AUDREY
Me colé en las duchas y encontré a Jo restregándose las manos en uno de los lavabos, con un mono demasiado grande y manchado que la engullía.
El edificio de bloques de hormigón me recordaba a los temidos campamentos escolares de hacía años. Hormigón agrietado, azulejos baratos y tuberías metálicas a la vista, todo ello sumido en una luz mortecina que le daba un aire de película de terror.
—Eh —dijo Jo, saludándome con un movimiento de cabeza mientras se frotaba las manos en el lavabo de porcelana desportillado—. ¿Me buscabas?
Negué con la cabeza.
—No, voy a ducharme.
No pude disimular la alegría en mi voz.
—Shield ha accedido a hacerme un cunnilingus.
Jo entornó los ojos.
—Ah, ¿sí? —Se sacudió el agua de las manos antes de cerrar el grifo—. ¿Y a qué más ha accedido exactamente?
—A nada de momento, pero confío en que acceda a la penetración.
Jo cerró los ojos y se llevó una mano al puente de la nariz.
—Perdóname, Padre, por mis pecados pasados. Veo que ha llegado mi penitencia.
Inspiró hondo, bajó las manos y me clavó la mirada.
—Audrey, sabes que no tienes que acostarte con él.
Asentí, balanceándome de un lado a otro.
—Pero quiero. ¿Has visto qué manos tiene?
Sus labios se curvaron brevemente antes de tensarse en una línea seria.
—Sé que estás deseando correrte...
—Llegar al clímax —la corregí—. Confío en que sea la persona que consiga llevarme al orgasmo.
—Da igual cómo lo llames —dijo, agitando las manos—. El caso es que sé que llevas un tiempo aguantándote. O sea, joder, ninguno de estos tíos es precisamente sutil. Entonces, ¿por qué él? ¿Por qué ahora?
Me encogí de hombros a medias.
—Sus feromonas me atraen. Esto es puramente primitivo.
Jo titubeó.
—Audrey, él no es un escort al que puedas tirarte y olvidar.
Tampoco me parece un follamigo. Tiene raíces en este Club.
Tiene vínculos más profundos que los de sangre o familia.
Su lealtad es hacia ellos. ¿Seguro que quieres tirarte a un tío que te echaría a los lobos si fueras un riesgo para su Club?
Absolutamente.
—Sé dónde me meto —le aseguré—. Él sabe que esto es casual. Una vez y adiós. O quizá dos, y ya veremos. Tres, y me dejas, si me gusta mucho. O quizá...
Jo levantó una mano.
—Lo pillo. Pero lo que digo sigue siendo válido. Este tío no es un miembro cualquiera del MC. Es el pez gordo, el presidente. Está acostumbrado a que la gente obedezca sus órdenes y a salirse siempre con la suya. ¿Seguro que quieres eso en tu cama?
Me estremecí de anticipación.
—Oh, sí. Sin ninguna duda.
Ladeé la cabeza.
—¿Tú no?
Resopló.
—Joder, no. Ya he tenido bastantes tíos en mi vida que me decían lo que tenía que hacer. No necesito a otro que me dé órdenes. Si quisiera eso, volvería a la puta granja.
La «puta granja» había sido la comuna donde Jo y sus hermanas, Beth y Ruby, se habían criado. Allí las habían considerado mero ganado de cría, y sus únicas opciones en la vida eran convertirse en solteronas consagradas a Dios o en madres de cien críos.
Jo se había marchado, y cuando sus hermanas tuvieron edad suficiente, también las sacó de aquella vida.
—¿Y a ti qué te gusta? —pregunté con auténtica curiosidad.
—Audrey.
Se pellizcó el puente de la nariz.
—No quiero hablar de esto contigo.
La escruté con la mirada.
—¿Eres virgen?
—¿Qué? —chilló, mientras el rubor le subía por el cuello.
—Oh, lo eres.
Me reí, encantada con el hallazgo.
—No pasa nada. Puedes admitirlo.
—Audrey, por favor, por el amor de...
—¿Eres virgen?
Jo y yo nos giramos y vimos a Butcher y Texas plantados en la entrada, con la mirada clavada en Jo. Grandes, anchos y bronceados de tanto sol, estaban cubiertos de tatuajes y tenían un aire que decía: «Te voy a partir la cara».
—¡No! —negó Jo, con la cara ahora escarlata—. Audrey está divagando. No sabe de qué...
—Encantado de ocuparme de eso —ofreció Texas con una sonrisa de satisfacción—. No tienes que hacer nada. Solo túmbate y disfruta.
—Que te jodan.
Jo agarró una pastilla de jabón del lavabo y se la tiró a la cara. Texas la apartó de un manotazo entre risas mientras ella salía hecha una furia.
—¿He dicho algo malo? —pregunté.
—En absoluto —dijo Texas con voz arrastrada, girándose para ver a Jo cruzar el patio dando pisotones—. Acabas de darme una información que de otro modo no habría tenido.
Satisfecha de haber sido útil, los miré a los dos.
—¿Qué hacéis aquí?
Butcher enarcó una ceja.
—¿A ducharnos?
—¿Podéis sentaros, por favor? —pedí, señalando las sillas alineadas contra la pared—. Shield está a punto de llegar y necesitamos que nos dé prioridad.
A Butcher le temblaron los labios.
—¿Será porque quieres hacer ñiqui-ñiqui con él?
Asentí.
—Hemos acordado empezar con cunnilingus. ¿Sabes si está circuncidado?
—Y esa es mi señal para largarme.
Se dio la vuelta, agarró el chaleco de cuero de Texas y tiró de él hacia la puerta.
—Pásatelo bien, Audrey.
—Lo haré.
Al verlos dispersarse como cucarachas en la noche, no pude evitar preguntarme qué habría dicho.