Capítulo 26
El piso de mi madre huele a lo que huele desde que tengo memoria: a colonia de la buena y a puchero.
Es pequeño, está en un cuarto sin ascensor cerca de San Marcos, y tiene el balcón lleno de geranios que ella riega a las nueve en punto haga el tiempo que haga, porque una casa sin planta, dice, es un decorado.
La misma frase que Visi. Deben de darla en algún curso de mujeres de sesenta.
Llevo aquí cuatro días. Cuatro días con la maleta cerrada del todo apoyada en la pared de mi antiguo cuarto, que ya no es mi cuarto sino el costurero de Merche, y el billete de vuelta encima de la mesilla, boca arriba, con una fecha que puedo coger cuando quiera.
No lo cojo. Lo miro. Es lo que hago todo el día: mirar el billete y no cogerlo, como quien mira una piscina desde el trampolín sabiendo que hay agua, midiendo, midiendo, sin tirarse.
El rodaje espera. Producción me ha escrito dos veces. Almería, octubre, coordinadora, mi nombre arriba. Todo lo que quise. Y ahí sigue, esperándome, mientras yo riego los geranios de mi madre porque ella se ha ido al médico y no sé estar sin hacer algo con las manos.
Lo que más rabia me da es una tontería. Es el café.
Cuatro meses en aquel piso y Darío no falló un solo café.
Dos de azúcar, sin que se lo pidiera, cada mañana, en la taza de la izquierda.
La última mañana bajé a la cocina y la taza estaba en la encimera, sola, fría, con la cucharilla dentro y el poso ya seco.
Él ya se había ido a la calle. No me lo había subido. No me lo había hecho.
Y así supe, antes de que Chus me contara nada, antes de subir a la cabina, antes de la sonrisa que me mató: por una taza de café fría con la cucharilla dentro.
Cuatro meses de café y un día no. Ese fue el aviso.
El proyeccionista apagó la máquina antes de que se fundiera la lámpara, y a mí ni me avisó de que iba a quedarme a oscuras.
———
Merche vuelve del médico, deja el bolso en la silla de siempre y me mira regar sus geranios con una cara que conozco: la de madre que va a decir algo y está eligiendo el momento.
— Riegas como si los fueras a ahogar — dice —. Deja. Anda, siéntate, que te veo.
Me siento. Ella se sienta enfrente, con las manos cruzadas sobre la mesa, y por un momento no dice nada, que en mi madre es toda una hazaña.
— Yo me fui de tu padre a gritos — suelta al fin —.
Ya lo sabes. Nos oía media calle. Y me fui bien, Jara, no me arrepiento, que aquel hombre y yo juntos éramos un accidente en cadena.
— Coge aire —. Pero de una cosa sí me arrepiento.
De que tú, de cría, nos vieras. De que te tocara sostenerme a ti, que tenías nueve años y me hacías tú la cena cuando yo no podía ni con mi alma.
Eso no te tocaba. Y aprendiste lo que no había que aprender.
— Mamá.
— Déjame acabar, que me cuesta. — Se aprieta las manos —.
Aprendiste que querer es que te griten y que quedarte es que te partan.
Y yo te lo enseñé. Con mi ejemplo, que es como se enseña lo malo.
— Me mira, y a mi madre, que llora con los anuncios, no le tiembla ahora ni una pestaña —.
Pero yo me fui de un hombre que me hacía daño, hija.
Tú te estás yendo de uno que te hace bien.
No es lo mismo. No te confundas de película.
Y se levanta, y va a la cocina a poner el puchero, porque mi madre las cosas gordas las dice de pie y de espaldas, para no verte la cara mientras te desmontas.
———
Visi aparece por la tarde. No llama antes, Visi nunca llama antes, aparece, como aparecen las verdades.
Sube los cuatro pisos sin ascensor sin resollar, que tiene sesenta y ocho años y unos pulmones de acomodadora de toda la vida, y se acomoda en el sofá de Merche con la calma del que ha venido a quedarse.
— El cine sin ti se ha vuelto a apagar — dice, sin preámbulo —.
En cuatro días. Las mismas cuatro filas de siempre, los mismos cuatro jubilados, la marquesina sin cambiar.
Darío proyecta, barre, cierra y sube al piso.
Como antes de que vinieras. — Me mira —.
Peor que antes. Antes no sabía lo que le faltaba.
— Fue él quien fue al notario, Visi. Él me soltó.
