Sexting con el hermano de mi ex (Fantasías del zorro plateado nº 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Ivy

La cafetería huele a café recién hecho y cruasanes calientes. La luz del sol entra por las ventanas e ilumina el vapor que asciende de mi capuchino.

Una semana desde el ataque en el avión.

Siete días sin parar de revisar sitios de noticias. Repasando cada canal local. En busca de alguna mención de lo que pasó esa noche.

Nada.

Ni un solo informe. Ni siquiera un rumor.

Seis personas murieron en ese avión. Doce más resultaron heridas. ¿Y los medios? Silencio.

Como si nunca hubiera pasado.

—Lo estás haciendo otra vez —dice Donna, y extiende la mano sobre la mesa para cerrarme el portátil—. Deja de actualizar las noticias. No van a aparecer de repente.

Aparto las manos. Las rodeo con la taza de café.

—No tiene sentido. Un ataque así: hombres enmascarados, víctimas, aterrizaje de emergencia. Eso es noticia de primera plana. Eso es...

—Eso es lo que pasa cuando gente poderosa quiere enterrar algo —Donna juguetea con su tostada de aguacate—. Lo cual, por cierto, demuestra exactamente lo que llevo diciendo toda la semana. ¿La familia de tu ex? Mafia seguro.

La palabra queda suspendida entre nosotras.

Mafia.

La Cosa Nostra.

Crimen organizado.

Todo aquello a lo que mi padre dedicó su carrera. Todo aquello por lo que lo mataron.

—Sabes por qué hago esto —digo en voz baja.

Donna asiente. Lo sabe. Lo hemos hablado mil veces.

Mi padre era periodista, investigaba el crimen organizado. Hace veinte años, alguien lo mató por eso. A mi madre también. Lo hicieron pasar por un robo.

Yo tenía ocho años. La edad justa para recordarlo. La edad justa para no olvidarlo jamás.

—Llevo enviando solicitudes a esas empresas que me marcaste —continúo—. Las que tienen conexiones con la mafia. Las envié hace semanas.

—¿Alguna respuesta?

—Todavía no. Pero estoy...

El móvil vibra. Una notificación de correo.

El corazón me da un vuelco.

Cojo el teléfono y abro el mensaje.

—Es de Mikhailov Enterprises —digo mientras leo el correo por encima—. Quieren entrevistarme. El viernes a las diez de la mañana. Para un puesto de asistente personal.

—Mikhailov Enterprises —Donna ya está sacando su portátil—. Esa estaba en la lista que te di, ¿no?

—Sí.

Sus dedos vuelan sobre el teclado. Programas en ejecución. Búsquedas en marcha.

Entonces se detiene.

Se queda muy quieta.

—Ivy.

Algo en su voz me encoge el estómago.

—¿Qué?

—¿Sabes quién es el dueño de Mikhailov Enterprises?

Niego con la cabeza.

—No. ¿Quién?

Gira el portátil hacia mí. Me enseña la pantalla.

Y ahí está.

Andrei.

Andrei Mikhailov. CEO y propietario. Su foto me mira desde una página de perfil corporativo.

Los mismos ojos oscuros que me observaron en la cabina del avión. El mismo rostro en el que no puedo dejar de pensar, aunque debería. Aunque sé que no me conviene.

—Dios mío —susurro.

La habitación da vueltas. La taza de café me quema en las manos.

—Joder —dice Donna—. No sé si alegrarme o asustarme.

Las palabras de Donna me entran por un oído y me salen por el otro.

Andrei.

—No tenía ni idea. Solo... vi la empresa en tu lista. Solicité porque tenía conexiones con la mafia. Nunca...

No puedo terminar la frase.

Andrei.

El hombre con el que me acosté. El hombre que me defendió delante de todos. El hombre que me miró como si pudiera ver más allá de cada mentira que he contado.

Es el dueño de la empresa.

Sé que estaba pensando en utilizarlo sin más, pero ahora que lo tengo delante... no sé qué pensar.

Esto ya no es solo infiltración. Esto es...

—Ivy —la voz de Donna interrumpe la espiral de mis pensamientos—. Mírame.

La miro.

—¿Esto va a ser un problema?

—No lo sé.

—Porque si no puedes hacer esto, si trabajar con él va a comprometer la misión, tenemos que saberlo ya.

Me obligo a respirar. A pensar.

—¿Por qué no te has puesto en contacto con él? —pregunta Donna—. Desde lo del avión. Tienes su número. Podrías haberlo llamado.

