Shield (MC Almas sin nombre nº 4) AUDREY
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AUDREY

El todoterreno dio un bote al pasar por un bache grande, bamboleándose. Miré por el espejo retrovisor y sonreí al ver a Lottie y Zero parpadear soñolientos antes de volver a acurrucarse el uno contra el otro.

Un romance que se había ido cocinando a fuego lento sin que yo lo viera venir.

A diferencia del tuyo.

Mis pensamientos abandonaron el viaje y se centraron en el hombre en cuestión. Lo sensato sería cortar con él. Ya había conseguido lo que necesitaba: una mente más despejada. Pero había arraigado una nueva adicción, una que me pedía más besos, más caricias, más Shield.

No debería haberme sorprendido: el hombre tenía un cuerpo que me atraía. Pero si a eso le sumaba que era amable, generoso y parecía encontrarme fascinante... Bueno, aquello prometía ser un desastre en toda regla.

Nada de relaciones.

Tenía que seguir recordándome que estaba mejor sola. Me había acomodado, había bajado la guardia, confiando en otros y enredándome cada vez más en sus vidas.

Se acabó. Era hora de restablecer los límites.

Había relaciones que no podría deshacer, como mi amistad con Ellie: existían desde mucho antes del fin del mundo. Eran la razón principal por la que habíamos podido reunir a las mujeres de nuestras vidas.

Pero otras podían eliminarse o reconvertirse en algo menos emocional y más transaccional.

Como Shield. Devuélvelo a la categoría de desahogo físico. Dejaste que se te escapara de las manos. No dejes que vuelva a pasar.

Con la decisión tomada, alargué la mano para acariciar a Killer.

—Tenemos todo lo que necesitamos.

«¿Estás segura?».

Ignoré la voz en mi cabeza.

En las últimas horas del día, llegamos a Cunnamulla. Atravesar el pueblo desolado con sus casas y coches abandonados, después de días de belleza agreste, me hizo tomar conciencia de la era de la humanidad en la que vivíamos ahora.

«Esto es o el comienzo del fin o el principio de algo nuevo».

Las palmeras se mecían con el cálido viento primaveral mientras un grupo de canguros, sobresaltados por el ruido de nuestros vehículos, saltaba por la calle principal.

Seguimos a Shield mientras nos guiaba por las calles abandonadas hacia el otro lado del pueblo fantasma.

Continuamos por un largo camino hasta que giró para entrar en un sendero de acceso.

El camino de tierra era largo y serpenteante, y atravesaba una valla de ladrillos antes de adentrarse en la densa maleza.

El terreno era llano, con la tierra roja asomando entre los arbustos. Aquí y allá había canguros o emúes, que levantaban la cabeza a nuestro paso.

—¿Dónde estamos? —preguntó Lottie, inclinándose hacia delante en su asiento.

—El Búnker —respondió Zero mientras daba golpecitos en la ventanilla—.

Es la parcela más grande que tenemos. Uno de los hermanos nos la dejó hace décadas.

Fue base de entrenamiento militar, luego estación ganadera.

Granja en otra época. Más recientemente, era nuestra sede: el punto intermedio para los que buscaban un poco de paz y tranquilidad.

—¿Y ahora? —preguntó Lottie mientras tomábamos otra curva del largo camino.

—Ahora es un santuario para los capítulos de esta región.

—¿Puede sobrevivir algo aquí? —pregunté con una mueca al ver la nube de polvo que levantaban los vehículos de delante.

—Sí, pero no sin ayuda.

Seguimos el camino otro kilómetro hasta que una estructura se alzó en la distancia, titilando en el horizonte.

—¿Es eso? —preguntó Lottie, señalando la torre.

—Sí —confirmó Zero—. Ese es el Búnker.

A medida que nos acercábamos, me sorprendió ver torres y muros hechos de metal oxidado y abollado.

—¿Estamos a salvo?

Zero soltó una risita.

—Aquí las cosas se hacen de otra manera. Pero sí, estás a salvo. Eres del Club.

Hombres y mujeres se alineaban en lo alto del muro gigante, con las armas apuntándonos mientras nos acercábamos.

Apreté las manos en el volante. Killer emitió un gruñido sordo, captando mi tensión.

—Tranquila —murmuré—. Estamos bien.

Shield hizo una señal con las manos que no llegué a captar del todo, pero bajaron las armas. Un instante después, la enorme verja se abrió deslizándose y nos franqueó la entrada.

Cruzamos la puerta y pasamos bajo un enorme letrero que rezaba Club de Motociclistas Almas Sin Nombre – Capítulo Cunnamulla.

Un tipo nos indicó que pasáramos y nos señaló una zona para aparcar. Se me abrieron los ojos de par en par al ver dónde nos habíamos metido.

—Esto es... guau.

En este castillo distópico cabrían al menos treinta de los fuertes de Farmer. Habían levantado viviendas, corrales, puestos de mercado y varios talleres para cubrir las necesidades de la gente. La casa original de estilo Queenslander se alzaba en el centro, con gente que entraba y salía atareada.

