SHIELD
En lugar de seguir hasta Cunnamulla, había declarado un día de descanso. Mi gente estaba agotada; lo noté durante la cena de la noche anterior. Habían pasado por un infierno en los últimos meses, y este pequeño oasis en el desierto les ofrecía un respiro seguro y muy necesario.
Después de ocuparme de las revisiones de los vehículos, las reparaciones menores del equipo y lavar algo de ropa, mi gente se dispersó y cada uno buscó su propio espacio y actividades para la tarde.
Secuestré a Audrey y la llevé de vuelta a nuestra cala. Ya había poseído su hermoso cuerpo tres veces, pero mi hambre por ella no había disminuido. Nunca había sentido algo así. No esta intensidad. No esta necesidad abrumadora de marcarla, reclamarla y protegerla.
Incluso ahora, relajado y reclinado contra un árbol, observaba a Audrey con la intensidad de un lobo que acecha a su presa.
Llevaba el cabello suelto y húmedo, con ligeros rizos por el calor húmedo de la tarde.
Vestía solo mi camisa, con las piernas desnudas recogidas sobre la arena húmeda de la orilla del río.
Sus dedos trazaban círculos distraídos en el agua mientras contemplaba el horizonte, perdida en sus pensamientos.
Egoístamente, quería que pensara solo en mí. Quería todos sus pensamientos, todos sus sueños, todos sus deseos.
Quería serlo todo para ella.
—¿En qué piensas? —pregunté, rompiendo la quietud de la tarde.
Sus dedos se detuvieron. La corriente lenta atrapó las ondas y las arrastró río abajo.
—La población mundial solía rondar los ocho mil millones de personas. De ellos, poco menos de la mitad eran mujeres.
—Me lanzó una mirada—.
Las sociedades tradicionalmente patriarcales discriminan desproporcionadamente a las niñas recién nacidas, lo que puede derivar en abortos, infanticidio o neonaticidio femenino.
—¿Neonaticidio? —pregunté, sin saber adónde quería llegar Audrey.
—El asesinato intencionado de un bebé en las primeras veinticuatro horas de vida.
—Ah.
—Hice una mueca—.
Una palabra que habría preferido no conocer.
Audrey levantó una mano para apartarse un mechón de pelo negro y liso de la cara.
—Si asumimos que las mujeres suman aproximadamente tres mil novecientos millones, podemos empezar a estimar el impacto del virus en la población.
Arqueé una ceja, fascinado por cómo funcionaba su mente.
—Continúa.
Se inclinó y pasó el dedo por la arena de la orilla, trazando números a medida que calculaba.
—Si el virus tiene una tasa de supervivencia del dos por ciento, y sabemos que las mujeres, los niños y los ancianos tenían una tasa de infección del ochenta y cuatro por ciento, entonces podemos asumir...
—Frunció el ceño y empezó a verificar sus cifras—.
Estimemos que dos mil millones son jóvenes y otros mil quinientos millones son ancianos. Luego hacemos algunas suposiciones sobre las normas de género y la esperanza de vida media...
Comenzó a murmurar para sí misma mientras su dedo se movía por la arena, trazando un conjunto complejo de cálculos.
Su mente funcionaba de maneras fascinantes e impredecibles. La lógica y la razón chocaban con la pasión y la persistencia, dando forma a una mujer rebosante de curiosidad y convicción.
No había nada que deseara más que explorar cada rincón oculto de su mente, al tiempo que reclamaba su cuerpo.
«Eres mía, Audrey. Aunque aún no lo sepas».
Había empezado a aceptar la idea de hacerla mi mujer. ¿Íbamos demasiado rápido? Sí. ¿Merecía la pena? Joder, sí.
—Dos mil setecientos millones. Más o menos.
—¿Muertos? —pregunté mientras la observaba repasar sus cálculos.
—No, supervivientes.
—Asintió una vez—.
Aunque son cifras aproximadas. No tiene en cuenta a los que tienen una esperanza de vida mínima, los que pasan hambre, los que murieron durante los disturbios e invasiones, los que han muerto desde entonces...
Me incliné y le tomé la mano para detener su torrente de palabras.
—¿Qué te hizo pensar en esto?
