Sesión doble Capítulo 21
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Capítulo 21

El correo entra a las once y cuarto de la mañana, mientras riego el geranio que Visi ha subido al descansillo del piso porque, dice, "una casa sin planta es un decorado". Lo leo de pie, con la regadera goteando en las zapatillas.

Asunto: Propuesta coordinación de acción. Confirmación.

Lo abro y el corazón se me pone en modo rodaje, ese ritmo que conozco desde los diecinueve, cuando aún no me habían roto ninguna toma.

Producción cierra fechas. Quieren mi respuesta antes de fin de mes.

Coordinadora de acción. No doble. No el cuerpo que salta por la cara de otra.

La que diseña la caída, la que dice dónde va la colchoneta y a qué hora se apaga la grúa.

Mi nombre en los créditos, arriba, no en la letra pequeña donde nadie llega.

Presupuesto: el doble de lo que he cobrado nunca. Rodaje en Almería y plató en Madrid. Arranque: la primera semana de octubre. Justo cuando se acaba el año. Justo cuando, según el pacto, cada mochuelo a su olivo.

Es lo que he querido desde que me caí por primera vez a propósito y me levanté entera y pensé: de esto se puede vivir. Es el salto que llevo esperando media vida.

Y me sabe a ceniza.

Dejo la regadera en el suelo. Me muerdo el carrillo por dentro, ese cálculo viejo de medir el riesgo antes de tirarme, y por primera vez el riesgo no está en el salto. Está en quedarme aquí un segundo más leyendo esto sin decírselo a nadie.

Sobre todo a él.

Abajo suena Marlon arrancando. El zumbido sube por el hueco de la escalera y me llega a los pies, y sé, sin verlo, que Darío está enhebrando la copia de las cinco para el pase de la tarde, con las gafas un poco caídas y la lengua entre los dientes, hablándole al proyector como quien tranquiliza a un caballo viejo.

Cierro el correo. No lo borro. Lo guardo, que es peor.

———

— ¿Se lo has dicho? — pregunta Duna esa noche, por videollamada, con media cara pintada de moratón de mentira porque está probando una prótesis para un piloto.

— ¿El qué a quién.

— No te hagas la tonta, que se te da fatal. La oferta. A tu marido.

— No es mi marido.

— Está firmado que sí. — Se acerca a la cámara y el moratón se le ve grumoso, precioso, un trabajo de artista —. Jara, tú a ese hombre le pondrías tú misma la doble para que no le tocara nadie. No me mientas a mí, que te maquillo desde los veintitrés.

Me río, porque es lo único que sé hacer cuando alguien me pone el dedo en la herida sin avisar.

— Es un rodaje, Duna. Es mi trabajo. Se lo diré.

— ¿Cuándo.

— Cuando toque.

— Ajá. — Coge un pincel, se retoca el pómulo falso —. "Cuando toque." Lo mismo que decía tu madre antes de firmar el divorcio.

Cuelgo antes de que remate. En el grupo, "Escenas peligrosas", Gadea ha escrito hace un rato: "mañana catamos la tostada de primavera en la fábrica, venís las dos o no hay amistad".

Duna ha contestado con seis emojis de cerveza.

Yo escribo "voy" y borro el "voy" y escribo "a ver si puedo" y lo dejo, que es mi forma de tener siempre la maleta a medio deshacer también en el móvil.

———

La cuarta bobina de Tino la proyectamos un jueves, con la sala vacía y las luces de servicio puestas, porque a Visi le parece de mal gusto verlas de día "como quien lee una carta de amor en el autobús".

Nel monta la copia con un cuidado de cirujano y las manos temblándole.

Ha llorado con las tres anteriores y avisa de que con esta también, "que yo me conozco".

Darío no dice nada. Se sienta un par de filas por detrás de mí, nunca a mi lado en estas; la voz del viejo es de las cosas que cada uno recibe por su cuenta.

Se apaga la sala. Aparece Tino en la pantalla, en blanco y negro porque a Nel se le ocurrió la broma de pasarlo así "para que parezca clásico", y a Tino, que grabó esto sabiendo que estaría muerto, se le ve enorme y gastado y con esa sonrisa de crío que hace trastadas.

