Sesión doble Darío
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Darío

Hay una regla que Tino me enseñó a los diecinueve, la primera vez que me dejó solo en la cabina: nunca mires directamente al arco.

La luz que proyecta la película es tan fuerte que, si la miras de frente, te quema el ojo y no la ves.

Hay que mirar la pantalla, el reflejo, la copia de la luz. Nunca la luz.

Llevo toda la vida aplicando esa regla a todo.

Estaba haciendo el café. Dos de azúcar en la suya, un chorro de leche en la mía, como cada mañana, como el verano de los dieciséis, cuando aprendí cómo lo tomaba y no se me olvidó nunca, y me he pasado media vida odiándome por no olvidarlo.

Estaba de espaldas, con la cafetera al fuego, y la puerta del rellano no cierra bien, lleva sin cerrar bien desde que Franco, y por esa rendija me ha entrado la voz de Jara igual que entra la luz por el borde de una manta mal clavada.

— Sí. Contad conmigo. Cuenta conmigo para el rodaje.

No he oído más. No me hace falta más. Con un fotograma sé de qué va la película; llevo diecinueve años leyéndolas al trasluz.

He bajado el fuego. He puesto los dos de azúcar en su taza igual, con el mismo pulso, porque las manos siguen sabiendo lo que hay que hacer aunque a uno se le haya apagado el proyector por dentro.

Y me he quedado mirando por la ventana el patio de atrás, el patio de las sillas plegables y la sábana y las estrellas que le acabo de contar hace nada, medio desnudo, como un idiota, y he pensado: ya está. Otra vez. Con fecha, esta vez.

———

Yo a Jara la esperaba desde antes de que volviera.

Suena a tontería, pero es así. El verano de los dieciséis vino a León tres meses, a casa de Tino, la sobrina nieta de Madrid, con el pelo suelto y esa manera de medir los suelos al entrar en un sitio, calculando por dónde saldría corriendo si hiciera falta.

Yo tenía dieciséis y el cine y a Tino y poco más, porque a los ocho se me fue mi padre y a los doce se me fue mi madre a trabajar fuera y no volvió, y a los quince se me murió la abuela que me crió, y a los dieciséis ya sabía yo una cosa que no se aprende en ningún sitio: que todo lo que quieres se va o se muere, y que lo único que no se mueve son las máquinas y los muertos.

Y aquel verano vino Jara y me gustó como no me había gustado nada, y la víspera de irse, en la cabina, con Marlon zumbando, hubo un casi-beso que cortó ella. Y a la mañana siguiente se fue a Madrid sin despedirse. Sin una nota. Sin nada.

Fue el primer abandono con nombre de mi vida.

Los otros no tenían la culpa: mi padre era un desgraciado, mi madre buscaba comer, la abuela se murió porque se muere la gente.

Pero Jara eligió irse sin decir adiós. Eligió.

Y yo aprendí, encima de todo lo que ya sabía, que a lo que se va mejor no atarse, y que si no pides nada, si solo sostienes y sonríes, no te pueden abandonar del todo, porque no había nada que soltar.

Dieciséis años después ha vuelto. Y he hecho lo único que juré que no haría: me he atado. He vuelto a mirar el arco de frente. Y me ha quemado el ojo, cómo no.

Subo a la cabina. Es donde voy cuando no puedo estar en ningún sitio. Marlon está tibio de la función de anoche. Le paso la mano por el chasis, esa costumbre de tocar lo que no se mueve.

— Se va — le digo. Porque a las máquinas les hablo, y no me contestan, que es justo lo que necesito de una conversación esta mañana —.

En octubre. A Almería. Coordinadora. Su nombre en los créditos, arriba, por fin.

— Me cuesta decirlo y lo digo igual —. Me alegro por ella.

— Y es verdad. Esa es la peor parte, que es verdad —. Me alegro por ella, Marlon.

