Sesión doble Capítulo 25
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Capítulo 25

A Chus me lo encuentro en la puerta del cine, apoyado en la marquesina como quien posa para una foto que ha ganado, y solo con verle la cara sé que trae algo. Chus tiene una cara de bingo cantado que se le pone cuando cree que le ha tocado.

— Prima. — Se despega de la pared —. Vengo del notario.

— Me alegro por ti.

— Deberías. — Sonríe con toda la boca —. ¿A que no sabes quién ha estado allí antes que yo esta mañana.

Yo no digo nada. He aprendido a no mover la cara cuando presiento que algo va mal en la toma. Lo aplico. Pero por dentro ya estoy calculando la altura, buscando el borde, y no encuentro colchoneta.

— Tu marido. — Chus saborea la palabra —.

Darío. Ha ido a ver a don Casimiro a primera hora.

Solito. Y le ha contado toda la película, prima.

Que lo vuestro fue un pacto. Que os casasteis por la cláusula, por el cine, por el viejo.

Que ya está, que se acabó, que hay que dejar de fingir.

— Se acerca —. Lo ha confesado él. Él. No yo.

Vuestro precioso matrimonio de verdad lo ha tirado a la basura el proyeccionista con sus propias manitas de grasa.

El suelo se mueve. Como cuando calculas mal y das antes de tiempo, ese instante en que el aire se acaba y el golpe todavía no ha llegado pero ya sabes que llega.

— Mientes.

— Pregúntaselo. — Se encoge de hombros, tan tranquilo, tan a gusto —.

Pero antes déjame que te diga una cosa, prima, de familia a familia, porque a mí me caes bien y todo.

— Baja la voz y me clava lo que trae afilado desde hace meses —.

Ese hombre no te ha querido a ti. Ha cumplido con Tino.

Igual que tú. Tú eres el trámite, guapa.

La firma que hacía falta. El cuerpo que pone la doble para que la peli salga.

Como siempre. Como en todas tus películas: pones el culo, saltas, te partes, y la cara en la pantalla es de otra.

— Sonríe —. Aquí has vuelto a ser la doble, Jara.

La doble de una mujer que este cine nunca ha tenido.

Y se va, silbando, con su polo por dentro, y me deja en la puerta del Capri con la marquesina encima, esa marquesina de letras cambiables que hoy anuncia un ciclo de cine clásico, y a mí las letras se me emborronan porque los ojos, sin permiso, se me han llenado.

No lloro por Chus. Chus es un mierda. Lloro porque el mierda de Chus ha dicho en voz alta la única frase que yo llevo temiendo toda la vida.

La que me susurra por dentro desde que era niña y sostenía a mi madre en cada bronca.

La que dice: a ti nadie te elige de protagonista. Tú eres el cuerpo que salta y se va.

Y va y resulta que era verdad. Y me lo confirma él. Darío. Que ha ido al notario a soltarme, sin decirme nada, sin mirarme a la cara, a echarme antes de que yo decidiera nada.

———

Subo a la cabina de dos en dos las escaleras, con el hombro protestando y sin hacerle caso.

Darío está allí, cómo no. Es donde va cuando no puede estar en ningún sitio. Tiene una bobina a medio enhebrar en las manos y, al verme entrar así, se le queda quieta.

— ¿Has ido al notario. — No es una pregunta. Es una comprobación.

Darío deja la bobina despacio, muy despacio, sobre el banco. No dice que no. Ese es el primer golpe: que no lo niega.

— Jara.

— ¿Has ido al notario a contarle que esto era un pacto. Sí o no.

— He ido. — Se limpia las manos en el trapo, despacio, y hasta ese gesto suyo, que me gustaba, me duele hoy —. Déjame que te explique.

— No hace falta que me expliques nada. — Me río, y me sale una risa fea, de las que no me conozco —.

Lo entiendo perfectamente. Todo esto era cumplir con Tino, ¿no?

Cuatro meses de teatro. El café por las mañanas, la comedia del muérdago, el domingo de lluvia.

Todo era cumplir con el viejo hasta poder quitártelo de encima.

— No.

— ¿No? Pues has ido tú solito a un notario a decir que se acabó la función.

