Darío
Hay una regla que Tino me enseñó el primer año, con las manos en el carbón del arco: la luz calienta antes de dar luz.
Enciendes el proyector y no ves nada, solo un zumbido y un olor, y tienes que esperar.
Si te impacientas y abres el obturador antes de tiempo, quemas el fotograma y se te para la película delante de todo el mundo.
Yo llevo diecinueve años esperando a que las cosas calienten antes de dejarlas dar luz. Se me da bien esperar. Es lo único que se me da de verdad bien: sostener algo encendido sin tocarlo.
Por eso sé, esta mañana, subido a la cabina con Fellini enroscado en la butaca vieja y Marlon todavía tibio de anoche, que algo se me ha descuadrado por dentro.
Porque anoche la sala se llenó por primera vez en cuatro años, y yo no estaba mirando la pantalla.
Estaba mirando a la última fila, donde ella creía que no la veía nadie, sentada en la oscuridad detrás de mí, haciéndome compañía sin decírmelo, tan tranquila, como quien no hace nada raro.
No es normal. A mí no me acompaña nadie. Yo soy el que se queda cuando los demás se van a casa, el que apaga, el que echa el cierre, el que le da las buenas noches a dos proyectores que no contestan. Y estaba bien así. Llevaba diecinueve años estando bien así.
— No te acostumbres — le digo a Fellini, que es a quien le digo las cosas que no le digo a nadie—. Tiene fecha. En septiembre coge el tren y esto vuelve a ser lo de antes.
Fellini me mira con ese desprecio que reserva para las verdades obvias y se lame una pata.
Fellini, que según Visi solo se sube a la falda de la familia, lleva desde noviembre subiéndose a la de Jara.
Yo eso prefiero no mirarlo. Hay avisos que uno decide no leer, como el rótulo que dice que la película es apta para todos los públicos justo antes de que salga la escena que no lo es.
Anoche, cuando la sala se vació y subí a rebobinar, la vi por el rabillo del ojo levantarse de la última fila y escurrirse escaleras arriba pensando que yo no la había pillado.
Y no le dije nada. Le dejé creer que su compañía había sido invisible.
Es lo más parecido a un regalo que sé hacer: fingir que no me he dado cuenta de que alguien se ha quedado.
Le hice el café esta mañana. Dos de azúcar.
Se lo dejé en la mesa de la cocina antes de que se levantara y bajé aquí antes de tener que verle la cara con el pelo suelto, que es como duerme y como no la puedo mirar sin acordarme de que tenía dieciséis años y el mismo pelo la última mañana que la vi, la que se marchó a Madrid sin despedirse.
Me acuerdo de todo. Ese es mi problema. Guardo la entrada de cada película que me ha importado en una caja de latón, y por dentro guardo, igual de ordenada, la entrada de aquel verano. No la he tirado. No sé tirar nada.
———
La caja de las bobinas de Tino la tengo en el estante alto, entre Rita y la pared.
Son cinco latas pequeñas, numeradas con rotulador, y una nota suya doblada que dice cuándo abrir cada una.
La primera la abrimos en septiembre, la de "el Capri no era lo que os dejo, ya lo veréis".
La segunda tiene al lado, con su letra torcida de viejo guasón, una condición: "Ábrase cuando el cine vuelva a llenarse.
Si no se llena nunca, es que sois tontos y no os la merecéis".
Anoche se llenó.
Bajo a buscar a Jara. Está en el ambigú, contando la recaudación con una concentración de contable que no le pega nada, moviendo los labios con los números.
— Toca — le digo, y le enseño la lata—. La dos. Se ha llenado el cine.
Se le paran los labios en mitad de una cuenta.
— ¿Ahora?
— Ahora. Antes de que abramos. La quiero ver yo primero. — Se pasa una mano por la nuca—. Contigo.
No sé por qué digo "contigo". Me sale. Es la clase de palabra que llevo diecinueve años sin dejar salir y que con ella se me escapa por debajo de la puerta.
La proyecto en la sala vacía. Nos sentamos abajo, en la fila de en medio, no en la F, y apago las luces, y Marlon calienta, espera, y de pronto ahí está Tino en la pantalla, enorme, mal iluminado, en blanco y negro porque el muy cabezón la grabó él con una cámara de las de antes para que "quedara de época".
— Bueno, bueno, bueno — dice Tino desde la muerte, frotándose las manos—. Si estáis viendo esto es que habéis llenado mi cine. Que ya era hora. Cuatro años llevaba yo sin ver esa sala llena, y me ha tenido que pasar la desgracia de morirme para conseguirlo. Ironías del guion.
A mi lado, Jara suelta una risa corta, húmeda.
