Sesión doble Capítulo 16
52%

Capítulo 16

Algo siempre sale mal en un rodaje. La única duda es cuándo. Por eso los especialistas trabajamos con plan A, plan B y plan de fuga. Nunca te tiras sin saber por dónde sales.

Lo que pasa es que un cine de barrio no es un rodaje, y aquí nadie tiene plan B, porque el plan A lleva sesenta años funcionando y a Darío no le cabe en la cabeza que Rita, su Rita, le vaya a fallar la noche menos indicada.

La noche menos indicada es la del ciclo de cine clásico que he montado para febrero.

Una copia de verdad, de celuloide, de una de esas películas italianas en blanco y negro que hacen llorar hasta a las piedras, prestada por una filmoteca que me ha hecho firmar tres papeles y jurar por Tino que la devolvería intacta.

He llenado el Capri. Ciento treinta personas.

Cinéfilos que han venido de Astorga, un grupo de la universidad, dos señoras que vieron esta peli de novias hace cincuenta años y han venido a verla de viudas.

La sala está a reventar. Visi ha tenido que sacar sillas plegables del almacén, unas de madera con el respaldo de rejilla que huelen a función parroquial, y aun así hay gente de pie al fondo.

Antes de que empiece, subo a la cabina a llevarle un café a Darío. Está enhebrando la copia en Rita con una concentración de relojero, pasando el celuloide por los rodillos, por la cruz de malta, por el sitio donde el foco lo va a atravesar.

— Está delicada — dice, dándole una palmadita al lomo del proyector, como quien tranquiliza a un caballo antes de la carrera—. El rodillo de arriba hace un ruido que no me gusta desde el martes. Le he puesto grasa nueva, pero.

— ¿Pero?

— Pero Rita tiene setenta años y esta noche le pido que corra. — Se seca las manos en el pantalón—. Reza a quien reces.

— Yo no rezo. Yo pongo colchoneta. — Dejo el café a su lado—. Y esta noche no hay colchoneta que ponerle a un proyector, así que a ver qué hago.

Bajo a la sala. Se apagan las luces. El haz sale de la cabina, cruza el aire denso de ciento treinta respiraciones y revienta en la pantalla, y las dos señoras viudas de la fila tres se cogen de la mano, y yo, desde el fondo, siento eso que no le confieso a nadie: que esta sala llena es lo más parecido a un aplauso propio que he tenido en mi vida.

Lo he montado yo. No he doblado a nadie para conseguirlo.

Dura media bobina la paz.

Y a mitad de la segunda bobina, Rita se para.

———

Lo primero que noto es el silencio distinto.

El haz de luz se congela en un fotograma, la imagen tiembla, se pone naranja por un borde —naranja es fuego, naranja es celuloide quemándose— y la pantalla se apaga con un chasquido feo.

La sala entera hace ese "ohhh" de decepción que es lo más parecido que hay a un abucheo educado.

Subo a la cabina de dos en dos.

Darío ya está con las manos dentro de Rita, la cara pegada al mecanismo, y la copia de la filmoteca colgando de un rodillo con una arruga en el celuloide que no me gusta nada.

— ¿Qué ha pasado?

— La cruz de malta. — Habla sin mirarme, con los dedos moviéndose solos—. Se ha desincronizado. Y ha pinzado la copia. Si sigue tirando, la parte.

— ¿La copia de la filmoteca? ¿La que he jurado devolver entera?

— Esa.

Abajo, ciento treinta personas empiezan a murmurar.

El murmullo de una sala es como el crujido del hielo antes de que se rompa: si no haces algo, en dos minutos tienes a la gente de pie, pidiendo la entrada.

Lo he visto en rodajes que se van al garete.

Sé cómo suena una escena antes de descontrolarse.

Y aquí es donde mi cabeza, mi cabeza inútil de especialista sin cuerpo que saltar, por fin sirve para algo.

— Vale — digo, y me sale la voz de coordinar sin pedir permiso a nadie—. Tú, a la copia. La arreglas tú, que tienes las manos. Yo bajo a la sala y te compro el tiempo que necesites. ¿Cuánto?

Darío levanta la vista un segundo. Y en ese segundo pasa algo que no habíamos ensayado: no discute, no pregunta, no dice que él se apaña solo. Me mira y confía.

— Diez minutos — dice—. Dame diez minutos y no me hables mientras empalmo.

— Los tienes.

Le veo, antes de bajar, coger la copia herida con las dos manos, buscar la arruga, sacar las tijeras pequeñas y la prensa de empalmes que fue de Tino, un cacharro de metal con manchas de sesenta años.

