Capítulo 20
Me doy cuenta un sábado por la mañana, en el mercado del Húmedo, cuando la mujer del puesto de la fruta me llama por un nombre que no es el mío.
— ¡La del Tino! — me grita, agitando un manojo de acelgas—. ¡Que te guardo las naranjas buenas para el cine!
Y yo me giro, y contesto, y cojo las naranjas, y solo después, ya con la bolsa en la mano, caigo en que me ha llamado así, la del Tino, y en que me he girado sin pensarlo, como quien responde a un nombre de toda la vida y no a una etiqueta que le han pegado en seis meses.
La del Tino. No la especialista. No la doble. No la hija de Merche que se fue a Madrid. La del Tino, la del cine, la que arregla la marquesina cuando los críos le roban las letras.
Y lo peor —lo más peligroso, lo que me remueve por dentro mientras vuelvo a casa esquivando a las cuadrillas que ya empiezan el vermú— es que me gusta.
Me gusta cómo suena. Me gusta pertenecer a un puesto de fruta, a una calle, a un cine cabezón.
Yo, que llevo veinte años sin pertenecer a nada que no quepa en una maleta a medio deshacer.
———
La primavera se ha metido en el barrio como se mete la luz en una sala cuando alguien abre la puerta del fondo a mitad de sesión: de golpe, sin pedir permiso, cambiándolo todo.
Los sábados por la mañana, el Capri hace su sesión gratis para los críos, la que Tino daba siempre, la que Darío mantiene contra viento y marea aunque no dé un duro, porque dice que un barrio sin cine para los niños es un barrio que se muere por arriba sin enterarse.
Vienen treinta o cuarenta enanos con sus bocadillos, se sientan en las primeras filas, gritan, se ríen, se pelean por los sitios, y en la pantalla pasan dibujos viejos y comedias mudas y aventuras de piratas.
Yo, que nunca he sabido qué hacer con un niño, me he descubierto colocándolos, contándoles historias de rodajes mientras esperan a que empiece, enseñándoles a caerse sin hacerse daño en la moqueta del pasillo.
— ¡La del Tino sabe caerse por las escaleras! — va diciendo uno, el pequeñajo de la peluquería, y lo anuncia como un superpoder.
— Es que es su trabajo — le explica otro, muy serio.
— ¿Y no te haces pupa?
— Me hago menos pupa que tú, que te caes sin querer — le digo—. El truco es querer caerse. Si sabes cómo vas a caer, no te rompes.
Y mientras lo digo, mientras se lo explico a un crío de siete años con restos de bocadillo en la cara, algo me hace ruido por dentro.
Porque llevo toda la vida sabiendo caer.
Lo que no he aprendido nunca es a quedarme quieta.
Y por primera vez me pregunto si no será eso lo difícil de verdad, lo que no lleva colchoneta: no la caída, sino el quedarse.
Aparto la idea. Es demasiado grande para un sábado por la mañana con cuarenta niños gritando.
———
Con Gadea me pasa lo mismo, pero peor, porque a Gadea la conozco desde los ocho años y no la puedo engañar ni queriendo.
Me acerco a su cervecería un mediodía, entre sesión y sesión, a robarle una caña y un rato.
La fábrica es un local pequeño en una calleja del Húmedo, con los tanques de acero al fondo y un olor a levadura que se te mete en la ropa.
Gadea, con el delantal de goma y las botas de agua, trasiega no sé qué de un bidón a otro con una destreza que me recuerda a Darío con sus bobinas: gente que quiere de verdad a lo que hace con las manos.
— Mira quién viene — dice sin levantar la vista—. La casada.
— La sedienta.
Me sirve una caña de la que está probando, turbia y fresca, y se apoya en el tanque a mirarme beber con esa cara de perito que pone cuando va a decirme una verdad.
— Te has quedado — dice.
— ¿Cómo que me he quedado? Llevo aquí desde octubre.
— No digo en León. Digo que te has quedado.
— Se limpia las manos en el delantal—. Cuando llegaste, en el entierro de Tino, ibas por el barrio como quien mide una salida de incendios.
