Epílogo
Agosto en León es la única tregua que da la meseta: las noches se quedan tibias, la piedra suelta el calor que ha guardado todo el día y el cielo, cuando se va la última luz, se llena de estrellas de esas que en Madrid no se ven porque las tapa todo lo demás.
Buena noche para estrenar un cine de verano. Tino habría dicho que hasta el tiempo se ha vestido para la ocasión, y esta vez, por una vez, se lo diría yo a él.
El patio de atrás del Capri está irreconocible.
Cuarenta sillas plegables que hemos ido juntando de aquí y de allá, una sábana enorme y blanquísima clavada en la pared del fondo, guirnaldas que ha colgado Nel, el barril de cerveza de Gadea sudando en un cubo con hielo, y el proyecto de Darío zumbando arriba, en la ventana del trastero, apuntando su haz de luz por encima de las cabezas hacia la sábana.
Marlon y Rita se han quedado dentro, en la cabina de siempre; para el aire libre Darío ha montado uno más pequeño, más moderno, "un sobrino de los otros dos", dice él, que a las máquinas les pone parentesco.
En la entrada, apoyada contra la pared, hecha de atrezzo, está mi maleta.
La vieja. La que no deshice en cuatro meses.
La que cerré entera una vez, del todo, la peor noche.
Ahora está abierta, vacía, deshecha para siempre, y le hemos puesto dentro un cartel escrito por Nel: "Depositen aquí las entradas usadas".
La gente le echa los resguardos como quien echa monedas a una fuente.
A mí me hace una gracia que no me cabe verla ahí, cumpliendo por fin su función de verdad: quedarse quieta.
Porque yo ya no la necesito hecha. He vuelto esta misma mañana de tres semanas de rodaje en el Bierzo —coordino la acción de una serie que se graba por el norte, y hay más de lo que la gente cree; me he montado una unidad pequeña, mi nombre en los créditos, arriba, no en la letra pequeña— y lo primero que he hecho al llegar ha sido vaciar la bolsa en el armario.
Entera. Sin dejar nada dentro por si acaso.
El "por si acaso" se me ha curado. Ya no mido los suelos al entrar en casa; ya sé dónde están.
———
Merche y Aurelio están sentados juntos. En la misma fila. Sin gritarse.
Eso, para quien no creció con ellos, no dice nada.
Para mí es un milagro con más mérito que estrenar un cine.
Mi madre le está explicando a mi padre por qué la película de esta noche es una obra maestra y mi padre asiente sin enterarse, y ninguno de los dos levanta la voz, y yo los miro desde la puerta y pienso que igual una se pasa la vida entera aprendiendo que dos personas pueden estar cerca sin hacerse trizas.
Yo lo he aprendido tarde. Pero lo he aprendido.
De Chus no hay ni rastro, claro. Se mudó al otro lado del río en primavera, a un piso nuevo con parking, que era lo que él quería para todos y al final solo consiguió para sí mismo.
De vez en cuando lo veo por la calle Ancha y nos saludamos con la cabeza, como se saludan los que fueron de la misma familia y ya no juegan al mismo juego.
No le guardo rencor. Sin su veneno igual yo no me habría dado cuenta a tiempo de lo que no quería perder.
Visi está en la puerta, cobrando las entradas del cine de verano —tres euros, y para los críos gratis, faltaría más—, con la linterna de Tino colgada del cuello, la que él llevaba a la boca para proyectar cuando le faltaban manos.
No la usa para nada práctico. La lleva porque sí.
Porque hay cosas que se heredan y no son ni cuatro paredes ni dos máquinas.
Fellini se ha echado encima de una de las sillas plegables de la primera fila, la mejor, y no piensa moverse. Está viejo y gordo y sordo de un oído, y ha decidido que el cine de verano es suyo. Nadie discute con Fellini. El gato tenía razón antes que nadie, y en esta casa eso se respeta.
Nel sube a presentar la sesión y, como no puede ser de otra manera, se emociona antes de empezar, se le quiebra la voz al dar las gracias, cita fatal una película para ilustrar el momento —mezcla dos finales y le sale uno que no existe, como siempre— y arranca una ovación del barrio que lo quiere justo por eso, por llorón y por equivocarse.
———
Se apagan las guirnaldas.
Busco a Darío con la mirada y lo encuentro donde sabía: arriba, en la ventana del trastero, recortado contra la luz del proyector, con las gafas un poco caídas y esa quietud suya de hombre que por fin duerme en una casa que no se le mueve debajo de los pies.
Me busca él también, entre las cuarenta sillas, y me encuentra, y levanta la mano.
Yo le levanto la mía, con el aro de plata brillando un segundo bajo el haz.
Podría subir a la cabina improvisada, con él. Es lo que hago casi siempre. Pero esta noche me quedo abajo, en una silla, entre el barrio, con la sábana blanca delante y las estrellas encima y el olor a cerveza de Gadea y a verano leonés.
Empieza la película.
Y yo, que me he pasado la vida yéndome en mitad de las pelis sin saber cómo acaban, que saltaba antes del final, que salía de la sala con las luces todavía apagadas para que nadie me viera irme, esta noche me quedo.
Me quedo cuando la historia se pone bien. Me quedo cuando se pone triste. Me quedo cuando la sábana se llena de la luz que baja del proyector de Darío, esa luz que cruza el patio por encima de todas las cabezas y que sale de sus manos.
Y cuando la película acaba y empiezan a subir los títulos por la sábana blanca, nombres y nombres y nombres de gente que hizo posible algo hermoso, no me levanto.
Me quedo sentada, con Fellini roncando a mi lado y Darío bajando por fin de la cabina a buscarme, bajo la marquesina del Cine Capri que esta noche, arreglada y sin que ningún crío le robe una sola letra, anuncia lo que somos.
Y veo los títulos enteros.
Hasta el final.