Shield (MC Almas sin nombre nº 4) AUDREY
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AUDREY

Había pasado una semana. Una semana durmiendo sola y evitando al hombre sexy, ceñudo y enfadado que parecía aparecer dondequiera que fuese.

Desayunaba y él estaba allí. Lavaba la ropa y él estaba allí. Ayudaba a Kate en el campo y, sí, lo adivinaste, él estaba allí.

Cada vez me hacía la misma pregunta.

Y cada vez respondía lo mismo.

—No.

Me dolía el corazón. Echaba de menos a Shield. Echaba de menos verlo y saborearlo. Hablar y reír con él. Echaba de menos cómo me entendía cuando todos los demás parecían ir a destiempo.

—Estás mustia —dijo Ellie, tendiéndome la mano para pedirme un destornillador.

Se lo pasé con un suspiro pesado.

—No estoy mustia. Solo... echo de menos una buena polla.

Resopló mientras apretaba el tornillo.

—Echas de menos más que eso —me miró—. Te gusta.

Hice una mueca.

—Solo en el sentido profesional del sexo.

—No, te gusta como hombre. Y como amigo. Y como amante. Y como posible pareja —me apuntó con el destornillador, agitándolo un poco—. Está bien admitir que te gusta. No voy a juzgarte.

—No es así.

—¿No? Entonces dime cómo es.

¿Cómo describes tener todo lo que deseas en tus manos pero estar tan aterrada de perderlo que no te atreves a arriesgarte?

Negué con la cabeza.

—Solo era sexo.

Ellie canturreó por lo bajo.

—¿Qué?

Negó con la cabeza.

—Para ser tan lista, eres idiota.

—¿Perdona?

Suspiró y dejó caer el destornillador sobre la mesa, a mi lado.

—No has vuelto a ser la misma desde que murió Jen.

Me quedé rígida. Jen había sido nuestra amiga. Nos había unido a todas. Estudiante universitaria, había sido el alma de la fiesta, siempre dispuesta a conocer gente nueva y a aceptarme sin juzgarme. Gracias a ella conocí a Jules, Lilith y Ellie.

Luego murió. Apenas unas semanas antes de la pandemia. Joven y en la flor de la vida, el cáncer se la llevó.

—Y luego perdiste a tu familia. Antes eras Audrey: corazón abierto, mente abierta, amabas a todo el mundo. Nos uniste. Creaste esta hermandad, pero ahora intentas desesperadamente alejarnos.

Ellie se cruzó de brazos.

—Llevo media década siendo tu amiga, Audrey. Las dos sabemos lo mucho que Jen significaba para nosotras. Y entiendo que perdiste a tu familia; todas hemos perdido a gente que nos importaba. ¿Y después de todo eso, Jules y Lilith desaparecen?

Negó con la cabeza.

—Es una mierda. Este mundo es una mierda. Pero cerrarte en banda no es la solución.

Se me contrajo el pecho, se me encogió el estómago.

Jen.

Sophie.

Mamá.

Papá.

Baba.

Papa.

John.

Jules.

Lilith.

Esas eran las personas que había perdido en mi vida. Y cada una se había llevado un trozo de mi corazón.

—Tú tienes a Blair —dije, refiriéndome a su hermana en Adaminaby—. Yo no tengo... no me queda nadie.

—¡Sí que te queda!

Ellie se dio un golpe en el pecho.

—Estoy yo. Está Kate. Están Jo, Lottie y Pope. Y puedes apostar lo que quieras a que también está el hombre con el que te has estado acostando. ¿Qué somos para ti si no tu gente? ¿El último mono?

Chasqueó la lengua.

—Cariño, no puedes ir por la vida como si cerrar tu corazón fuera la solución. El amor y el duelo no funcionan así. Solo te traerá arrepentimiento.

Bajé la mirada hacia mis pies, asimilándolo todo.

Ya tengo arrepentimientos. Tantos que podría llenar el océano con ellos.

Suspirando, Ellie me estrechó entre sus brazos.