No parabas quieta, mirabas las puertas. Yo te conozco esa cara: es la que ponías de cría cuando venías el verano y sabías que en septiembre te ibas.
— Da un trago de su propia caña—. Y hace ya semanas que no la pones.
Andas por el Húmedo como por tu casa. Saludas a la del mercado.
Te sabes qué días abre la panadería. Te has quedado, Jara, aunque no te hayas enterado.
— No me he quedado. Tengo un billete.
— Ya. Y yo tengo un título de administración de empresas y mírame, haciendo cerveza en un sótano. — Se ríe—. Lo que uno tiene guardado y lo que uno hace no siempre es lo mismo, corazón.
Me termino la caña sin contestar, porque Gadea, como mi madre, como Visi, como todo el que me quiere en este barrio, tiene la maña de decirme a la cara lo que yo llevo meses diciéndome de espaldas.
Me despido con un beso, salgo a la calleja, y de camino al cine me sorprendo saludando por su nombre al del quiosco, a la de la mercería, al hombre de los periódicos.
Como si fuera mía la calle. Como si me perteneciera. O yo a ella.
———
A mi padre lo subo a la cabina un domingo.
Le prometí, en Navidad, que le diría a Darío que le enseñara a empalmar, y lo he ido dejando, porque las cosas con mi padre siempre las voy dejando, es más fácil dejarlas que arreglarlas.
Pero esta mañana ha aparecido por el cine con una caja de pasteles y esa cara suya de pedir perdón por existir, y no he tenido corazón para darle largas.
— Papá, sube. Que Darío te enseña.
Y suben los dos a la cabina, mi padre y mi marido de mentira, y yo me quedo abajo, en el patio de butacas vacío, fingiendo que ordeno papeles, escuchando.
Escucho a Darío, que con las máquinas no se atasca nunca, explicarle a mi padre la prensa de empalmes, la acetona, el corte, el pulso.
Escucho a mi padre reírse, torpe, cuando le sale mal, y a Darío decirle "otra vez, sin prisa, que Tino tardó un año en enseñármelo a mí".
Escucho a mi padre contar, por fin sin que nadie le mande callar, cómo cargaba las bobinas de joven, cómo el cine olía igual entonces, cómo Tino le dejaba encender el arco los días de fiesta.
Y en algún momento subo yo también, con la excusa de un café, y me encuentro a los dos inclinados sobre la mesa de empalmes, hombro con hombro, mi padre con las gafas en la punta de la nariz y una tira de celuloide entre los dedos manchados, concentrado como un niño, y Darío guiándole la mano con esa paciencia suya de proyeccionista.
— Mira, Jara — dice mi padre, levantando la tira hacia la luz, más orgulloso que si hubiera pintado la Capilla Sixtina—. Lo he empalmado. Casi no se nota.
— Se nota — dice Darío, y le guiña un ojo—. Pero eso es lo bueno. Que se note que la ha arreglado alguien que la quería.
Y a mí se me hace un nudo, porque mi padre, que en toda mi infancia no supo cómo estar en la misma habitación que yo sin que uno de los dos saliera herido, está aquí, en un cine, empalmando una película con mi marido, y por primera vez en muchos años no le veo pedir perdón por ocupar sitio.
Le veo ocuparlo. Le pongo la mano en el hombro.
No sé decirle nada. Él me la aprieta. Tampoco sabe.
Los Robledo somos así: nos queremos empalmando celuloide, porque a la cara nos da vergüenza.
Cuando mi padre se va, esa tarde, me doy cuenta de una cosa que me para en seco en mitad del patio de butacas.
No he pensado en septiembre.
No hoy. No esta semana, casi. Yo, que llegué en octubre contando los meses como se cuentan las jornadas de un rodaje —"un año y fuera, como una peli más"—, llevo días viviendo sin mirar el calendario.
Sin calcular la salida. El billete sigue en el bolsillo de la maleta, y hace no sé cuánto que no lo saco a mirar si las fechas siguen valiendo, y lo peor es que ya ni siquiera es por miedo a que caduque.
Es que se me olvida. Se me olvida que tengo un billete.