Sin avisarme. Sin preguntarme. — Me tiembla la voz y la odio por temblarme, que salto de un tercero sin que me tiemble un pelo y no soy capaz de discutir sin que se me quiebre —.

Me has echado, Darío. Me has echado antes de que yo pudiera ni...

— Me paro. Casi lo digo. Casi digo "antes de que yo pudiera quedarme".

No lo digo. Ni de coña le doy esa carta —.

Antes de nada. Me has puesto en la puerta como se pone el cartel de "no hay función".

Darío me mira. Y aquí es donde este hombre hace lo que hace siempre, lo que más rabia me da del mundo, lo que aprendió de crío para sobrevivir a que todos se le fueran: no grita.

No se defiende. No me tira a la cara que sabe lo de la oferta, que ha visto el billete, que me ha oído por la puerta decir "cuenta conmigo".

Se calla. Y sonríe. Esa sonrisa suya lenta y triste, la que tarda y se queda, la de "no pasa nada, lo entiendo, sostengo y aguanto".

Y esa sonrisa me mata más que cualquier grito.

Porque un grito lo puedo devolver. Contra un grito sé pelear, sé caer, sé rodar.

Contra esa sonrisa de hombre que ha decidido no pedirme nada, que ha decidido dejarme ir con una sonrisa para que la culpa la lleve yo, no tengo colchoneta. No hay forma de caer bien.

— Di algo — le pido, y ya me tiembla todo —. Grítame. Dime que soy una cobarde. Dime lo que sea. Pero no me sonrías como si esto no fuera contigo.

— ¿Y qué quieres que te diga, Jara. — Y por fin le sale una grieta en la voz, una sola, que me hace más daño que todo lo anterior —.

¿Que te quedes? ¿Yo? — Niega con la cabeza, despacio —.

Tú tienes tu vida esperándote. La de verdad.

Con tu nombre en los créditos, arriba, no en la letra pequeña.

Yo no te voy a pedir que la dejes por un cine que se cae y por un tío que huele a grasa.

No te lo voy a pedir. — Baja la voz —. Y lo tuyo era esperar a que se cumpliera el año para saltar, ¿no?

Pues salta. Yo te quito la colchoneta del medio para que no tropieces al irte.

Nos quedamos los dos en la cabina, con Marlon apagado y frío entre nosotros, y el silencio pesa como pesa una sala vacía después de la última función, cuando ya no queda nadie y solo está el polvo bailando en el haz de la luz de servicio.

Podría decírselo todo. Podría decirle que iba a renunciar. Que anoche, en la cama, casi le pido que me lo pida. Que el domingo, con la lluvia, tuve la frase entera en la boca. Podría.

Pero me ha ido al notario a soltarme. Me ha echado con una sonrisa. Y a mí, cuando alguien me suelta, me sale lo único que sé hacer desde niña: irme la primera. Saltar antes de que me tiren.

— Vale — digo —. Pues salto.

Y bajo de la cabina sin mirarlo.

———

La maleta la tengo, como siempre, a medio deshacer. Cuatro meses en esta casa y nunca la vacié del todo; siempre dejé la salida lista, la ropa suficiente doblada en un rincón, el neceser sin sacar, el billete de vuelta en el bolsillo interior, esperando.

Ahora meto lo demás. Los calcetines, que duermo con ellos. La foto de Tino proyectando con la linterna en la boca, esa que me trae siempre. La camiseta de Darío que me quedé y que no pienso dejarme aquí para que le recuerde a nadie nada.

Fellini me mira desde la puerta, sentado muy digno, con esos ojos que según Visi solo se posan en la familia. No entiendo cómo un gato puede hacer que te sientas peor. Pero lo hace.

Cierro la maleta.

Y me doy cuenta, con la cremallera a medio pasar, de que es la primera vez en toda mi vida que la cierro entera.

Del todo. Sin dejar nada fuera para volver, sin esa esquina abierta de "por si acaso".

La cremallera llega hasta el final con un sonido limpio, definitivo, un sonido que no había oído nunca porque nunca lo había dejado llegar hasta el final.

Y por primera vez, cerrar la maleta del todo no me sabe a libertad.

Me sabe a caída sin colchoneta.