Shield (MC Almas sin nombre nº 4) SHIELD
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SHIELD

Rusty rugía bajo mi culo, su sonido era un puto sueño después del día de pesadilla que acababa de vivir. Arañada y abollada, había aguantado a pesar de la paliza que los bastardos le habían dado.

Me alegra ver que los dioses de la carretera están de mi lado.

Nunca volvería a dar por sentado su sonido, la sensación de montarla, el viento en mi cara. Nunca lo había hecho, pero ahora menos que nunca. No después de haber estado tan cerca de perder todo esto.

Libertad.

La carretera me llamaba con un canto de sirena al que no podía resistirme.

Rusty petardeó, dio un respingo y volvió a rodar suave.

El único inconveniente del biocombustible.

El combustible crudo no era lo que solía echarle a mis vehículos, pero a buen hambre no hay pan duro en el Después, así que aceptaría lo que me dieran y estaría jodidamente agradecido.

Ahora circulábamos por la polvorienta carretera, esquivando algún árbol caído, animales salvajes u otros obstáculos mientras guiaba a nuestro variopinto grupo lejos de la Purga.

Una carretera abierta como esta me daba tiempo para pensar. Durante los últimos meses, había estado consumido por planes y presiones, agobiado por demasiados problemas sin solución.

Hoy, sin embargo, todos los problemas se desvanecieron, dejando la voz de Audrey repitiéndose en mi cabeza.

¿Cuándo? ¿Ahora? ¿Podemos...?

Sacudí la cabeza, intentando despejar el interés antinatural que esta mujer despertaba en mí.

Hacía tiempo que no tenía a una mujer sentada en mi cara.

Y aún más desde que había sentido algo alrededor de mi polla que no fuera lubricante y mi mano izquierda.

Me había centrado en el Club y en guiarnos a través de esta dolorosa transición.

Para cuando las cosas empezaron a calmarse, éramos tres hombres por cada mujer en la Plantación.

Como Presidente Nacional, sabía que había mujeres que se tirarían a mi cama a la más mínima señal de interés.

Mujeres calientes, dulces, agradecidas que querían un hombre que las alimentara y protegiera.

Algunos de mis hermanos se habrían conformado con una fachada, pero yo no era así.

No quería gratitud, quería hambre. Quería una mujer caliente y dispuesta, que supiera lo que necesitaba y no tuviera miedo de pedirlo.

Y Audrey, al parecer, era esa mujer.

Con la Purga acercándose, no había tenido tiempo de averiguar cómo Audrey y las demás se habían unido a nuestro Club, pero era lo primero que haría en cuanto paráramos a pasar la noche.

Para llegar a Cunnamulla, tendríamos que dar marcha atrás y tomar una ruta más larga a través de terreno árido, recorriendo cientos de kilómetros de tierra roja y cielos vacíos.

Va a ser un viaje infernal.

Mi mente no paraba, planificando lo inevitable.

Tendremos que racionar el combustible y reducir el número de vehículos. Necesitaremos comida y un montón de agua. Material de acampada... las comodidades van a brillar por su ausencia.

La primavera había llegado y el verano se acercaba rápidamente. Con las temperaturas subiendo, tendríamos que atravesar las zonas más calurosas antes del pico de calor si no queríamos que los vehículos se recalentaran ni arriesgarnos a una insolación.

Así era la vida de quienes vivían en esta tierra quemada por el sol.

Sin otros vehículos en la carretera, cualquiera habría pensado que el viaje sería rápido.

Pero nadie había mantenido las carreteras en años, lo que significaba problemas imprevistos: animales muertos, árboles caídos, vehículos abandonados y baches.

El clima en esta zona podía ser volátil, con inundaciones y olas de calor como pan de cada día.

Hacía falta ser de una pasta especial para vivir en el campo salvaje, y más aún para prosperar.

Había recorrido estas carreteras un millón de veces visitando Capítulos.

Incluso antes de que me eligieran Presidente Nacional, mi corazón había vivido para la carretera.

De punta a punta del país, había vivido para el rugido de los escapes en mis oídos, la vibración bajo mi culo y la potencia entre mis muslos.

La pandemia había sido una pesadilla hecha realidad.

Atrapado en un lugar, con los suministros de combustible menguando, hermanos muriendo, sus mujeres y familias enfermas o muertas, incapaz de llegar a los Capítulos de otros estados que necesitaban apoyo y orientación.

Había estado entre la espada y la pared, obligado a tomar decisiones de vida o muerte.

Harpa.

Mi moto dio un respingo como si oyera mi pensamiento y me sacó del viaje de autoflagelación que parecía tan dispuesto a emprender.

