Sesión doble Capítulo 17
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Capítulo 17

Hay ciudades que entierran a sus muertos con lágrimas. León, una noche al año, entierra a un borracho con orujo, poesía y carcajadas, y le sale la cosa más bonita y más rara que he visto en mi vida.

Me lo explica Gadea mientras me arrastra por las calles del casco antiguo, la noche del Jueves Santo, con una bota de vino colgada del hombro y una sonrisa de guía turística borracha.

— Genarín era un pelanas que se ganaba la vida recogiendo pieles y se la gastaba en vino y en mujeres — me cuenta, esquivando a un grupo que canta—.

Una noche de Jueves Santo del veintinueve, meando contra la muralla, lo atropelló el primer camión de la basura que tuvo León.

Y en vez de olvidarlo, sus colegas de taberna montaron una cofradía y lo convirtieron en santo.

Un santo del vino, del pecado y de la mala vida.

Y cada Jueves Santo lo entierran otra vez, con procesión de coña, y le tiran naranjas a la muralla, y leen poemas, y todo León se emborracha en su honor mientras la Semana Santa de verdad, la seria, la de los pasos y los tambores, duerme la siesta para mañana.

— ¿Y esto está permitido?

— Esto es León, guapa. Aquí lo sagrado y lo golfo van del brazo. Como tú y tu proyeccionista.

Le doy un codazo. Ella se ríe y me pasa la bota.

———

El barrio entero está en la calle.

Bene ha cerrado la taberna —cosa que no hace ni el día de su cumpleaños— y va con una boina y una vela, muy digno, formando parte de la comitiva.

Visi observa desde una esquina con un vasito de orujo y cara de haber enterrado a este Genarín cuarenta veces.

Nel graba con el móvil llorando, porque Nel llora hasta en el entierro de un borracho de mentira, y dice que esto es más emocionante que el final de no sé qué peli que seguro que cita mal.

Darío va a mi lado, con las manos en los bolsillos, el cuello del abrigo subido contra la niebla que sube del Bernesga. No es de multitudes, se le nota, pero esta noche se deja llevar: el barrio entero es, por una vez, una sala a oscuras donde por fin puede ser uno más.

Antes de la procesión, el barrio se junta en una plazoleta a coger fuerzas, que aquí "coger fuerzas" significa orujo y pan con cecina. Bene reparte de una bota que parece que no se acaba nunca.

— Bebe, Robledo — me ordena, tendiéndomela—. Que esta noche se bebe por Genarín, que en paz descanse el condenado.

— Que ni existió, Bene — le digo, dando un trago que me quema hasta las orejas.

— Existir, existió. Otra cosa es que fuera santo. — Se santigua al revés, de coña—. Pero un santo que bebía y pecaba es un santo que se entiende. No como los otros, tan serios ellos.

Nel llega con el móvil en alto, grabándolo todo, los ojos ya vidriosos.

— Chicos, chicos, esto es puro Amarcord — suelta—. Fellini clavado. Bueno, o el otro, el de las fiestas del pueblo, el de... da igual, uno de esos. Es que me emociono.

— El gato no ha venido, Nel.

— El gato no, el director. — Se seca una lágrima—. Aunque el gato también se llama así, qué cabeza tenía tu tío.

Gadea, a mi otro lado, se parte con Nel y me pasa el brazo por los hombros, calentita de vino, oliendo a lúpulo y a noche.

— ¿Ves lo que te has estado perdiendo dieciséis años, tonta? — me dice al oído—. Esto no lo tienes en Madrid. Esto no se dobla. Esto se vive con la cara que tienes.

Y tiene razón, Gadea siempre tiene razón, y por un momento, con la bota de Bene en la mano y el brazo de mi amiga de la infancia sobre los hombros y Darío a un metro mirándome de reojo, siento una cosa peligrosa: siento que pertenezco. Y a mí pertenecer siempre me ha sonado a trampa.

La procesión avanza por las callejas de piedra hacia la muralla romana.

Delante van los hermanos de la cofradía con sus túnicas, cargando el "paso" con la efigie del santo golfo; detrás, cientos de personas con botas de vino, pan, queso y naranjas.