Aparqué el todoterreno y bajé. Fruncí el ceño al ver a Shield apearse de la moto y sacudirse el polvo del pelo.

—Pensé que habías dicho que estaban desesperados.

—Lo están.

Señalé con un gesto el bullicioso asentamiento que nos rodeaba.

—Pues no lo parece.

Shield frunció el ceño.

—No has visto los almacenes.

—Pensaba que no volveríamos a verte —retumbó una voz desde el patio.

Shield se giró y sonrió al hombre que se acercaba.

Era alto y corpulento, de piel oscura y cabello aún más oscuro salpicado de canas. El pendiente de diamante le brillaba a la luz de la tarde. Me recordaba a un pirata: elegante, con un aire canalla.

—Jamás —declaró Shield, dándole una palmada en la espalda—. Necesitas toda la ayuda que puedas conseguir.

Shield se volvió hacia mí y me puso una mano posesiva en la parte baja de la espalda.

—Ash, te presento a Audrey, mi mujer.

Palidecí y giré la cabeza bruscamente para mirarlo.

—¿Tu... qué?

—Mi mujer —me clavó la mirada—. ¿Verdad?

Por encima de su hombro, vi a Kate haciéndome gestos frenéticos de que me callara, pasándose la mano por el cuello.

—Eh. Claro. O sea, sí.

Ash enarcó una ceja, pero se guardó sus pensamientos mientras me estrechaba la mano.

—Encantado de conocerte, Audrey. Bienvenida al Búnker.

—Gracias.

—Ash es el vicepresidente aquí —Shield miró por encima del hombro—. ¿Dónde está Rizzo?

—El Prez está de cacería. Pero le mandaré aviso. Si queréis comer algo y daros una ducha, nuestros prospectos pueden llevaros.

—En realidad —interrumpió Wrath, atrayendo a Kate hacia sí—, ¿tenéis un herrero por aquí?

Kate alzó la vista hacia él, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas y los labios apretados.

—¿Un herrero? —pregunté—. ¿Para qué necesita un herrero?

Jo negó con la cabeza y me mandó callar.

—Sí, en la parte de atrás —el vicepresidente hizo un gesto a uno de los prospectos—. Llévalo con Smoke.

Wrath y Kate se alejaron mientras Ash saludaba al resto del grupo y pedía a uno de los prospectos que nos hiciera un recorrido rápido por la zona.

El tamaño del Búnker era impresionante, y durante el paseo por las distintas áreas, el prospecto nos explicó algunas de las normas y rutinas establecidas para facilitar la convivencia.

—La casa vieja es nuestro cuartel general. Si necesitáis algo, allí hay gente que puede orientaros. Rizzo vive en la cabaña de atrás. Si os parece bien, os alojaremos en el granero reformado. Acabamos de convertir los establos en habitaciones abuhardilladas. Son pequeñas pero cómodas.

Señaló las nuevas fortificaciones y nos habló de las mejoras previstas.

—¿Y los almacenes? —preguntó Shield mientras nuestro grupo se acercaba a la pequeña cabaña.

El prospecto vaciló.

—Dejaré que Rizzo y Ash os lo expliquen. Ya debería haber vuelto.

Efectivamente, el VP y un hombre mayor estaban sentados a una mesa, con bebidas frías, pan y mantequilla fresca dispuestos ante ellos.

El hombre mayor, Rizzo, tenía la cabeza rapada, barba recortada y los brazos cubiertos de tatuajes.

Charlamos un rato mientras comíamos hasta saciarnos. Wrath y Kate reaparecieron poco después, sonrojados y limpios tras una ducha.

Negué con la cabeza, divertida por lo evidente de la situación.

—La cosa está mal —dijo Rizzo después de que se sentaran a la mesa—.

No llovió lo suficiente en invierno y los cultivos no están cuajando.

Los granjeros se quejan de que va a ser un año de escasez, y las reservas ya están bajo mínimos.

Cada día nos llegan más refugiados —suspiró, pellizcándose el puente de la nariz—.

La carne nos está manteniendo de momento, sobre todo canguro, con algún cerdo o vaca de vez en cuando para subir la moral. Pero incluso eso cuesta conseguirlo.

—¿Qué necesitáis? —preguntó Wrath mientras le servía un vaso de agua a Kate.

—Un milagro —Ash se rio con amargura—. O lluvia. Cualquier cosa que haga crecer esos cultivos.

—Q-quizás pueda ayudar —ofreció Kate—. No soy granjera, pero soy botánica y me he formado en horticultura. Entiendo cómo crecen los cultivos y qué puede estar afectándolos. Puedo asesorar sobre los nutrientes del suelo y sobre dónde conviene plantar cada cosa.

A Rizzo se le curvaron los labios en una media sonrisa.

—Te lo agradecería mucho si pudieras intentarlo. Los dioses saben que nosotros lo hemos intentado y hemos fracasado. Hasta los veteranos están pasándolas canutas.

Ash se pasó una mano por el pelo.