No lo sabías.

Ningún razonamiento lograría derretir la culpa helada que me había congelado el pecho y atravesado las entrañas.

Coronamos una pequeña colina y mis pensamientos sombríos se disiparon.

Giré hacia una carretera de grava y tierra, reduje la velocidad y guié a Rusty por una suave pendiente hacia el monte.

El largo camino de tierra serpenteaba entre la espesura; los camiones cisterna protestaban y daban tumbos mientras la pendiente se empinaba hasta la cresta de una pequeña montaña.

Al salir del monte a un claro, unos altos muros fortificados se alzaban como testimonio del hombre que reinaba en aquel castillo rural.

Farmer había sido mi compañero durante los años que servimos en el extranjero.

Cuando salí, me uní al Club de mi padre y encontré entre sus miembros una hermandad y solidaridad que necesitaba desesperadamente.

Farmer había elegido un camino diferente: montó un equipo de élite de especialistas en seguridad privada, mercenarios de alquiler, y creó su propia forma de hermandad.

Nuestras experiencias nos habían marcado y nos habían llevado a ambos por caminos que nos obligaron a retirarnos de la sociedad.

Mi hermana, Mari, se había enamorado de él. Y el muy cabrón no había hecho nada por evitarlo. No era el tipo de hombre que habría elegido para ella. Era demasiado brusco. Demasiado posesivo.

Mari me había acusado de odiarlo en su lugar porque era demasiado parecido a mí.

No se equivocaba. Estábamos cortados por el mismo patrón, moldeados por las mismas experiencias.

Sabía lo que pasaba por mi mente, sabía exactamente de lo que era capaz.

Y si Farmer era igual, no había manera de que lo dejara acercarse a mi hermana.

Al menos, no en el Antes. En el Después, era exactamente el tipo de hombre que ella necesitaba. Posesivo. Brusco. Dispuesto a joder al mundo y prenderle fuego con tal de mantenerla a salvo.

De ninguna manera habría elegido a otro hombre para ella.

Solo que no dejaba que ninguno de los dos lo supiera.

Las puertas de acero fortificadas se abrieron y nos franquearon el paso.

Cuando apareció el virus, Farmer se largó de la sociedad antes que nadie. Compró la granja y un montón de terreno alrededor, almacenó todo lo que pudo y allí se quedó.

Yo había obligado al Club a hacer lo mismo, pero algunos Capítulos fueron demasiado lentos o estaban demasiado enredados en las comunidades locales para alejarse del todo.

El Capítulo de Ipswich había sido completamente aniquilado. Ni un solo miembro —niño o adulto— había sobrevivido al virus.

Durante casi cinco años, habíamos estado librando una batalla que no teníamos esperanza de ganar. ¿Cómo protegías a tu gente de un enemigo que ninguno de nosotros podía ver?

El mundo no se había ido a la mierda de la noche a la mañana. Se había desintegrado lentamente, con el número de muertos trepando de forma escalofriante hasta alcanzar un pico del que nunca nos recuperaríamos.

Y entonces, tan rápido como había llegado, desapareció, dejando a los supervivientes enfrentarse a un nuevo tipo de infierno: el Después.

Frené hasta detenerme, alerta, mientras los camiones entraban detrás de mí con un rugido.

El patio había cambiado desde la última vez que había pasado por aquí, hacía más de un año. Había más animales y edificios, mejores fortificaciones y un montón de armas.

Está preocupado.

Se me erizó el vello de la nuca y una sensación de inquietud me revolvió las tripas.

Mari.

Los vehículos a mi alrededor aparcaron, y el ruido mecánico de los motores se apagó para dar paso a la calma del balido de las ovejas, el canto de los pájaros y algún ladrido ocasional.

—Cabrón.

Sonreí y me giré para ver a mi cuñado bajando de una de las torretas.

—¿Me echaste de menos? —pregunté mientras me bajaba de la moto.

—Ni un poco.

Nos encontramos a medio camino y nos dimos un abrazo con palmadas en la espalda.

Alto, corpulento, con la piel bronceada y el pelo aclarado por el sol, Farmer parecía la viva imagen de su nombre. Solo quienes habían servido con él sabían de dónde venía el apodo, y no tenía nada que ver con la agricultura.

—¿Está bien? —pregunté en voz baja.

—Está bien —respondió Farmer, tranquilizándome al instante—. ¿Lo sabes?

Asentí.

—Sale de cuentas en unos meses —negó con la cabeza y retrocedió un paso—. Me cago de miedo. ¿Qué coño sé yo de ser padre?

Señalé la actividad a nuestro alrededor.

