Capítulo 29
Darío se levanta de la butaca de Tino.
De pie, en mitad de la fila F, con la sala llena mirándolo y las luces demasiado encendidas, con el barrio entero y el notario y Chus y su madre postiza Visi y mi madre de verdad, Darío Colinas hace lo que no ha hecho en su vida.
— Quédate.
Lo dice bajo. Pero en el Capri, cuando calla todo el mundo, un susurro llega a la última fila.
— Jara, quédate. — Le tiembla la voz, a él, al hombre que no le tiembla la voz nunca —.
No por el cine. El cine que se lo quede quien lo quiera.
No por Tino, que ya nos ha dado bastante la lata desde la pantalla.
— Coge aire, y le cuesta, se le ve costar —.
Te lo pido yo. Yo, que no le he pedido a nadie que se quede en toda mi vida.
Que vi irse a mi padre y no le pedí que no se fuera.
Que vi irse a mi madre y me tragué el "no te vayas" para no molestar.
Que te vi irte a los dieciséis sin despedirte y me quedé dieciséis años callado, esperando, sin pedirte nada.
— Y por fin lo suelta —. Se acabó. Te lo pido.
Quédate. Con nombre y apellidos, delante de todos, como un idiota. No te vayas, Jara. Por favor.
Y ahí está. El hombre que solo sabía sostener y sonreír, pidiendo. En voz alta. Arriesgándose a un no delante de medio León.
Me levanto yo también.
Y me tiembla todo, porque yo salto de un tercer piso sin que me tiemble un músculo, sé caer por unas escaleras sin hacerme un rasguño, mido los suelos y calculo las alturas y me tiro sin red cuando me lo mandan.
Pero esto no lo mide nadie. Esto no lleva colchoneta.
Y me tiemblan las piernas como no me temblaron nunca colgando de un helicóptero.
— Antes de nada. — Me sale la voz rota ya en la primera frase, y que se rompa —.
Perdóname tú a mí, Darío. Porque yo me fui a los dieciséis sin decirte adiós, y me he pasado la vida yéndome la primera de todos los sitios para que nadie tuviera tiempo de dejarme.
Contigo iba a hacer lo mismo. Iba a saltar en septiembre y a largarme sin decir nada, como siempre.
— Jara...
— Déjame, que si paro no sigo. — Cojo aire —.
Y tú perdóname, y yo te perdono a ti, Darío, por lo del notario, por soltarme antes de que te soltara yo, por sonreírme cuando lo que quería era que me gritaras.
Los dos huimos igual, ¿sabes? Tú soltando y yo saltando.
Pero por la misma puerta, del mismo susto.
La sala no respira. En algún sitio, Nel hipa.
— No cojo el rodaje. — Lo digo alto, para que lo oiga el notario, para que lo oiga Chus, para que lo oiga él —.
He roto el billete. Me quedo en León. Voy a montar aquí lo mío, mi trabajo, mi vida, y voy a levantar este cine contigo, no por Tino, no por la cláusula.
— Se me quiebra otra vez, y esta ya no la arreglo —.
Me quedo porque quiero. Porque me he pasado la vida siendo el cuerpo que salta por la cara de otra, y por una vez, una sola, quiero ser yo la que se queda a ver cómo acaba la peli.
Contigo. — Y lo digo entero, sin recambio —.
Y porque te quiero, Darío. Te quiero. Y ya está.
Lo he dicho con la voz temblándome, que es la única caída que me da miedo, y ya lo he dicho.
Y me quedo ahí plantada, en la fila F, temblando entera, esperando el golpe contra el suelo.
Que no llega. Porque Darío cruza la butaca de Tino de un paso y me coge la cara con las dos manos, esas manos de grasa y de cargar bobinas, y me mira desde su metro ochenta y ocho como se mira una pantalla que por fin da la película entera.
— Yo también te quiero, especialista. Desde que tenías dieciséis y medías el suelo de mi cine. — Sonríe, esa sonrisa lenta que tarda y se queda —. Menudo retraso llevo.
———
— ¡ANTES DE QUE OS BESÉIS! — La voz de Nel truena por la megafonía y pega un pitido que nos deja a todos sordos —. ¡Salid fuera! ¡Jara, la marquesina! ¡SALID!
Medio barrio no sabe de qué habla. Yo sí.
Cojo a Darío de la mano y tiro de él hacia la puerta, y detrás salimos todos en tromba a la acera del Capri, jubilados, críos, Merche, Bene con su pizarra, Duna con su caja de efectos, Chus arrastrando los pies, el notario con su cartera, y nos plantamos en la calle mirando hacia arriba, hacia la marquesina de letras cambiables donde yo, anoche, con Nel de vigía, dejé preparada mi respuesta al miedo de este hombre.
