Sesión doble Capítulo 15
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Capítulo 15

Toda mi vida he escondido cosas. Es parte del oficio. El especialista se esconde: lleva la ropa del actor, la peluca del actor, la cara pintada del actor, y salta por él para que el público no note el cambio. Yo he pasado veinte años siendo la mentira que hace que la verdad parezca posible.

Pero esto es nuevo. Esto es esconder una verdad detrás de una mentira. Y resulta que es muchísimo más difícil.

Porque llevamos seis meses fingiendo delante de todo León que estamos enamorados.

Y ahora que lo estamos —o lo que sea que estamos, que en la cocina acordamos no ponerle nombre—, tenemos que fingir que seguimos fingiendo.

No vaya a ser que alguien note que el paripé se nos ha vuelto de verdad.

Porque si el barrio lo nota, lo nota Chus, y si lo nota Chus, se lo cuenta al notario, y entonces el matrimonio de conveniencia deja de ser conveniente y pasa a ser sospechoso.

Es el argumento más idiota del mundo. Estamos casados. Podemos besarnos delante de quien queramos. Y sin embargo nos escondemos como dos adolescentes en el trastero, porque los besos de antes eran de attrezzo y los de ahora tienen dentro algo que no queremos que se vea en el revelado.

En enero, León es una nevera con niebla. El barrio se mete para dentro, las tapas se comen más despacio, la gente se demora en las tabernas. Y nosotros dos, arriba, en el piso de un muerto, aprendiendo a querernos en secreto en la única ciudad donde todo el mundo sabe de quién eres nieta.

———

La comedia empieza por las mañanas.

Bajamos a abrir el cine con dos caras distintas: la de puertas para adentro, que es una cara que no le he enseñado a nadie en la vida, y la de puertas para afuera, que es la del matrimonio ejemplar del Barrio Húmedo.

El problema es el pasillo entre las dos.

Los doce escalones. En algún punto de esos doce escalones tengo que cambiarme la cara, y no siempre me da tiempo.

— Se te ha quedado la sonrisa de arriba — me dice Darío en el rellano, muy serio, sin mirarme del todo.

— Y a ti se te ha quedado la mano en mi cintura, listo.

La quita de golpe, quemado. Bajamos separados, con medio metro reglamentario, y saludamos a Visi cada uno por su lado, como dos compañeros de trabajo que se llevan regular.

Visi no dice nada. Visi nunca dice nada. Visi, en la barra del ambigú, tiene puestos dos cafés. Dos. Humeando. Y sigue con su crucigrama sin levantar la vista.

— ¿Esperas a alguien, Visi? — le pregunto, con toda mi cara.

— Espero a que os deis cuenta — contesta, y rellena un ocho vertical—. "Director de Ladrón de bicicletas", seis letras. De Sica. — Lo escribe—. Bebeos el café, que se enfría.

Cojo el mío. Darío coge el suyo. Nos miramos por encima de las tazas y ninguno de los dos dice lo que los dos pensamos, que es que Visi lo sabe, que Visi lo sabía antes que nosotros, que a Visi no se le escapa un raccord ni muerta.

———

Nel es el peligro contrario. Nel no se entera de nada porque va por la vida citando mal películas y llorando con los tráilers, pero precisamente por eso es una bomba de relojería: puede soltar cualquier cosa sin maldad.

— Os noto muy bien, ¿eh? — dice un martes, colgando el cartel de la próxima sesión—. Muy como... como al principio de Cuando Harry encontró a Sally. Ya sabéis. Cuando todavía se odiaban.

— Al principio de esa se odian, Nel — le digo.

— ¿Sí? Pues como al final, entonces. Da igual, se acaban queriendo, es lo mismo. — Y se va tan contento, dejándonos a los dos con la brocha del engrudo en la mano y sin saber dónde meternos.

Lo peor es que tiene razón. Y que lo ha dicho delante de la vecina del segundo, que ha levantado una ceja de esas que en este barrio valen por un telegrama.

———

Y luego está Casa Bene, que es el sitio donde el barrio se cuenta a sí mismo.

Cruzamos a cenar allí un par de veces por semana, porque en el piso de Tino la cocina da para el café y poco más, y porque a Bene le llena el alma vernos entrar cogidos del brazo.

Nos pone tapa doble sin que se la pidamos y nos sienta en la mesa del rincón, debajo de una foto en blanco y negro donde sale Tino de joven con un bigote imposible.

— La porra sigue abierta — nos anuncia Bene la primera noche de enero, plantando dos cañas en la mesa—. Por si os interesa el dato.

— No nos interesa — digo.

