Sesión doble Capítulo 11
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Capítulo 11

La idea se me ocurre a las cuatro de la mañana, que es la hora a la que se me ocurren todas las cosas que luego no puedo desmontar.

Llevo tres semanas metiéndome en el Capri como quien mide un plató antes de rodar: por dónde entra la gente, por dónde no entra, dónde se atasca.

Y el patio de butacas siempre medio vacío me pone de los nervios.

En un rodaje, una sala así sería un plano que hay que repetir hasta que salga bien.

Aquí es martes por la tarde y hay nueve personas contando a Visi, contando al gato y contando a un señor que se ha quedado dormido en la fila C con la boca abierta.

Así que a las cuatro y diez estoy despierta en el lado de la cama que me toca —el de la pared, el de la salida bloqueada, cosa que me saca de quicio— dándole vueltas a un cine que se muere y que, por alguna razón que no me apetece examinar, no quiero que se muera.

Bajo con la libreta y el café que me he hecho yo, porque hoy me he levantado antes que Darío y no pienso reconocer, ni bajo tortura, que echo de menos que me lo haga él. Lo hace sin que se lo pida. Dos de azúcar. Y cada mañana me tomo ese café como quien se toma una advertencia.

A las nueve, Visi ya está en la taquilla con su crucigrama.

— Una sesión de especialistas — le suelto.

Levanta la vista.

— ¿De qué?

— De dobles. De los que ponen el cuerpo.

Una noche entera de pelis donde alguien se juega el cuello por otro.

Keaton, el que se dejaba caer una fachada encima y pasaba justo por el hueco de la ventana.

Los siete magníficos aquellos. Persecuciones de las de antes, de las que se hacían de verdad, sin ordenador, con gente rompiéndose de verdad.

Visi deja el bolígrafo. Me mira como me mira ella, con esos ojos que revelan una foto y esperan a ver qué sale en el papel.

— A Tino eso le habría gustado — dice al final, y vuelve al crucigrama—. Diez horizontal, "actriz de Casablanca", ocho letras. Bergman. — Lo escribe—. Cuéntaselo a él.

Él es Darío, que está arriba en la cabina con Marlon abierto en canal y una lata de grasa. Cuando subo, tiene las manos negras hasta la muñeca y una pieza entre los dientes que escupe para poder hablar.

— ¿Una noche de qué?

— De especialistas. — Me apoyo en el marco de la puerta, porque en la cabina no cabe medio cuerpo de más—.

Programamos cine de acción del bueno. Del que se hacía con gente cayéndose de verdad.

Lo vendemos como homenaje a los que nunca salen en el cartel.

Entradas más baratas para el que venga disfrazado, y a Nel lo ponemos a hacer ruido en esas redes suyas.

Darío se sube las gafas con el dorso de la muñeca, para no mancharse, y me deja una raya de grasa en la ceja. No se lo digo. Me gusta demasiado cómo le queda.

— El proyector no da para tanta sesión seguida — dice, pero lo dice despacio, y yo ya sé leerle esa lentitud: es la que pone cuando algo le gusta y le fastidia que le guste.

— El proyector lo llevas tú. Yo llevo la caída.

Se queda callado. Mira a Marlon, abierto y desarmado en la mesa como un paciente, y luego me mira a mí, y hay algo nuevo en cómo lo hace, algo que se le ha escapado por debajo del hartazgo de proyeccionista al que le ha caído una inquilina en herencia.

Es la primera vez que me mira como se mira una idea que podría salir bien.

Aparto la vista antes de que se me note en la cara.

— Vale — dice—. Pero la eliges tú y la proyecto yo. Y no me toques a Rita, que Rita está delicada del rodillo.

— No le toco a Rita ni un tornillo.

— Le. — Sonríe medio milímetro, esa sonrisa suya que tarda pero se queda—. Rita es señora.

———

Montar una sesión es lo único que sé hacer sin colchoneta.

Me paso cuatro días con las bobinas del almacén, que huelen a lo que huele el tiempo cuando lo guardas mal, y con Nel de becario, que llora con el tráiler que él mismo edita.

— Es que es muy emotivo — se justifica, sorbiéndose los mocos—. Mira, mira, este trozo, cuando el especialista salta del tren en... espera, ¿esto era El maquinista de la general o el otro?

— Es Keaton, Nel. Los dos son Keaton.

— Por eso me sonaban los dos.

Diseño la noche como diseñaría una secuencia de acción: apertura corta para calentar al público, un bloque de músculo en el medio, y el remate.