Cuando llegamos a la muralla, empiezan a leer los versos —unos poemas gamberros, medio en broma medio en verso, que el barrio se sabe de memoria y corea—, y luego lanzan las naranjas contra la piedra vieja, y el casco antiguo entero huele a orujo, a azahar reventado y a risa.

Es imposible no quererlo. Es imposible no querer un sitio que hace esto.

Darío, a mi lado, mira la muralla salpicada de naranjas con una media sonrisa que no le veía desde hacía días.

— Tino nunca se perdía el Genarín — me dice, acercándose a mi oído para que lo oiga por encima del jaleo—.

Traía a los del cine, cerraba el Capri una hora antes, y lanzaba su naranja con una puntería que no tenía para nada más.

Decía que un hombre que no le tira una naranja a una muralla por un borracho muerto es un hombre que se toma la vida demasiado en serio.

— ¿Y tú? ¿Tiras naranja?

— Yo sostengo la bolsa. — Me la enseña, una bolsa de red llena de naranjas—. Alguien tiene que sostener la bolsa mientras los demás tiran.

Y ahí, en esa frase tonta, está Darío entero: el que sostiene la bolsa para que los demás disfruten del gesto. Le quito una naranja de la red.

— Pues esta la tiras tú. Por Tino.

Duda. Sopesa la naranja en la mano. Y luego, con una torpeza que me derrite, la lanza contra la muralla, y falla por medio metro, y la naranja se estampa en el suelo, y un grupo de estudiantes le aplaude igual, y Darío se ríe, de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, por primera vez en toda la semana, y por un segundo el medio grado de temperatura que le faltaba vuelve a su sitio.

Le cojo de la mano en medio del gentío. No para el barrio, no para nadie. Para mí. Y él me la aprieta.

Y ahí, en medio del gentío, entre empujones cariñosos y coros desafinados, pasa lo que tenía que pasar: perdemos a los demás.

———

Un remolino de gente nos separa de Gadea, de Bene, de Nel, y de pronto Darío y yo estamos solos en una calleja lateral, apoyados contra un muro de sillería, con la procesión pasando de largo dos calles más allá y su rumor llegándonos amortiguado, como una banda sonora de otra sala.

— Se han ido sin nosotros — digo.

— No — dice él—. Nos hemos quedado nosotros.

Y lo dice con una intención que no es solo geográfica, y me giro a mirarlo, y a la luz de una farola de hierro forjado Darío tiene una cara que no le había visto: la cara del que ha decidido decir algo que lleva mucho tiempo tragándose.

— Jara. — Le cuesta arrancar, como al arco de carbón antes de dar luz—.

Hay gente que se queda, ¿sabes? No todo el mundo se va.

Yo llevo diecinueve años en el mismo cine, en el mismo barrio, subiendo las mismas escaleras.

Todo el mundo me dice que soy un parado, que por qué no me busco la vida en otro lado.

Y yo me quedo. Porque alguien tiene que quedarse.

Porque las cosas que se quedan también valen.

— Baja la voz—. Aunque las que se van se lleven todos los aplausos.

No sé qué decir. La bota de vino me pesa en el hombro. La niebla nos moja la cara.

— Aquel verano — sigue, y noto cómo le cuesta cada palabra, como quien sube una bobina pesada por una escalera estrecha—, el verano que viniste con dieciséis años.

Yo tenía dieciséis. — Una risa corta, sin gracia—.

Me pasé tres meses buscando excusas para subir a la cabina cuando estabas tú.

Te enseñé a rebobinar. Te enseñé lo de la linterna en la boca de Tino.

Pensé... — Se para. Se le atasca el siguiente fotograma—.

La última noche, en la puerta del cine, estuvimos a punto.

Y tú apartaste la cara. Y a la mañana siguiente te habías ido a Madrid. Sin despedirte. Ni una nota.

Se me seca la boca. Lo recordaba, claro que lo recordaba, pero creía —quería creer— que él lo había olvidado, que para él había sido una cosa de críos.

Y ahora, dieciséis años después, en una calleja mojada de León, con un santo borracho enterrándose a dos calles, me entero de que fue el primer abandono con nombre de su vida.

