Darío
Tino tenía una teoría sobre las lámparas de proyección.
Decía que el arco de carbón no da luz nada más encenderlo; que primero calienta, que hay que esperar, que la buena luz llega cuando el filamento ya ha sufrido un rato.
"Lo bueno tarda, chaval", me decía, con la linterna en la boca y las manos en Marlon.
"Lo que da luz enseguida es que se funde enseguida".
Cuarenta y ocho horas después de que Jara dijera que se quedaba, entiendo por fin al viejo. He tardado dieciséis años en calentar. Pero mira qué luz.
La porra la cobra Visi.
Bene lo anuncia el domingo en Casa Bene, con la taberna a reventar y la pizarra de las apuestas de testigo.
Había de todo: quien apostó divorcio en septiembre, quien apostó que aguantábamos por el dinero y luego cada uno a lo suyo, quien apostó bronca y juzgado.
Y una apuesta anónima, rarísima, que nadie entendió cuando se anotó y que Bene lee ahora en voz alta, saboreándola.
— "De verdad. Y no lo saben ni ellos". — Bene levanta la vista de la pizarra —. Esta la puso alguien hace ocho meses. Ocho. Cuando estos dos ni se hablaban sin discutir. — Mira alrededor —. ¿Quién fue el listo?
Visi, en un rincón, con su café, levanta la mano sin levantarse.
— Yo.
La taberna entera se gira.
— ¿Tú? ¿En noviembre?
— En noviembre. — Visi da un sorbo, tranquila, oráculo hasta el final —.
El día que el gato se subió a la falda de la niña.
Ahí lo supe. El gato no se equivoca, y yo tampoco.
— Se guarda los billetes que le da Bene sin contarlos —.
Llevo cincuenta años viendo entrar parejas a mi cine a oscuras.
A estos los calé antes que ellos. Que es lo que hago.
Y a mí, que la veo guardarse el dinero con esa cara de haber ganado sin sorpresa, me entra una cosa en el pecho que no sé nombrar, salvo que se parece a tener familia.
———
Lo del café pasa el lunes por la mañana, y es una tontería, y casi me deja seco.
Bajo a la cocina medio dormido, con el pelo aplastado por el lado del que me he tumbado, y Jara ya está levantada, estirando en mitad de la cocina a las siete y media como hace ella, que no sabe estar quieta. Y en la encimera, en mi taza, la de la derecha, hay café.
Con un chorro de leche. Sin azúcar. Como lo tomo yo.
Me quedo mirándolo. Cuatro meses le hice yo el café cada mañana, dos de azúcar, sin que me lo pidiera, y me odié cada día por acordarme de cómo lo tomaba desde el verano de los dieciséis. Nunca, ni una vez, me lo hizo ella a mí.
— Se enfría — dice Jara, sin dejar de estirar, sin darle importancia, con esa manera suya de soltar las cosas grandes en voz bajita —. Un chorro de leche, sin azúcar. ¿Lo he clavado?
— Lo has clavado.
— Ya iba siendo hora de que alguien te hiciera a ti el café a ti, proyeccionista. — Se incorpora, se acerca, me da un beso en el hombro donde tengo la quemadura vieja del arco de carbón —. Que llevas toda la vida haciéndoselo a todo el mundo.
Y me bebo ese café con leche sin azúcar como si fuera la primera cosa que me dan de comer en treinta y cinco años sin que tenga yo que pedirla.
———
Los anillos los cambiamos esa misma semana, sin ceremonia, porque ninguno de los dos es de ceremonias.
Los de la boda eran de bazar, de esos que se ponen verdes y te dejan el dedo como un semáforo. El mío llevaba meses dándome alergia y no me lo quitaba por no dar explicaciones. El de Jara le había dejado una marca verde en el dedo que ella enseñaba como una medalla.
— Mira. — Me enseña el dedo verde una noche, en el piso —. Casada de mentira hasta en el dedo.
— Pues te compro uno de verdad.
— No hace falta que sea caro.
— No va a ser caro. — Saco del bolsillo dos aros sencillos de plata que compré en la joyería de la calle Ancha, la pequeña, sin decir nada a nadie, con el susto de estar pidiendo algo por segunda vez en una semana —. Va a ser de verdad. Que es distinto.
Jara mira los dos anillos en mi mano. Y a la mujer que salta de un tercer piso sin pestañear se le humedecen los ojos por dos aros de plata de nada.
— No me arrodillo — le advierto —. Que ya estamos casados y quedaría ridículo.
— Ni se te ocurra arrodillarte.