El remate es la peli favorita de Tino, la que Visi me ha contado que ponía él solo, los lunes de cierre, con la sala apagada y una copa de orujo.

Un wéstern viejo de los que ya no se hacen, donde el especialista se cae del caballo y rueda por el polvo y luego se levanta, entero, y el héroe, que ha estado sentado tan campante en su silla de montar de mentira, recibe el aplauso.

Me río sola cuando lo pienso. Toda mi carrera en un fotograma. Yo me caigo, y aplauden a la cara de otra.

La tarde antes de la sesión, Darío baja al almacén conmigo a validar las copias.

Es un cuarto sin ventanas, frío, con estanterías metálicas y latas redondas apiladas hasta el techo, cada una con su etiqueta escrita a mano por gente que ya no vive.

Él se mueve ahí dentro como yo me muevo en un set: sin mirar, sabiendo dónde está cada cosa con el cuerpo.

— Esta — digo, sacando la lata del wéstern—. Esta va la última.

Se queda quieto. Coge la lata como se coge algo que pesa más de lo que pesa.

— Esta no.

— ¿Por qué no? Es la mejor para cerrar. Se cae el especialista, aplauden al héroe, se hace de noche en el desierto. Perfecta.

— Es la de Tino. — Pasa el pulgar por la etiqueta, por una tinta descolorida que pone algo que no llego a leer—. La ponía él. Los lunes, con el cine cerrado. Se sentaba ahí abajo con el orujo y la veía entera, él solo, cada semana, treinta años.

No sé qué decir. En mi oficio, cuando no sabes qué hacer, te quitas de en medio. Aquí no hay de en medio del que quitarse.

— Entonces cerramos con ella — digo al final—. Que la vea gente por fin.

Darío levanta la vista de la lata y me mira, y otra vez esa mirada rara, la que no sé archivar. Me devuelve la lata como quien te confía una llave.

— La proyecto yo — dice.

— Ya lo sé. No le toco a Rita.

— Marlon. Va con Marlon. — Y sale del almacén antes de que le vea la cara del todo.

———

Ponemos las letras nuevas en la marquesina.

Nel escribe NOCHE DE ESPECIALISTAS con esa caligrafía de cartelista frustrado que tiene, y a la mañana siguiente unos críos del barrio le han robado la S y la P y el Capri amanece anunciando una NOCHE DE ECIALISTA que suena a enfermedad rara de las que salen en el telediario.

Bene, desde la puerta de su taberna, se está partiendo.

— ¡Robledo! — me grita cruzando la calle en zapatillas—. ¡Que tienes ecialista en la marquesina!

— Ya la arreglo, Bene.

— No la arregles, mujer, que así viene más gente por curiosidad. La porra sigue abierta, por cierto — añade, guiñándome un ojo—. Hay quien dice que no llegáis a Reyes.

— Pues que pierdan.

— Eso digo yo.

Subo yo misma a la escalera a colocar las letras, porque encaramarme a sitios altos es de lo poco que el hombro me deja hacer sin quejarse, y desde arriba veo el barrio entero como se ve un decorado desde la grúa: la taberna, la cervecería de Gadea dos portales más allá con la persiana a medio subir, la torre de la catedral asomando por encima de los tejados, vigilante, y el Capri debajo de mí, viejo y cabezón, aguantando otro invierno.

No pienso en septiembre. Me lo prohíbo. Coloco la P, bajo, y me como la advertencia.

———

La noche de la sesión, el Capri se llena.

No medio lleno. Lleno. Ciento y pico butacas ocupadas, gente disfrazada de vaquero, una señora del segundo con un látigo de mentira, críos con capa, un grupo de estudiantes de cine que ha traído Nel, Gadea repartiendo su cerveza en la entrada con permiso del ayuntamiento y sonrisa de dueña.

Visi corta entradas con una dignidad de reina que vuelve al trono por una noche.

Merche ha bajado del piso —se quedaba tres días y lleva ya semana y media— y va contándole a todo el que se deja que esto lo ha montado su hija.

— Mi hija, la del cine — le dice a la vecina del segundo, y a mí me da un vuelco raro oír eso, porque en Madrid soy la hija que salta, la que pone el cuerpo, y aquí soy la del cine, y no sé cuál de las dos me queda mejor puesta.

Desde el fondo miro cómo se apaga la sala. Ese momento en que la luz cae de golpe y el murmullo se traga a sí mismo y de la cabina sale el haz blanco y cruza el aire entero por encima de las cabezas hasta reventar en la pantalla. Lo veo cada noche desde hace tres meses y todavía no me acostumbro.