— Y ahora escuchadme los dos, que os conozco.
Tú, Darío, que estarás ahí sentado con esa cara de palo tuya, aguantando.
Y tú, Jara, que estarás calculando por dónde se sale de la sala.
— Hace una pausa de showman, el muy sinvergüenza, deja que el zumbido llene el silencio—.
Las mejores historias pasan cuando se apagan las luces.
Siempre os lo dije. Lo que no os dije es por qué.
Pero para eso quedan bobinas. De momento, mirad.
Mirad al de al lado. No con disimulo, mirad de verdad.
Que os estáis perdiendo lo bueno por miedo a los títulos de crédito.
Y se apaga. Cola de película, punto blanco, y la sala se queda a oscuras del todo, con Marlon zumbando en vacío.
No me giro. No puedo. Noto a Jara a mi lado, quieta, que en ella es la cosa más rara del mundo, porque Jara nunca está quieta, Jara mide los suelos, Jara tiene el cuerpo siempre a punto de saltar.
— Menudo elemento — dice al final, con la voz un poco rota—. Hasta muerto manda.
— Toda la vida igual.
— ¿Tú sabes de qué habla? Lo de que el Capri no era lo que nos deja.
— Ni idea — miento, aunque tampoco lo sé, solo intuyo, y lo que intuyo me da más miedo que la ignorancia.
Lo que intuyo es esto: que Tino nos está proyectando una película que empezó a rodar hace dieciséis años, el verano que ella vino con dieciséis recién cumplidos y yo tenía dieciséis y no sabía todavía que el mundo se dividía en los que se quedan y los que se van.
Ella se fue. Yo me quedé. Y el viejo, que lo veía todo desde la cabina, lo tuvo claro antes que nosotros.
Siempre supo montar una secuencia. Sabía que un plano tiene sentido por el que viene después.
— Vamos a abrir taquilla — digo, porque necesito ponerme de pie, porque estar sentado a oscuras al lado de Jara mientras un muerto nos dice que nos miremos es más de lo que aguanta un hombre que lleva media vida entrenado en no pedir nada.
— Espera.
Me quedo a medias, medio levantado.
— ¿Tú te acuerdas de aquel verano? — pregunta, y lo pregunta a la pantalla apagada, no a mí, con la voz de quien tira una piedra a un pozo para oír cuánto tarda en llegar al fondo.
— Fue hace mucho — digo. Que no es un no. Es lo más cerca que sé estar de un sí sin que me cueste la vida.
No insiste. Se levanta, se sacude unos pelos de gato de los vaqueros, vuelve a ser la de siempre, la que calcula la salida. Pero algo se ha quedado encendido en la sala, como Marlon, que tarda en enfriarse.
Subo a apagar a Marlon. Ella sube detrás. Y ahí empieza el problema.
———
La cabina es un cuarto de cuatro metros. Con Marlon, con Rita, con la mesa de empalmes, con las estanterías, no caben dos personas sin tocarse. Nunca lo había pensado hasta que ella empezó a subir.
Apago el motor. El zumbido baja de tono, se apaga poco a poco, como todo lo que se apaga aquí, sin prisa. Me giro para pasar al rebobinado y ella está justo detrás, más cerca de lo que calculé, con la luz roja de la salida dándole en media cara.
— Perdona — dice, pero no se aparta.
— Perdona — digo yo, y tampoco.
Y nos quedamos así, los dos de pie en cuatro metros cuadrados que huelen a celuloide caliente y a mi café, con Marlon todavía crepitando mientras se enfría, y yo miro a Jara y hago lo que Tino acaba de decirme desde la pantalla.
La miro de verdad. No con disimulo. La cicatriz fina en la ceja, la de un rodaje.
Los ojos color miel, que a esta luz son casi rojos. El pelo, que hoy no lleva en moño.
— No lo digas — susurra ella.
— No digo nada.
— Estás pensando algo. Se te nota. Pones la misma cara que pone Marlon antes de calentar.
Me río. Es lo último que esperaba hacer y me río, bajo, y ella se ríe, y en la risa nos acercamos sin darnos cuenta, como dos bobinas que se empalman, y dejo de calcular, yo que calculo el paso de cada fotograma, y la beso.
O me besa. No sé quién empieza. Empieza mal, indeciso, con las gafas de por medio y su nariz chocando con la mía, y es torpe, y por eso es verdad, porque los besos de mentira que llevamos meses dando delante del barrio salen perfectos y este sale como salen las cosas la primera vez, mal encajado, buscándose.