—¿Por eso te estás preparando para la Tercera Guerra Mundial y las trece siguientes?

Farmer volvió a negar con la cabeza.

—Hay más movimiento en la zona. Saqueadores, cabrones de caza, milicias.

—¿Habéis tenido algún problema?

Farmer se encogió de hombros.

—Nada que no pudiéramos manejar.

Fruncí el ceño.

—Quizás deberíamos...

—¡Shield!

Farmer y yo nos giramos, ambos sonriendo mientras Mari cruzaba el patio con su andar de pato.

—Joder —murmuré mientras Farmer y yo íbamos hacia mi hermana—. ¿De cuánto está?

—Ni puta idea. Ella dice que de cinco meses, pero... —Señaló a Mari.

Medía apenas la mitad que yo, y había salido a nuestra abuela en estatura y aspecto. Pelo castaño y piel bronceada, con unos ojos azules llamativos. No me llegaba más arriba de la mitad del pecho, y su constitución menuda no conseguía disimular el vientre abultado.

Era imposible que mi hermana estuviera solo de cinco meses.

La alcancé a medio camino del patio, la levanté y la envolví en un abrazo fuerte.

Su vientre presionó contra mí; mi agarre era torpe pero firme.

Mari me resultaba tan familiar como mi propio corazón, y sin embargo estos cambios en ella eran distintos, inesperados, y me arrastraban a una danza con un duelo que no esperaba.

Nuestras vidas seguían adelante incluso cuando estábamos separados. Por mucho que quisiera detener el tiempo, este avanzaba implacable, un segundo tras otro.

Aparté mis pensamientos melancólicos, respiré hondo y me deleité con su olor dulce y familiar.

—Hola, hermanita —susurré, estrechándola con fuerza.

Ante mi saludo, Mari perdió el control. Sus manos se convirtieron en garras que se aferraron a mi chaleco y su voz se quebró mientras sollozaba una bienvenida.

—¡Te o-o-odio!

Me reí con la cara hundida en su pelo.

—Yo también te quiero, Mari.

Se apartó un poco y me miró con ojos brillantes.

—Viniste.

—Dije que vendría.

—Llegas tarde.

Me reí y la dejé en el suelo con suavidad.

—Lo sé. ¿Me perdonas?

Levantó las manos para tomarme las mejillas entre las palmas y escrutó mi rostro.

—Estaba preocupada.

Cerré los ojos y dejé que sus palabras calaran.

—Atacaron la Plantación. Tras el virus vinieron oleadas de cabrones y luego milicias. Me necesitaban.

Asintió una vez.

—Lo entiendo.

Volví a abrazarla.

—Lo siento, Mari. Te lo prometí y te fallé.

La última vez que me había ido de aquí fue justo antes de que el mundo se oscureciera. Justo antes de que el gobierno cortara todas las comunicaciones y volara ciudades enteras en pedazos.

—¿Has sabido algo de ella? —preguntó con voz suave.

Dudé, sabiendo que estaba a punto de romperle el corazón.

—No, lo siento.

Mari inspiró con un estremecimiento, luego retrocedió y me tomó una mano para apoyarla en su vientre.

—Si es niña, la llamaremos Harpa.

El aire escapó de mis pulmones de golpe.

Harpa.

Culpa, ira, frustración, dolor, esperanza: esas emociones bullían bajo mi piel, ardían en mis venas, me obligaban a enfrentarme a la realidad.

Me aclaré la garganta.

—Le encantará.

Las lágrimas brotaron en los ojos de Mari y brillaron en sus pestañas.

—Crees que sigue viva.

Era una afirmación, no una pregunta.

—Es una luchadora. Es ingeniosa. Hará lo que tenga que hacer. —Me incliné y apoyé mi frente contra la suya—. Creo que está viva, Mari. Tengo que creerlo.

Mari apretó nuestras manos contra su piel.

—Yo también lo creo.

Como si nos hubiera oído, algo se movió bajo mi palma.

—¿Eso es...?

Mari asintió mientras una lágrima le rodaba por la mejilla.

Joder, verlo me destrozaba. No había nada que deseara más para mi hermana que una vida feliz, pero el virus se la había arrebatado. Ahora todo estaba teñido de un pesar agridulce, la alegría y el dolor compartiendo el mismo espacio.

Alcé la vista y encontré a Audrey observándonos, con una expresión que no supe descifrar. Antes de que pudiera pensar más en ello, Mari reclamó mi atención.

—¿Te apetece comer algo? —preguntó, secándose las últimas lágrimas—. ¿Y quizás darte una ducha?

Me reí, le pasé un brazo por los hombros y dejé que me guiara por el patio.

—Suena perfecto.