AUDREY
Shield, al parecer, tenía debilidad por jugar en la ducha. Aún no estaba segura de si era por lo ilícito del sexo en un lugar semipúblico o si le gustaba ir al grano. De cualquier manera, yo no me iba a quejar.
Fruncí el ceño y me aparté, ignorando su gemido cuando se deslizó fuera de mi boca.
—Shield, creo que tienes una idea equivocada sobre lo que el cuerpo humano es capaz de hacer.
Señalé mi garganta.
—Puedo respirar por la nariz hasta que llegas a la nasofaringe; a partir de ahí, es físicamente imposible que el aire pase a la tráquea. En ese punto, básicamente me estás estrangulando con tu pene.
Su rostro adoptó una expresión extraña.
—Nena.
—¿Sí? —pregunté, ladeando la cabeza.
—Que te ahogues con mi polla no me desanima.
Arqueé las cejas.
—¿En serio? ¿Y qué pasa con los sonidos de arcada?
—Chúpame la polla y verás.
Tomé otra bocanada de aire y me incliné hacia delante, decidida a meterlo aún más profundo.
Gimió, y aquel sonido entrecortado avivó mi deseo.
—Audrey.
Sabía a calor, a sal, a hombre.
Delicioso.
Alcé la vista y lo encontré mirándome con esos ojos oscuros y ardientes.
Le di una succión fuerte y lo empujé más adentro de mi garganta.
—Joder.
Shield gruñó, agarrándome del pelo.
—Pequeña mocosa.
Gemí con su polla en la boca, satisfecha de haberlo pillado desprevenido.
—¿Te gusta chuparme la polla, niña bonita? ¿Te gusta sentirme bien adentro de tu garganta?
Y así, sin más, me dio la vuelta a la tortilla.
El deseo se acumuló en lo profundo de mi vientre; mi respuesta fue inmediata. Me había convertido en el perro de Pavlov, y sus elogios eran mi campana.
Redoblé mis esfuerzos, desesperada por saborearlo mientras se corría en mi garganta. Pero Shield tenía otros planes.
Me apartó de él e ignoró mis protestas para presionarme contra los azulejos. Mis piernas se enroscaron automáticamente alrededor de su cintura.
—Planeaba hacer esto en una cama —murmuró—. No puedo esperar.
Alargó la mano hacia sus vaqueros, sacó un condón del bolsillo y se recolocó un poco. Rasgó el envoltorio con los dientes y se lo puso; el gesto resultó sorprendentemente erótico.
Ansiosa por tenerlo dentro, me moví y le rodeé los hombros con los brazos.
—¿Lista? —preguntó, escrutándome el rostro.
—Tienes permiso para despegar —susurré.
Soltó una risa entrecortada y presionó su polla contra mi entrada.
Ambos nos pusimos serios; el deseo había alcanzado su punto máximo. Lentamente, muy lentamente, se hundió en mí, con su polla dura y gruesa.
Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos mientras se abría paso dentro de mí.
Gruesa, dura, larga. Realmente tiene un pene ejemplar.
Y ese fue mi último pensamiento antes de que Shield se retirara solo para embestirme de nuevo.
—¡Shield!
Me mantuvo en mi sitio, clavada como una mariposa en un tablero, mientras me follaba una y otra vez; su polla, un deleite terrible.
Su boca estaba en todas partes: en mi hombro, en mi cuello, en mi oreja. Atrapaba mis gemidos necesitados y me susurraba exigencias ardientes mientras me follaba una y otra vez, su gruesa polla llevándome al límite.
El placer mezclado con dolor alcanzó su punto álgido, y entonces cambió de posición, empujándome al abismo del orgasmo más desgarrador de mi vida.
Grité mientras seguía embistiéndome, alcanzando cada terminación nerviosa y punto de placer de mi cuerpo.
A lo lejos, lo oí correrse; sus embestidas se volvieron irregulares.
Aspiré aire y gemí.
—Mierda.
Me apartó del azulejo de la ducha.
—¿Te he hecho daño?
Negué con la cabeza.
—No, solo estoy decepcionada.
Parpadeó.
—¿Perdona?
Hice un puchero mientras su polla se deslizaba fuera de mí.
—Te has corrido.
Volvió a parpadear.
—Eso significa que no podemos repetir.
—Audrey, nena —su voz sonaba rara, como si tuviera un cosquilleo en la garganta—. Vamos a repetir. No ahora mismo, pero más tarde. Cuando haya una cama. Y una puerta. Y estemos solos.
Me animé.
—¿Lo prometes?
Me deslizó por su cuerpo hasta que mis pies tocaron el suelo. Me sujetó con firmeza y levantó una mano con el meñique extendido hacia mí.
—Lo juro por mi meñique.
Sonreí, pero luego dudé.
—¿Shield?
—Aquí estoy, nena.
—Más tarde, quiero decir, si hay un más tarde...
Se rio.
—Lo habrá.
—Oh, bueno… durante esa sesión, ¿podrías decirme guarradas?
Arqueó una ceja.
—¿No lo estoy haciendo?
—No, quiero decir…
Dudé, sin saber cómo pedir lo que quería.
—¿Más? Como… ¿más guarradas?
—¿Más guarradas? —preguntó, acercándose a mí. Sus manos se posaron en mis caderas, las palmas cálidas y ásperas contra mi piel—. ¿Como qué?
Me encogí de hombros, sin saber cómo expresar lo que quería.
—¿Quieres que te llame zorra, nena? ¿Quieres que te diga cómo voy a usar tu dulce coño y hacerlo mío?
Se me puso la piel de gallina y un escalofrío placentero me recorrió la espalda. En silencio, asentí, clavando la mirada en sus ojos oscuros.
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—De acuerdo, mi niña traviesa. Lo haré. La próxima vez.
Se apartó bruscamente, dejándome desequilibrada.
—¿Ahora no? —pregunté, avergonzándome del tono quejumbroso de mi pregunta.
—No.
Cogió una toalla y se secó el cuerpo con energía.
—Tenemos cosas que hacer.
Me miró.
—Además, quiero que me supliques la próxima vez que te tome. Quiero que estés tan mojada y salvaje que me dejes usarte como yo quiera.
Me dio la espalda.
—Vístete, nena. Tenemos trabajo que hacer.
Tragué saliva y, mojada y más que un poco excitada, me vestí, preguntándome en qué me había metido.