieron... no lloré. No pude. Pero a-ahora...
Me acarició el pelo.
—Esto está bien, nena. Me alegro de que lo estés asimilando.
Me atrajo de nuevo contra su pecho y me estrechó con fuerza.
—Déjalo salir. Estoy aquí, Audrey. Te lo prometo.
Todo el horror y el miedo, el dolor y la ira salieron de mí en una avalancha de lágrimas. Agotada por fin, me desplomé contra Shield, demasiado exhausta física y emocionalmente para moverme.
Me frotó la espalda con movimientos circulares, lentos y reconfortantes.
—Duerme, cariño. Estás a salvo en mis brazos.
Con un suspiro, cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño.