Sesión doble Capítulo 13
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Capítulo 13

En un plano de acción, el momento jodido llega antes de saltar. Cuando ya estás en la marca, con el arnés puesto, mirando el vacío, y el director todavía no ha dicho "acción". Ese silencio con el cuerpo cargado, ese rato de espera, ahí es donde te entra el miedo. La caída, en cambio, es lo fácil.

Llevo cuatro días viviendo en ese silencio.

Cuatro días desde la cabina. Desde que subí las escaleras corriendo, con el sabor de Darío en la boca y un "esto no estaba en el contrato" que sonó a las dos cosas que era: una advertencia y una pena.

Cuatro días compartiendo cocina, baño y una cama con frontera de almohadas con un hombre al que ahora no puedo mirar sin acordarme de cómo me agarró de la nuca.

Y él igual. Lo noto. Nos hemos vuelto expertos en coreografiar una casa de sesenta metros para no cruzarnos: él baja a la cabina cuando yo subo a la cocina, yo me ducho cuando él barre la sala, buenos días de refilón, buenas noches de espaldas.

Es agotador. He rodado secuencias de lucha menos exigentes que desayunar en esta cocina.

Lo malo es que el aire, entre nosotros, está a doscientos grados. Ayer me pasó la sal y nuestros dedos se tocaron medio segundo y los dos apartamos la mano como si el salero quemara. Un salero. Tengo treinta y dos años y me pone nerviosa un salero.

Así que hago lo que hace cualquier mujer con dos dedos de frente y cero valentía: se lo cuento a mis amigas.

———

El grupo se llama "Escenas peligrosas" y es lo más cerca que tengo de una familia elegida.

Duna, que maquilla heridas de mentira para vivir y por eso huele las de verdad a un kilómetro.

Y Gadea, que fabrica cerveza en el Húmedo y me conoce desde que las dos teníamos ocho años y nos escapábamos a ver rodar el NO-DO viejo en la cabina de Tino.

Escribo, sin pensarlo mucho, a las dos de la madrugada:

Yo: chicas, creo que la he liado

Tardan cuatro segundos. Cuatro. A esas horas.

Duna: define liar Gadea: define la Yo: besé a Darío Yo: o me besó él Yo: da igual, hubo beso, beso de verdad, no del paripé Duna: POR FIN Gadea: POR FIN Duna: gadea le debes veinte euros Gadea: los pago encantada

Me quedo mirando el móvil en la oscuridad, con Darío durmiendo del otro lado de la almohada, respirando despacio.

Yo: cómo que veinte euros Duna: aposté que caías por navidad.

gadea dijo antes Duna: perdí Gadea: jara, corazón, llevas hablándonos de ese hombre desde octubre Gadea: "el proyeccionista ha hecho esto", "el proyeccionista no ha querido lo otro" Gadea: EL PROYECCIONISTA tiene nombre y te lo sabes muy bien Yo: es una situación complicada.

estamos casados de mentira. hay una cláusula.

hay un primo que nos vigila. no es momento de Duna: jara Duna: tú a ese hombre le pondrías tú misma la doble para no verlo besar a otra Duna: no me mientas que te conozco la letra

Y ahí me callo, porque Duna acaba de decir en una frase lo que yo llevo cuatro días sin atreverme a pensar. Yo, que me dedico a que otras se lleven los besos en pantalla. Yo, la doble. Y por primera vez en mi vida no quiero doblar a nadie. Quiero la escena para mí.

Cierro el móvil antes de escribir algo de lo que no pueda salir. Del otro lado de la cama, Darío se remueve.

— ¿Todo bien? — murmura, medio dormido.

— Sí. Cosas de las chicas.

— Buenas noches, especialista.

Y a mí ese "especialista", que empezó siendo una pulla, ahora me suena a otra cosa. Me giro hacia la pared, hacia mi lado, el de la salida bloqueada, y tardo una hora en dormirme.

———

Gadea se presenta al día siguiente en el ambigú con una caja de botellines "de muestra, para el cine" y una cara de perro perdiguero que no engaña a nadie.

— No has venido a traer cerveza — le digo, colocando las botellas en la nevera vieja.

— He venido a traer cerveza y a mirarte a la cara. — Se sienta en un taburete y apoya los codos en la barra—. A ver, cuéntame lo del beso. Con detalle. Que por el móvil pierdo matices.

— No hay detalle. Fue un beso. Pasa.

— Jara, que te conozco desde que te caíste del muro del colegio para impresionar a un niño que ni te miraba.