Y luego se encaja. Ella me agarra de la camisa, del sitio donde tengo la mancha de grasa de siempre, y yo le pongo la mano en la nuca, donde nace ese pelo que llevo diecinueve años sin tocar, y el beso deja de ser torpe y se pone serio, y Marlon crepita, y por un segundo entero no cuento los días. Por un segundo no hay septiembre.
Es ella la que se separa.
Un centímetro. Apoya la frente en mi barbilla, respirando fuerte, con la mano todavía en mi camisa.
— Darío.
— Qué.
— Esto no estaba en el contrato.
Y se ríe, pero es una risa que le tiembla, y se suelta de mi camisa, y baja las escaleras de la cabina de dos en dos, corriendo, huyendo, que es lo que sabe hacer, y me deja arriba, solo, con Marlon apagándose y el sabor de ella y una verdad que ya no puedo devolver a la lata.
Me quedo un rato mirando la escalera vacía.
En el cine, cuando una copia se raya, no hay arreglo: el rasguño va en el celuloide y aparece en cada pase, para siempre, un relámpago vertical que solo yo noto porque los demás miran la historia y yo miro la película.
Esto es igual. Ya está rayado. Ya va a salir en cada pase.
———
Bajo al ambigú a por agua y Visi está ahí, aunque no tendría por qué, porque la sesión no empieza hasta las siete. Está limpiando la máquina del café con un trapo, sin mirarme, con esa espalda recta de acomodadora que ha visto entrar y salir a medio León de este cine.
En la barra hay dos cafés servidos. Dos. Humeando.
— ¿Esperas a alguien, Visi?
— No — dice, sin volverse—. ¿Y tú?
No contesto. Cojo uno de los cafés porque no sé qué otra cosa hacer con las manos. Ella sigue frotando la máquina que ya está limpia.
— Tino ponía dos cafés cuando algo iba a pasar — dice al rato, como quien comenta el tiempo—.
Decía que el cine y el querer son igual, niño: hay que quedarse hasta que salen los títulos.
Que si te vas antes, te pierdes lo bueno.
— Se vuelve por fin y me mira por encima de las gafas, y en esa mirada suya de oráculo de barrio está todo, lo de la cabina, lo de la última fila, lo del pelo suelto—.
Bébete el café, Darío. Y no seas tú también de los que se van antes de tiempo.
No le pregunto qué sabe. Con Visi no se pregunta. Con Visi uno se bebe el café.
———
Esa noche cierro el cine yo, como siempre.
Es mi rito, el que no le he cedido a nadie en diecinueve años.
Apago la marquesina, echo el cierre metálico, recojo los vasos que la gente deja en los reposabrazos, barro el pasillo central donde siempre acaban las mismas palomitas.
Le doy las buenas noches a Marlon y a Rita, que no contestan, y a Fellini, que contesta con la cola.
Es lo que sé hacer: quedarme el último, apagarlo todo, comprobar que no queda ningún foco encendido que pueda prender un incendio de madrugada.
Pero hoy hay un foco encendido que no sé apagar, y no está en la sala.
Está aquí dentro, detrás del esternón, donde ella me ha agarrado la camisa hace unas horas.
Me llevo la mano a la mancha de grasa que me ha dejado, esa marca en la tela donde me ha cogido, y me quedo un rato tonto en mitad del patio de butacas vacío, con el trapo en la otra mano, como un proyeccionista al que se le ha estropeado el mecanismo interno y no encuentra la pieza.
Subo a la cabina. La beso me la sigo notando en la boca, y me da rabia, y me da miedo, y por debajo de la rabia y el miedo hay una tercera cosa que no me atrevo a nombrar porque nombrar es lo que hacía Tino y a Tino no lo puedo tirar.
Cuando Rita y Marlon están fríos y Fellini se ha ido a dormir a la falda de nadie, saco el calendario.
Es un calendario de pared, de los que regala la ferretería, con una foto de un pantano.
Lo tengo colgado detrás de la puerta de la cabina, donde no lo ve nadie.
Y desde noviembre, sin darme cuenta de cuándo empecé, he ido poniendo una crucecita pequeña en las casillas.
Cuento hacia atrás. Desde el treinta de septiembre, el día que se cumple el año y ella coge el tren, hacia hoy.
Doscientos ochenta y siete días.
Cojo el rotulador. Tacho el número que había apuntado ayer, tacho la cuenta entera, con rabia, con una raya gruesa que rompe el papel, porque no pienso ser el idiota que cuenta los días que le quedan a una mujer que ya tiene el billete comprado, no pienso volver a ser el crío de dieciséis años esperando en la puerta del cine a que baje alguien que ya se ha ido.
Tacho.
Y luego, con el rotulador todavía en la mano, en la casilla de mañana, pongo otra crucecita.
Doscientos ochenta y seis.