Sesión doble Capítulo 14
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Capítulo 14

Subimos los doce escalones que separan el cine del piso y se me hacen doce kilómetros. Yo delante, él detrás, y en cada peldaño una vocecita de especialista me dice que todavía puedo parar la toma, que no hay arnés, que esto no lleva colchoneta debajo.

No paro.

En el rellano me giro y Darío choca conmigo porque venía mirándome los pies, no los escalones, y nos reímos los dos, bajito, con esa risa nerviosa de dos que saben perfectamente lo que van a hacer y fingen que aún lo están decidiendo.

— ¿Estás segura? — pregunta, con la mano en el pomo, sin abrir.

— Pregúntamelo dentro. Aquí me da vergüenza el descansillo.

Abre. Fellini sale disparado entre nuestras piernas hacia la escalera, ofendido por algo, y aprovechamos para entrar y cerrar antes de que se le ocurra volver.

El piso está a oscuras y huele a cordero de la cena de mi madre y a él, a celuloide y a café, ese olor que ya no sé si es del cine o de la almohada de su lado.

No enciendo la luz. Cruzo el salón guiándome por lo que ya me sé de memoria y me giro cuando noto que está cerca, y ahí, en la oscuridad del salón de Tino, con el muérdago de Merche colgado a tres metros como testigo, lo beso yo.

Sin muérdago que valga. Sin nadie para quien fingir.

Este beso no se parece al de la cabina. El de la cabina fue una pregunta. Este es la respuesta.

———

Nos movemos hacia el dormitorio a trompicones, sin soltarnos, chocando con el sofá, con la mesa, con el marco de la puerta.

— Ay — suelto cuando me clavo la esquina de la cómoda en la cadera.

— ¿El hombro?

— La cadera. Y no me trates como a una lesionada, que llevo tres meses deseando que alguien me trate como a otra cosa.

Se ríe contra mi cuello, y noto la risa antes de oírla, vibrando en su pecho, y esa es la primera vez en mi vida que un hombre se ríe encima de mí y no me entran ganas de salir corriendo.

Le quito la camisa. Debajo está el cuerpo que me imaginaba y no me imaginaba: delgado y fuerte de subir bobinas a la cabina diecinueve años, con la quemadura vieja del arco en el antebrazo, con un lunar que no esperaba. Le paso el dedo por la quemadura.

— El arco de carbón — dice—. A los veinte. Me despisté.

— Yo tengo una en el hombro de despistarme a los treinta y uno. Chocamos esos.

Y chocamos las cicatrices, la suya y la mía, como quien brinda, y nos volvemos a reír, y ahí ya no hay marcha atrás porque a mí un hombre que se ríe conmigo con el torso desnudo me desarma más que cualquier frase bonita.

Me tumba en la cama con un cuidado que me da rabia y me derrite a partes iguales, y le tengo que decir que no soy de porcelana, que puede, que quiero que pueda, y entonces deja de tener cuidado y me besa como besaba en la cabina antes de acordarse de que estaba prohibido, con las dos manos, con hambre atrasada de meses.

Le busco el cinturón. Él me busca el jersey. Y ahí llega el primer desastre.

— Espera — digo—. El anillo.

Se me ha enganchado el anillo de bazar en la lana del jersey. El anillo de tres euros de nuestra boda de mentira, con su baño de oro que ya se está poniendo verde, atrapado en un hilo del puño. Tiro. No sale. Tiro más. El hilo empieza a ceder pero el anillo sigue preso.

— Quítatelo — dice Darío, intentando ayudar en la penumbra.

— No sale. Tengo el dedo hinchado del cordero. — Forcejeo—. Estos anillos son una estafa, ya lo dije en la boda.

— Dijiste que eran perfectos para no encariñarse.

— Pues mira qué bien, no me puedo desencariñar ni del jersey.

Nos da la risa floja, la de verdad, la que te dobla, los dos medio desnudos peleándonos con un anillo de tres euros a oscuras, y él enciende la lamparita para verlo, y al final lo libera con una paciencia de proyeccionista que empalma celuloide, con dos dedos, sin romper el hilo.

— Ya está — dice, y me deja el anillo en la palma, y me mira, despeinado, con las gafas torcidas, y yo pienso: joder, Jara, cómo te has metido en esto.

— No lo apagues — le digo cuando va a por la lamparita—. La luz. Déjala.

Yo, que hago vida a oscuras. Yo, que me escondo en cada plano. Le pido a un hombre que deje la luz encendida. Él lo entiende, creo, porque no dice nada; solo deja la lamparita y vuelve a mí.

———

Y entonces sí.

Entonces es despacio y es torpe y es de verdad.

Es su boca bajando por mi cuello, por la clavícula, por la cicatriz del hombro, sin miedo, como si la cicatriz fuera un sitio más y no una avería.

Es mi mano en su pelo aplastado de los cascos.

Es un codo que se me clava donde no debe y un "perdón" y una risa y una recolocación.

Somos dos cuerpos que llevan meses ensayando ser matrimonio y no habían ensayado esto, y se nota, y por eso es bueno, porque no sale coreografiado, sale buscado.

Cuando me toca, me toca como quien maneja algo que le importa que no se rompa, pero sin tratarme de frágil, que son cosas distintas y él las distingue.

Le digo lo que quiero al oído, sin vergüenza, porque en la cama la vergüenza es de la Jara de fuera y aquí dentro no está invitada, y él me hace caso, y se equivoca, y le corrijo, y acierta, y me río, y él sonríe contra mi piel esa sonrisa suya que tarda pero se queda.

— ¿Así? — murmura.

— Ahí. No te muevas de ahí. Como te muevas de ahí te tiro por las escaleras y sé hacerlo sin que te enteres.

— Qué romántica.

— Cállate y quédate ahí.

Y hay un momento, cuando ya no hay ropa ni bromas de por medio, en que Darío se para. Se apoya en los codos, encima de mí, y me mira a la luz de la lamparita que no dejé apagar, con el pelo cayéndole en la frente y las gafas hace rato en la mesilla, y me mira tanto rato que me pongo nerviosa.

— ¿Qué?

— Nada. Que quería mirarte con luz. Antes de. — Traga—. Llevo mirándote a oscuras desde octubre.

Y eso, que dicho por otro sonaría a frase de guion, dicho por él, que apenas habla, me hace más que todo lo anterior.

Le paso la mano por la mandíbula, por la barba mal afeitada, y le digo que vale, que me mire, que por una vez no me escondo.

Y nos movemos juntos, buscándonos el ritmo como dos que aprenden un baile sin música, torpes al principio, y luego no.

Y se queda ahí. Y por una vez soy yo la protagonista de la escena.

No la doble. No el cuerpo que salta por la cara de otra.

Yo. Con mi nombre. Con Darío diciendo mi nombre, Jara, bajito, contra la sien, mientras el barrio duerme debajo de nosotros y en la puerta se oye a Fellini arañando la madera, indignado por el destierro, poniéndonos banda sonora de gato ofendido.

No es perfecto. Se nos escapa la risa dos veces más.

La cama de Tino cruje como una queja de ultratumba.

Se oye, lejísimos, a alguien que vuelve de la última copa cantando por la calle un villancico desafinado.

Y en medio de todo eso, del gato y del crujido y del borracho, pasa lo que llevaba trece capítulos de mi vida evitando que pasara. Y pasa bien. Pasa de verdad.

———

Después nos quedamos los dos boca arriba, mirando el techo del dormitorio de un muerto, recuperando el aire, con las piernas cruzadas de cualquier manera y la lamparita todavía encendida porque nadie ha tenido el valor de apagarla.

Fellini ha dejado de arañar. Se oye maullar rendido y luego nada.

— Oye — digo, al techo, no a él, porque hay cosas que se dicen mejor al techo.

— Qué.

— ¿Y esto qué es?

Darío tarda en contestar. Noto cómo respira a mi lado, ese fuelle lento que ya me sé.

— Ni idea — dice al final—. Pero no lo apuntes en el contrato.

Y me río, y él se ríe, y giro la cabeza y él gira la suya y nos quedamos así, cara a cara en la almohada, sin frontera de por medio por primera vez, dos personas que se han casado de mentira y acaban de hacer algo muy de verdad y no tienen la menor idea de cómo se llama.

No nos dormimos enseguida. Nos quedamos ahí, hablando bajito, de tonterías, que es como hablan dos personas cuando lo importante da demasiado miedo.

Me cuenta por qué Fellini se llama Fellini y no se llama de otra manera, y que Tino le puso los nombres a los proyectores un día de verano bebido de vermú.

Yo le cuento la vez que me prendí fuego a la manga en un rodaje y seguí la toma ardiendo porque el director no había dicho corten, y él me dice que estoy fatal de la cabeza, y tiene razón, y me gusta que lo diga sin asustarse.