Va a cortar el fotograma pinzado y a coser los dos extremos con acetona y paciencia, a ciegas casi, con la sala esperando encima.

Es un trabajo de precisión que no admite pulso tembloroso.

Y a Darío, que a la hora de decir según qué cosas se le atasca hasta el aire, en esto no le tiembla la mano jamás.

Con las máquinas es donde es valiente. Lo he aprendido mirándolo.

———

Bajo al escenario y me planto delante de la pantalla apagada con la seguridad robada de todos los directores a los que he visto salvar un plató en llamas.

— ¡Buenas noches! — Ciento treinta caras se giran—. Soy Jara, la sobrina de Tino, para el que no me conozca. Y esto, señoras y señores, es cine de verdad.

Un par de risas nerviosas. Buena señal.

— Esta película está rodada en celuloide de hace sesenta años.

Es una copia física, única, prestada, que ahora mismo mi marido está cosiendo a mano ahí arriba con más cuidado que un cirujano, porque en este cine no proyectamos archivos, proyectamos historia.

Así que van a tener ustedes el privilegio, esta noche, de vivir lo que ya casi nadie vive: una avería de las de antes.

Y me arranco a contar. Cuento la vez que en un rodaje se incendió un coche que no tenía que incendiarse y seguimos la toma.

Cuento cómo se hacían las caídas antes de los ordenadores.

Cuento, porque la veo entre el público con la boca abierta, que la señora de la fila tres, que vino de novia, tiene mejor memoria de esta película que la propia filmoteca, y le paso el testigo, y la señora se arranca a contar cómo era el Capri en los sesenta, con Tino de acomodador jovencito y una entrada que costaba dos pesetas, y la sala se le entrega, y de repente la avería ya no es una avería: es un entreacto, es una función dentro de la función, es el barrio contándose a sí mismo a oscuras.

Miro el reloj. Ocho minutos.

Y desde el fondo, sin que nadie más lo note, veo encenderse otra vez la luz de la cabina. El zumbido. Marlon —no, Rita, Rita revivida— calentando.

Darío asoma medio cuerpo por el ventanuco y me hace un gesto con el pulgar. Empalmada. Sincronizada. Lista.

— ¡Y ahora, señoras y señores — levanto la voz por encima del murmullo—, sigan disfrutando de la mejor sesión de sus vidas!

La luz vuelve a cruzar la sala. La imagen tiembla, se estabiliza, arranca justo en el fotograma donde se paró, sin un corte que se note, con un empalme que solo Darío y yo sabemos que está ahí. Y ciento treinta personas aplauden a una pantalla como no la aplaudían desde que Tino vivía.

Me quedo de pie contra la pared del fondo, con el pulso todavía a mil, mientras la película sigue y el barrio se olvida de la avería.

La señora de la fila tres se ha secado los ojos y me busca en la penumbra y me hace un gesto con la mano, un gesto de gracias, de complicidad, de "esto lo hemos salvado entre todos".

Y yo le devuelvo el gesto, y me doy cuenta de que hace veinte años que no vivo algo así: un peligro real que no acaba con un doble estampado contra el suelo, sino con ciento treinta personas aplaudiendo una película que no se ha roto.

En un rodaje, cuando sale bien una secuencia de acción, se aplaude en el set, entre los técnicos, a puerta cerrada.

Nadie de fuera se entera. Aquí, la sala entera sabe que ha estado a punto de irse al garete y celebra que no.

Es raro. Es adictivo. Es, me temo, exactamente la clase de aplauso que llevo toda la vida sin buscar porque me daba miedo quererlo.

———

Cerramos a la una y pico, cuando se va hasta la última señora emocionada y Nel termina de recoger las sillas plegables llorando, porque Nel llora con todo, incluso con las averías con final feliz.

— Ha sido como el final de Cinema Paradiso — dice, sorbiéndose los mocos—. O el principio. Uno de los dos.

— Vete a dormir, Nel.

— Es que no me sale el sueño con tanta emoción.

— Pues cuéntale la avería a la almohada, que le va a encantar.

Se va, arrastrando las últimas sillas plegables, y Visi se va detrás con sus dos tazas y una frase por lo bajo que no llego a oír pero que seguro que lo resume todo. Antes de salir, me mira, mira hacia la cabina, y asiente una vez, despacio, como quien firma un parte.

