Shield (MC Almas sin nombre nº 4) SHIELD #2
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SHIELD #2

Sonrió. —Por supuesto. Y es una puta bioquímica. —Extendió el brazo para abarcar los camiones cisterna—. Combustible, hermano. Puede crear combustible.

Joder.

Con una habilidad así, esa mujer era más valiosa que el puto aire que respirábamos.

Y igual de valiosa para todos los demás hijos de puta de este mundo dejado de la mano de Dios.

Como si fuera una señal, su mujer se acercó a él y se apretó contra su costado en un medio abrazo. El brazo de Runner la rodeó automáticamente, atrayéndola hacia él.

—Prez, te presento a Ellie.

Pelo rubio, tetas grandes, curvas. Era exactamente el tipo de Runner.

Le tendí la mano. —Un placer, cariño.

Me estrechó la mano y ladeó la cabeza mientras leía el parche de mi chaleco.

—¿Prez? —preguntó.

—Presidente Nacional, nena —explicó Runner, con el brazo alrededor de su mujer—. Su nombre real es Shield. Es a quien tienes que agradecer que tengamos media oportunidad de luchar. Vio venir la ruptura con la sociedad, ordenó a los capítulos que se unieran, almacenaran provisiones y se armaran.

No lo bastante pronto.

—Tengo entendido que eres a quien debo agradecer esta abundancia —dije, señalando los camiones cisterna con un gesto.

Bajó la cabeza y se ruborizó. —Fue un esfuerzo conjunto.

Miré a Wrath, y no me sorprendió verlo en un abrazo similar con su mujer.

Pelo rubio fresa, unos ojos azules impactantes y un cuerpo que me recordaba a las chicas pin-up incluso cuando estaba sucia y enfundada en ropa de faena: Kate siempre había sido una belleza. Y tanto yo como todos los demás cabrones del Club siempre habíamos sabido que era de Wrath.

—Shield, ¿recuerdas a Kate? —Wrath los hizo avanzar con una mano en la espalda baja de su mujer.

—Por supuesto —le tomé la mano y se la apreté con calidez—. Me alegro de verte de nuevo.

—Yo también.

—¿Tu padre sigue dirigiendo Adaminaby?

La atmósfera jovial se resquebrajó y la tensión vibró a nuestro alrededor.

—No —susurró Kate mientras su rostro se endurecía—. Está m-muerto.

Se me relajaron los hombros.

—Bien.

Se le abrió la boca y alzó las cejas.

—¿Bien?

Asentí y me crucé de brazos.

—Si no lo estuviera, me encargaría yo mismo. El viejo Prez la cagó al ponerlo a cargo.

Wrath se frotó la barbilla.

—¿Por qué dices eso?

La ira me hirvió en la sangre.

—Hombres de la Plantación asaltaron un refugio de la Purga. Los cabrones traficaban drogas por nuestra zona, jodían a la población local y diezmaban lo que quedaba de la comunidad que trabajamos por preservar.

Vi a las mujeres intercambiar miradas de complicidad.

—Tenían mujeres. Muchas. Las vendían, las usaban. Sucias, hambrientas, desesperadas.

La imagen de aquella caja caliente con mujeres apenas vivas, sucias, traumatizadas, se quedaría conmigo para siempre.

—Limpiamos el lugar. Llevamos a las mujeres a la Plantación. Les conseguimos ayuda. Ahora son del Club. Las que quisieron quedarse. Al resto les hicimos lo que pudimos para mantenerlas a salvo.

Algunas no lo habían logrado. Demasiado destrozadas en la cabeza o en el cuerpo.

Otras habían decidido seguir su propio camino.

Pero las que se habían quedado habían empezado a hacer su hogar con nosotros.

Algunas tenían hombres, otras mujeres, otras estaban solas o con amistades que habían ido forjando.

Echaban raíces y construían sus vidas entre mi gente.

Ahora eran mi gente. Y tenía que protegerlas. A todas.

—¿Qué significa «limpiar el lugar»? —preguntó Audrey desde detrás de Kate.

Suavicé la voz.

—Los matamos, cariño.

Asintió y se subió las gafas por la nariz.

—Bien.

Divertido, me crucé de brazos y la miré fijamente.

—¿Apruebas la violencia?

—Cuando se la merecen —extendió los brazos para abarcar el mundo a nuestro alrededor—. Y no veo a ningún policía ni juez por ninguna parte.

Alcé una ceja, impresionado por su pragmatismo. Había viajado por territorio agreste durante los últimos tres años, obligado una y otra vez a elegir entre mi vida y la de otro. Observé su mirada y noté las sombras que se ocultaban tras sus ojos.

Estos placeres violentos tienen finales violentos.

—¿Q-q-qué pasó entonces? —preguntó Kate, atrayendo mi mirada de vuelta hacia ella. Noté la tensión en sus hombros, cómo se le fruncían los labios en las comisuras y se le tensaba la piel bajo los ojos.

Lo sabe.

Suavicé el tono mientras observaba su reacción.

—Una era de las Nameless Souls. La habían traído desde Kiama y se quedó en Adaminaby hasta que Gus y su mujer la mandaron llamar. De pronto, despertó en un camión, atada junto a otra chica.

—Él las entregó a la Purga.

Asentí.

—Envueltas como un puto regalo.

Se me cerraron los puños.

—Nuestro Club hace muchas mierdas para sobrevivir: matar, robar, traficar. Pero nunca, y quiero decir jodidamente nunca, recurriremos a vender a nuestra gente por seguridad.

La tensión de Kate se alivió y asintió con la cabeza.

—De acuerdo.

Wrath se movió entonces y estrechó a su mujer con el brazo.