— A ver, parejita. — Su voz llena la sala como llenaba el ambigú los sábados —. Si estáis viendo esto es que seguís vivos y seguís casados, o sea que algo he hecho bien desde donde esté, que espero que haya butaca y buen proyector.

Nel ya está llorando. Lo oigo sorber.

— Os voy a hacer una pregunta y no me contestéis a mí, que yo ya no oigo.

Contestaos a vosotros. — Tino se inclina hacia la cámara, guasón, y el celuloide chisporrotea —.

¿Ya os habéis dado cuenta o sois más cortos que un tráiler?

Que llevo toda mi vida proyectando historias y esta la veo yo desde la última fila con las gafas rotas. Andad. Que se os va a pasar el rollo.

Fundido. La cola de la película traquetea en el plato y Rita la recoge con un suspiro mecánico.

Nadie enciende las luces. Yo me quedo mirando la pantalla en blanco, que ya no es blanco sino gris sucio, el gris de una sala que espera.

Detrás de mí, Darío no se mueve. Sé que no se mueve porque no oigo la butaca. Sé que está ahí, con los codos en las rodillas, mirándome la nuca, contando algo que no me va a decir.

— Menudo era el tío — digo, por decir, por romper.

— Menudo era — contesta Darío. Y su voz, a oscuras, suena a lo que suena la suya cuando dice una cosa y piensa tres.

Podría girarme. Podría preguntarle si él ya se ha dado cuenta de lo que fuera que el viejo quería que nos diéramos cuenta. Tengo un correo guardado que arde en el móvil y una fecha de octubre y un billete de vuelta en el fondo de una maleta que no termino de deshacer.

No me giro. Me levanto y voy a ayudar a Nel a rebobinar, que es lo que hago siempre que no quiero contestarme a mí misma.

———

La fábrica de Gadea huele a pan mojado y a lúpulo, un olor que la primera vez me tiró para atrás y al mes ya me sabía a los sábados. Está en un bajo del Húmedo, entre dos tabernas, con cuatro tanques de acero que Gadea trata mejor que a la mayoría de la gente.

— La tostada de primavera. — Me pone delante una caña turbia, color miel sucia, y espera con los brazos cruzados como una madre que ha hecho cocido —. Trigo, cilantro y una cosa que no te voy a decir. Cata y no me mientas, que a ti se te ve todo en la cara menos lo que de verdad piensas.

Bebo. Está buena de verdad, no de compromiso, con un final que pica y luego se calla.

— Está buenísima.

— Ya lo sé. — Se sirve media para ella —. Pero me gusta oírtelo.

Duna no ha venido; se ha quedado en Madrid con su piloto y su moratón. Estamos Gadea y yo y el runrún de los tanques, y por la ventana el trozo de calle donde a los diez años nos escondíamos de su hermano.

— Te veo rara desde hace semanas — suelta Gadea, sin mirarme, secando un vaso —. Y no es lo del hombro, que eso ya lo llevas bien. Es otra cosa.

— No es nada.

— Jara. — Deja el vaso —. Llevo conociéndote desde que las dos cabíamos en el mismo columpio. A mí no me hagas la doble.

Me río sin ganas. Es la segunda que me suelta hoy lo de la doble, y ninguna sabe lo cerca que están.

— Tengo una oferta de curro — digo por fin, y es media verdad, que es lo máximo que me sale —. Buena. En Madrid. Para cuando esto acabe.

Gadea asiente despacio. No me pregunta por Darío. No me pregunta si me voy. Se limita a rellenarme la caña hasta arriba, con dos dedos de espuma perfecta, y a dejar el vaso en la barra con un golpe suave, como quien pone una carta boca abajo.

— Pues nada — dice —. Bébete la primavera, anda. Que en octubre bebes lo que puedas.

Y por un momento, con el sol entrando de lado y el olor a pan y a lúpulo, León me pesa en el pecho de una forma que no sé nombrar y que se parece demasiado a estar en casa.

———

Chus aparece el sábado, cómo no, en plena sesión de los críos.

La sesión de los críos es sagrada. Tino la daba gratis desde antes de que yo naciera: los sábados a las doce, dibujos y clásicos de risa, la sala llena de niños del barrio con los pies colgando de las butacas de terciopelo gastado, Visi repartiendo caramelos de la caja de latón y Nel poniendo voces en las partes mudas.