Que yo fui eso. Que yo fui la primera que se fue.

— Darío, yo...

— No — me corta, suave—. No hace falta que me expliques nada de hace dieciséis años.

Solo... — Me mira, y en esa mirada marrón y cálida hay diecinueve años de puertas que se cierran y de gente que se va, y por debajo, temblando, una pregunta que no sabe hacer porque nunca ha aprendido a pedir nada—. Solo dime que esta vez...

Y ahí, justo ahí, cuando iba a decirme lo que llevo esperando oír sin saber que lo esperaba, suena mi móvil.

———

Suena fuerte, escandaloso, obsceno en medio de la niebla y la confesión. Lo saco del bolsillo por puro reflejo, para silenciarlo, para que se calle, para que no rompa este momento que se estaba abriendo como se abre un telón.

Y en la pantalla, iluminada, gorda, imposible de no leer a esta distancia, hay una palabra.

PRODUCCIÓN.

La productora. La oferta. El rodaje que empieza el uno de octubre. Mi otra vida, la que no le he contado, llamándome a las tantas de la noche del Jueves Santo con un descaro de Madrid que no entiende de Genarines ni de callejas ni de hombres que estaban a punto de pedirme que me quedara.

Tapo la pantalla con la mano. Demasiado tarde.

Darío la ha visto. Lo sé porque su cara cambia.

No de golpe, que Darío no hace nada de golpe.

Cambia despacio, como se apaga Marlon, como se enfría una bobina, de dentro afuera.

La pregunta que estaba a punto de hacerme se le retira de los ojos y en su lugar vuelve esa calma suya de siempre, la calma del que sostiene, la calma del que ya ha decidido no pedir.

— Cógelo — dice, y su voz vuelve a ser la de puertas para afuera—. Será importante.

— No es nada. Es...

— Cógelo, Jara. — Y sonríe. Y esa sonrisa, que tarda pero se queda, esta vez se queda del lado equivocado—. Voy a buscar a los demás. No vaya a ser que Nel se caiga al río de la emoción.

Y se va, calle abajo, hacia el rumor de la procesión, con las manos en los bolsillos y el cuello subido, dejándome sola contra un muro de piedra mojada con un móvil en la mano que sigue vibrando la palabra PRODUCCIÓN, y una confesión a medias colgando en el aire de la noche, entre el olor a orujo y a naranja reventada, sin terminar, para siempre sin terminar.

No cojo el teléfono. Lo dejo sonar hasta que se cansa.

Me quedo contra el muro, sola, con la piedra fría en la espalda y la niebla metiéndoseme por el cuello.

Dos calles más allá, el barrio entierra a su borracho entre risas y naranjazos.

Aquí, en la calleja, no hay nadie que aplauda ni nadie que llore.

Solo yo, y un momento que se ha quedado a medias, congelado en el fotograma exacto en el que Marlon se paró, con la palabra "solo dime que esta vez" flotando sin final.

Podría ir tras él. Sé exactamente por dónde ha bajado; le he visto la trayectoria como le veo la trayectoria a todo, ese cálculo automático de por dónde sale la gente de una habitación.

Podría alcanzarlo en veinte pasos, cogerle del abrigo, decirle que la llamada no significa nada, que me quedo, que esta vez me quedo.

Pero no sé decir eso. Sé caer de un tercero sin partirme un hueso, sé prenderme fuego la manga y seguir la toma, sé calcular una caída al centímetro. Y no sé, no me sale, no me ha salido nunca, correr detrás de alguien para pedirle que no se vaya. O peor: para prometerle que la que no se va soy yo.

Así que hago lo que llevo haciendo toda la vida. Me quedo quieta contra el muro. Dejo que se aleje. Y me digo, con la voz de la doble, que es mejor así, que no hay colchoneta, que la escena se estaba poniendo demasiado de verdad.

El daño no lo ha hecho la llamada. Lo ha hecho lo que la llamada le ha contado a Darío sin que yo abriera la boca: que tengo un pie fuera. Que siempre lo he tenido. Que la doble ya está mirando la puerta de salida, como mira siempre, antes de que la escena se ponga fea.