Capítulo 22
Resulta que un matrimonio de mentira, cuando lo va a examinar un notario, se convierte en un examen de matrimonio de verdad. Y yo, que me he aprendido de memoria coreografías de pelea de tres minutos, no me sé la fecha en que a Darío le regalaron el primer proyector.
— El nueve de septiembre — dice él, en la cocina, con el café en la mano.
— ¿El nueve o el diecinueve.
— El nueve.
— Como no se me quede. — Apunto en un papel, que parezco una becaria —. Vale. Comida favorita.
— ¿La mía o la tuya.
— La tuya, que la mía me la sé.
— Lentejas.
— ¿Lentejas? — Levanto la vista —. Nadie tiene de comida favorita las lentejas, Darío. Eso es lo que dice la gente que no quiere confesar que le gustan los ganchitos.
— Me gustan las lentejas. — Lo dice sin apartar la vista del café —. Las que hacía Tino los lunes. Con chorizo.
Y ahí está la trampa de este hombre: dices "comida favorita" esperando una tontería y te sale un muerto y un lunes y un chorizo, y de repente estás enterneciéndote con una legumbre.
— Pon lentejas — digo, y lo apunto, y no lo miro mientras lo apunto.
Llevamos así toda la semana. Don Casimiro ha mandado una carta con membrete que huele a despacho antiguo: comparecencia de ambos cónyuges, por separado y luego juntos, para "constatar la efectiva convivencia matrimonial en cumplimiento de la disposición testamentaria".
Por separado. Como en las pelis de fronteras, cuando a los dos recién casados los meten en cuartos distintos y les preguntan de qué color son las cortinas, a ver si cantan.
— ¿De qué color son las cortinas del dormitorio — pregunto.
— No hay cortinas. Hay una manta clavada con chinchetas porque el estor lleva roto desde que Franco.
— Eso es más creíble que unas cortinas, fíjate. — Me río —. La gente que se quiere de verdad tiene el estor roto y no lo arregla nunca.
Darío me mira por encima de la taza. Una de esas miradas suyas que duran medio segundo de más y que yo he decidido no medir, porque si empiezo a medirlas se me va el plan de rodaje al garete.
— ¿Y tú — dice —. ¿Cuál es tu comida favorita.
Y me pilla con la guardia baja, porque yo he venido a examinarlo a él para no examinarme yo.
— Las croquetas de mi abuela. La de Madrid. — Me encojo de hombros —. Pero se murió, así que ya solo las como en mi cabeza.
Darío no dice "lo siento", que es lo que dice todo el mundo y no sirve para nada. Se levanta, saca del congelador una fiambrera de plástico con una etiqueta que pone "croq. Visi" en rotulador, y la deja en la encimera.
— Visi hace. No serán las de tu abuela. Pero para el examen valen.
Y yo me quedo mirando esa fiambrera como una idiota, con ganas de llorar por unas croquetas, mientras pienso que tengo un correo guardado con fecha de octubre y que este hombre me está descongelando el pasado para que apruebe un examen de un matrimonio que no existe.
———
A Chus nos lo encontramos el jueves en la calle Ancha, y ahí es donde compruebo que fingir se nos ha ido de las manos.
Va con un tipo trajeado que lleva una carpeta igual que la suya, uno de los del grupo hostelero, deduzco, midiendo fachadas con la mirada como quien elige melón. Chus nos ve de lejos y le brillan los ojos: la ocasión de pillarnos flojos.
— ¡Prima! ¡Darío! — Abre los brazos —. Mira, os presento. Estábamos justo hablando del edificio.
Y a mí me sale, sin pensarlo, coger a Darío del brazo. No como quien se agarra por el paripé. Como quien se agarra. Darío no se aparta; al contrario, me pasa la mano por la cintura con esa naturalidad de haberlo hecho mil veces, que no hemos hecho mil veces, que hemos hecho las justas y a solas.
— Encantada — le digo al del traje —. Somos los del cine. Los que no vendemos.
El tipo sonríe, incómodo. Chus se ríe con la boca.
— Es una forma de hablar, hombre. Aquí mi prima es muy suya.
— Es que mi mujer es muy suya, sí. — Darío lo dice tranquilo, con la mano quieta en mi cintura, y al decir "mi mujer" no se le tuerce ni una letra —. Suya y mía. Ese es el problema, Chus. Que ya no se sabe de quién es cada cosa en esa casa.
Y me da un apretón mínimo en la cadera, un aviso de cómplice, y a mí se me suben los colores como a una cría, delante del primo cara de acelga y del melonero del traje, porque esa frase no la hemos ensayado, esa frase no está en el papel de la becaria, esa frase se la ha inventado él sobre la marcha y me ha dado de lleno.
Chus se despide con un "ya nos veremos en el notario, parejita" que quiere sonar a amenaza y suena a pataleta. Nos quedamos Darío y yo en mitad de la Ancha, todavía enganchados, con la Catedral al fondo echando esa luz suya de tarde que en León parece regalada.
Nos soltamos a la vez, un segundo tarde.
— Buena improvisación — digo, por decir algo.
— No he improvisado nada. — Mira hacia la Catedral, no hacia mí —. ¿Comemos en Casa Bene? Hoy hay callos.
— Odio los callos.
— Ya lo sé. — Echa a andar —. Por eso lo digo. Para oírte decir que los odias.
Y yo lo sigo, calle Ancha abajo, pensando que le acabo de mentir a un notario por adelantado y a un comprador y a un primo, y que la única verdad que he dicho en todo el día ha sido "somos los que no vendemos", y que ni siquiera sé si esa era verdad o si me la he creído de tanto repetirla.