— Aquello fue un salto controlado.

— Aquello fue que te rompiste la muñeca.

— Coge un botellín, lo abre con el mechero con una destreza de tabernera—.

Mira, yo del cine no sé, pero de este barrio sé todo.

Y de Darío sé lo que sabe todo el mundo menos él: que lleva media vida esperando a que alguien no se vaya.

Tú vas a irte en septiembre. Así que o tienes muy claro lo que haces, o le vas a hacer una faena de las que no se arreglan pegando el celuloide.

Me quedo con una botella en la mano, sin colocarla.

— Solo fue un beso, Gadea.

— Ya. Y esto solo es cebada y agua. — Le da un trago—. Piénsalo, anda. Que aquí no hay dobles. Aquí te la juegas tú, con tu cara y tu apellido.

Y se va, y me deja el ambigú oliendo a lúpulo y una frase clavada en el sitio exacto donde más molesta.

———

La Navidad en el piso de Tino la organiza mi madre como quien dirige un desembarco.

Merche lleva tres días en León "para echar una mano" y ha convertido la cocina de un cine en un plató de cocina de las que salen en la tele.

Hay un cordero en el horno, hay turrón del duro y del blando, hay un mantel que ha traído de Madrid porque "el que teníais aquí daba pena", y hay, colgado del marco de la puerta del salón, un ramito de muérdago que ha clavado ella misma subida a una silla.

— Por si acaso — me ha dicho, con un retintín que no me ha gustado nada.

Lo peor es que ha invitado a mi padre.

Aurelio llega a las dos, con una botella de vino que no hacía falta y esa forma suya de estar en las habitaciones pidiendo perdón por ocupar sitio.

Hace ocho años que mis padres se separaron a gritos, y llevo ocho años haciendo de doble entre los dos, poniendo el cuerpo en cada bronca, traduciendo a uno para el otro.

Verlos en la misma cocina me pone el estómago del revés.

— Hola, Jara — me dice mi padre, y me da dos besos torpes, y luego se queda ahí, con las manos vacías, sin saber qué hacer con ellas—. Qué bien lo del cine. Yo de joven ayudaba a tu tío con esto, ¿sabes? Cargaba las bobinas.

— Ya me lo has contado, papá.

— Ah. Vale. — Y se calla, y a mí me da una pena que no me esperaba.

Se acerca a la mesa, coge una servilleta, la dobla, la desdobla. Mi padre con las manos siempre necesita algo que hacer, igual que yo con los pies.

— Oye — dice, sin mirarme, doblando la servilleta en un triángulo perfecto—. El otro día pasé por la cabina. Vi a Darío empalmando una copia. Con las manos, como hacía Tino. — Sonríe a la servilleta—. Yo eso lo hacía fatal. Se me rompía siempre en la escena buena.

— ¿Y por qué no subes un día a que te enseñe?

Levanta la cabeza. Me mira con los ojos de quien acaba de recibir algo caro.

— ¿Se puede?

— Papá. Es tu sobrino político. Medio cine es tuyo por historia. Claro que se puede.

No dice nada. Vuelve a bajar la vista a la servilleta, pero le tiembla un poco la boca, y entiendo, con treinta y dos años y por primera vez, que mi padre no era el malo de la película.

Era un secundario al que nadie le dio frases.

Y yo me pasé la infancia doblando a mi madre en cada bronca sin darme cuenta de que él también estaba solo en su lado del plano.

Pero no hay tiempo para penas de esas, porque también ha venido Chus.

———

A Chus no lo ha invitado nadie, pero es familia, y la familia en Navidad se cuela como se cuela la humedad. Llega con un pijama de marca que hace pasar por ropa de calle, un vino peor que el de mi padre y unos ojos que van de Darío a mí y de mí a Darío como una cámara buscando el fallo de raccord.

— Los tortolitos — dice, sirviéndose sin que nadie le ofrezca—. ¿Qué tal la vida de casados? ¿Ya os habéis peleado por el mando o todavía estáis en la fase bonita?

— En la fase bonita — digo yo, y le paso el brazo a Darío por la cintura, y noto cómo se pone rígido y luego, medio segundo después, se relaja y me pone la mano en el hombro, en el hombro bueno, sin que se lo diga, porque se ha aprendido cuál es el malo.

Ese detalle. Ese detalle me deshace más que el beso.

La comida es un número de circo. Merche cuenta anécdotas de cuando era pequeña en este barrio; mi padre asiente a todo con una copa de más; Chus lanza preguntas trampa envueltas en papel de regalo.

