AUDREY
—¡No puedo! —jadeó Lindsay, mientras un gemido desesperado se le escapaba de entre los dientes apretados.
—Sí puedes —la animó Lottie, con la cabeza hundida entre las rodillas de Lindsay—. El bebé ya casi está aquí, cariño. Estás muy cerca. Dos empujones más y lo tendrás en brazos. Solo dos más.
Ellie, Jo y yo la sostuvimos, sujetando el cuerpo de Lindsay mientras ella se esforzaba y suplicaba, tratando de ahogar sus gritos.
—¡Eso mismo dijiste hace una hora!
Lottie levantó la vista con una sonrisa cansada, el rostro sudoroso y surcado de arrugas. La luz blanca artificial de la linterna de camping dejaba al descubierto el agotamiento que latía bajo la superficie.
—Esta vez va en serio.
Le froté la espalda a Lindsay, sirviéndole de apoyo con mis hombros para mantenerla erguida.
Jo y Ellie se agacharon a cada lado, sujetándole las manos y los brazos, ayudando también a sostener su peso.
Detrás de Lottie estaban Kate y Mari con mantas limpias y material médico dispuesto, listas para ayudar.
Otra contracción la sacudió; el sudor le brotaba de la piel mientras jadeaba y gemía de dolor.
La promesa de los dos empujones no se cumplió: el bebé, terco como una mula, se negaba a salir.
—No puedo —sollozó Lindsay, desplomándose contra mí—. N-no p-p-puedo.
Lottie abrió la boca, pero Jo se le adelantó. Tomó el rostro de Lindsay entre las manos y se inclinó hacia ella, clavando la mirada en los ojos de la mujer embarazada.
—Estás haciendo el trabajo de tu vida —dijo Jo en voz baja y firme—.
Le has dado un refugio seguro a tu hijo.
Lo has amado sin conocerlo. Lo has cobijado con tu cuerpo.
Lo has protegido de todo mal. Le estás dando la vida.
Lindsay. Ahora tráelo a este mundo. Es seguro.
Es cálido. Y tienes apoyo. Tienes un puerto seguro con nosotras.
—Puedes hacerlo. Este parto es tan antiguo como el tiempo.
En algunas religiones lo llaman la maldición de las mujeres.
Pero no lo es. Es una bendición. Esta es una experiencia que solo tú puedes vivir.
Cada contracción es tuya. Es tu regalo, Lindsay.
Es tu esfuerzo el que traerá esta nueva vida al mundo. —Se apartó y le tomó la mano.
—Empuja, cariño. Es hora de conocer a tu hija.
¿Quién habría pensado que Jo era capaz de tanta elocuencia emocional?
—Mierda —susurró Mari—. Te quiero como mi comadrona.
Lindsay aspiró una bocanada de aire temblorosa cuando otra contracción le recorrió el cuerpo.
—Puedo hacerlo —susurró, sin apartar la mirada de Jo.
—Sí que puedes.
Cerró los ojos y tomó aire.
—Puedo hacerlo.
—Está coronando —exclamó Lottie mientras Lindsay empujaba.
Con un gemido largo y profundo, empujó con todas sus fuerzas, y Lottie recibió a la bebé cuando se deslizó al mundo.
Cubierta de sangre, roja y escuálida, con una mata de pelo oscuro, la bebé permaneció en silencio e inmóvil mientras Lottie comenzaba a trabajar en el diminuto cuerpo, frotándola con energía y limpiándole la boca y las fosas nasales.
Se me paró el corazón.
No te mueras. No te mueras. No te mueras.
Un bracito diminuto se movió.
No te mueras. No te mueras. No te mueras.
La bebé se desenroscó, su cuerpecito arrugado se expandió al aspirar aire, abrió la boca y anunció su llegada a este mundo.
Gracias a Dios.
Lindsay se lanzó hacia adelante, con los brazos abiertos.
—¿Puedo...?
