Sesión doble Capítulo 27
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Capítulo 27

La llamada a producción la hago el jueves por la mañana, en el balcón de mi madre, entre los geranios, con el billete de vuelta en la otra mano por si me arrepiento a mitad de frase.

No me arrepiento.

— Os agradezco muchísimo la confianza — digo, y me sale la voz firme, más firme de lo que esperaba —. De verdad. Es el trabajo de mi vida y me lo ofrecéis a mí, por mi nombre. No sabéis lo que significa. Pero no voy a poder coger el rodaje.

Silencio al otro lado. La ayudante de dirección pregunta si es por dinero, si es por fechas, si lo puedo pensar.

— No es por nada de eso. — Miro la Catedral, que desde el balcón de Merche se ve de refilón, echando su luz de mediodía —.

Es que me quedo. En León. Voy a montar aquí lo mío.

Coordinación de acción, unidad pequeña, para lo que se ruede en el norte, que se rueda más de lo que la gente cree.

Y voy a levantar un cine. — Me río un poco —. Es largo de explicar. Pero me quedo.

Cuelgo. Y en cuanto cuelgo, rompo el billete de vuelta. No lo tiro entero, que me da no sé qué; lo rompo en dos, despacio, y guardo los trozos en el bolsillo, porque una cosa es decidir y otra es no tener miedo, y yo tengo un miedo que no me cabe en el pecho.

Duna me llama a los diez minutos, porque en este gremio las noticias vuelan y alguien se lo ha dicho.

— ¿Has rechazado el rodaje. — No me saluda —. Jara. ¿Has rechazado EL rodaje. El de tu vida. Por un cine de barrio y un señor que huele a celuloide.

— Sí.

— ...

— ¿Duna?

— Estoy asimilándolo. — La oigo respirar —.

Vale. Ya. Una cosa. — Su voz cambia, se le pone la de verdad, la que gasta poco —.

¿Estás segura de que te quedas por ti y no por él?

Porque quedarte por un tío es de idiotas, pero quedarte por ti en el sitio donde está el tío, eso ya es otra cosa. Necesito saber cuál de las dos es.

Y esa es la pregunta buena. La que Visi me plantó y la que llevo dos días mascando.

— Me quedo porque quiero quedarme — digo —.

Porque me he pasado la vida saltando por otras y quiero, por una vez, hacer algo que sea mío.

El cine es mío. La ciudad es mía. Mi madre está aquí.

Gadea está aquí. Y sí, él también. Pero aunque él me mandara a paseo, me quedaría igual.

— Una pausa —. Eso creo. Eso quiero creer.

— Pues entonces me callo. — Una pausa —. Bueno, no me callo. Voy para allá el sábado con toda la caja de efectos, que si vas a montar una escena, la montamos bien. ¿Qué necesitas.

Y ahí, en el balcón de mi madre, se me ocurre el plan entero de golpe, como se me ocurren las caídas: viéndolas ya hechas antes de tirarme.

———

A mi padre lo llamo esa tarde. A Aurelio.

Hacía años que no lo llamaba yo primero; siempre era él, torpe, con esas llamadas de "¿va todo bien?

" que no sabía cómo llenar. Estos meses, con el cine, nos habíamos ido reenganchando poco a poco; él ayudaba a Tino de joven con las bobinas y sabe de proyectores más de lo que aparenta.

— Papá. Necesito manos el sábado. Para un lío que voy a montar en el Capri.

Silencio. Y luego, con una voz que no le había oído nunca, mi padre, el que no sabe decir las cosas, dice:

— ¿Me estás pidiendo ayuda a mí.

— Sí.

— Voy. — Y cuelga rápido, antes de que se le note, porque los Robledo somos así de patéticos con las emociones: las soltamos y salimos corriendo.

———

El resto lo preparo como preparo un rodaje. Con plan. Con horario. Con plano de recambio por si algo falla, que siempre falla algo.

Lo primero es lo más difícil, y no lleva colchoneta.

Tengo que hacer lo que no hice a los dieciséis, lo que no he hecho en toda mi vida: no irme sin decir nada.

