Shield (MC Almas sin nombre nº 4) AUDREY
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AUDREY

La tierra roja y pegajosa se extendía ante nosotros hasta el infinito. Sentada en el asiento del copiloto, Killer jadeaba tranquilamente, con la cabeza echada hacia atrás para que el viento que entraba por la ventanilla le azotara las orejas caídas.

Nunca me cansaría de esa dosis de ternura.

En el asiento trasero, Zero y Lottie dormían apoyadas la una en la otra, y sus suaves ronquidos servían de fondo al rugido sordo de la carretera.

Yo conducía, disfrutando del ruido blanco. Me daba tiempo para asimilar los últimos días y empezar a planificar la siguiente etapa de nuestro lento avance hacia el norte.

Shield encabezaba nuestro pequeño contingente en su motocicleta. No lo envidiaba: el viaje parecía un infierno de baches y polvo.

Habíamos retrasado la partida unos días para asegurarnos de que Farmer estuviera en vías de recuperarse del todo. A pesar de sus heridas, el tipo dirigía las operaciones desde la cama, supervisando las reparaciones y el refuerzo de los muros.

La próxima vez que alguien se acercara a su territorio con malas intenciones, él y su gente se asegurarían de que fuera la última mala decisión que tomaran.

Llevábamos tres días viajando, acampando bajo las estrellas y cocinando sobre fogatas. Mi tiempo con Shield se había reducido a miradas intensas y alguna que otra conversación mientras él planificaba rutas, revisaba vehículos y organizaba nuestros turnos de guardia.

Incluso aquí, en medio de la nada, el peligro acechaba.

La tierra roja fue dando paso gradualmente a la maleza.

La luz dorada de la tarde danzaba entre los árboles mientras pasábamos de caminos de tierra bajo cielos abiertos a grava y, finalmente, asfalto.

Shield levantó una mano señalando un desvío.

Nos alejó de la carretera principal por una secundaria de grava, y viajamos un rato hasta que el camino nos dejó en un camping.

Aparqué el todoterreno, sonriendo al contemplar nuestro hermoso entorno. Tiempo atrás, habría sido un camping repleto de familias y jubilados recorriendo nuestro país quemado por el sol. Ahora la naturaleza lo había reclamado, con hierbas altas y una abundancia de insectos.

La tierra roja y seca contrastaba marcadamente con las hojas verde grisáceas y plateadas de las especies nativas, y me recordaba la belleza salvaje y única de este país.

Hay belleza en lo salvaje.

—Pararemos aquí a pasar la noche —anunció Shield, sacudiéndose el polvo de la ropa—. Hay un barranco por allí para coger agua y lavarse. Los baños de compostaje no son nada del otro mundo, pero al menos son privados.

Echó un vistazo alrededor.

—Establezcamos un perímetro y montemos el campamento. No espero compañía, pero asegurémonos.

Los hombres se dispersaron para establecer un perímetro a lo largo de la línea de árboles mientras las mujeres nos hacíamos cargo del repostaje.

Podía parecer sexista, pero la realidad era que estos hombres estaban entrenados para el combate y nosotras no.

Unas cuantas escaramuzas y un poco de instrucción con armas no nos convertían en expertas.

El repostaje llevaba tiempo, pero era un trabajo esencial.

Usábamos uno de los camiones cisterna, preparadas para abandonarlo si surgía la necesidad.

Jo había modificado las válvulas para que pudiéramos drenar pequeñas cantidades de combustible de los tanques a los bidones.

Luego, cada una arrastraba los bidones llenos de uno en uno hasta las motos y vehículos que esperaban.

—Cuando lleguemos a Cunnamulla, voy a rehacer esto —refunfuñó Jo, resoplando mientras arrastraba el bidón por el suelo—. Necesitamos poder conectar los vehículos a una manguera y bombear directamente desde el camión cisterna.

Asentí con una mueca.

—Eso sería muy útil. Cuando acabamos con esto, estoy demasiado agotada para hacer nada más.

Ellie gimió y se llevó una mano a la zona lumbar.

—Un viaje más y habremos terminado.

Mientras terminábamos de repostar, Lottie y Zero habían buscado un lugar para nuestras tiendas: pisotearon la hierba alta, quitaron los bultos, despejaron un espacio para la hoguera y abrieron un camino desde las tiendas hasta los baños y el agua.

Kate, mientras tanto, estaba en pleno éxtasis botánico. Después de días con apenas vegetación, la botánica recorría el campamento dando gritos de emoción ante las semillas, flores silvestres y suculentas que crecían por la zona.

—¿Crees que podemos comer algo de eso? —preguntó Ellie, señalando hacia Kate con la cabeza.

—Eso espero —Jo se secó la frente con el brazo—. Eh, Kate, ¿qué has encontrado?

Kate levantó la cabeza de golpe, con el rostro radiante.

—¡Atriplex nummularia!

Blandió triunfalmente un puñado de hojas.