—Un segundo. —Lottie cortó el cordón umbilical, lo ató y le aplicó yodo con suavidad. Mari le limpió el cuerpecito con toallitas, rápida y eficiente, y luego se la pasó a Kate para que la envolviera en una manta caliente.
Limpia, sana y envuelta como un burrito, la bebé fue depositada por Kate en los brazos expectantes de su madre.
—Hola, Hope —susurró Lindsay, contemplando a su bebé, que lloraba—. Feliz cumpleaños, pequeña.
La bebé se calmó, con la boquita abriéndose y cerrándose, los ojitos fruncidos como si quisiera desesperadamente abrirlos para ver a su madre.
¿Lo sabe?, me pregunté, fascinada por esta nueva vida. ¿Existe ya algún vínculo intangible entre ellas? ¿O es un rasgo evolutivo, una peculiaridad genética por la que el tono de voz de una madre calma al bebé, sugiriendo amor donde aún no lo hay?
Retrocedí para que Jo y Kate colocaran las mochilas detrás de Lindsay y la sostuvieran mientras se reclinaba con su hija. Ellie se agachó junto a Lottie para ayudarla a retirar las sábanas manchadas de sangre y lavar con suavidad las piernas y el cuerpo de la mujer.
Me acerqué para ayudar y me encontré de frente con la placenta. Parecía carne picada blanda envuelta en una tripa de embutido.
Fascinada, quería diseccionarla y comprender las complejidades e indignidades de este acontecimiento tan sagrado.
—Ni se te ocurra —dijo Lottie, dándome un manotazo en la mano—. No llevas guantes.
—Entonces dame unos.
—Ni de puta coña.
Gruñí, molesta pero no sorprendida.
Mari hizo una arcada y se llevó una mano a los labios.
—Dios. Qué asco.
—Tú también tendrás que expulsar una de esas dentro de poco —le señalé.
Arrugó la nariz.
—Ya, bueno. Creo que toda esta experiencia ha demostrado que, aunque sea un milagro, es mejor no conocer las crudas realidades.
Lottie soltó una risita.
—Una vez que has visto la realidad, es difícil olvidarla.
Se puso de pie con un gemido.
—¿Estás bien?
Unos moretones profundos le marcaban las venas de los brazos: la evidencia de la sangre que le había dado a Zero.
—Estaré bien —respondió con una sombra de sonrisa—. Solo necesito dormir bien y comer algo.
Se pasó la mano por la cara con gesto cansado.
—Ojalá hubiera estudiado medicina. Una veterinaria no es tan útil en el Después como cabría esperar.
—¿No? —Señalé a Lindsay, que le hacía arrumacos a su bebé—. Más del noventa por ciento de los médicos se infectaron con el virus. Si hubieras sido médica, quizá no estarías aquí.
Me arriesgué: le pasé un brazo por los hombros y le di un apretón.
—Yo diría que lo has hecho bien.
Suspiró hondo y se apoyó en mí.
—Si supiera más, me preocuparía menos.
Emití un sonido gutural.
—No, no lo harías. Eres una preocupona profesional, Lottie. Y eso está bien.
Esbozó una sonrisa débil y cambió de postura.
—La bebé ya puede empezar a mamar. ¿Quieres intentarlo?
Lindsay asintió y se acomodó en el colchón.
Hicieron falta varios intentos para que la bebé se prendiera, y entonces su boquita empezó a succionar frenéticamente del pecho de Lindsay.
Miré a Jo.
—¿Cómo supiste que era niña?
Torció los labios en una sonrisa irónica.
—No lo sabía.
Se hizo el silencio, roto solo por el zumbido tenue de la lámpara de camping y el suave chasquido de la recién nacida al mamar.
Me incorporé de golpe al darme cuenta.
—Han dejado de disparar.
Todas nos quedamos inmóviles, aguzando el oído en busca del sonido ya familiar de explosiones y disparos.