— ¿Y de qué lado dormís? — suelta entre el cordero y el turrón, como quien pregunta la hora-. Digo, en la cama. Que en las parejas de verdad cada uno tiene su lado, ¿sabéis? Se coge la costumbre.

— Jara duerme pegada a la pared — contesta Darío sin levantar la vista del plato, tranquilísimo-. Con calcetines. Y estira las piernas a las cuatro de la mañana, que parece que le va la vida en ello.

Me quedo con el tenedor a medio camino. Porque es verdad.

Todo. Duermo pegada a la pared, con calcetines, y estiro a horas imposibles.

Lo sabe. Lleva meses durmiendo al lado y lo sabe, y lo ha soltado con la naturalidad del que lleva media vida compartiendo cama con alguien, y a Chus se le ha quedado la sonrisita helada porque esa clase de detalle no se finge.

— Y ronca — añado yo, para no ser menos-. Bajito, pero ronca. Como un proyector viejo.

— No ronco.

— Roncas, cariño.

Merche, desde su punta de la mesa, se lleva la servilleta a los ojos.

— Ay, es que sois igualitos que tu tío y yo de jóvenes — dice, moqueando-. Bueno, que tu tío no, que yo con tu padre. En fin. — Se sopla la nariz-. Comed, comed, que se enfría.

Y Chus, derrotado en esta ronda, se sirve más vino y cambia de tema, porque un espía que busca la grieta se queda sin munición cuando la pareja se pica con cariño delante de él.

— ¿Y dónde os conocisteis exactamente? Porque tú, Jara, llevabas dieciséis años sin pisar León.

— En el tanatorio de Tino — digo, sin pestañear, porque es verdad y las verdades se defienden solas.

— Qué romántico.

— Fue un flechazo con crespón — suelta Darío, tan serio que tardo un segundo en pillar que ha hecho un chiste, y me río de verdad, con ganas, y Chus frunce el ceño porque no hay nada que descoloque más a un espía que una pareja que se ríe junta.

Merche me mira desde la otra punta de la mesa. Me mira a mí, luego a Darío, luego otra vez a mí, y en esa mirada de madre hay algo que se enciende, una sospecha buena, y aparto la vista antes de que me lea del todo.

———

El muérdago cae después del café.

Es Chus, cómo no, el que se da cuenta.

— Anda, pero si estáis justo debajo. — Señala el techo con la cucharilla—. Muérdago. Hay que besarse. Es tradición. — Y lo dice con esa sonrisita de quien pone una trampa y espera oír el resorte.

Toda la mesa nos mira. Merche con las manos juntas. Mi padre con la copa a medio camino. Chus con los ojos entornados, cronómetro en marcha.

Y ahí estamos Darío y yo, debajo del ramito que ha clavado mi madre, con seis meses de paripé a la espalda y cuatro días de silencio a doscientos grados y un beso de verdad flotando entre los dos sin nombrar.

Me giro hacia él. Él se gira hacia mí, muy serio.

— Para la familia — murmura, tan bajo que solo lo oigo yo.

— Para la familia — contesto.

Y nos besamos. Y se supone que es para ellos, para Merche, para Chus, para el expediente.

Pero le pongo la mano en la mandíbula, sobre la barba, y él me sujeta por la cintura, y el beso dura lo que no dura un beso de tradición, y cuando nos separamos ni él ni yo sabemos ya cuál de todos nuestros besos era el de mentira.

Se nos han mezclado las tomas. Ya no hay claqueta que los separe.

Merche aplaude. Mi padre carraspea. Chus se ha quedado sin munición, mirando el móvil con cara de haber apostado a un caballo que no era.

La sobremesa se estira, se va la gente, mi madre se lleva a mi padre a tomar la última a Casa Bene "para que se despejen", que es su forma de dejarme la casa.

Recogemos los platos en silencio, Darío y yo, rozándonos otra vez sin querer, con el muérdago todavía colgado y el cine dormido debajo de nuestros pies.

Le seco un vaso que él me pasa. Nuestros dedos se tocan. Esta vez ninguno aparta la mano.

— Jara — empieza él.

— ¿Subimos? — le digo.

Y no hay coreografía que ensaye esto. No hay colchoneta debajo. Lo digo con el pulso a mil y la boca seca y una sonrisa que me tiembla en la comisura, y Darío deja el trapo en la encimera, muy despacio, como quien apaga un proyector, y contesta que sí sin decir nada.