—¿En español?

—Arbusto salado.

—¿Sirve para hacer alcohol? —preguntó Zero, apilando piedras alrededor de una pequeña hoguera.

—¡Mejor! Se puede comer.

—Eso no suena mejor —murmuró Zero, volviendo a las piedras.

Se me hizo la boca agua.

—¿A qué sabe?

Kate ladeó la cabeza.

—Las hojas saben saladas. Se suelen usar para envolver la carne y marinarla, se pueden moler como condimento, o puedes recoger las semillas y añadirlas a distintos platos para aportar proteínas.

Kate volvió a agacharse para arrancar más hojas de la abundante planta.

—Esperad a probar la cena de esta noche. Va a ser de otro nivel.

Con el perímetro asegurado, los demás hombres regresaron y el campamento quedó montado en un santiamén. Nos embadurnamos de repelente mientras el sol empezaba a hundirse en el horizonte, y Kate se puso a preparar el fuego para cocinar la cena.

—Estofado otra vez —suspiró Jo, sentándose en un tronco junto al fuego—. Estoy tan harta del estofado.

Sonreí.

—No lo estarías si Yana estuviera aquí.

Jo se rio.

—Cierto. Esa mujer tiene mano para la cocina.

Nuestros amigos en Adaminaby estarían disfrutando de su cocina.

La chef había convertido incluso las comidas más básicas en una experiencia gourmet.

Se había unido a nosotros porque su hermana, Aella, se había quedado.

Estudiante de enfermería, Aella había sido de un valor incalculable para nosotros, y Yana había demostrado serlo también: se había hecho cargo alegremente de todas las tareas de cocina, supervisaba el mantenimiento del huerto y nos enseñaba a conservar los alimentos que cosechábamos.

Todos aportaban su granito de arena en el Después.

—¿Audrey?

Miré por encima del hombro y vi a Shield con dos grandes bidones de agua en las manos.

—¿Quieres venir a ayudarme?

Por una fracción de segundo, consideré negarme. Necesitaba devolverlo a su rincón, mantenerlo a distancia de mi corazón.

Era un buen hombre, y no podía permitir que se afianzara.

—¿Por favor? —pidió, agitando uno de los recipientes.

Con un suspiro de resignación, me puse en pie y me sacudí los pantalones.

—Si no queda más remedio.

Sonrió de oreja a oreja.

—Te lo compensaré.

Le di una palmadita en el pecho mientras aceptaba uno de los bidones de agua.

—No espero menos.

Se puso a mi lado y caminamos en agradable silencio mientras nos alejábamos del campamento.

Cualquiera podría mirar esta tierra árida, con su suelo abrasado por el sol y su polvo rojizo, y pensar que era estéril y poco atractiva.

Pero la aspereza del paisaje y su naturaleza indómita me atraían.

Incluso aquí, la vida seguía su curso. Insectos y pajarillos revoloteaban a nuestro alrededor, y su bullicio era un bálsamo reconfortante para mi alma irritada.

—Es curioso —dije, rompiendo el silencio—.

He visto más de este país desde el fin del mundo que en todo el Antes.

Claro, son viajes por necesidad. Pero me pregunto si habría hecho lo mismo de no haber acabado todo.

—Extendí los brazos para abarcar el terreno agreste que nos rodeaba—. Me habría perdido toda esta belleza.

Shield siguió caminando, aparentemente satisfecho con escucharme.

—Mis padres emigraron a este país unos años antes de que yo naciera. He ido a Vietnam varias veces con ellos, pero nunca lo sentí como mi hogar. —Rocé una hoja de uno de los árboles mientras descendíamos hacia el barranco.

—He viajado... he visto más de Australia que la mayoría, me parece.

También estuve en el extranjero, tanto de servicio como de turista.

Pero ningún lugar me parece mi hogar. —Shield saltó del sendero a una pequeña repisa de roca y me tendió la mano para ayudarme a bajar—.

Para mí, el hogar no es un lugar. Son las personas que amo.

—Me gusta esa idea, pero no sé si es cierta para mí.

—¿No? —Shield saltó a otra repisa y volvió a tenderme la mano—. ¿Por qué?

—Todos los míos se han ido.

—¿Y tus amigos? ¿Y el Club?

Me encogí de hombros y le pasé el bidón de agua.

—Quizás.

Dejó caer el bidón a su lado y me tendió la mano. Tropecé un poco al aterrizar, pero Shield me sujetó y me estabilizó con una mano en el vientre. Alcé la vista y me encontré con su mirada oscura y hambrienta.

—Oh —murmuré, al darme cuenta de por qué me había pedido que lo acompañara—. Quieres sexo.

Sonrió de oreja a oreja.

—Siempre. ¿Te apetece?

Miré a mi alrededor.

—Estamos bastante expuestos aquí, ¿no?

—No por mucho tiempo. Sígueme.

Y como un cordero camino al matadero, eso hice.