Bajó la mirada hacia nuestros dedos entrelazados. Me pregunté qué pensaría de mi piel bronceada y áspera contra la suya, suave y dorada por el sol.
—Dijiste que esperabas que tu hermana siguiera viva. Que hubiera encontrado un lugar seguro y no solo estuviera sobreviviendo, sino prosperando.
—Audrey levantó la vista, con lágrimas brillándole en las pestañas—.
Quería darte esperanza. Darte una cifra a la que aferrarte cuando pensaras en ella.
Extendí la mano para secarle las lágrimas.
—Y lo hiciste, entonces ¿por qué lloras?
—Cuando añado el hambre y que está en un país desconocido y...
Me reí, la atraje hacia mi pecho y la estreché entre mis brazos.
—Audrey, cariño. ¿Crees que no sé que las probabilidades están en su contra?
—Le rocé la frente con un beso—.
No son las probabilidades las que me dan esperanza. Es conocer a mi hermana. Saber la mujer fuerte y poderosa que es. Saber que es ingeniosa y astuta. Es valiente y hará lo que sea necesario para sobrevivir.
Me eché hacia atrás un poco y la miré a los ojos, esos grandes ojos color whisky.
—Casi no hay posibilidad de volver a encontrarla en esta vida. De oír su voz o ver su rostro. Pero en mi corazón, puedo imaginar un mundo en el que es feliz. Y algún día nos reuniremos en el más allá, sea cual sea.
Audrey sorbió por la nariz, con el labio inferior temblándole ligeramente.
—No creo en la vida después de la muerte. La religión organizada no va conmigo.
—¿No?
—Bajé una mano y le rocé el pezón con un dedo—.
¿Estás segura? Podría jurar que anoche invocabas a Dios.
La oí contener el aliento. Su mirada se clavó en la mía mientras se inclinaba hacia mi caricia.
—¿Me estás proponiendo llevarme al cielo?
Una sonrisa me cruzó el rostro.
—Nena, pensé que nunca me lo pedirías.
La desplacé un poco hacia atrás en mi regazo para hacer sitio y liberar mi polla de los bóxers.
Agarré mi polla, usando un poco de líquido preseminal para deslizar la mano a lo largo.
—¿Te gusta mirar, Audrey?
Disfruté de su estremecimiento ante mi pregunta, con su mirada oscura clavada en mi polla.
—Sí.
Su confesión jadeante me pilló por sorpresa.
—¿Ah, sí? —Me recosté contra el árbol, dejando espacio para empezar a acariciarme la polla lentamente—. Cuéntame más.
Recogió una gota de líquido preseminal con el dedo. Se llevó la mano a los labios y se los untó con mi semilla.
—Zorra traviesa.
Se sonrojó, pero me sostuvo la mirada con descaro.
—En el Antes, me gustaba ver porno.
—¿Y cuál era tu favorito?
Tragó saliva.
—Dependía del momento, pero... —Vaciló.
Joder.
Me incliné hacia delante, soltándome la polla para tomarle el rostro entre las manos.
—Audrey, aquí no se juzga. Si te gusta algo, te gusta.
Te diré si no va conmigo. Pero eso no significa que no quiera oírlo.
Si algo te pone húmeda y suplicando por mi polla, quiero saberlo.
Si está en mi mano dártelo, lo haré. Tus deseos, tus fantasías, lo que te pone húmeda y necesitada...
no tienes que disculparte por nada de eso.
—Me gusta el porno sensual. Donde hay muchas caricias y juego con los dedos antes de que empiecen a follar duro.
Le solté el rostro, bajé la mano para agarrarme la polla y me recosté de nuevo.
—Continúa.
Se lamió los labios.
—La masturbación, el lésbico o el de mujer-mujer-hombre van bien para eso. Aunque no creo que sea bisexual. Solo me gusta mirar.
La idea de Audrey con otra mujer debería haberme puesto nervioso, pero no fue así.
—No me importa darle juego a esa fantasía, nena. Pero que quede claro: yo no comparto.
Le brillaron los ojos detrás de las gafas.
—Bien. Yo tampoco tengo intención de compartir.
Me relajé y volví a acariciarme la polla.
—¿Usas juguetes o los dedos cuando miras?