—¿D-d-deberíamos ir a ver? —preguntó Kate.
Negué con la cabeza.
—Shield dijo que nos quedáramos hasta que viniera alguien.
Y así esperamos en un desagüe que olía a sangre y sudor, aguardando a hombres que podrían estar muertos.
Justo cuando mi esperanza empezaba a desvanecerse, la tapa del desagüe se sacudió sobre nosotras.
Agarré mi arma mientras Jo se colocaba delante de Mari con la pistola apuntando al pequeño hueco.
—¿Eh? ¿Seguís vivas ahí dentro?
El alivio aflojó la tensión de mis músculos.
—Estamos vivas —le gritó Kate a Wrath con una amplia sonrisa—. ¿Estás bien?
—De maravilla —respondió su hombre mientras gruñía y arrastraba la tapa para abrirla más—. Joder. Hay un bebé aquí dentro.
Lindsay le dedicó una sonrisa cansada.
—¿Has visto a Ryan?
—Sí. Está perfectamente. Va a cabrearse por haberse perdido el parto.
—Se lo echaré en cara para siempre —prometió Lindsay.
—¿Y Framer? —preguntó Mari con la mano apretada contra el vientre.
La vacilación de Wrath fue casi imperceptible.
—Hace un rato, no. La última vez que lo vi, estaba dando órdenes.
Cambió de tema.
—¿Qué tal si os sacamos de ahí?
Wrath, Runner y Pope nos ayudaron a salir una por una, y luego bajaron de un salto para subir con cuidado a Mari, Lindsay y la bebé.
Nos condujeron por la enfermería, que estaba llena de heridos. Lottie se detuvo al pie de la cama de Zero, donde el hombre dormía con mi perra acurrucada a sus pies.
Killer meneó la cola una vez a modo de saludo, pero se quedó donde estaba.
—¿Está bien? —le preguntó Lottie a Runner.
—Sí. Solo agotado. Estuvo despierto toda la noche para asegurarse de que estuvierais protegidas. Killer apareció vete tú a saber de dónde hace un rato. No hay manera de moverla.
Lottie vaciló y luego se sentó junto a la cama de Zero.
—Me quedo aquí, si os parece bien.
La dejamos y salimos del edificio a lo que parecía una zona de guerra.
El patio estaba sembrado de casquillos; apenas unas horas antes había parecido un refugio impoluto. Había trozos humeantes de escombros por todas partes, y el ganado deambulaba hurgando entre los restos calcinados de los silos de grano.
—¿Entraron? —pregunté, sorprendida de que mi voz sonara tan fuerte en la quietud del amanecer.
—No, pero tenían armamento decente para atacarnos.
Mientras cruzábamos el patio delantero hacia la vieja granja, reparé en las paredes acribilladas y los boquetes en el muro, por lo demás sólido.
Los hombres y mujeres que habían combatido estaban sentados en grupos, dejándose curar las heridas o descansando.
Otros patrullaban las murallas con las armas preparadas.
—¿Dónde está Shield? —pregunté, buscando entre los rostros de quienes nos rodeaban.
—De caza.
Pope me miró con el rostro cerrado y distante.
—Volverán... después.
No me atreví a pensar en qué significaba aquel «después».
La carnicería a nuestro alrededor hizo que mi cerebro primitivo entrara en barrena. La ansiedad empezó a dispararse mientras los «y si» me asaltaban uno tras otro.
¿Y si no los hubieran detenido? ¿Y si las murallas hubieran caído? ¿Y si... y si... y si...?
En el Antes, cuando me daba por darle vueltas a los «y si», meditaba o hacía cosas que me hacían sentir segura. Si estaba muy mal —y hubo épocas así— pedía cita con mi psicóloga para hablar de estrategias que rompieran esos patrones de pensamiento.
Aquí fuera, ningún lugar era seguro, y desde luego no había sitios para meditar ni psicólogas con quienes hablar.