— ¿Cuántos huesos te has roto? — pregunta, dibujándome con el dedo la cicatriz del hombro en la penumbra.

— ¿Contando o sin contar los dedos de los pies?

— Contándolo todo.

— No sé. Muchos. — Me lo pienso-. La clavícula dos veces. Una costilla. La muñeca de cría, esa fue por impresionar a un niño que ni me miraba. El hombro es el último. — Le cojo la mano y me la pongo en la costilla, en el sitio-. Aquí. Toca. Se soldó torcida.

Él pasa el pulgar por el hueso, despacio, con un cuidado que no es de lástima.

— Estás llena de sitios donde te has roto — dice.

— Es mi trabajo romperme.

— No. — Y lo dice bajito, contra mi pelo-. Tu trabajo es levantarte después. Romperse se rompe cualquiera. Levantarse entero, eso ya no.

Y me quedo callada, porque ese hombre callado acaba de decir, sin saberlo, lo más bonito que me ha dicho nadie de un oficio que todos ven como una locura y que solo él, de momento, ha entendido por el lado bueno.

En un momento se calla, me aparta un pelo de la cara con un dedo, despacio, como quien centra un fotograma en la ventanilla.

— El pelo suelto — dice—. Te cambia la cara.

— Ya lo sé. Por eso lo llevo recogido.

— ¿Por eso? — Frunce el ceño—. ¿Para no cambiar de cara?

No le contesto, porque no tengo respuesta que no me delate.

Desde la cama, por encima de su hombro, veo mi maleta en el rincón, a medio deshacer, como lleva desde octubre.

Nunca la vacío del todo. Siempre dejo la mitad dentro, la salida lista, el billete en el bolsillo de fuera.

Y por primera vez esa maleta abierta, que llevo toda la vida cargando como un seguro, me parece una cosa triste en vez de una cosa práctica.

Aparto la vista de ella antes de que Darío me la siga.

— ¿En qué piensas? — pregunta.

— En nada. En que hueles a cine.

— Es un defecto de fábrica.

— No es un defecto — le digo, y me acurruco contra su pecho, contra el fuelle lento, y esta vez soy yo la que se queda, aunque solo sea hasta que salga el sol, aunque no lo diga en voz alta, aunque me lo prohíba a mí misma en presente para no tener que pensarlo en futuro.

———

La mañana siguiente amanece rara. Buena-rara.

Bajo a la cocina y Darío ya está ahí, en calzoncillos y camiseta, despeinado, haciendo café, y al verme se le pone una cara que no le había visto: una cara de no saber si darme los buenos días con un beso o con un apretón de manos.

Nos quedamos los dos plantados, a metro y medio, como dos actores que han rodado una escena de amor y ahora, con las luces encendidas, no saben cómo saludarse.

— Buenos días — digo.

— Buenos días. — Se rasca la barba—. ¿Café?

— Ya lo estás haciendo.

— Ya. Sí. — Mira el café—. Es que no sabía qué decir y he dicho café.

Y me da la risa, y a él también, y se rompe el hielo, y le robo un sorbo de su taza aunque tengo la mía al lado, solo por invadirle el espacio, solo por comprobar que puedo. Fellini entra, nos mira a los dos, y se sube a la silla como quien preside un consejo.

Las reglas las ponemos ahí mismo, con el café de dos azúcares que él me hace sin que se lo pida y que hoy me tomo mirándolo a los ojos.

No lo hablamos como adultos. Lo hablamos como dos cobardes que se han asustado de lo bien que estuvo.

— De cara a fuera — empieza él, removiendo su café—, más matrimonio que nunca. Con Chus vigilando y el notario esperando, esto tiene que ser más real que nunca de puertas para afuera.

— Vale.

— Y de puertas para adentro... — Baja la vista al café. Duda—. Lo que sea que es esto. Pero sin hablar de septiembre. Sin hablar de después. Ni una palabra de futuro.

Lo miro. Es la regla más razonable del mundo y la más envenenada, porque acabamos de acordar querernos solo en presente, prohibirnos el único tiempo verbal que importa cuando quieres a alguien de verdad. Y me parece bien. Que es lo que más miedo me da: que me parezca bien.

— Trato — digo.

Y le doy la mano por encima de la mesa para cerrarlo, muy formal, muy tonta, con el anillo de tres euros que anoche no salía todavía puesto, y él me la estrecha, y ninguno de los dos suelta a tiempo.