La pregunta me golpea de lleno.

—No lo sé —admito.

—Esa no es una respuesta.

—¡No tengo otra mejor! —las palabras salen más bruscas de lo que pretendía. Bajo la voz—. No sé por qué no lo he llamado. Parte de mí quiere hacerlo. Parte de mí sabe que debería: podría serme útil, está claro que tiene contactos, él...

—¿Y la otra parte?

Cierro los ojos.

La otra parte está aterrorizada.

¿De él? No lo sé.

De mí. De lo que sentí con él. No debía ser real. Debía ser pura estrategia. Acercarme a alguien conectado. Usar la relación para conseguir acceso.

Pero no lo sentí así.

No. Lo sentí real. Y eso es peligroso.

—¿Te gusta? —pregunta Donna en voz baja—. ¿De verdad te gusta? ¿O es solo atracción física mezclada con conveniencia?

Abro los ojos y sostengo su mirada.

Donna se recuesta. Me estudia con esos ojos agudos que no se pierden nada.

—No lo sé.

Me tapo los ojos con las palmas.

—Apenas lo conozco. Pasamos solo unas horas juntos. Una conversación. ¿Cómo voy a saber lo que siento?

—Pero sí sientes algo.

—Sí.

La palabra sabe a rendición.

—Siento algo. Y lo odio. Porque no puedo permitirme sentir nada. No por él. No por nadie de ese mundo.

—Porque mataron a tus padres.

—Porque matan a gente como mis padres. Gente que hace demasiadas preguntas. Gente que se acerca demasiado.

Bajo las manos.

—Y aquí estoy, a punto de entrar en su empresa y fingir que soy asistente.

—Puedes hacerlo. Eres inteligente. Ingeniosa. Piensas rápido.

Donna extiende el brazo sobre la mesa y me agarra la mano.

—Y sobreviviste a un ataque en un avión derribando a un pistolero enmascarado con un hacha de emergencia. Estás más preparada de lo que crees.

Quiero creerla.

Dios, quiero creerla.

—Esto cambia las cosas.

Saber que es su empresa. Saber que tendré que verlo. Quizá trabajar con él. Fingir...

Trago con dificultad.

—Fingir que esa noche no ocurrió.

O quizá pueda usarlo a mi favor.

—¿Él sabe que solicitaste el puesto?

—No lo sé. ¿Quizá? La solicitud llevaría mi nombre.

Retiro la mano y rodeo la taza de café con ambas manos, como si fuera un ancla.

—Dios, ¿y si piensa que lo solicité por él? ¿Y si piensa que lo estoy persiguiendo o...?

—Entonces corriges esa suposición.

La voz de Donna es firme. Práctica.

—Fuiste a esa fiesta buscando a Shaw. Aceptaste el trabajo de camarera como tapadera. Andrei fue una complicación inesperada, no el plan.

—No sé cómo hacer esto —admito.

—Haces lo que siempre has hecho. Te conviertes en quien necesites ser para sobrevivir.

La expresión de Donna se suaviza.

—Y recuerdas por qué estás haciendo esto. Tus padres merecen justicia. Eso importa más.

Tiene razón.

Por supuesto que tiene razón.

Mis padres importan más que nada. Más que mi miedo. Más que este lío en que se ha convertido lo de Andrei.

—De acuerdo.

Puedo hacerlo.

—¿Estás segura? Porque una vez que entres en ese edificio, una vez que aceptes ese trabajo, no hay vuelta atrás. Estarás en su mundo. Bajo su control. Y si descubre lo que realmente buscas...

—No lo hará.

—No lo sabes.

—Me aseguraré de que no lo haga.

Imprimo seguridad a mi voz.

—Seré cuidadosa. Seré lista. Seré todo lo que necesite ser.

Una noche con un desconocido no cambia nada de mi misión.

—Tú decides. Ahora mismo. ¿Estás dispuesta a usarlo? ¿A mentirle? ¿A tomar lo que sea que te dé y convertirlo en munición contra su mundo?

Las preguntas me atraviesan como cuchillos.

—Porque si no puedes hacer eso, entonces necesitas alejarte ahora. Antes de que esto se complique más.

Pienso en mi padre. En las fotos que encontré en sus archivos. En el artículo que nunca llegó a publicar.

Pienso en veinte años de búsqueda. Veinte años de callejones sin salida, de estar a punto de conseguirlo y de puertas cerrándose en mi cara.