En Casa Bene, mientras Darío se come sus callos y yo robo pan, Bene deja caer que la porra "está que arde".
— Hay quien dice que os divorciáis en septiembre. — Limpia la barra con un trapo que ha visto cosas —. Hay quien dice que aguantáis. Y hay una que ha apostado una cosa muy rara, pero esa no suelta prenda.
— ¿Quién.
— No se dice. Es porra anónima, coño, que si no, no tiene gracia. — Bene señala la pizarra donde lleva las cuentas del barrio con tiza —. Yo lo único que os digo es que la casa siempre gana. Y que a mí me da igual lo que decidáis, mientras lo decidáis aquí, tomando algo, y no en un juzgado.
Darío no dice nada. Moja pan. Pero por debajo de la barra, sin que Bene lo vea, me da con la rodilla en la rodilla. Una vez. Como quien manda un mensaje en morse que no se atreve a decir en voz alta.
Yo le devuelvo el toque. Y seguimos comiendo, cada uno con su secreto y su rodilla, como dos espías que se han enamorado del enemigo y no piensan admitirlo ni bajo tortura.
———
Esa noche me cuesta dormir. La cama la partimos con una frontera de almohadas que dejó de tener sentido en Navidad y que seguimos poniendo por costumbre, como quien cierra con llave una puerta que ya no cierra nada.
Darío respira despacio a mi lado. No sé si duerme. Yo miro el techo, donde la farola de la calle dibuja la sombra de la marquesina, esas letras cambiables que hoy anuncian un ciclo de cine negro y que mañana, si los críos vuelven a hacer de las suyas, anunciarán una barbaridad.
— ¿Estás despierta — dice Darío, muy bajito, sin girarse.
— No.
— Ya.
Silencio. Fellini ronronea a los pies, hecho una rosca sobre mis calcetines, porque yo duermo con calcetines y al gato le parece bien.
— Oye — digo yo, también sin girarme, los dos hablándole al techo —. ¿Tú qué vas a hacer. Cuando esto acabe.
Lo pregunto y me arrepiento a la mitad, pero ya ha salido.
Darío tarda. Tarda tanto que pienso que se ha dormido.
— Yo me quedo — dice al fin —. Yo siempre me quedo, Jara. Es lo único que sé hacer. — Una pausa —. Tú lo tuyo es lo contrario. Y no te lo reprocho. A cada uno le sale la película que le enseñaron de crío.
Y ahí, en la oscuridad, con la sombra de la marquesina temblando en el techo y el gato de peso muerto sobre mis pies, tengo la frase en la punta de la lengua. La frase entera. La de "¿y si esta vez no me voy?". La de "¿y si tú, por una vez, me lo pidieras?".
Sé caer de un tercer piso sin romperme un hueso. Sé calcular a ojo la altura de una escalera y el punto exacto donde poner el cuerpo para que no crujan. Llevo media vida poniendo el cuerpo por otras.
Pero decir esa frase, en esa cama, en esa oscuridad, no lleva colchoneta debajo. Y me da un vértigo que no me da ningún salto.
— Buenas noches, proyeccionista — digo.
Y noto, aunque no lo veo, que Darío sonríe hacia el otro lado, esa sonrisa lenta que tarda y se queda, y que no me pide nada. Que nunca me pide nada. Que es lo que más rabia me da de él y lo que más me gusta, todo a la vez.
— Buenas noches, especialista — dice.
Y los dos nos quedamos callados, cada uno con su secreto pegado al pecho como una entrada de cine que no piensas enseñar en la puerta.
———
La idea la suelta Visi el domingo, mientras barre el ambigú, sin levantar la vista de la escoba.
— El notario ese va a venir a mirar si os queréis. — Barre —. Pues que os vea. No en un despacho. Aquí. Delante del barrio.
Darío deja de pegar celuloide.
— ¿Aquí cómo.
— El sábado que viene se cumple lo que se cumple, ¿no?
— Visi apoya la escoba y nos mira a los dos con esos ojos de mujer que lo sabe todo antes que nadie y no dice ni la mitad —.
Una función. De las de Tino. Con la sala llena, con el barrio entero, con Bene y su porra y hasta con el primo cara de acelga.
Y en el descanso, subís al escenario los dos y decís cuatro cosas.
De vosotros. De él. — Señala con la barbilla la butaca F12 —.
Que el notario lo vea con sus ojos y que Chus se trague la carpeta.
— ¿Decir qué — pregunto yo, y me sale la voz un pelín aguda.
— Lo que sea verdad, niña. — Visi vuelve a barrer, con la naturalidad de quien acaba de dar la hora y no una sentencia —.
Que para eso hay que quedarse hasta que salen los títulos.
El cine y el querer son igual: si te vas antes, te pierdes lo bueno.
Y de todas formas ya no engañáis a nadie. Solo a vosotros.
Se hace un silencio raro en el ambigú. Darío tiene un trozo de película en la mano y no lo pega. Yo tengo un trapo y no limpio nada.
— Yo lo hago si él lo hace — digo, mirándolo.
— Yo lo hago — dice Darío, mirándome.
Y suena a pacto, como el primero, el de la cabina. Pero no es el mismo pacto. Porque el primero era para engañar a todo el mundo, y este, aunque los dos hagamos como que no, es para dejar de engañarnos a nosotros.
El sábado que viene subiremos a ese escenario, delante del barrio, del notario y de Chus, y tendremos que decir en voz alta, con la sala llena y las luces encendidas, cosas de nosotros dos.
Y el problema, el problema de verdad, el que no lleva colchoneta, es que ya no sé cuáles de esas cosas serían mentira.