—Kate se encargó de ello. Gus ya no está.

Observé a Kate y noté algo nuevo en ella, un filo.

—Te lo agradezco, Kate. Lamento que tengas que cargar con esa marca en el alma.

Negó con la cabeza.

—No cargo con nada. Ese hombre no merecía respirar. Lo único que hice fue limpiar la escoria.

Quería hacer más preguntas, pero su mirada se desvió hacia Wrath y vi la emoción que hervía bajo la superficie. Por mucho que hablara con seguridad, la mujer tenía demonios.

Y sin embargo, no había tartamudeado al pronunciar su veredicto. Interesante.

—¿Quién tomó el mando? —pregunté, cambiando de tema.

—Los hermanos votaron. Hazard está al frente.

Alcé las cejas mientras una sonrisa se me extendía por el rostro.

—¿Y aceptó?

—No le dimos exactamente opción.

Solté una risita, imaginando su reacción.

—Eso debió de ser todo un espectáculo.

—Digamos que el liderazgo no es su posición preferida, pero se está adaptando.

Seguro que sí.

Hazard era una buena elección. Fiable, leal, sabía cómo calmar tensiones y cuándo escalarlas. Resolvía los problemas con rapidez, mantenía la cabeza fría en los apuros y era estratégico: siempre iba dos pasos por delante del resto del Club.

La tensión que llevaba meses cargando se aflojó en mis entrañas. Debería haber confiado en que el Club se encargaría del asunto.

Eché un vistazo a las mujeres que permanecían detrás de nuestro pequeño grupo.

—¿Y ellas son?

Runner les hizo un gesto para que se acercaran.

—Estas son Jo y Audrey.

Estreché la mano de Jo y noté el brillo suspicaz en sus ojos y la inclinación orgullosa de su cabeza.

Un par de centímetros por encima de la estatura media, la mujer era corpulenta y fuerte, con cabello castaño sin gracia, apenas lo bastante largo para recogérselo en una trenza corta.

Su piel oscura tenía un puñado de pecas y un toque rojizo del sol.

Irradiaba un aura de «vete a la mierda»: modales toscos, expresión cerrada.

Me cayó bien de inmediato.

Jo me pareció el tipo de mujer con la que no te metes a menos que estés dispuesto a escarbar a fondo y descubrir los numerosos secretos que se esconden tras esos ojos tristes y suspicaces.

—Un placer —murmuré, soltándole la mano—. ¿Cómo acabaste mezclada con este grupo?

Los labios de la mujer esbozaron una sonrisa a regañadientes. —No por elección mía, te lo aseguro.

Me reí y me volví hacia la última del grupo: la mujer que más me intrigaba.

—Audrey —dijo, y me tendió la mano—. Pero ya nos conocemos.

—Así es. —Deslicé mi mano sobre la suya, sorprendido al notar que su piel era una mezcla de seda y callosidades.

No era solo una cara bonita.

Las gafas le quedaban grandes en el rostro pequeño, lo que resaltaba sus ojos dorados. Llevaba el cabello negro azabache recogido en una coleta alta, con mechones sueltos que le enmarcaban la cara. En una palabra: deslumbrante. Tenía la sensación de que podía poner a cualquier hombre de rodillas.

Yo no me quejaba.

Como si me leyera el pensamiento, los labios de Audrey se curvaron en una sonrisa.

—Eres atractivo —me dijo mientras me recorría el rostro con la mirada—. Lástima lo de la barba.

Levanté la mano para acariciarme la barba ofensora. —¿Mi barba es un problema?

Asintió. —No puedo saber si tienes la barbilla débil. Una mujer quiere sentarse en la cara de un hombre, no caerse por falta de profundidad y fuerza en la mandíbula.

Detrás de mí, oí risas mal contenidas y un suspiro de exasperación.

—¿Eso pasa a menudo? —pregunté, conteniendo la risa.

Soltó un suspiro profundo. —Más a menudo de lo que crees. Como para replantearte el sexo oral.

Incapaz de resistir la tentación, me acerqué y bajé la voz.

—Nena, si estás tan desesperada, me afeito.

Parpadeó una vez y su expresión se transformó en puro deleite. —¿En serio?

Sonreí, estúpidamente satisfecho de haberla sorprendido.

¿Quieres calmarte? Tienes un trabajo que hacer. Puede que sea linda de cojones, pero no puedes andar jodiendo mientras tu gente te necesita.

—Absolutamente —respondí, ignorando a mi conciencia.

Juntó las manos frente a ella y se balanceó de un pie a otro. —¿Cuándo? ¿Ahora? ¿Podemos...?

—Atención —interrumpió Runner—. Tenemos compañía.

Arrancado bruscamente del encanto de Audrey, alcé la vista y noté movimiento en el horizonte lejano.

—Será la migración.

—¿Migración? —preguntó Pope, y me lanzó una mirada.

—Entre aquí y Cobar es un puto caos. Purga, refugiados y bastardos yendo de un extremo de la autopista al otro y por todas las carreteras intermedias. —Sacudí la cabeza—. Casi me matan por la moto.

—¿Refugiados? —preguntó Pope con las cejas alzadas.

Asentí una vez, con los labios torcidos en una mueca de asco.

—De Brisbane a Sídney es un desastre. El gobierno bombardeó lo que pudo para intentar frenar el flujo de bastardos.

Fracasaron. Estrepitosamente. La gente lleva meses huyendo de esas zonas, siguiendo las autopistas principales en busca de un lugar donde asentarse.

—Lo que a su vez los convierte en cotos de caza para los bastardos —concluyó Wrath con expresión de quien sabe de qué habla.