—Mira, no intento presionarte en un sentido ni en otro. Si Shield no es para ti, pues vale. Pero ese hombre te mira como si le hubieras bajado la luna. Y tú, cariño, lo miras igual a él. Es empalagoso a más no poder, pero también sexy de narices.

Me aferré a ella, necesitando el contacto de otra persona para poder admitir lo que sentía.

—Tengo miedo.

Se rio.

—¿Y quién no?

Ellie se apartó y me limpió una lágrima que ni siquiera sabía que había derramado.

—Pero tú eres la más valiente de todas, Audrey.

Cuando ya no quedaba esperanza, ideaste un plan.

Hiciste lo que había que hacer. Nos obligaste a sobrevivir.

Nos convertiste en lo que somos y forjaste nuestra hermandad.

Te debemos la vida. Y sé que eso nunca podrá devolverte a tu familia, pero te queremos. Y mereces ser feliz.

Negué con la cabeza.

—Solo piénsatelo, ¿vale?

Cogió el destornillador.

—Bueno, ¿por dónde íbamos?

—Perdón por interrumpir —dijo Jo, asomándose a la puerta del laboratorio—. Pero pensé que os gustaría saber que cierta comandante y su sombra acaban de aparecer por el camino de entrada.

Se me heló el corazón en el pecho.

—¿Ava?

Jo asintió con una amplia sonrisa.

—Y no quiero que os hagáis ilusiones, pero traen vehículos.

¿Jules y Lilith?

Giré sobre mis talones y salí corriendo, con los pulmones pesados y el estómago revuelto.

Que estén vivas. Que estén vivas. Por favor, si hay algún ser benevolente ahí fuera, que estén vivas.

Doblé la esquina del laboratorio y vi a Ava. La alegría floreció en mi pecho, inesperada pero bienvenida.

—¡Has vuelto! —grité, cruzando el patio a toda prisa—. ¿Las encontraste? —exigí mientras me lanzaba sobre Ava y la envolvía en un fuerte abrazo.

—Sí, nena. Están en el coche de atrás.

Di un salto hacia atrás y me quedé mirando el camión que avanzaba por el camino de entrada, sin poder creer lo que veía.

Lilith iba al volante, Jules de copiloto. Las dos me saludaban frenéticamente con sonrisas tan amplias como la mía.

—Sabía que lo lograrías —dije, sorprendiéndome de la convicción de mi propia voz.

No había querido admitirlo, pero había albergado una esperanza desesperada de que lo consiguiera. Había contenido mis emociones, mintiéndome sobre lo mucho que me importaba el resultado.

Más tonta tú.

Ava contuvo el aliento.

—Joder. Podrías habérmelo dicho antes de irme.

Me reí.

—Tengo tantísimo que contarte. Kate y Wrath se han casado...

—Vaya —dijo, parpadeando—. Eso es...

—...y me acosté con un hombre —seguí parloteando, desbordada de alegría porque estuviera aquí—. Y está muy bueno.

—¿Pope por fin se puso las pilas? —Ava sonrió y se cruzó de brazos.

¿Pope? ¿Por qué todo el mundo piensa que me acostaría con Pope?

Arrugué la nariz.

—Qué va, Pope y yo solo somos amigos. Jamás podría acostarme con un amigo.

Arqueó las cejas de golpe.

—Perdona. ¿Qué?

—Y mi perra está preñada —suspiré—. Lottie lo confirmó ayer. ¿Queréis comer algo? Tenemos...

—Espera, Audrey —Ava levantó una mano—. ¿Te acostaste con alguien que no es Pope?

Asentí con energía.

—Sí, ¿pasa algo?

—Quiero decir... —Miró a Ghost, que parecía mortalmente aburrido con esta conversación. No lo culpaba.

—¿No? —dijo al fin, sin sonar muy convencida.

—Es majo —dije, pensando en Shield—. Pero mandón. En la cama me gusta, pero en la vida real es un pesado, así que nos hemos tomado un respiro. Él insiste en que no, pero sí.