— Va ganando "de mentira, no llegan a la primavera". — Se limpia las manos en el delantal, encantado de la vida—. Pero yo he apostado fuerte a "de verdad, y no lo saben ni ellos". Cortesía de una idea de Visi.

Darío se atraganta con la caña. Yo me quedo con la tapa a medio camino de la boca.

— ¿Y eso qué significa, Bene? — pregunto, con toda la inocencia que soy capaz de fabricar.

— Nada, mujer, nada. Cosas de viejos. — Nos guiña un ojo y se va a atender la barra silbando, dejándonos con dos cañas, una tapa doble y la incómoda sensación de que en este barrio nos leen la película antes de que la hayamos rodado.

De vuelta a casa, cruzando la calle helada, Darío me ofrece el brazo "para el hielo, que resbala". Se lo cojo. No resbala nada. Vamos los dos agarrados por una acera perfectamente seca, fingiendo un peligro que no existe para permitirnos un gesto que no nos atrevemos a llamar por su nombre.

Lo del barrio con mil ojos no es una forma de hablar.

Es literal. En este casco antiguo, cada balcón es un palco y cada vecina, una crítica.

La del mercado le comenta a la de la mercería que "esos dos andan muy acaramelados últimamente"; la de la mercería se lo dice a Visi; Visi no dice nada, que es peor.

Un día la señora del segundo nos ve a través del escaparate del ambigú, hablando bajito con las cabezas demasiado juntas, y a la mañana siguiente me para en el portal para decirme que "qué bonito es el amor cuando es de verdad, hija", con un retintín que me deja el día tonto.

Lo absurdo es que lo bordamos cuando actuamos y metemos la pata cuando somos sinceros.

El beso de mentira del "sí quiero" nos salió redondo delante de doscientas personas.

Pero basta con que nos rocemos de verdad, sin público, para que a los dos se nos ponga una cara de adolescentes pillados que canta desde la otra punta de la plaza.

Somos los peores espías del mundo: sabemos fingir un amor que no sentíamos y no sabemos disimular el que hemos empezado a sentir.

———

A Chus casi nos pilla un jueves.

Ha venido, como viene siempre, sin avisar, con la excusa de "ver cómo va el negocio familiar" y la realidad de buscar el desgarrón en la copia.

Yo estaba subida a la escalera de la marquesina cambiando las letras —los críos me habían vuelto a robar una M y el cartel anunciaba una peli de AMOR convertida en A OR, que sonaba a exabrupto—, y Darío estaba abajo sujetándome la escalera, y en algún momento entre una letra y otra bajé la vista y él la subió y nos quedamos mirándonos con una cara que no era de matrimonio de conveniencia ni de lejos.

— ¿Interrumpo?

La voz de Chus, desde la acera, nos cae encima como un foco que se enciende de golpe.

Darío suelta la escalera —error, casi me caigo, pero soy especialista, me agarro—, yo me bajo de dos peldaños, y los dos nos recomponemos con una torpeza que a un ojo entrenado le habría contado toda la historia. El ojo de Chus, por suerte, está entrenado para las hipotecas, no para el amor.

— Estábamos con la marquesina — digo, enseñándole la M como coartada—. Los críos.

— Ya, ya. — Nos mira uno a uno, el cronómetro en marcha detrás de los ojos—. Muy monos. Oye, que subo un momento a ver el piso, que como es medio mío por si acaso...

— No es medio tuyo por nada — le corto—. Es nuestro. Con papeles.

— Con papeles temporales, prima. — Sonríe con toda la dentadura—. Que a veces se te olvida la letra pequeña.

———

La letra pequeña me la recuerda él mismo antes de irse, en la puerta, mientras se abrocha ese abrigo suyo de comercial de éxito que no es.

— Disfrutad del añito — dice, echándose el aliento en las manos por el frío—.

En serio, disfrutadlo. Que se pasa volando.

En septiembre esto es un párking con plazas de alquiler o unos apartamentos con encanto, según lo que salga más a cuenta, y tú, guapa — me señala con la barbilla, sonriendo—, tú a tus saltos de Madrid, a tirarte de los tejados por la cara de otra. Cada uno a lo suyo. Como debe ser.

Y se va, silbando, dejando la puerta abierta para que entre el frío.

Me quedo en el umbral con la palabra saltos golpeándome por dentro. Saltos de Madrid. Tirarme por la cara de otra. Mi vida entera resumida por el imbécil de mi primo con una precisión que duele precisamente porque es exacta.