—Es el suelo. No tiene la consistencia adecuada para cultivar. Si estuviéramos unos veinte kilómetros al oeste, sería otra cosa.

—Entonces, ¿por qué no os mudáis? ¿O al menos cultiváis en esa zona? —preguntó Ellie, alcanzando otra rebanada de pan.

—Bastardos. Todo el distrito está plagado de ellos. Llegaron el otoño pasado como una maldita plaga de langostas —Ash escupió en el suelo—. Sobrevivimos por los pelos.

—¿Y no tenéis miedo de que vengan aquí? —preguntó Kate.

—Hay un río entre nosotros y los bastardos. Eso los mantiene en ese lado del pueblo, al menos por ahora. Mientras tanto, tenemos que cultivar. Y hasta que los bastardos se larguen, nos toca apañarnos con el suelo que tenemos.

Incliné la cabeza hacia un lado. El esbozo de una idea empezaba a tomar forma.

Los hombres siguieron poniéndose al día mientras caía la tarde. Sirvieron la cena: canguro asado con verduras. Encendieron las lámparas, y fuera, el bullicioso Búnker fue quedándose en silencio, dejando paso a los sonidos de la noche.

—Creo que nos retiraremos por esta noche —dijo Shield, apartándose de la mesa. Se estiró y la camiseta se le subió un poco, dejando ver el estómago—. Gracias por la cena. Mañana Kate echará un vistazo a los campos.

—Pasado mañana —corrigió Wrath, con el brazo alrededor de Kate—. Nos casamos mañana.

Un silencio siguió a sus palabras.

—Perdona —dije lentamente—. ¿Has dicho... casados? ¿Como...? —hice un círculo con una mano y pasé el dedo anular de la otra a través.

Kate asintió con una sonrisa preciosa que le iluminaba el rostro.

—Me lo pidió y dije que sí.

—Joder. Te vas a casar —señalé a Wrath—. ¿Y con él? ¿Estás segura?

Se rio y le puso una mano en el estómago a Wrath.

—Estoy segura.

—Bueno, mierda. Eso es...

—¡Dios mío! —chilló Lottie, lanzándose sobre Kate—. ¡Te vas a casar!

—No puedo creerlo —exclamó Ellie, envolviéndolas a las dos en un abrazo grupal—. ¡Qué emocionante! ¿Cómo podemos ayudar?

—N-n-no hay nada que hacer. Solo venid a verlo si queréis.

—Trato hecho —Jo extendió la mano para que Wrath se la estrechara, entornando los ojos hacia él—. Más te vale cuidar de ella.

—Lo haré —prometió él con una sonrisa relajada—. Se merece lo mejor.

Sin saber cómo procesar aquel acontecimiento trascendental, empecé a soltar datos y estadísticas sobre bodas.

—¿Sabíais que la boda más antigua documentada se remonta al 2350 a. C. en Mesopotamia? ¿Y que la palabra inglesa «wedding» deriva de «wed», que significa comprometerse? Las novias solían llevar...

Kate me atrajo hacia ella en un abrazo, cortando mi perorata.

—Sé que es un cambio enorme —susurró, estrechándome con fuerza—. Pero es un buen cambio. Te lo prometo.

Le devolví el abrazo, tragándome mi pregunta.

«¿Cómo puedes estar tan segura?»

Permanecía despierta escuchando la respiración acompasada de Shield a mi lado. Nos habían asignado unos apartamentos reconvertidos, espacios diminutos que apenas consistían en una ducha estrecha, un váter y una cama. Pero estaba caliente, seco y relativamente tranquilo.

Por primera vez desde que había empezado a acostarme con Shield, me había excusado para no tener sexo.

—Estoy cansada —había mentido, dándole la espalda—. Lo siento.

—No pasa nada, cariño. No tienes que disculparte. Han sido unos días muy largos —me había besado el hombro y me había atraído hacia él—. Duerme. Mañana llegará antes de lo que piensas.

Y ahí estaba yo, horas después, contemplando la luz de la luna mientras se deslizaba lentamente por el techo.

Casada. Una familia. Quizá bebés.

La idea me aterrorizaba. Kate ya había perdido tanto... a su madre, a sus amigas, ¿y ahora esto? Wrath podía morir mañana, y Kate se quedaría sin nada más que dolor.

Cerré los ojos y tomé otra bocanada de aire.

No quería apartar a Shield de mi vida por completo. Pero también necesitaba alejarnos de la intimidad que él había empezado a construir.

«Podemos ser follamigos. Nada más».

Las formas de conseguirlo revoloteaban por mi cabeza, una opción tras otra, cada una considerada y descartada hasta que encontré la opción perfecta.

«Una lista de sexo».

Lo mantendría tan ocupado sexualmente que no tendría oportunidad de atraerme con conversaciones profundas.

«Porque eso ha funcionado tan bien en todas las comedias románticas jamás escritas».

Acallé la voz de la duda, satisfecha de saber exactamente lo que tenía que hacer para mantener a Shield a distancia.

«Ya te gustaría».