Es lo único del Capri que no ha perdido dinero un solo día, porque no cobra un duro. El alma no cotiza.

Estoy en el fondo, controlando que ningún crío se cuele por la salida de emergencia a jugar en el almacén de bobinas, cuando lo veo entrar con su carpeta de plástico y su polo metido por dentro del pantalón.

Chus Nistal, primo carnal de mi padre por parte de Nistal, gestor con más deudas que clientes, y el hombre que se lleva el cine si nosotros lo hacemos mal.

— Prima. — Sonríe con toda la boca y nada de los ojos —. Qué cuadro más bonito. Los niños, los caramelos. Da pena, ¿eh? Con lo que valdría esto convertido en algo.

— En qué. En un párking.

— En apartamentos con encanto. — Saca del bolsillo interior una tarjeta y me la enseña sin dármela, como quien enseña una carta buena en el mus —.

Traigo comprador, Jara. Con fecha. Un grupo hostelero que quiere el edificio entero: abajo un gastrobar de esos, y arriba, donde ahora dormís tú y el proyeccionista, seis estudios turísticos con vistas a la Catedral. Cierran en octubre.

Octubre otra vez. El mes me persigue.

— El cine no está en venta, Chus.

— El cine está en venta el día que vuestro paripé se caiga. — Baja la voz, aunque los críos gritan tanto con la película que podríamos discutir a gritos —. Y se va a caer, prima. Porque yo os conozco. Y he ido a ver a don Casimiro.

Se me tensa algo en la nuca. Los años me han enseñado a no mover un músculo de la cara cuando algo va mal en una toma. Lo aplico.

— ¿A ver al notario para qué.

— Para pedirle que vigile. — Ahora sí, sonríe con los ojos, y es peor —.

La cláusula dice "matrimonio de verdad", ¿no?

Real. Convivencia real. Pues le he pedido que lo certifique de verdad, no de boquilla.

Que compruebe que esto es un matrimonio y no dos socios repartiéndose la cama por turnos.

Y como huele lo mismo que yo, ha dicho que sí.

Va a hacer una comprobación. — Se recoloca el polo —.

Así que a ver cómo os las apañáis para que un notario de sesenta y seis años se crea que estáis coladitos, cuando ni vosotros os lo creéis.

En la pantalla, un gato de dibujos se estampa contra una pared y los críos rugen de risa. Uno se cae de la butaca de la emoción y se levanta muerto de risa, sin un rasguño, el muy suertudo.

Chus se guarda la tarjeta.

— Piénsalo, prima. Un buen dinero para ti también, que a ti esto te viene grande. Tú lo tuyo es saltar y largarte. Siempre lo ha sido.

Se va con su carpeta y su polo por dentro, sorteando niños, y en la puerta se cruza con Darío, que baja de la cabina secándose las manos en el trapo.

Los dos se miran medio segundo. Chus le dedica una sonrisa de vendedor.

Darío no le dedica nada, que es la única forma que tiene Darío de mandar a alguien a la mierda.

Sube por el pasillo hacia mí entre la marabunta de críos, uno le tira del pantalón para enseñarle un caramelo, él le revuelve el pelo sin mirar, y llega a mi lado oliendo a grasa de máquina y a palomitas quemadas.

— ¿Qué quería.

En la pantalla, el gato vuelve a estamparse. En mi móvil, guardado, un correo con fecha de octubre. En la boca, dos noticias que podrían tumbar el cine y que no sé por cuál empezar.

Elijo la que no me deja a mí en evidencia.

— Que le ha pedido al notario que compruebe si estamos casados de verdad — digo, y me cuesta soltarlo —. Una comprobación. Para pillarnos.

Darío mira a los críos. Mira la pantalla. Mira la butaca de la fila F, la número 12, esa en la que no se sienta nunca, la de Tino.

— Pues entonces — dice, muy despacio, con esa sonrisa suya que tarda en llegar y se queda —, tendremos que parecer más casados que nadie.

Y lo dice mirándome. Y no sé si me lo dice a mí o le habla al proyeccionista que lleva dentro, ese que sabe que hay películas que solo se ven bien a oscuras y que a veces la copia falsa se proyecta más nítida que la de verdad.

Los críos aplauden. Uno grita "¡otra!". Yo me guardo el correo un día más.