—Audrey.
Pope me agarró del brazo y me apartó con suavidad de un montón de ropa.
No. No era ropa. Era un cuerpo.
Respiré hondo y aparté la cara. Los dedos de ambas manos empezaron a golpetear uno a uno contra los pulgares; aquel movimiento simple y rítmico resultaba extrañamente reconfortante en medio de tanto horror.
Índice, corazón, anular, meñique. Meñique, anular, corazón, índice.
Ida y vuelta, ida y vuelta.
La mano de Jo se deslizó en la mía y detuvo mis movimientos.
—Respira —susurró, y me apretó la mano mientras nos acercábamos al granero—. Estoy aquí.
El granero había pasado de ser cuartel general a centro de triaje. Había gente tendida en colchones improvisados o acomodada en los establos, mientras otros intentaban atender a los animales.
Mi bota resbaló en un charco. Bajé la vista, apoyándome contra la pared del granero, y descubrí que había pisado un charco oscuro de sangre.
«Respira. Has sobrevivido al fin del mundo y al ataque de la Purga. Has visto bastardos y escapado de una horda. Puedes con esto. La gente te necesita, Audrey. Tienes que ayudar».
Inspiré hondo, enderecé los hombros y levanté la cabeza.
«Buena chica. Ahora ve y haz algo útil».
—¿Dónde está Farmer? —preguntó Mari, mirando a su alrededor.
Los hombres intercambiaron una mirada por encima de su cabeza, y se me encogió el corazón.
«Oh, no».
—Por aquí. —Runner nos condujo entre el grupo de personas hasta el pequeño cuarto de aperos en la parte trasera del edificio. Fuera había un médico con los hombros hundidos y la ropa cubierta de sangre.
—¿Phillip...? —le tembló la voz a Mari mientras miraba al médico—. ¿Dónde está mi marido?
El médico se enderezó, apartándose de la pared.
—Mari. Yo...
Pálida y exhausta, Mari se irguió y se llevó las manos a las caderas.
—¿Dónde está?
Phillip tragó saliva.
—Mari, cariño. Quizás deberíamos...
—¿Aquí dentro?
Empujó la puerta del cuarto de aperos y entró.
—Mierda —gruñó Runner—. Mari, él está...
Un gemido desgarrador rasgó el aire, un sonido arrancado de las profundidades del mismísimo infierno.
Se me hundió el corazón; el dolor me apuñaló en el estómago.
—Dios, mujer —gruñó una voz familiar—. ¿No puede un hombre dormir?
Levanté la cabeza de golpe y el dolor se desvaneció.
—¿Es...? —Kate se rio—. Joder. Pensé que…
Pope negó con la cabeza.
—No os hagáis ilusiones. Está muy mal. Muy mal. Es un puto milagro que haya aguantado hasta ahora. Solo… preparaos.
Los sollozos de alivio dieron paso a suaves murmullos. Tras unos momentos incómodos sin saber qué hacer, Jo negó con la cabeza.
—Vale, démosles espacio. Hay gente que necesita ayuda. Pongámonos a trabajar.
Miré al médico.
—¿Va a sobrevivir?
Se le tensó un músculo de la mandíbula.
—¿Crees en Dios?
Negué con la cabeza.
—Creo en la ciencia.
—Entonces esperemos que mi formación baste para mantenerlo con vida.
Dudé.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?
—Triaje —dijo, señalando a la gente a nuestro alrededor—. Encuentra a los que podemos salvar. Clasifícalos.
—¿Y a los que no podemos?
Cerró los ojos.
—Haz que estén cómodos.
Inspiré hondo, con la mirada fija en el suelo ensangrentado mientras él pasaba a su siguiente paciente.
«Eres la más indicada para esto. Esto es lo que haces. Estadísticas. Lógica. Sopesar las probabilidades».
Pero sabía que las decisiones que estaba a punto de tomar me perseguirían el resto de mi vida.