—Los dedos —admitió Audrey, bajando la mirada a mi polla—. Aunque muchas veces me distraigo y acabo terminando con el vibrador.
Me pasé el pulgar por la corona de la polla, disfrutando de cómo me observaba hambrienta, como si estuviera memorizando lo que me gustaba.
Le apunté con la polla.
—Pruébame.
Entornó los ojos y, lentamente, alzó las manos para quitarse las gafas. Se las cogí, doblé las patillas y las dejé a salvo sobre una roca detrás de mí.
Audrey se quitó la camisa, se deslizó hacia abajo y se inclinó. Sacó la lengua suavemente para lamerme la polla.
—Joder. —Eché la cabeza hacia atrás mientras las caderas se me sacudían. Me golpeó una necesidad casi abrumadora de follarle la boca.
Tiró de mis calzoncillos y levanté las caderas para que me los quitara antes de volver a acomodarme en la arena. Los lanzó lejos y se echó sobre mí; su boca ansiosa se deslizó hasta la mitad de mi polla.
Esta podría ser la mejor-peor idea que he tenido.
Audrey se echó hacia atrás, con la lengua jugueteando en mi punta, antes de volver a inclinarse. Su boca caliente y tan jodidamente húmeda me envolvía. La observé mientras me la chupaba y le soltaba guarradas de elogio.
—Eso es, Audrey, chúpamela bien hondo. Buena chica. Joder, qué bien me sienta tu boca, nena. Estás preciosa con mi polla enterrada entre tus labios. Tan jodidamente sexy con ese culo en pompa. Sí, cariño. Atragántate. Métetela más adentro, nena. Sí. —Siseé y eché la cabeza hacia atrás—. Joder.
Subió la mano y me agarró la mía. Pensé que quería sujetarse a mí, pero me guio hacia su pelo.
Su mirada lo decía todo.
—Vas a mirar, chica bonita. Y vas a disfrutar cada puto minuto. —Le agarré el pelo con el puño y le eché la cabeza hacia atrás, gratificado por su gemido sorprendido y sexy.
—Jodida zorra traviesa —la elogié, inclinándome hacia delante—. ¿Estás intentando que te folle ese coñito apretado?
Tardó un segundo de más en contestar.
—No.
—Mentirosa. —Le solté el pelo y tiré de ella, la arrastré por mi cuerpo y la sostuve sobre mí mientras la giraba hasta que su espalda quedó contra mi pecho, con mi polla presionada contra su culo.
El movimiento la pilló desprevenida y extendió las manos para estabilizarse antes de recostarse contra mí.
Con la cabeza apoyada en mi hombro, le puse las manos sobre los pechos.
—Déjalas ahí, pero juega.
Se estremeció contra mí, pero obedeció.
Le agarré los muslos y se los separé bruscamente. Los mantuve en su sitio mientras frotaba la polla contra su culo, esperando a que empezara a retorcerse.
Le recorrí la cara interna de los muslos con las manos, provocándola mientras ella se tocaba los pechos, tirándose de los pezones y pasándose los pulgares por las puntas erectas.
Con crudeza deliberada, la abrí con una mano mientras le sujetaba un muslo con la otra.
—¿Ves? —le susurré al oído—. Ahora estás a mi merced, Audrey. Podría hacerte lo que quisiera.
Se le entrecortó la respiración y un rubor le tiñó la piel morena.
—Por suerte, lo único que quiero es hacerte correr.
Le bailé los dedos sobre el clítoris, trazando círculos, acariciando, presionando, rozando; cada cambio repentino calculado para mantener toda su atención en mí.
—Shield... —Sus dulces gemidos mandaron la poca sangre que me quedaba en el cuerpo directamente a la polla.
Le rocé el borde de la oreja con los labios.
—Dime qué quieres, Audrey.
Flexionó las caderas y giró la cabeza para mirarme a los ojos. Tenía la mirada desenfocada, nublada, pero brillante de necesidad.
—Tú. En mí. Tu semen—
—Joder.
Me dediqué a ella, presionándola, acariciando su bonito clítoris hasta que se deshizo bajo mi mano. Su cuerpo se arqueó, la boca abierta en un grito que decidí tragarme. Sus labios sabían a hambre desesperada y a una necesidad dolorosa y urgente.
