Sesión doble Capítulo 19
61%

Capítulo 19

La idea es mía, para variar. Las malas ideas siempre son mías.

Es más de medianoche, hemos cerrado hace rato, Visi se ha ido con sus dos tazas y su crucigrama, Nel ha subido a editar un corto que lleva editando desde Navidad, y el Capri es todo nuestro. Ciento treinta butacas vacías, la pantalla en blanco, el barrio dormido al otro lado de las paredes.

Y a mí, que llevo unos días notando a Darío raro, se me ocurre que a lo mejor lo que necesitamos es quitarnos el barrio de encima.

Raro no es la palabra. Darío es callado siempre, así que lo raro en él no se ve, se intuye, como se intuye que a una copia le falta un cuadro de luz aunque la película se proyecte perfecta.

Desde la noche de Genarín me hace el café igual, me da los buenos días igual, me pasa la sal igual.

Pero hay medio grado de temperatura que se ha bajado, un termostato que alguien ha tocado sin avisar.

Me mira un segundo menos. Se ríe medio tono más flojo.

Cuando le pregunto qué le pasa, sonríe —esa sonrisa suya que tarda pero se queda— y dice "nada, cansancio, la copia de los sábados que me trae de cabeza", y yo, que sé leer un plano a la primera, esta vez no sé leerlo.

O no quiero. Porque si me pongo a leerlo en serio, a lo mejor descubro que el cuadro de luz que le falta lo he apagado yo con una llamada que no cogí y una palabra en una pantalla que no tapé a tiempo.

Así que hago lo que hago siempre en vez de hablar: propongo acción.

Salir del piso, de las reglas, de la escalera donde hay que cambiarse de cara.

Bajar a la sala, que es su territorio y ahora también un poco el mío, y estar los dos sin nadie para quien fingir ni siquiera que no fingimos.

Como si el sitio pudiera arreglar lo que las palabras no.

— Pon una peli — le digo, tirándole de la manga hacia la cabina—. Una muda. De las que no necesitan sonido.

— ¿A estas horas? ¿Para quién?

— Para nadie. Para nosotros. Sesión privada. — Le robo un beso rápido, de los que ya no sé si son de mentira porque hace meses que dejaron de serlo—. Anda. Que quiero ver cómo trabajas.

Duda medio segundo —ese medio segundo raro de estos días, ese medio grado de ausencia que no sé de dónde ha salido—, pero al final sonríe, coge una bobina del estante, y sube a enhebrarla en Marlon.

———

La peli que elige es una de esas comedias mudas en blanco y negro donde un hombre con bombín se enamora de una chica y lo pasa fatal para conseguirla: se cae, lo persiguen, se le rompe todo en las manos, y aun así, al final, sonríe.

Sin una palabra. Todo en la cara, en el cuerpo, en el gesto.

Los especialistas veneramos ese cine porque en él no hay trampa: lo que se ve es lo que pasó de verdad, el cuerpo del actor haciéndolo de verdad, cayéndose de verdad.

Bajo a la sala mientras la luz empieza a cruzar por encima de las butacas vacías.

Me siento en el centro, en la fila de en medio, y al rato baja él y se sienta a mi lado, y vemos un rato al hombre del bombín pelearse con el mundo, en silencio, con solo el zumbido de Marlon de banda sonora y la respiración del otro.

Fellini aparece de la nada, como aparece siempre, y se sube al respaldo de la butaca de delante, y se sienta ahí, muy tieso, a mirarnos con esa cara de crítico de cine que no ha perdonado una película en su vida.

— Tenemos público — digo.

— Es de la familia — dice Darío—. No cuenta.

Y en la pantalla, justo entonces, el hombre del bombín por fin se atreve y besa a la chica, torpe, de refilón, y a mí me parece la mejor entrada posible, así que me giro y beso yo a Darío en la oscuridad de una sala vacía, con la luz de la película temblándonos en la cara.

