Sesión doble Capítulo 23
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Capítulo 23

Llueve como llueve en León cuando de verdad quiere: sin prisa, con vocación de quedarse, esa lluvia de meseta que no arrecia pero no para y que deja la ciudad como una copia vieja, un poco desenfocada y muy bonita.

Los domingos por la mañana el Capri está cerrado.

Es la única mañana de la semana en que el cine no zumba, en que Marlon y Rita descansan y no hay que subir la marquesina ni pegar celuloide ni contentar a nadie.

La única mañana en que el piso de encima es solo un piso y nosotros dos somos solo dos personas y la lluvia en el tejado tapa los ruidos de la calle.

Estoy en la cocina, con una camiseta de Darío que me llega a medio muslo y los calcetines de siempre, mirando cómo hace café.

Dos de azúcar en la mía sin preguntar. Un chorro de leche en la suya.

Lo hace de espaldas, con el pelo revuelto de dormir, aplastado por el lado del que se ha tumbado, y yo lo miro con una cara que menos mal que no me ve, porque es una cara que no pega nada con una mujer que tiene la maleta a medio deshacer.

— ¿Qué — dice Darío sin girarse, porque me nota.

— Nada.

— Me estás mirando.

— Estoy vigilando que no me eches tres azúcares, que últimamente te vienes arriba.

Se gira con las dos tazas. Me da la mía. Se apoya en la encimera, enfrente, y bebemos en silencio con la lluvia de fondo, y hay una cosa en el aire de esta cocina, una tregua, un domingo, que me da miedo de lo bien que me sienta.

— Oye — digo, mirando el café —. ¿Y si...

Me paro.

— ¿Y si qué.

Y si no fuera de mentira. Eso es lo que iba a decir.

Lo tengo entero en la boca, redondo, listo.

Y si el sábado, cuando subamos a ese escenario a decir cuatro cosas verdaderas, resulta que ya no queda ninguna mentira que fingir.

Y si en octubre no cojo ese billete. Y si tú, por una vez en tu vida, me pidieras algo.

— Nada — digo —. Que si queda tostada.

Darío me mira un segundo de más. Sabe que iba a decir otra cosa.

Este hombre me lee como lee una bobina al trasluz, buscando el fotograma que falta.

Pero no me lo saca. Nunca me saca nada. Deja la taza, cruza la cocina y me quita la mía de las manos y la deja al lado de la suya, y me mira desde arriba, desde su metro ochenta y ocho, con esos ojos marrones que a las nueve de la mañana de un domingo de lluvia no tienen ninguna defensa puesta.

— No hay tostada — dice.

Y me besa.

———

No es un beso de los pactados. Hace meses que no nos damos ninguno de esos.

Es un beso de domingo, lento, sin prisa, con sabor a café y a azúcar, y yo le paso los brazos por el cuello y él me sube a la encimera de un movimiento, con esas manos suyas de cargar bobinas, y la camiseta prestada se me sube y a él se le va la boca al cuello y yo me río porque me hace cosquillas y me río más porque no quiero que pare.

— La encimera está helada — protesto.

— Pues nos movemos.

Me baja en volandas, y a mitad de camino al dormitorio nos llevamos por delante una silla, que cae, y Fellini sale disparado con esa dignidad ofendida de gato al que interrumpen la siesta, y los dos nos quedamos parados un segundo mirando la silla y el gato y nos entra la risa tonta, esa risa que solo sale cuando estás con alguien con quien no hay que actuar.

— Muy sexy — digo —. Con la silla y todo.

— Improviso.

— Ya. Como con lo de "mi mujer es muy suya".

— Eso sí lo tenía preparado — murmura contra mi boca, y ya no hablamos más.

En el dormitorio, con la manta clavada con chinchetas filtrando la luz gris de la lluvia, me quita la camiseta despacio, como quien revela una copia con miedo a rayarla, y se queda mirándome el hombro, la cicatriz nueva, la fea, la que me trajo hasta aquí.

La besa. No con lástima, que la lástima la huelo a un kilómetro y me pone de mala leche.

La besa como quien besa una firma en los créditos.

— Esta no me la habías enseñado con luz — dice.

— Es horrible.

— Es tuya. — Me sube por el cuello —. Todo lo tuyo me gusta más cuando lo veo con luz.

Y ahí ya no puedo con las bromas. Lo desvisto yo a él, torpe con los botones porque me tiemblan un poco las manos que no me tiemblan ni colgando de una grúa, y nos metemos bajo la manta y la lluvia sigue en el tejado y Darío me toca despacio, aprendiéndome de memoria, con esa paciencia de quien lleva diecinueve años arreglando máquinas delicadas y sabe que a las cosas buenas se llega sin forzar.

