Shield (MC Almas sin nombre nº 4) AUDREY
32%

AUDREY

Parpadeé ante el comentario inesperado de Shield.

¿De verdad acaba de…?

Me ajusté las gafas y me incliné sobre el mostrador.

—A veces me cuesta distinguir entre sinceridad y sarcasmo. ¿Estás siendo sincero?

—Absolutamente.

Cogió un tarro de algo oscuro y pegajoso. Esperaba que bajara la mirada y volviera a centrarse en lo que estaba haciendo, pero sus manos se movieron mientras sus ojos permanecían fijos en los míos.

—¿Tú lo eras?

—Siempre soy sincera —dije, volviendo a mi asiento mientras lo observaba inclinar el tarro sobre la masa del pastel—. El problema son los demás. Disfrazan lo que deberían decir sin rodeos. Dicen que soy demasiado directa u honesta. Pero ¿cómo puede ser eso si solo digo la verdad?

Un chorro lento de sirope cayó del tarro y se acumuló en el centro de la masa. El aroma, intenso y dulce.

Se me hizo la boca agua de las ganas de probarlo.

—Me gusta la honestidad.

El tono de Shield me recordó al sirope: cálido e intenso.

—Incluso en un Club tan unido como este, hay gilipolleces. Confío en mis hermanos, pero a veces dicen una cosa cuando sus acciones indican otra intención.

Un escenario empezó a tomar forma en mi cabeza: uno en el que Shield me tumbaba sobre el mostrador de la cocina y le daba buen uso a ese tarro.

Asentí, intentando ignorar el escenario que me daba vueltas en la cabeza.

—La gente es falsa. Cuando elaboro escenarios, siempre son el factor que genera las variaciones más impredecibles. Basta con que una persona socave el plan para que todo se vaya al traste.

Shield recogió el hilo de sirope con el dedo mientras enderezaba el tarro.

—Estoy de acuerdo.

Lo observé dejar el tarro en la encimera y coger un trapo.

—Espera.

Me incliné sobre la encimera y le rodeé la muñeca con los dedos.

—¿Puedo probar?

Arqueó las cejas y una sonrisa le curvó un lado del atractivo rostro.

—Adelante.

Me acercó el dedo a los labios. Saqué la lengua y le di una lamida de prueba al sirope dulce y pegajoso.

Miel.

Disfrutando del sabor que me estallaba en la lengua, dejé escapar un pequeño gemido de placer.

Bauticé mentalmente este escenario como el 69: en el mejor de los casos, Shield decidía que quería probarme mientras se horneaba el pastel. En el peor, me rechazaría con delicadeza.

Quien no arriesga, no gana.

—Echo de menos los dulces —murmuré antes de sacar la lengua de nuevo para recoger más miel de su piel—. Muchísimo.

Shield carraspeó pero no respondió. Alcé la vista y descubrí que tenía los ojos clavados en mi boca, con un músculo palpitándole en la mandíbula.

Mandíbula tensa, pulso elevado, respiración irregular, rostro enrojecido.

Se me cayó el alma a los pies y las visiones del escenario 69 se evaporaron.

—¿Estás enfadado? —pregunté, inclinando la cabeza hacia un lado—. ¿Querías lamerlo tú en su lugar?

—No —gruñó, con la voz áspera y grave—. Quiero lamerte a ti.

El deseo se desplegó en mi vientre y mis esperanzas se dispararon.

—¿Dónde?

—En todas partes.

Sonreí.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Señalé su masa.

—¿Quizás deberías terminar tu pastel primero?

—Que se joda el pastel.

Crucé los brazos sobre el pecho.

—Pero es para tu hermana y el bebé que viene en camino.

La mandíbula de Shield se tensó, y tomé nota mental de que parecía enfadado cuando estaba excitado.

Me gusta.

—Bien —soltó—. Primero el pastel, luego el postre.

—¿Soy yo el postre? —pregunté, encantada con la idea.

Agarró el batidor y batió la masa con agresividad.

—Sí.

Me bajé de la silla y di un paso atrás.

—Todos nos alojamos en el granero. Tendremos que encontrar algún lugar tranquilo donde la gente no nos interrumpa. No me gusta que me interrumpan.

—Conozco un lugar.

Asentí.

—Y tendremos que ducharnos primero.

Su brazo se detuvo.

—De acuerdo…

—Y tendrás que cepillarte los dientes.

—No sabía que me olía el aliento.

—No te huele. Pero no podemos arriesgarnos a una candidiasis. No cuando nos queda poca medicina.

Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Ya veo. ¿Algo más?

Fruncí el ceño y me di golpecitos en la mejilla con un dedo.

—Tendremos que hablar de límites. Supongo que tienes condones, ¿no?

Asintió.

—Y palabras de seguridad. Además, qué pasará después.

—¿Después?

Asentí.

—Después de acostarme contigo. Puede que quiera repetir. Puede que no.

Dejó caer el bol en la encimera y rodeó el mostrador. Me agarró por la cintura y me atrajo contra su pecho; con una mano me sujetaba contra él y con la otra se hundió en mi pelo para mantenerme la cabeza en su sitio.

—Querrás repetir —prometió. Como para demostrarlo, su boca capturó la mía en un beso hambriento.

Si soy sincera, beso era una palabra demasiado suave para lo que hizo.

Follar quizás lo describía mejor. Me folló la boca, exigiendo que me abriera para él y marcando un territorio que pronto sería suyo.

Me sentí marcada por él. Abrumada. Excitada y necesitada. La sangre me palpitaba en los oídos y se acumulaba en mi abdomen. Un calor húmedo me empapó entre las piernas, y un vacío doloroso se asentó en mi centro.

Tócame.

Shield fue ralentizando nuestro beso poco a poco, controlando pero sin extinguir el deseo ardiente que había avivado entre nosotros.

—Quizás —murmuré cuando por fin levantó la cabeza— deberías follarte el pastel.

Su risa me acarició la mejilla con un soplo de aire cálido.

—Déjame meter esto en el horno y pedirle a alguien que lo vigile. Te veo en las duchas.

Suspiré y eché la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

—No chocaste con mis gafas.

Sonrió.

—No es la primera vez que lo hago.

Me dio un beso en la nariz y me soltó.

Sin sus brazos rodeándome, me sentí extrañamente vacía. Como un barco perdido en el mar, a la deriva sin rumbo.

Qué pensamiento tan horrible. No necesitas a un hombre que te guíe cuando tú eres tu propia luna y tus propias estrellas.

Di un paso atrás para poner distancia entre nosotros.

—Espero con ansias nuestra sesión de cunnilingus —le dije, asintiendo con brío.

Su risa me siguió fuera de la habitación.

—Yo también.