———

No sé quién se levanta primero de la butaca. Sé que en algún momento estamos de pie, y que la butaca cruje una queja de terciopelo viejo, y que nos reímos porque las butacas del Capri son unas cotillas y hacen ruido con todo.

— Aquí no — dice él contra mi boca—. La butaca de Tino está en esta fila.

— La butaca de Tino es la doce. Esta es la ocho. He contado.

— Has contado.

— Yo lo cuento todo. Salidas, butacas, riesgos. Es mi trabajo.

Nos movemos, entre risas, hacia abajo, hacia el escenario pequeño que hay bajo la pantalla, donde la luz de la película cae directa y nos pinta la piel de blanco y negro, de sombras que se mueven.

Le quito el jersey. Él me suelta el pelo del moño con un cuidado que me desarma, ese gesto que ya sabe que me cambia la cara, y me mira a la luz parpadeante del proyector, y en esa mirada soy lo único que vale la pena proyectar.

Y ahí, bajo la pantalla, con el hombre del bombín cayéndose en cámara lenta sobre nuestras cabezas y Fellini vigilando desde su butaca y el barrio dormido detrás de los muros, hacemos el amor por segunda vez, y esta vez no es torpe como la de Navidad.

Esta vez sabemos. Nos conocemos los mapas, las cicatrices, los sitios.

Yo le digo lo que quiero sin vergüenza y él me hace caso y me lo devuelve, y nos movemos con la película encima, y en un momento, sobre la pantalla, el hombre del bombín resbala en un charco y cae de espaldas, y a mí me da la risa en el peor momento, y a él también, y nos reímos los dos, pegados, sin parar, y seguimos, porque reírse en la cama con alguien es de las pocas cosas que no he doblado nunca y que solo he hecho con él.

El suelo del escenario está frío y áspero y me raspa la espalda y me da igual.

La luz nos parpadea encima, veinticuatro fotogramas por segundo de una historia de amor muda que se cuenta sola mientras nosotros contamos la nuestra sin palabras, a oscuras, en el único idioma en el que los dos somos valientes.

Su boca en mi cuello, mi nombre dicho bajito contra mi sien —Jara, Jara, convertido en una película que solo él sabe proyectar—, y por un rato largo el cine entero es nuestro y no hay septiembre, no hay billete, no hay maleta, no hay nada más que esta sala llena de dos.

Y sin embargo.

Hay un instante, en mitad de todo, en que le busco los ojos.

Le cojo la cara con las dos manos y le hago que me mire, porque quiero verlo ahí, entero, sin ese medio grado de ausencia.

Y por un segundo lo veo, lo tengo, está todo él en esa mirada marrón y cálida.

Pero justo cuando creo que va a decir algo —que se le van a abrir los labios y va a salir por fin lo que sea que lleva días tragándose—, aparta un poco la vista.

No mucho. Un milímetro. Lo justo para volver a esconderse detrás de sí mismo, para seguir estando conmigo con el cuerpo mientras una parte de él ya se ha subido a la cabina a proyectar una despedida que yo todavía no sé que ha empezado a ensayar.

Le beso para no pensarlo. Él me besa para no decirlo.

Y seguimos, tapándonos el uno al otro con la piel las cosas que no nos decimos con la boca.

Cuando terminamos, nos quedamos tirados en el escenario, mirando la pantalla desde abajo, deformada por el ángulo, con Fellini que baja de su butaca y viene a olfatearnos con desdén y luego se enrosca a nuestros pies, sobre la ropa hecha un ovillo.

— Se ha subido a los dos a la vez — digo, señalando al gato—. Visi dice que eso solo lo hace con la familia.

Darío no contesta enseguida. Se limita a mirar a Fellini, y luego a la pantalla, donde el hombre del bombín sigue con sus desgracias mudas.

— Tino decía que este gato es más listo que nosotros dos juntos — dice al final—. Que sabe antes que nadie quién es de la casa.

— ¿Y si se equivoca?

