Sesión doble Capítulo 28
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Capítulo 28

Darío baja de la cabina despacio, secándose las manos en el trapo de siempre, y se para al final del pasillo, a tres metros de mí y de la maleta vacía. El barrio entero nos mira a los dos como se mira una pantalla justo antes de que empiece la peli: en silencio, esperando.

— Has vuelto — dice Darío. Bajo, para mí, aunque en esta sala se oye hasta respirar.

— He vuelto.

No dice más. No me pregunta por la maleta, no me pregunta por qué está vacía, no me hace ninguna broma para tapar el momento. Tiene una cara que no le había visto: la de quien no sabe si esto es una despedida con público o qué es.

Visi sale de la taquilla con la linterna de Tino colgada al cuello y toma el mando, porque en este cine, cuando Tino no está, quien manda es Visi.

— A ver. — Da dos palmadas —. La bobina del Tino solo se pone con los dos delante.

Lo dejó escrito. Así que vosotros dos — nos señala con la barbilla, primero a mí, luego a Darío — os sentáis.

Y no en cualquier sitio. — Señala la fila F —.

En su butaca. La doce. Que el viejo la vea puesta con quien tenía que ir puesta.

Se hace un murmullo en la sala. Todos saben lo que significa esa butaca. La fila F, la número 12, la de Tino, esa en la que Darío no se ha sentado en dieciséis años, ni un día, ni cuando cerraba solo, ni cuando lloraba solo. La butaca de su padre de verdad, el que lo recogió.

Darío mira la butaca. Mira a Visi. Traga.

— Visi, yo en esa butaca no...

— Hoy sí. — Visi no admite discusión —. Hoy toca. Anda.

Y Darío, que sostiene y aguanta y obedece porque es lo único que sabe hacer, se acerca a la fila F, y se queda de pie delante de la butaca 12 un segundo largo, como quien va a entrar por primera vez en una casa que siempre miró desde la calle.

Y se sienta. En la butaca de Tino. Y algo, en su cara, se afloja.

Yo me siento a su lado, en la 11, tan pegada que en esa fila estrecha de butacas viejas nuestros brazos se tocan en el reposabrazos que compartimos, y ninguno de los dos lo aparta, aunque estamos peleados, aunque él me soltó y yo me fui, aunque entre los dos hay cuatro días de silencio y una maleta vacía en el pasillo que nadie entiende.

Se apagan las luces.

———

Aparece Tino en la pantalla y a la sala entera se le escapa el mismo suspiro, ese "ay" de barrio que se hace cuando vuelve un muerto querido a moverse y a hablar.

Está más viejo que en las otras bobinas. Se le nota que esta la grabó el último, ya enfermo, con la papada más floja y los ojos más hundidos, pero con la misma chispa de crío que hace trastadas.

— Bueno. — Carraspea, se acomoda, mira a cámara —. Si habéis llegado hasta aquí, hasta esta última, y estáis los dos delante, como mandé, es que la cosa ha ido más o menos por donde yo quería. Y si estáis los dos delante pero peleados, que os conozco, tranquilos, que esta bobina es justo para eso.

Una risa nerviosa recorre la sala. Nel, en la cabina, ya sorbe.

— Os voy a confesar una cosa, parejita. Y que me perdone el notario, que estará ahí con su cara de acelga apuntándolo todo.

— Se oye a Chus removerse; se oye a don Casimiro no inmutarse —.

El Capri no era la herencia. Nunca lo fue.

Ya os lo dije en la primera y no me hicisteis ni caso, cabezones.

El cine es cuatro paredes, dos máquinas que se llaman Marlon y Rita y un gato gordo.

Bonito, pero cuatro paredes. Eso no se hereda.

Eso se cuida hasta que uno se muere y luego que Dios reparta suerte.

Tino se inclina hacia la cámara. La sala entera contiene el aire.

— Lo que os dejo de verdad, lo que llevo queriendo dejaros desde hace dieciséis años, sois el uno al otro.

Se me para el pecho. Al lado, en la butaca de Tino, noto a Darío quedarse tan quieto como se queda él cuando algo le llega demasiado adentro.

— Aquel verano os vi. — La voz del viejo se ablanda —.

Teníais dieciséis años y erais tontos perdidos, y una tarde os vi en la última fila, en esta misma fila, mirando la pantalla sin mirarla, mirándoos de reojo, sin atreveros a nada.

Y yo, que llevo toda la vida viendo historias de amor a oscuras, supe cómo acababa esa antes de que empezara.

Lo supe. Lo que pasa es que la niña se fue a la mañana siguiente sin despedirse — Tino chasca la lengua, guasón —, y el chico se quedó, que es lo suyo, esperando dieciséis años a que volviera la película que se cortó a la mitad.

Al lado, Darío ha bajado la cabeza. Le veo, en la penumbra, apretar el trapo de las manos.

— Así que hice lo único que sé hacer. — Tino sonríe, ancho, showman hasta el final —.

Programé una sesión. La última función de este viejo casamentero de barrio.

Os junté con una cláusula tramposa, os obligué a vivir bajo el mismo techo un año, y me senté a ver la peli desde donde se ven las mejores: desde la última fila, con las gafas rotas, ya muerto.

— Se ríe —. Y menudo espectáculo me habéis dado, hijos. Menudo espectáculo.

La sala se ríe entre lágrimas. Merche llora a lágrima viva. Bene se seca los ojos con el trapo de la barra. Hasta don Casimiro, el notario, ha sacado un pañuelo planchado y hace como que se limpia las gafas.

— Os dejo el uno al otro, si os atrevéis.

— Tino se pone serio por primera vez, y en la pantalla en blanco y negro parece de golpe muy pequeño y muy cansado y muy lleno de amor —.

Y si no os atrevéis, si sois tan cortos como para dejar pasar esto, allá vosotros.

Pero que quede grabado, en celuloide, para siempre: que no digáis nunca que el Tino no os avisó.

— Guiña un ojo —. Las mejores historias pasan cuando se apagan las luces.

Esta es la vuestra. No la veáis desde la última fila, tontos. Salid a la pantalla de una vez.

Fundido.

La cola de la película traquetea. La pantalla se pone blanca, ese blanco sucio de sala que espera.

Y por un segundo eterno nadie se mueve, nadie respira, la sala entera del Cine Capri suspendida en la oscuridad, con el barrio llorando y riendo a la vez, con Merche sonándose, con Nel hipando arriba en la cabina.

Y a mi lado, en la butaca de Tino, Darío levanta la cabeza.

———

Se encienden las luces.

De golpe, la sala llena, los rostros mojados, la maleta vacía en el pasillo, todo bañado por la luz cruda que Nel enciende demasiado pronto, como siempre.

Y yo conozco a Darío. Lo conozco desde hace cuatro meses de verdad y desde hace dieciséis de reojo, y sé lo que va a hacer ahora, lo que hace siempre en el segundo exacto en que un silencio se pone demasiado grande y demasiado cierto: soltar una broma.

Una tontería. Rematar con una gracia que lo salve, que le quite hierro, que le deje a él en la sombra, sosteniendo, sonriendo, sin pedir nada.

Le veo coger aire. Le veo abrir la boca. Tiene la broma lista, la noto, la conozco, la que apagaría todo esto y nos devolvería a los dos a la seguridad de fingir.

Y no la hace.

Cierra la boca. Suelta el aire despacio. Se sube las gafas con un dedo. Y por primera vez desde que lo conozco, Darío Colinas se queda delante de todo el barrio, en la butaca de Tino, sin ninguna broma con la que taparse.

Desnudo del todo.

Y me mira.