— Ya. — Visi asiente, tranquila, como quien ya se sabe la película entera porque la ha puesto mil veces —.
Ese hombre lleva desde los ocho años convencido de que todo lo que quiere se le va.
Su padre, su madre, la abuela, Tino. Aprendió a soltar antes de que le soltaran, para que doliera menos.
Es un cobarde, sí. — Se inclina —. Pero de un tipo de cobardía que tú conoces bien, niña, porque es la tuya del revés.
Me quedo callada. Fuera, en la cocina, borbotea el puchero de mi madre.
— Tú te vas la primera para que no te dejen — sigue Visi —.
Él suelta el primero para que no lo abandonen.
Los dos huyendo del mismo susto por puertas distintas.
Y así, hala, cada uno a su casa, muy dignos, muy enteros, y muy solos.
— Chasca la lengua —. Menuda pareja de tontos me ha juntado el Tino.
— Yo no huyo. Yo tengo un trabajo.
— Tienes un trabajo, sí. — Visi me coge la mano, y la tiene seca y caliente, mano de repartir caramelos y entradas durante medio siglo —.
Pero huir, niña, no es solo irse. Huir también es no dejarse elegir.
Es ponerte tú misma la doble para que, si sale mal, la que se parte sea otra y no tú.
Toda la vida saltando por otras para que en la pantalla no salga tu cara.
— Me aprieta —. ¿Y si por una vez sales tú?
¿Y si dejas que alguien te elija a ti, a tu cara, a tu nombre, y te quedas a ver qué pasa?
Se me llenan los ojos otra vez. Estoy harta de tener los ojos llenos.
— El cine y el querer son igual, Jara — dice Visi, y lo dice bajito, como se dicen las cosas verdaderas —.
Hay que quedarse hasta que salen los títulos.
Que si te vas antes, te pierdes lo bueno.
Lo bueno siempre pasa al final, con la sala medio vacía y las luces todavía apagadas.
Y tú te has ido siempre en mitad de la peli, hija.
Siempre. Por eso no sabes cómo acaba ninguna.
Se levanta. Va a la cocina. Y cuando vuelve, trae dos cafés, uno para ella y otro que deja delante de mí, en la mesa, sin preguntarme si quiero.
Dos cafés. Como deja siempre cuando algo, en algún sitio, huele a verdad.
———
Nel me llama esa noche. Lo sé porque en la pantalla del móvil sale su nombre con el emoji de claqueta que se puso él mismo, y porque me llama a las once y media, que es cuando a Nel se le ocurren las cosas.
— Jara. — Tiene voz de haber llorado, pero Nel siempre tiene voz de haber llorado, llora hasta con los tráileres del tiempo —. Jara, tienes que venir el sábado.
— Nel...
— No, escucha, escúchame. — Coge aire —.
He estado ordenando el almacén. Y he encontrado la última bobina de Tino.
La quinta. La que faltaba. Estaba en una lata con una nota suya pegada, con su letra.
Y la nota dice... espera, que la tengo aquí, que la he fotografiado.
— Lo oigo rebuscar —. Dice: "esta solo se pone cuando estén los dos delante.
Ni uno solo. Los dos. Y si para entonces se han ido cada uno por su lado, que la queme Visi sin verla, que ya no hará falta".
Me siento en la cama de mi antiguo cuarto, al lado de la maleta cerrada del todo.
— El sábado se cumple el año, Jara — dice Nel, y ya se le rompe la voz del todo —.
El sábado es la sesión de los críos. Y Visi dice que es el día.
Que se pone la bobina del Tino en la sesión, con el barrio delante, o no se pone nunca.
— Sorbe —. Ven. Aunque sea a despedirte.
Aunque sea a decir adiós y a coger tu tren.
Pero ven. Porque si no vienes tú, esa bobina se quema sin verla, y yo...
yo no puedo quemar una peli sin verla, Jara, no puedo, va contra todo lo que soy.
Miro el billete de vuelta, boca arriba en la mesilla, con su fecha.
Miro la maleta, cerrada entera por primera vez en mi vida.
— Iré — digo.
Y no sé, cuando cuelgo, si voy a ir a quedarme o a irme. Solo sé que hay una película del viejo que solo puede verse si estamos los dos, a oscuras, con la sala llena, y que llevo toda la vida yéndome en mitad de las pelis sin saber cómo acaban.
Igual ya toca quedarse hasta los títulos.
Aunque sea una vez.
Aunque sea esta.