— Fellini no se equivoca. — Le rasca la cabeza al gato, que entorna los ojos, soberano—. Se equivoca la gente. El gato nunca.

Nos quedamos un rato callados, los tres, viendo cómo el hombre del bombín consigue por fin que la chica le sonría.

Es una escena preciosa. En el cine mudo todo se dice con la cara, porque no hay palabras que lo tapen; el actor no puede esconderse detrás de un diálogo ingenioso, tiene que ponerlo todo en los ojos.

A lo mejor por eso me gusta tanto: porque es lo contrario de lo que hacemos Darío y yo, que nos escondemos detrás de las bromas para no tener que poner nada en la cara.

— Estás muy callado estos días — me atrevo a decir, con la cabeza apoyada en su pecho, notándole el fuelle lento por debajo de la oreja.

— Estoy siempre callado.

— Más de lo tuyo. — Le dibujo un círculo en el esternón con el dedo—. ¿Te pasa algo?

Y ahí, si él quisiera, si yo quisiera, se abriría la puerta. Podría decirme lo que sea que vio, o que sabe, o que teme. Yo podría contarle lo del email, lo de la oferta, lo del billete que no toco. Está todo ahí, a un centímetro, esperando a que uno de los dos encienda la luz.

— No me pasa nada — dice—. Estoy bien. Aquí, contigo, en mi cine. ¿Qué me va a pasar?

Y lo dice con una ternura que casi cuela.

Casi. Porque hay medio grado que sigue sin estar, un cuadro de luz apagado, y yo lo noto y no sé nombrarlo, y en vez de insistir me acurruco más contra él, a ver si abrazándolo más fuerte tapo el agujero de ese silencio suyo que, por primera vez desde que lo conozco, no está lleno.

———

Es él quien lo rompe del todo. Y lo rompe mal.

Estamos los dos boca arriba en el escenario, sudados, con la película muda terminándose sobre nosotros —el hombre del bombín se aleja por una carretera, solo, sonriendo pese a todo—, y Darío, con la vista clavada en la pantalla, no en mí, pregunta:

— Oye. Cuando esto acabe... — Lo dice tan de pasada, tan a la ligera, que casi no lo veo venir—. Cuando se cumpla el año. ¿Tú qué harás?

Y ahí, en el suelo del cine, desnuda, con su calor todavía encima y el corazón todavía abierto, tengo delante la pregunta más importante que me han hecho en la vida.

La pregunta que, si contestara la verdad —"no lo sé, tengo un billete que no toco y una oferta que no cojo y un miedo que me está cambiando por dentro"—, lo cambiaría todo.

Pero no contesto la verdad. Contesto lo que contesto siempre cuando algo se pone de verdad: me tiro de cabeza a una broma.

— Pues supongo que me buscarás una sustituta — digo, con una media sonrisa—. Alguna doble que te haga el café. Ya te enseño yo cómo lo quiero.

Se ríe. Una risa corta. Y asiente despacio, mirando la pantalla, no a mí.

— Claro — dice—. Una doble.

Y ya está. Ese es el momento. La respuesta equivocada.

La broma que se suponía que era un salto de seguridad y que ha aterrizado justo donde no había colchoneta.

Lo noto en cuanto lo digo, noto que era la pregunta de verdad y que le he contestado de mentira, pero ya está dicho, ya no se puede rebobinar, y ninguno de los dos hace nada por arreglarlo.

Él sigue mirando la pantalla. Yo sigo mirando el techo. Fellini ronronea a nuestros pies, contento, porque los gatos no entienden de silencios que significan lo contrario de lo que parecen.

Sobre nosotros, la película se acaba. Sale la palabra fin, en blanco sobre negro, temblona. Y Marlon, allá arriba, sigue girando en vacío, proyectando luz blanca sobre una sala donde dos personas acaban de decirse, sin decírselo, que ninguna de las dos se atreve a pedir que se quede la otra.