Shield (MC Almas sin nombre nº 4) SHIELD
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SHIELD

—¿Hiciste una lista?

Audrey me tendió el bloc de notas.

—Puedes ver que hay una escala de valoración. Y espacio para incluir cosas como el ángulo, el tiempo hasta llegar al clímax, y demás.

¿Esto está pasando de verdad?

Hacía una hora, había dejado a Audrey durmiendo en mi cama.

Me había aseado, había recorrido el perímetro y había hablado con algunos hermanos.

Había vuelto con la idea de despertarla con una sesión matutina tranquila antes de desayunar y caminar hasta la zona que Wrath había elegido para esta boda improvisada.

Encontrarla despierta y vestida, sentada con las piernas cruzadas en mi cama, rodeada de montones de papel usado mientras garabateaba frenéticamente en un cuaderno descolorido, no entraba en mis planes para hoy.

Cogí las páginas que me ofrecía y las hojeé.

Posiciones sexuales.

Fantasías.

Deseos.

Las páginas estaban llenas —en orden alfabético y numérico— de todo lo que Audrey quería que probáramos.

—¿A qué viene esto?

Se encogió de hombros, cambiando el peso de un pie a otro.

—Dijiste que debería pedir lo que quiero.

Señaló el papel en mis manos.

—Esto es lo que quiero.

—¿De verdad quieres esto?

Di un golpecito con el dedo sobre una de las entradas.

Asintió con gesto serio.

—Leí que el sexo anal puede ser extremadamente placentero para una mujer si lo hace con una pareja en la que confía.

Me aclaré la garganta.

—¿Confías en mí?

—Por supuesto.

Arqueé una ceja.

—Nena, apenas me conoces. Darle tu culo a alguien no es algo que se haga en una primera cita.

Se encogió de hombros.

—Los datos me dicen que eres una persona de valor.

¿Una persona de valor?

—¿Qué coño significa eso?

Levantó la mano y empezó a contar con los dedos.

—Eres un líder elegido que ha logrado mantener ese liderazgo durante mucho tiempo.

Dejaste la seguridad de tu complejo para viajar a los otros Capítulos y asegurarte de que estuvieran a salvo.

Reconoces cuando alguien lo está pasando mal e intentas facilitarle la vida.

Das las gracias, por pequeño que sea el gesto.

No te crees demasiado bueno para el trabajo duro.

Escuchas —de verdad escuchas— cuando la gente habla.

Esperas para comer hasta que todos los demás estén servidos. Tú...

Se detuvo, parpadeando como si acabara de darse cuenta de algo.

—Oh —murmuró—. Confío en ti.

Tiré su cuaderno sobre la mesa, ignorando su gritito cuando le agarré el pelo con los puños y acorté la distancia entre nosotros.

—¿Audrey?

—¿Sí? —preguntó sin aliento, con las mejillas encendidas.

—Probemos el número treinta y seis.

Abrió los ojos de par en par.

—¿En serio? ¿Y qué pasa con la boda?

Mierda.

Suspiré y apoyé la frente contra la suya.

—Vale. Iremos a la boda. Pero después, haremos el número treinta y seis.

Sonrió.

—De acuerdo.

Se apartó y me empujó el pecho.

—Ahora vete. Tengo que prepararme.

—Pero...

—¡Vete!

Me empujó fuera de la habitación y cerró la puerta.

Parpadeé, flipando con lo que acababa de pasar.

—Sabes que está agobiada, ¿verdad? —preguntó Pope desde el otro lado del pasillo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Audrey. Está agobiada. Está convencida de que no sirve para las relaciones. Y te garantizo que ver a Kate y Wrath casarse hoy le va a dar fuerte.

Pope se apartó de la pared.

—Sabes que perdió a todos cuando llegó el virus. Me lo contó Ellie: se suponía que iba a estar en casa ese fin de semana, pero se quedó liada con algo en la universidad. Es la única razón por la que sigue viva.

Crucé los brazos.

—¿Y tú cómo sabes todo esto?

Pope se encogió de hombros.

—Me recuerda a alguien.

Apartó la mirada y se frotó el pecho.

Su hermana.

No insistí.

—Crees que tiene culpa del superviviente.

—¿Quién no la tiene?

Suspiré.

—Ya. Pero algunos lo llevamos mejor que otros.

—Ahora lo pillas, grandullón.