Porque es verdad. Yo tengo un billete. Está arriba, en el bolsillo de fuera de la maleta que no deshago, con la fecha abierta, listo desde octubre. Un tren a Madrid, a mi mundo, a la acción, a septiembre. Es lo que vine a hacer: cumplir el año y volver.

Lo que no le digo a Chus, lo que no le digo a nadie, ni a Darío, ni a Gadea, ni a mí misma en voz alta, es que ese billete lleva desde octubre sin que lo toque.

Que cada vez que abro la maleta a por un jersey lo veo ahí, en el bolsillo, y en vez de mirar las fechas de los trenes cierro la cremallera un poco más fuerte.

Que llevo tres meses sin comprobar si sigue en vigor porque tengo miedo de descubrir que no me importa que caduque.

No lo digo. Cierro la puerta que Chus ha dejado abierta. Subo a arreglar la M de la marquesina.

Esa tarde, en el grupo, Duna me tira de la lengua sin piedad.

Duna: pregunta seria Duna: cuando acabe el año, ¿te vuelves?

Yo: ese es el plan Gadea: "ese es el plan" dice Gadea: la que se casó por una cláusula y ahora arregla marquesinas Duna: jara.

mírame a través del móvil. ¿has mirado si el billete sigue valiendo?

Yo: está en la maleta Duna: no te he preguntado dónde está.

te he preguntado si lo has mirado Yo: cambio de tema

Y cambio de tema, que es lo que hago siempre que una pregunta se acerca demasiado a la marca de la caída. Suelto el móvil boca abajo en la encimera. Boca abajo, como quien tapa una pantalla que enseña algo que no quiere ver.

———

Esa noche, después de cerrar, después de que Visi se lleve sus dos tazas y Nel se vaya a editar el tráiler de una peli que no existe, Darío me hace el café de la última en el ambigú vacío, y nos lo tomamos sentados en el borde del escenario, debajo de la pantalla apagada, con el cine entero a oscuras y para nosotros solos.

— Lo de Chus — dice él, mirando su taza—. Lo de los saltos de Madrid. ¿Te ha molestado?

— No — miento.

Me mira. No dice nada. Ha aprendido a leerme la letra, como Gadea, como todos los que me quieren y me conocen a la vez, esa combinación que a mí me da tanto vértigo.

— Es que tiene razón — digo al final, a la pantalla, no a él—. Yo salto por otras. Es mi trabajo. Poner el cuerpo para que la cara sea de otra.

Darío deja la taza. Se queda un rato callado, ese silencio suyo que no es vacío, que es como Marlon calentando antes de dar luz.

— Aquí no — dice—. Aquí la cara es la tuya. Que quede claro.

Me giro a mirarlo. Está serio, con la taza entre las manos, los ojos clavados en la pantalla apagada, donde no se proyecta nada y él insiste en mirar.

— ¿Por qué llamó Tino "Rita" al proyector? — le pregunto, aunque ya me lo contó una noche, porque quiero oírselo otra vez, porque me gusta cómo cuenta las cosas suyas.

— Por Rita Hayworth. — Media sonrisa—. Decía que ese proyector era como ella: guapísimo, delicado y capaz de arruinarte la noche si lo tratabas mal.

Y a Marlon lo llamó Marlon por lo bruto, porque era el que aguantaba las sesiones dobles sin quejarse.

— Le da un sorbo al café—. Tino le ponía nombre a todo.

A los proyectores, al gato, a las goteras.

Decía que a lo que le pones nombre no lo puedes tirar. Que por eso él nunca tiró nada.

— Por eso guardas tú las entradas.

Levanta la vista. No sabía que yo sabía lo de las entradas. Se lo he visto, la caja de latón en el estante, llena de entradas de cine viejas, cada una de una película que le importó.

— Por eso — admite, y no aparta la mirada, y hay algo en ese "por eso" que me suena a advertencia y a promesa a la vez, porque si él no tira lo que le pone nombre, y a mí me ha empezado a llamar por el mío de verdad, Jara, no especialista, entonces yo soy de las cosas que no piensa tirar.

Y eso, a una que lleva la vida entera siendo desechable, se le sube a la garganta.

Y no añade nada más, y no me toca, porque las reglas dicen que de puertas para adentro sí pero de futuro no, y esto de la cara y el barrio y quedarse es demasiado futuro para nuestras reglas de mierda.

Pero se queda ahí sentado a mi lado, a oscuras, debajo de una pantalla donde no se proyecta nada, y por una vez soy yo la que no calcula la salida.

Aunque arriba, en el bolsillo de fuera de una maleta que no deshago, siga habiendo un billete a Madrid que ninguno de los dos nombra.