Volver. Y decirlo a la cara, con la sala llena, delante de todos, con la voz temblándome si hace falta, que me va a temblar, porque yo salto de un tercero sin pestañear pero al decir según qué palabras se me quiebra todo.

Lo segundo es para él. Para Darío, que cree que nadie lo elige, que lleva la vida entera convencido de que lo suyo es sostener y sonreír y no pedir.

Le voy a dar la respuesta antes de que se atreva a hacer la pregunta.

Y se la voy a poner donde no pueda no verla: arriba, en grande, en la marquesina de letras cambiables del Capri, esa que los críos del barrio llevan un año reconvirtiendo en guarradas.

Me paso el viernes por la tarde en la ferretería y en el almacén, contando letras, buscando las que faltan en la caja, robándole horas al miedo. Nel me ayuda, muerto de curiosidad, jurando por su madre que no dirá nada.

— ¿Y qué va a poner — pregunta, con las letras en las manos.

— Ya lo verás mañana. Con todo el mundo.

— Jara. — Se le humedecen los ojos, cómo no —. Esto es como el final de aquella peli, la de... — Y cita fatal una película, se le cruzan dos, mezcla el final de una con el principio de otra, y le sale un monstruo que no existe.

— Esa no es así, Nel.

— Da igual cómo sea. Lloro igual.

Cuento las letras dos veces. Están todas.

Preparo el mensaje, escondido, doblado en un sobre, listo para subir a la marquesina en el momento justo.

Y me acuesto en la cama del costurero de mi madre sin dormir, mirando el techo, repasando la caída, midiendo el suelo, sabiendo que mañana me tiro de más alto que nunca y que abajo, esta vez, no hay red.

———

El sábado amanece limpio, uno de esos días de León en que la niebla se levanta temprano y deja el cielo lavado y la piedra dorada. Buen día para una función. Tino habría dicho que hasta el tiempo se ha vestido para la ocasión.

Cuando llego al Capri, a las once y media, no me lo puedo creer.

Está lleno. No las cuatro filas de siempre.

Lleno. El barrio entero se ha metido en la sala para la última bobina de Tino: los jubilados de las mañanas, las familias de los sábados con los críos correteando entre las butacas de terciopelo gastado, Gadea con un barril de su cerveza para después, Bene con la pizarra de la porra bajo el brazo, Merche en primera fila con un pañuelo ya en la mano porque mi madre viene llorada de casa para ahorrar tiempo.

Aurelio, mi padre, en un lado, con las manos manchadas de haber estado toda la mañana ayudando en la cabina, mirándome como no me miraba desde que yo era pequeña.

Duna, que ha venido de Madrid con su caja de efectos, guiñándome un ojo.

Visi en la taquilla, con la linterna de Tino colgada del cuello.

Y también está Chus, al fondo, con su carpeta y su cara de bingo, convencido de que hoy gana. Y a su lado, tieso como una vela, con su traje gris y su cartera de cuero, don Casimiro, el notario, que ha venido a certificar lo que haya que certificar, sea el amor o su ausencia.

Están todos.

Y en la cabina, arriba, tras el cristal, se enciende la luz de servicio y aparece la sombra de Darío enhebrando la última bobina, con las gafas un poco caídas y esa quietud suya de hombre que no espera que nadie venga a buscarlo.

Cruzo el patio de butacas entre el barrio entero, que se va callando a mi paso, y noto todas las miradas: la de mi madre, la de Visi, la de Chus relamiéndose, la de él allá arriba, que ha parado de enhebrar y me mira a través del cristal de la cabina.

Y entro por el pasillo central del Cine Capri arrastrando, delante de todo el mundo, la maleta.

La misma maleta que no deshice en cuatro meses. La que cerré entera por primera vez en mi vida hace cuatro días.

Pero hoy pesa distinto. Hoy no arrastra, rueda ligera, porque hoy la maleta viene vacía.

Vacía del todo.

Y el barrio entero lo ve, y nadie entiende nada todavía, y arriba, tras el cristal, Darío mira la maleta vacía y se le cae de las manos el trozo de celuloide que estaba enhebrando.