AUDREY #2
—Así que, en respuesta a tu pregunta —concluí—, me encuentro en estado satisfactorio.
Los brazos de Shield se relajaron, la rigidez de sus hombros se disipó y su expresión se suavizó, con un destello de diversión en los ojos.
—Me alegro.
Le lanzó una mirada a Pope.
—¿Me necesitas?
Pope negó con la cabeza y se metió las manos en los bolsillos.
—No. Solo pasaba a avisar que la cena estará lista en treinta.
Sonrió y giró sobre sus talones.
—Os veo en el comedor.
Observé a Shield observar a Pope mientras se alejaba.
—No estamos juntos —le dije, decidida a despejar cualquier duda—. Ni lo hemos estado nunca, por si eso fuera un problema para ti.
Shield arqueó las cejas.
—¿Un problema?
Asentí.
—Podrías ser de esos hombres que se niegan a acostarse con mujeres con las que han estado sus amigos. Tranquilo, no me he acostado con nadie de tu Club.
—Ah, bueno es saberlo.
Asentí de nuevo, satisfecha de que lo entendiera.
—Me habría gustado, pero la verdad es que ninguno es del todo adecuado.
Shield se apoyó en el poste que tenía al lado, con los brazos cruzados y una pierna sobre la otra.
—¿No?
—Seguro que son personas encantadoras, pero busco algo específico.
La comisura de los labios de Shield se elevó.
—¿Y qué sería?
—Un hombre que no espere compromiso.
Arqueó una ceja.
—¿Y crees que ese soy yo?
Asentí muy seria.
—Eres perfecto.
—¿Ah, sí? Cuéntame.
Levanté la mano y fui contando sus atributos con los dedos.
—Eres mandón, eso ya lo noto. Sabes lo que quieres y pareces alguien a quien es fácil divertir y que además es divertido. Eres grande y tienes manos atractivas.
Extendió las manos frente a él, mirándose el dorso con un ceño burlonamente fruncido. —Nunca me había fijado en lo bonitas que son.
—Es porque son tuyas. Nadie se fija en lo más hermoso de sí mismo a menos que sea narcisista, lo busque activamente o lleve años de terapia de aceptación corporal.
Bajó las manos. —Dime de qué otra manera soy perfecto.
Encantada de complacerlo. —Tienes responsabilidades y obligaciones, lo que significa que no te interesarán los compromisos a largo plazo.
—¿Quién lo dice?
Me trabé al hablar, sorprendida por lo que había dicho. —¿Quieres un compromiso?
Levantó un brazo en un gesto de medio encogerse de hombros. —El mundo puede ser un lugar muy solitario.
Fruncí el ceño. —Eso no va a pasar entre nosotros.
—¿No? ¿Estás segura?
Alcé la barbilla. —Completamente.
—¿Porque tú eres joven y preciosa, y yo soy viejo y estoy acabado... aunque eso sí, con unas manos atractivas?
Su tono burlón no logró calmar la inquietud que me había provocado su pregunta.
—Porque las relaciones llevan a la muerte.
Shield frunció el ceño. —Qué duro.
Me encogí de hombros. —Es la realidad.
Se acercó más, con la mirada llena de compasión y comprensión. —Alguien te hizo daño.
Basta.
—No —rechacé su preocupación antes de que se convirtiera en lástima—. Solo soy realista. Las relaciones son complicaciones. Cuando te importa la gente, es más difícil sobrevivir.
—Explícate.
Cambié el peso de un pie a otro, buscando las palabras para explicar lo que quería decir.
—Cuando el mundo empezó a acabarse, las familias se atrincheraron.
Cuidaron de sus seres queridos, decididas a quedarse con ellos hasta el final.
Querían despedirse y llorar junto a un cuerpo que ya no albergaba el espíritu de quien amaban.
Esa dedicación fue lo que los mató. Fue lo que aceleró la transmisión de la enfermedad.
Shield soltó un silbido bajo. —Vaya mierda oscura la que llevas dentro.
Me encogí de hombros. —Los datos no mienten.
—Puede ser.
Me picó su tono desdeñoso. —¿Estás diciendo que los datos mienten?
—Se pueden manipular.
Hice un gesto con la mano. —Eso es intervención humana.
Se le curvaron los labios. —¿Estás diciendo que no eres humana, cariño?
—No, estoy diciendo que yo no manipulo los datos.
Sonrió con suficiencia. —¿Nunca?
La mentira me salió con facilidad. —Nunca.
Emitió un murmullo pensativo. —Vamos. —Giró sobre sus talones y echó a andar, alejándose de mí.
—¿Adónde? —pregunté, siguiéndolo como un perrito callejero.
—Ya lo verás.
Me guio junto a Jo, que arqueó las cejas pero no dijo nada mientras trasteaba con la moto.
Salimos a la luz mortecina del atardecer. Shield me tomó de la mano y me guio a través del bullicioso y polvoriento patio delantero hacia uno de los edificios principales.
Mientras caminábamos en silencio, empecé a catalogar las diferencias entre nosotros: el contacto de nuestras manos, nuestros tamaños, la forma en que caminábamos y nos movíamos.
Él cruzaba el patio a grandes zancadas, con su mano grande y callosa sujetándome de forma posesiva y audaz.
Sospechaba que no se daba cuenta o, quizás, que no le importaba lo que transmitían sus acciones.
Sexo, Audrey. Esto solo va de sexo sudoroso, sucio y delicioso. ¿Te acuerdas?
La frustración bullía bajo mi piel. Los pensamientos eran más ruidosos de lo que habían sido en años.
En el Antes, tenía opciones para silenciarlos: medicación, sesiones de gimnasio, sexo, terapia.
En el Después, los pensamientos se habían vuelto intrusivos, y daba igual cuánto me esforzara, daba igual lo exhausta que dejara mi cuerpo: el miedo alimentaba el ruido.
El pánico y el miedo me mantenían despierta en mitad de la noche, imaginando un escenario tras otro, haciendo cálculos y repasando cada decisión que nos había llevado hasta aquí.
Necesito una sesión de sexo sudoroso y las deliciosas endorfinas que vendrán con ella. Eso es todo lo que necesito. Endorfinas.
Shield me llevó tras la esquina de un edificio auxiliar y tropecé, parpadeando al darme cuenta de adónde me llevaba.
—¿Quieres que ayude en la cocina? —pregunté mientras me guiaba hacia una puerta marcada con un batidor.
—No. —Empujó la puerta y tiró de mí hacia dentro—. Quiero que te sientes mientras cocino.
Fruncí el ceño. —¿Por qué?
—¿Por qué qué? —preguntó mientras cogía un delantal de cintura y se lo ataba.