No hay prisa. Esa es la diferencia de este domingo.

Las otras veces había una urgencia de robarle horas al reloj, de aprovechar antes de que sonara algo, entrara alguien, se acabara el año.

Hoy la lluvia nos protege y nos movemos despacio, con todo el tiempo del mundo por delante, aunque los dos sepamos, cada uno por su lado, que no lo tenemos.

Me besa el tatuaje de la muñeca, la claqueta diminuta, y susurra "acción" contra la piel, y me río y se me escapa un sonido que no es de risa, y él lo recoge con la boca.

Nos equivocamos de postura una vez y nos volvemos a reír.

La cama es vieja y cruje y nos da igual.

Fellini vuelve a la puerta y araña y nos da igual.

En algún momento dejo de medir el suelo, dejo de contar salidas, dejo de tener la maleta hecha en la cabeza, y por primera vez en mucho tiempo estoy entera en un solo sitio, sin doble, sin plano de recambio, aquí, con este hombre que me mira como si yo fuera la escena principal y no la que salta cuando la principal no puede.

Después, con la lluvia todavía cayendo y su brazo debajo de mi nuca, Darío mira el techo.

— ¿Sabes lo que haría yo, si esto fuera de verdad — dice, muy bajo.

Se me para todo.

— ¿El qué.

— Cine de verano. — Sigue mirando el techo, y le habla al techo, que es lo más cerca que llega este hombre de pedir algo —.

En el patio de atrás, en agosto, con una sábana grande y las sillas plegables.

Sesión al aire libre. La sesión de los críos, gratis, pero de noche, con las estrellas.

— Se calla un momento —. Tino siempre lo quiso hacer. Nunca hubo dinero. Ni manos.

Y si no fuera de mentira. La frase vuelve, redonda, entera. La tengo otra vez en la boca.

— Darío — empiezo.

Y suena el móvil.

———

Es el mío. Vibra en la mesilla, boca arriba, y desde donde estoy leo, antes de que él lo tape ninguno, la palabra: PRODUCCIÓN.

— Cógelo — dice Darío, y su voz ha cambiado de temperatura tan poquito que casi no se nota. Casi.

— Es Madrid. Curro. Nada.

— Cógelo, mujer. Igual es importante.

Me levanto envuelta en la sábana, con el frío de golpe en las piernas donde hace un segundo estaba su calor, y salgo al rellano de la escalera para que no me oiga, que es lo que hace la gente que esconde algo: buscar un rellano.

— Dime.

Es la ayudante de dirección. Que si he pensado la propuesta.

Que el equipo me quiere a mí, que el director preguntó por mí por el nombre, no por "la doble", por el nombre.

Que necesitan cerrarlo ya, que hay que fichar equipo, que las fechas son las que son y no se mueven: primera semana de octubre, Almería.

Y yo, en el rellano de una escalera vieja, envuelta en una sábana que huele a él, con el hombre de dentro esperándome con un plan de cine de verano a medio decir, oigo mi propia voz decir lo que llevo cuatro meses sin atreverme a decir:

— Sí. Contad conmigo. Cuenta conmigo para el rodaje.

Cuelgo. Me quedo un segundo en el rellano, con la lluvia repiqueteando en el patio de luces, y siento el peso de lo que acabo de decir como se siente el suelo cuando calculas mal una caída: un instante antes de dar contra él.

Vuelvo a entrar. Darío se ha levantado. Está de pie junto a la ventana, en calzoncillos, mirando la lluvia caer sobre el patio de atrás, ese patio donde hace un minuto había una sábana grande y unas sillas plegables y unas estrellas que no existen.

— ¿Todo bien — pregunta, sin girarse.

— Sí. Nada. Cosas de Madrid.

Darío asiente despacio, todavía de espaldas, todavía mirando el patio vacío. No dice nada más. No me pregunta qué cosas. No me hace ninguna broma para salvar el momento, que es lo que hace siempre, soltar una tontería para que el silencio no pese.

Este silencio pesa. Y él lo deja pesar.

— Voy a hacer más café — dice al fin.

Y sale del dormitorio, y yo me quedo con la sábana y el frío y la certeza de que algo, en algún sitio de esta casa, se acaba de caer sin hacer ruido, y de que no tengo ni idea de qué ha sido ni de que he sido yo quien lo ha tirado.