Se metió las manos en los bolsillos y se dio la vuelta para irse.

—Te espera mucho curro, Prez. Espero que merezca la pena.

Lo vi alejarse.

—La merece.

La boda tuvo lugar bajo un eucalipto en el patio principal. La ofició un herrero y la presenció todo el que se paró a mirar.

La novia llevaba un vestido blanco y una corona de flores silvestres. El novio llevaba sus vaqueros, una camisa limpia y su chaleco.

No hubo fotos, pero me aseguré de que la comida corriera y de que se empezara a beber a las doce en punto.

En cuestión de horas, la celebración se había convertido en una fiesta desenfrenada.

Mandaron a los novios a su «suite de luna de miel» mientras los residentes del Búnker seguían de fiesta hasta bien entrada la noche.

Pillé a Audrey en un giro y la atraje hacia mí mientras la música de la banda improvisada cambiaba, haciéndose más lenta.

—Ven —le susurré al oído—. Sígueme.

—¿Adónde? —preguntó, dejándose llevar.

—Ya lo verás.

Nos mantuvimos entre las sombras hasta llegar al rincón tranquilo que había localizado esa mañana.

La arrinconé contra la parte trasera del granero de madera y la besé hasta aturdirla.

Deslicé las manos lentamente por su cuerpo hasta cubrir sus pechos turgentes.

—Estos me han vuelto loco toda la noche —admití—. ¿De dónde has sacado este maldito vestido?

—Kate lo trajo consigo.

Le pellizqué los pezones a través de la fina tela y sonreí al oír su jadeo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó sin aliento.

—Dándote el número treinta y seis.

Abandoné su boca por su cuello, besando y succionando su piel sensible mientras bajaba.

—Shield, por favor.

Bajé las manos a su falda y fui subiéndole la tela por las piernas hasta arremolinársela en la cintura.

—Sujeta esto —ordené.

Agarró la tela. Tenía los ojos muy abiertos detrás de las gafas mientras yo le enganchaba los dedos en la ropa interior y se la bajaba por las largas piernas.

—Sal de ella, nena.

Obedeció, apoyándose en mis hombros para mantener el equilibrio.

—Buena chica. —Le presioné la ropa interior contra los labios—. Ahora abre bien.

Vaciló un instante, pero luego aceptó la tela y dejó que se la metiera en la boca.

—Date la vuelta, nena. Déjame ver ese trasero.

Su fantasía había sido sexo al aire libre. Este escenario era cosa mía.

—Inclínate —ordené mientras le pasaba las manos por las piernas y la curva del trasero—. Apoya las manos en el granero.

Obedeció, y sonreí.

—Buena chica.

Me quité el cinturón y dejé que oyera el tintineo del metal.

—Ahora voy a follarte ese coño apretado, Audrey. Y vas a aguantarlo, ¿verdad?

Asintió con vehemencia.

—Buena chica.

Le pasé una mano por el trasero y bajé para abrirla.

—Joder, estás empapada. —Guié mi polla hasta su entrada y me alineé—. Quieres esto, ¿verdad, nena?

Asintió de nuevo, meneando las caderas y el trasero.

—Bien. —Con una embestida brutal, me hundí en su coño apretado, ignorando el grito que la ropa interior le amortiguaba.

Me aferré a sus caderas para inmovilizarla.

—Joder, qué apretada estás. Apriétame, nena. Oblígame a ganármelo.

Sus músculos se tensaron alrededor de mi polla y gemí mientras la follaba con un movimiento deliberado para darle en el punto G.

Se arqueó hacia atrás, con las manos golpeando el granero y las piernas temblándole.

Ya falta poco, ya falta poco, ya falta poco.

Una embestida, dos, tres, y entonces explotó a mi alrededor, convertida en un desastre tembloroso y descontrolado.

La sujeté, estrechándola contra mí mientras me corría y le llenaba ese dulce coño.

Con cuidado, le bajé el vestido y le saqué la ropa interior de la boca para guardármela en el bolsillo de los vaqueros.

—¿Estás bien? —pregunté, abrazándola con fuerza.

Asintió, con la cara hundida en mi camisa.

Le acaricié el pelo.

—¿Segura?

Asintió de nuevo, pero luego negó con la cabeza. Echó la cabeza hacia atrás y me miró con una expresión extraña.

—¿Shield?

—Sí, nena.

—Creo que deberíamos dejarlo.