Esta es mi oportunidad. Quizá la única.

Y voy a aprovecharla.

—Puedo hacerlo.

Puedo usarlo. Puedo mentir. Puedo hacer lo que haga falta.

Donna no parece convencida.

—¿Y si lo descubre? ¿Si te pilla husmeando en sus archivos o haciendo las preguntas equivocadas?

—Entonces ya lidiaré con eso cuando pase.

—Ivy...

—No tengo otra opción, Donna.

La desesperación se me escapa a pesar de mis esfuerzos.

—Shaw está muerto. Mi mejor pista acaba de desangrarse en el suelo de un avión. Y ahora el universo me pone esta oportunidad en bandeja: un puesto con un hombre que claramente está conectado con la Mafia. Un hombre con el que ya tengo una relación, por complicada que sea.

—Un hombre que podría matarte si descubre lo que estás haciendo.

—Puede ser.

Le sostengo la mirada.

—Pero también podría llevarme a la verdad. ¿Y eso no vale el riesgo?

Donna guarda silencio un largo momento.

—Tus padres estarían tan orgullosos de ti.

Y tan aterrorizados.

—Probablemente.

Le hace una seña al camarero.

—Vamos a necesitar más comida. No se puede planear una infiltración con el estómago vacío.

A pesar de todo, me río.

El camarero trae más bollería. Más café. Pedimos un brunch completo: huevos, beicon, fruta fresca.

—De acuerdo —dice Donna con la boca llena de huevos revueltos—. Si vas a hacer esto, lo haremos bien. Tienes que dar el pego.

—¿Dar el pego?

—Profesional. Competente. Pero también... —hace una pausa—. También memorable. Suficientemente atractiva para que quiera tenerte cerca. Para que quiera confiar en ti.

El calor me sube por el cuello.

—Quieres que entre seduciéndolo.

—Quiero que uses todas las ventajas que tienes. Eres guapa. Eso es una ventaja.

Da un sorbo al café.

—No digo que te le tires encima. Digo que te vistas bien. Que te muestres segura de ti misma. Que le recuerdes por qué se fijó en ti.

No se equivoca.

Los hombres con poder suelen desestimar a las mujeres atractivas. Las subestiman.

Ese desprecio crea oportunidades.

—Vamos de compras —anuncia Donna—. Hoy. No voy a dejar que vayas a esa entrevista con tus vaqueros y tu sudadera de siempre.

—No tengo dinero para...

—Yo sí. Acabo de cobrar por ese trabajo de seguridad corporativa.

Ya está sacando el móvil, buscando boutiques.

—Esto es una inversión. En tu futuro. En conseguir respuestas.

—Donna...

—No discutas. Déjame ayudarte.

No discuto.

No puedo discutir cuando me mira así.

Terminamos de comer. Donna paga pese a mis protestas.

La boutique es cara.

—No podemos permitirnos esto —murmuro.

—Yo sí.

Donna ya está sacando ropa de los percheros.

—Pruébate esto.

Me pasa un montón de conjuntos. Piezas profesionales. Blusas de seda. Faldas de tubo. Vestidos entallados.

El probador es todo espejos e iluminación suave.

Me pruebo el primer conjunto. Falda de tubo negra. Blusa de seda verde esmeralda.

Salgo.

Donna silba.

—Perfecto. Estás profesional pero no aburrida. Pruébate el siguiente.

Me pruebo seis conjuntos más. Cada uno cuidadosamente elegido.

El último es mi favorito. Vestido gris marengo. Escote discreto. Pero el corte deja claro que soy mujer.

—Ese es —dice Donna—. Ponte ese para la entrevista.

Me observo en el espejo.

La mujer que me devuelve la mirada es segura de sí misma. Impecable.

Alguien que encaja en oficinas lujosas.

Alguien capaz de entrar en una empresa de la Mafia y convencerles de que es exactamente lo que necesitan.

—Lo vas a hacer genial —dice Donna en voz baja.

Ojalá tenga razón.

En la caja, el total me hace torcer el gesto. Pero Donna entrega su tarjeta sin dudarlo.

Salimos cargadas de bolsas.

—El viernes —dice Donna mientras caminamos hacia su coche—. ¿Estás lista?

Pienso en mis padres. En la justicia. En veinte años de preguntas sin respuesta.

Pienso en Andrei. En cómo me miró. En lo que significará volver a verlo.

Mentirle.

Usarlo.

—Sí —digo—. Estoy lista.