Subo a la cabina. Darío está guardando la copia de la filmoteca en su lata con una delicadeza de enterrador cariñoso, comprobando el empalme a contraluz, pasando el dedo por la unión.

— No se nota — digo.

— Se nota. — Levanta el trozo hacia la bombilla—. Aquí. Este relámpago. Toda copia arreglada tiene su cicatriz. Lo que pasa es que la gente mira la película. Solo el que la ha cosido ve la costura.

Chocamos las cicatrices, pienso. La suya en el antebrazo, la mía en el hombro, la de la copia en la bobina.

— Lo hemos hecho bien — digo, y me sale sin filtro, sin pulla, sin coartada—. Tú arriba y yo abajo. Ha sido... hemos funcionado.

Darío deja la lata. Se pasa el pulgar por la quemadura vieja del antebrazo. Me mira con esa sonrisa que tarda pero se queda, y por una vez no la esconde detrás de una broma.

— Sí — dice—. Hemos funcionado.

Y ninguno de los dos añade "de verdad", pero está ahí, flotando en la cabina como el olor a celuloide, y bajamos al piso pegados sin excusa del hielo esta vez, y esa noche no hay reglas que valgan, y no la cuento porque hay noches que son solo mías.

———

El email llega a la mañana siguiente, mientras Darío está abajo abriendo taquilla y yo me tomo el café de dos azúcares en la cocina.

Al principio no lo entiendo. Lo leo tres veces. Es de una productora grande, de las de verdad, de las que mueven millones y ruedan por media Europa. Y no me ofrecen doblar a nadie. No me ofrecen saltar por la cara de otra.

Me ofrecen coordinar.

Coordinadora de acción. La que diseña las secuencias, la que dirige a los especialistas, la que ya no pone el cuerpo sino la cabeza.

El salto que llevo diez años esperando. El que me saca de ser la doble para convertirme en la que decide.

Con mi nombre en los créditos de verdad, arriba, no en la letra pequeña del final que nadie se queda a leer.

Es todo lo que siempre he querido.

Y empieza el uno de octubre. Justo cuando se cumple el año de la cláusula. Justo cuando, según el contrato, cada mochuelo a su olivo.

Me quedo con el móvil en la mano y el café enfriándose y una alegría rara que me dura exactamente tres segundos, hasta que oigo, abajo, la risa de Darío por algo que le habrá dicho Visi, esa risa suya que tarda pero se queda, y la alegría se me convierte en otra cosa que no sé nombrar y que me sabe a ceniza.

Bajo el móvil. Lo dejo boca abajo en la encimera, como hago siempre últimamente con las cosas que no quiero mirar.

No se lo cuento a Darío. Me digo que es porque no hay nada que contar todavía, que solo es una oferta, que ya lo pensaré. Me lo digo bien, con argumentos, como me digo siempre las mentiras que necesito.

A quien se lo cuento es a Duna, esa tarde, encerrada en el baño con el grifo abierto como una adolescente.

— Es LA oferta — me dice, y la oigo dejar lo que estaba haciendo—. Jara, es la oferta con la que llevas soñando desde que empezaste a partirte la crisma por otras. Coordinadora. Con tu nombre. ¿Cómo que no sabes?

— No he dicho que no sepa. He dicho que ya lo pensaré.

— "Ya lo pensaré". — Se ríe, pero no de coña—. La Jara que yo conozco habría dicho que sí antes de leer el email entero. Habría hecho la maleta esta noche. — Una pausa—. Y esta me dice que ya lo pensará. ¿Sabes lo que significa eso?

— No.

— Sí lo sabes. Significa que hay algo en ese cine de mala muerte que pesa más que tu sueño. Y ese algo lleva gafas y huele a peli vieja.

Me quedo callada, con el grifo corriendo, con la voz de mi amiga saliéndome del móvil y diciéndome a la cara lo que llevo semanas sin dejarme pensar.

— No se lo he contado a él — confieso al final.

— Pues ese es el problema, corazón. No que no se lo hayas contado. Que te dé miedo contárselo. Porque si fuera solo trabajo, se lo contarías. Se cuentan las cosas de trabajo. Lo que no se cuenta es lo que te va a obligar a elegir.

Cuelgo antes de que me haga más radiografías. Cierro el grifo. Me miro en el espejo del baño de Tino, con el pelo recogido en el moño tirante de siempre, la cara de la que se va, y no me gusta lo que veo.

Y bajo a abrir el cine con él, con mi mejor cara de puertas para adentro, guardándome en el bolsillo un billete de vuelta y ahora también un futuro entero que él no sabe que existe.