—¿Quieres mi semen? —gruñí contra sus labios mientras hundía los dedos en su coño empapado—. ¿Quieres que te llene?
—¡Sí!
—Entonces móntame, nena. Toma lo que quieras.
Se movió deprisa, girándose en mi regazo hasta que su dulce coño quedó alineado con mi polla. Puso las manos en mis hombros, se acomodó y bajó la mirada hacia donde nuestros cuerpos se unirían.
En un solo movimiento tortuoso, se dejó caer de golpe y se empaló en mi verga.
JODER.
Gruñí y me incliné hacia delante para morderle el hombro. Necesitaba marcarla, grabarla a fuego, reclamarla como mía.
No había forma de escapar de Audrey. Ni hoy. Ni nunca.
Mía.
—Buena chica —la alabé con las manos en sus caderas mientras la guiaba arriba y abajo por mi verga—. Fóllame. Tómame, nena. Monta mi polla.
—Qué apretado —jadeó mientras echaba la cabeza hacia atrás—. Tan grande.
Solté una risa oscura, apenas aguantando. —Acaríciate el clítoris, Audrey. Necesito sentir cómo te corres a mi alrededor.
Negó lentamente con la cabeza.
—¿No? —Levanté una mano para agarrarla por la garganta y apliqué la mínima presión—. ¿Le niegas algo a tu Presidente?
Se le cortó la respiración y vi un destello de deseo inesperado antes de que lo ocultara.
Le gusta que la asfixien.
Para probar mi teoría, apreté más fuerte y gemí cuando su coño palpitó a mi alrededor.
—Chica traviesa. —La atraje hacia mí por la garganta, con suavidad y cuidado, pero Audrey no parecía darse cuenta. Gimió y sus caderas aceleraron el ritmo.
—Eres mía, Audrey. Te estoy reclamando. Eso significa que me obedeces a mí. Y si te digo que juegues —embestí bruscamente dentro de ella—, lo haces.
Bajó la mano para frotarse el clítoris, con los ojos muy abiertos mientras se acariciaba.
—Buena chica.
Le solté el cuello y la mordí, chupando de inmediato para aliviar el escozor. Me demoré, asegurándome de dejarle una marca que la señalara como mía.
—Vas a jugar con tu bonito coño hasta que te corras, Audrey. Luego vas a ordeñarme la polla, tragarte mi leche, dar las gracias y pedir más. ¿Entendido?
Asintió, ahora incapaz de hablar, con el cuerpo sacudiéndose al ritmo de mis embestidas.
—Buena chica. Ahora. —Le rodeé la garganta con la mano, esta vez cortándole la respiración—. Córrete para mí.
Su coño me apretó cuando el orgasmo la golpeó. Audrey se arqueó hacia atrás, con las tetas apuntando al cielo mientras se corría, temblando y chorreando sobre mi polla.
—Joder —gruñí, prolongándole el orgasmo, deseando que esto no terminara nunca.
Es mía. Toda mía.
—Shield —jadeó bajo mi mano—. Necesito... necesito...
—Sé exactamente lo que necesitas.
Bajé las manos a sus caderas y la mantuve en su sitio mientras la follaba: duro, rápido y brutal. La usé y le di a mi chica exactamente lo que quería.
Explotó, gritando y arañándome, con sus pequeños dientes mordisqueándome la piel del cuello mientras su dulce coño me apretaba la verga una y otra vez hasta que me corrí.
Rugí mi liberación y me vacié dentro de la mujer que me poseía: mente, cuerpo y alma.
Me desplomé contra el árbol y Audrey se derrumbó sobre mi pecho. La rodeé con los brazos mientras luchábamos por recuperar el aliento.
El sol se hundió y las sombras se alargaron hasta que, finalmente, Audrey levantó la cabeza.
—¿Crees que puedes repetir? —preguntó, clavando sus hermosos ojos en los míos.
Solté una carcajada. —Cuatro veces en un día, nena. Me has dejado seco.
—¿Entonces eso es un no para la quinta? —Parecía decepcionada.
—Para mí, sí. ¿Para ti? —Le presioné la mano contra el coño—. Nunca.
—Bien.