A mí, que no he olvidado una salida de emergencia en mi vida.
Y eso, para una especialista, es lo más peligroso que hay.
Perderle el respeto a la salida. Meterte tanto en la escena que se te olvida que era una escena, que había un "corten" esperando, que esto tenía fecha de desmontaje.
Me lo enseñaron el primer día: nunca te creas el decorado. Nunca te olvides de que es mentira.
Pero es que ya no sé cuánto de esto es mentira. Ese es el problema. Me casé de attrezzo y vivo de verdad. Y la línea que separaba una cosa de otra, esa línea que en octubre estaba clarísima, se me ha ido borrando como se borra un empalme bien hecho: sigue ahí, pero solo la ve quien la cosió.
———
A Merche no se le escapa.
A Merche no se le escapa nada, es su superpoder y su condena.
Se ha quedado a comer, ha hecho un guiso que huele a domingo de verdad, y en algún momento de la sobremesa, mientras Darío friega y mi padre se ha ido ya con su caja de pasteles vacía y su empalme guardado en el bolsillo como un tesoro, mi madre me pilla.
Me pilla mirándolo. Mirando a Darío fregar, de espaldas, con las mangas subidas y esa nuca aplastada de los cascos, y se me ha debido de quedar una cara, porque cuando vuelvo la vista mi madre me está observando con los ojos entornados y una media sonrisa que no presagia nada bueno.
— ¿Qué? — digo, a la defensiva.
— Nada. — Da un sorbo al café—. Que te he visto la cara.
— No me has visto ninguna cara.
— Jara. — Deja la taza. Y adopta ese tono, el tono de las frases que mi madre suelta una vez al año y que se te quedan clavadas veinte—.
Yo me casé con tu padre a los veintitrés, enamorada como una tonta.
Y me divorcié a los cincuenta y tres odiándolo.
Y te pasaste tú la infancia en medio, haciendo de paño de lágrimas, aprendiendo que casarse es una cárcel y que quedarse es que te partan.
Ya lo sé. No hace falta que me lo digas, que te lo veo en cómo no deshaces la maleta.
Me quedo sin respiración. No esperaba esto un domingo.
— Pero escúchame una cosa, que solo te la voy a decir una vez.
— Baja la voz para que no llegue a la cocina—.
Tu padre y yo no nos rompimos por casarnos.
Eso es lo que tú te crees y es mentira. Nos rompimos por lo contrario: por no atrevernos.
Nos quisimos en bajito, cada uno con la maleta lista por si acaso, sin decírnoslo nunca del todo, sin elegirnos ningún día en voz alta, hasta que un día se nos olvidó que nos habíamos querido.
Huir es facilísimo, hija. Lo hemos hecho los dos toda la vida, tú y yo, cada una a su manera.
Lo difícil no es irse. Lo difícil es quedarse y dejar que te vean entera, con tu cara y tu nombre, y aguantar ahí aunque te tiemble todo.
Señala con la barbilla hacia la cocina, hacia el ruido del agua, hacia Darío.
— Ese hombre te está queriendo en bajito porque cree que te vas a ir.
Y tú te estás dejando querer en bajito porque crees que casarse es una trampa.
Y yo os miro a los dos y veo a tu padre y a mí hace treinta años, calcaditos, con el mismo miedo y la misma maleta.
— Coge otra vez la taza—. No cometas mi error, Jara.
No huyas de lo único que no querrías perder solo porque te da pánico que te lo puedan quitar.
Que perderlo por miedo escuece igual que perderlo por desgracia, pero encima da rabia.
Y se calla, y da un sorbo, y se pone a hablar del guiso sin dar muestras de que acaba de partirme por la mitad, porque así es mi madre: te opera a corazón abierto y luego te pregunta si quieres más lentejas.
Desde la cocina, Darío cierra el grifo. Se hace el silencio. Y yo me quedo con la frase de mi madre clavada donde más duele, mirando la maleta que no deshago, que desde aquí, desde la mesa, se ve por la puerta del dormitorio, abierta, a medias, lista para una huida que ya no sé si quiero.