El todoterreno se detuvo y Lilith y Jules abrieron las puertas de golpe. Esquivé a Ava, corrí hacia ellas y las envolví en un fuerte abrazo.

—Os he echado de menos —dije, aferrándome a mis amigas.

—Nosotras también te hemos echado de menos —dijo Lilith, con su acento anglo-nigeriano cargado de emoción—. Tenemos tantísimo que contarte, Audrey.

—¿Estáis a salvo? —pregunté, dando un paso atrás para examinarlas con ojo crítico—. ¿Estáis bien?

Con su metro ochenta y dos, su tez morena impecable, sus ojos dorados y su cuerpo esbelto y estilizado, Lilith parecía más una supermodelo que una ingeniera eléctrica. Estaba guapa incluso con la piel seca y agrietada en algunas zonas y el pelo hecho un desastre.

—Estamos bien —Jules tiró de mí para abrazarme de nuevo—. Joder, cómo he echado de menos tu cara.

Jules no podía ser más diferente de Lilith. Bajita y rellenita, con el pelo rojo anaranjado tendente al encrespamiento y un estallido de pecas sobre la piel pálida, en ese momento parecía un Oompa Loompa quemado por el sol, con los ojos cansados, inyectados en sangre y rodeados de ojeras oscuras.

Kate, Jo y Ellie se unieron a nuestra fiesta de bienvenida con abrazos, lágrimas y cotilleos.

—Vaya, vaya, vaya —exclamó Pope, cruzando el patio con los brazos abiertos en señal de bienvenida—. Pero si son el hijo y la hija pródigos, de vuelta a nuestro acogedor seno.

A mi lado, Jules se tensó.

—Eh —la miré—. ¿Estás bien?

Asintió despacio, con la mirada clavada en Pope.

Detrás de él venía el resto del grupo de Adaminaby: Runner, Butcher, Wrath, Texas, Swift y Zero, ahora manco.

—¿Dónde está Lottie? —preguntó Ava cuando se calmó la emoción inicial.

—En el quirófano. Uno de los chicos tuvo un encontronazo con una serpiente. Están por todas partes por aquí, según me dicen... —Pope se interrumpió y se quedó paralizado al ver a Jules—. Joder.

Miré de Jules a Pope y de Pope a Jules.

—Eres tú —dijo Jules con los ojos como platos.

—Espera, ¿os conocéis? —pregunté, intentando seguir la conversación.

—No —negó Jules.

—Sí —respondió Pope.

—Es decir... —empezó Jules.

—En realidad no... —corrigió Pope.

Los dos se callaron y se fulminaron con la mirada.

Divertida, ladeé la cabeza.

—¿Esto es algo sexual?

Jules, ya roja como un tomate por la quemadura solar, se puso color magenta.

—¡No, no es nada sexual!

Pope arqueó una ceja.

—¿Segura, Caperucita?

¿Caperucita?

Jules farfulló algo y se dio la vuelta, alejándose airada.

—Oíd —dijo Ava, interrumpiendo aquel divertido interludio—. ¿Puede alguien llevarme con mi...?

Al otro lado del patio, Lottie gritó y echó a correr hacia su hermana. Ava salió disparada y se encontraron a mitad de camino.

Verlas, presenciar su alegría al reunirse... dolía. Me alegraba por su reencuentro, aunque sabía bien el dolor que la incertidumbre les había causado.

¿Merece la pena amar si trae consigo dolor? ¿Cómo se decide?

Vi a Shield acercarse a Ghost, con las manos en los bolsillos mientras observaba la escena.

El corazón me dio un vuelco, sentí mariposas en el estómago.

Lo amo.

Contuve el aliento.

Mierda. Lo amo.

Lo observé saludar a Ava y Ghost mientras su mirada recorría el patio. Nuestros ojos se encontraron a través del espacio.

Lo amo. Y no quiero.

Me alejé de nuestro pequeño grupo, atraída como una polilla a la llama.

—Ava, ¿conoces a Shield? —pregunté, manteniendo un tono ligero.

Asintió.

Señalé a Shield.