Y la marquesina dice:
ESTA VEZ SIN BOTE.
— ¿Sin bote? — dice Darío.
— Sin bote no. — Me llevo las manos a la cabeza —. Los críos. Otra vez los críos.
Porque en lo alto de la marquesina, colgados de la cornisa como monos, dos críos del barrio de la sesión de los sábados están descojonados de risa con una D y una L en las manos, las letras que le han robado a mi mensaje, y donde tenía que poner ESTA VEZ SIN DOBLE ahora pone una tontería sin sentido que ya circula por el barrio como el mejor chiste del año.
— ¡Seréis pillos! — Bene amenaza con el trapo desde abajo —. ¡Bajad de ahí, que os vais a matar!
Duna, que para algo es maquilladora de riesgo y tiene menos vértigo que yo, se sube a la escalera de la marquesina en dos zancadas, les quita a los críos las letras entre risas y protestas, y con Aurelio sujetándole la escalera y Nel gritando instrucciones que nadie sigue, recolocan la D y la O y la B y la L y la E en su sitio.
Y la marquesina del Cine Capri, por fin, delante de todo el barrio y bajo el cielo lavado de León, dice lo que tenía que decir:
ESTA VEZ SIN DOBLE
Darío la lee. La lee dos veces. Y a este hombre que no llora nunca, que se traga todo con una sonrisa, se le llenan los ojos ahí, en mitad de la calle, mirando cuatro palabras de plástico en una marquesina.
— Sin doble — dice, ronco —. Esta vez sales tú. Tu cara. Tu nombre.
— Esta vez me quedo yo — digo —. Entera. Sin recambio.
Y me besa.
Me besa delante del barrio entero, delante de mi madre que berrea de felicidad, delante de Visi que sonríe como quien lleva un año sabiendo el final, delante de los críos que hacen "¡buuu!
" desde la cornisa, delante de Bene que ya está cobrando la porra a voces y apuntando en la pizarra, delante de Chus, que se ha quedado con la carpeta colgando y la cara descompuesta.
Es un beso que no está en ningún contrato. Que no es para ningún notario ni para ningún barrio. Que es solo nuestro, torpe y largo y con sabor a lágrima, y me tiene que sujetar por la cintura porque las piernas, que aguantan caídas de vértigo, hoy no me aguantan a mí.
Cuando nos separamos, don Casimiro se aclara la garganta. Saca una carpeta. Consulta un papel con la misma solemnidad con la que abriría un testamento.
— A efectos de la disposición testamentaria de don Faustino Nistal — dice, seco, milimétrico, sin una gota de emoción y por eso mismo partiéndonos a todos —, certifico que este matrimonio es real.
— Una pausa —. Y, en mi humilde opinión de notario, siempre lo fue.
Aunque los interesados tardaran un año en enterarse.
Chus abre la boca. La cierra. Coge su carpeta de plástico, se recoloca el polo por dentro del pantalón y se va calle abajo sin despedirse, y el barrio le abre paso como se le abre paso al que ha perdido, con una pena y un gustillo que aquí no piensa disimular nadie.
———
Volvemos a entrar en el cine, todos, porque en el Capri las cosas gordas se celebran dentro, a oscuras, que para eso es un cine.
Darío y yo nos sentamos otra vez en la fila F. Él en la butaca de Tino, la doce, ya sin miedo. Yo a su lado, en la once, pegada, con su brazo por encima de mis hombros y la maleta vacía a nuestros pies como un perro fiel.
Y entonces aparece Fellini.
Baja por el pasillo con esa dignidad de gato viejo al que nada le corre prisa, sube de un salto al reposabrazos que compartimos, nos mira a los dos, primero a mí, luego a Darío, como quien comprueba un dato, y se acomoda encima de las dos rodillas a la vez, la mía y la suya, hecho una rosca, ronroneando, repartido entre los dos.
Y Visi, desde el fondo, suelta un "hala" bajito.
— Ya está — dice —. Ya sois familia. Que el gato no se equivoca nunca. Solo se sube a la falda de la familia, y míralo, en las dos a la vez.
Coge la linterna de Tino, la que él llevaba a la boca para proyectar cuando le faltaban manos, esa linterna vieja que ahora Visi lleva colgada del cuello.
La enciende. Recorre con el haz la sala llena, las caras mojadas, los críos, mi madre, mi padre, Gadea y su barril, Duna con la caja de efectos, Bene y su pizarra, Nel llorando en la cabina.
Y luego nos apunta a nosotros dos, en la butaca de Tino, con el gato en medio.
Nos deja un segundo dentro de esa luz.
Y apaga.