Fellini salta al banco de rebobinado y me mira con esos ojos de gato que, según Visi, solo se posan en la familia. Se subió a la falda de Jara la primera semana. Yo lo vi. Y ya entonces pensé: hasta el gato la ha elegido antes que a nadie.

En la pared, junto al calendario, tengo las entradas guardadas.

Guardo la entrada de cada película que me importó, desde crío.

Hay una del verano de los dieciséis, una sesión doble de un sábado, dos títulos que vimos ella y yo en la última fila con Tino roncando en la F12.

La entrada está amarilla. La miro y la vuelvo a colgar.

Y luego miro el calendario. El calendario donde, sin darme cuenta, hace meses, empecé a contar los días que faltaban para que se fuera.

Y cada vez que contaba, me odiaba, y tachaba la cuenta, y volvía a contar.

Hoy quedan pocos. Pocos días para que se cumpla el año, para que el notario certifique, para que cada mochuelo a su olivo.

Podría no hacer nada. Podría dejar que el año se cumpla, que ella se vaya en octubre a su rodaje, que se acabe limpio, como se acaba una copia cuando se termina el rollo y la pantalla se pone blanca.

Pero no soporto esperar el abandono. Nunca lo he soportado. Prefiero apagar yo el proyector a que se funda la lámpara sola en mitad de la función.

———

La idea me viene fría, clara, como vienen las malas ideas, disfrazadas de buenas.

Voy a ir al notario. A don Casimiro. Voy a contarle la verdad: que esto fue un pacto.

Que nos casamos por la cláusula, por Tino, por el cine, y que ha llegado el momento de dejar de fingir.

Voy a decirle que Jara tiene un trabajo esperándola, el de su vida, y que no es justo que se quede atada a un cine de barrio y a un proyeccionista por una cláusula de un viejo.

Me digo que lo hago por ella. Me lo digo con todas las letras, de pie en la cabina, con Marlon tibio bajo la mano.

Que la libero. Que le quito de encima el peso de tener que elegir entre su carrera y una promesa.

Que le abro la puerta para que se vaya con la conciencia limpia, sin sentirse culpable, sin tener que darme explicaciones.

Y es mentira. Por debajo, donde no llega la luz de servicio, sé que es mentira.

La verdad es que si voy al notario y confieso, soy yo quien la echa.

Soy yo quien lo termina. Soy yo quien la suelta antes de que ella me suelte a mí, para que el abandono lo firme mi mano y no la suya.

Para no ser, otra vez, el que se queda en el andén viendo el tren.

Para ser, por una vez en mi vida, el que apaga la luz.

Es lo más cobarde que voy a hacer nunca. Y lo voy a hacer con una sonrisa, que es mi único talento: sostener y sonreír, para que nadie sepa lo que se rompe por dentro cuando no hace ruido.

Bajo de la cabina. En la cocina, la taza de Jara sigue en la encimera, con los dos de azúcar, enfriándose.

La miro. Podría subírsela. Es lo que haría cualquier día.

Es lo que llevo haciendo cuatro meses sin que me lo pida, porque hacerle el café era mi manera de decirle lo que no me atrevo a decir en voz alta.

No la subo. La dejo ahí, enfriándose, con la cucharilla dentro.

Cojo la chaqueta. Marlon zumbaría si estuviera encendido; hoy está callado. Fellini me sigue hasta la puerta y se para en el umbral, donde se paran los gatos que saben que no deben salir.

— Cuídala tú, anda — le digo al gato —. Que a ti sí te deja quedarte.

Y salgo a la calle, hacia el despacho de don Casimiro, a hacer las maletas del corazón que llevo dieciséis años sabiendo hacer, mientras me repito, calle abajo, bajo la lluvia que aún no ha parado, la única mentira que de verdad me creo: que esto lo hago por ella.

Cuando en realidad, como todo lo que he hecho desde los ocho años, lo hago para que no me duela tanto que se vaya.