— Pero te lo pido igual. — La miro —. Otra vez. Porque resulta que se me ha dado bien esto de pedir y le he cogido el gusto. Quédate. Cásate conmigo la de verdad, la que no lleva cláusula. Y guardamos los de bazar en la lata de las entradas, que a mí las cosas que me importan las guardo.
Le pongo el aro. El dedo verde y todo. Y ella me pone el mío, en el dedo que llevaba meses con alergia, y de repente ya no pica.
———
Esa noche, con el barrio dormido y el Capri a oscuras y Marlon y Rita descansando en la cabina, subimos al piso y por fin, por primera vez, no hay ninguna cuenta atrás.
No hay año que se cumpla. No hay billete en ninguna maleta, que la maleta está vacía y abierta en un rincón, deshecha del todo, sin una sola esquina lista para la huida. No hay notario que engañar ni barrio al que fingir ni contrato que respetar. No hay recambio. No hay red.
La beso despacio, desabrochándole la camisa con estas manos que saben enhebrar celuloide en la oscuridad y que hoy tiemblan un poco, y Jara se ríe contra mi boca.
— ¿Te tiemblan las manos? ¿A ti?
— Es que esta toma no la había hecho nunca.
— ¿Cuál.
— Esta. — La tumbo en la cama, que cruje, la nuestra, la de la manta clavada con chinchetas —. La de verdad. Sin doble. Sin truco. Sin colchoneta debajo por si me caigo.
Y nos caemos igual, claro, pero no de la cama; nos caemos el uno en el otro, torpes y felices, con el anillo nuevo enganchándose en su pelo suelto —que suelto le cambia la cara, siempre me lo pareció— y los dos parando para desenredarlo y muertos de risa.
Fellini araña la puerta, ofendido por estar fuera, y lo dejamos arañar.
La cama vieja se queja debajo de nosotros y nos da igual.
En algún momento se cae la lámpara de la mesilla y ninguno de los dos va a recogerla.
La quiero entera, con la cicatriz nueva del hombro que le beso a la luz, no a oscuras, porque a Jara todo lo suyo le gusta más con luz y yo he aprendido a dárselo.
La quiero sin prisa, aprendiéndola otra vez, como se revela una copia que sabes que vas a proyectar mil veces y que no se va a rayar nunca porque la vas a cuidar tú.
Y cuando se me acerca al oído y me dice, con la voz temblándole todavía un poco, que se queda, que esta vez se queda de verdad, la creo.
Por primera vez en la vida creo que algo que quiero no se va a ir.
No porque lo tenga atado. Porque ha elegido quedarse.
Que es distinto. Que es lo único que no había tenido nunca.
———
El Capri lo relanzamos en primavera, y no lo relanzamos solos.
Jara trae su mundo: el ritmo, el plan de rodaje, la cabeza que llena una sala donde antes había cuatro jubilados.
Ciclos temáticos, sesiones golfas, coloquios.
Yo pongo lo mío: Marlon, Rita, el celuloide, las manos, la memoria del viejo.
Nel estrena su primer corto en la pantalla grande, con el barrio entero delante, y llora tanto que hay que pararle la proyección para que respire.
Y la sesión de los críos de los sábados, la gratis, la que Chus quería matar, la escribimos en el contrato de refundación con letras que ni un notario puede tocar. Gratis para siempre. Cláusula nuestra, esta vez.
Para agosto tenemos un plan más grande: cine de verano en el patio de atrás, el de las sillas plegables y la sábana grande y las estrellas, el que le conté a Jara medio desnudo un domingo de lluvia cuando ni yo sabía que lo estaba pidiendo.
Tino lo quiso siempre y nunca tuvo manos.
Ahora tiene dos pares. Pero eso es para el verano; queda faena.
La noche del reestreno, con la sala llena por primera vez en años y el barrio entero aplaudiendo la copia vieja que hemos rescatado, espero a que salga hasta el último espectador para subir a la cabina a apagar.
Jara viene detrás, como viene ahora a todo, sin que se lo pida.
Y antes de bajar el interruptor, dejo un momento el proyector encendido, sin película, solo la lámpara, ese arco de carbón que tanto tardó en calentar.
Y el haz de luz cruza la sala de lado a lado, ancho y blanco y lleno de polvo que baila, sin nada que proyectar ya, solo la luz atravesando el Capri de punta a punta, por encima de las butacas todavía calientes de la gente que acaba de irse.
Jara me pasa el brazo por la cintura. Yo le paso el mío por los hombros. Y nos quedamos los dos en la cabina, a oscuras, mirando la luz llenar la sala.
La próxima película empieza mañana. Y pasado. Y todos los días que nos queden.