Y en ese haz está él.

Me giro y miro hacia arriba, al ventanuco de la cabina, y ahí está Darío, recortado por la luz de Marlon, ajustando algo con esa calma suya de cirujano de lo antiguo.

No me ve. Está mirando la pantalla, y en ella busca algo más que un vaquero cayéndose de un caballo.

Está mirando que funciona. Que su idea y la mía, juntas, funcionan.

La gente aplaude cuando el especialista rueda por el polvo.

Aplaude al que se cae, no al que recibe.

Nadie se lo ha explicado y aun así lo entienden.

Y a mí se me pone algo en la garganta que no pienso nombrar, no aquí, no con Merche a dos butacas contándole a alguien que su Jara de pequeña ya se tiraba por el terraplén del pueblo.

En la fila de delante, un crío de los sábados —el pequeñajo de la peluquería, el que dentro de unos meses me perseguirá para que le enseñe a caerse— se gira hacia su madre y pregunta, en ese susurro de niño que se oye en tres filas a la redonda, por qué aplauden al hombre que se cae y no al vaquero.

La madre le manda callar. El crío insiste: pero por qué, mamá, si el vaquero no ha hecho nada. Y no le sabe contestar.

Yo sí. Yo llevo veinte años sabiendo la respuesta.

Y me muerdo el carrillo por dentro, en la oscuridad, calculando cuánto aguanto sin que se me note en la cara, porque ese crío acaba de hacer en voz alta la única pregunta que me he hecho toda la vida y nunca me he atrevido a decir en alto: por qué al que pone el cuerpo no lo aplaude nadie.

Darío baja al final, cuando ruedan los títulos de crédito, y se queda de pie al lado de la cortina, con los brazos cruzados, mirando a la sala que aplaude.

Y me busca. Me busca entre toda la gente hasta que me encuentra, y me sostiene la mirada un segundo de más, y ninguno de los dos hace nada con ese segundo, pero los dos sabemos que ha durado más de lo que dura un segundo de mentira.

———

La sala se vacía a la una. Ayudo a Visi a recoger vasos, mando a Nel a casa antes de que se ofrezca a dormir en la butaca de Tino, subo a Merche al piso y le prometo que sí, que mañana desayunamos juntas, que sí, mamá, que no me largo corriendo a ningún lado esta vez.

Y luego, en vez de acostarme, bajo otra vez. No sé por qué. Bueno, sí lo sé: no sé estar quieta, nunca lo he sabido, mi cuerpo no tiene botón de pausa.

La sala está a oscuras y en silencio. Pero no del todo. Hay un rumor. El zumbido bajo, tibio, de un proyector encendido.

Me quedo en la puerta del patio de butacas, en la sombra, y miro.

En la pantalla está pasando el wéstern. Otra vez.

El de Tino. Y en la sala vacía, en una butaca de la fila de en medio —no en la F, en la F no se sienta nunca, ya me he dado cuenta—, está Darío.

Solo. Con la nuca apoyada en el respaldo y la cara vuelta hacia arriba, hacia la luz que baja de la cabina.

Lo ha vuelto a poner. Para nadie. Para él.

Y está llorando.

No hace ruido. No se sacude ni se limpia la cara ni disimula, porque cree que no lo ve nadie.

Deja que le caiga, con las gafas puestas y los ojos abiertos en el haz, mientras el especialista se estampa contra el polvo y se levanta y no le aplaude nadie, porque no hay nadie.

Solo yo, que no cuento, porque él no sabe que estoy aquí.

Y yo, que sé caerme desde un tercer piso sin partirme un hueso, que he rodado por escaleras de piedra y me he tirado de coches en marcha y nunca, ni una sola vez, me ha temblado el pulso antes de un salto, me agarro al respaldo de la última butaca porque de repente me fallan las piernas.

Podría irme. Sería lo fácil. Es lo que hago siempre: recojo la maleta antes de que la escena se ponga fea. Antes de que se ponga de verdad.

No me voy.

Me siento en la última fila, en la oscuridad, sin hacer ruido, y me quedo.

Le hago compañía sin que lo sepa, que es la única forma que conozco de estar cerca de alguien sin jugarme nada.

Miro su nuca a lo lejos, y la luz temblona, y al vaquero que cabalga hacia el desierto con el especialista dentro, invisible, sosteniéndolo todo.

Faltan cinco minutos para los títulos. Y por primera vez en mi vida, sentada a oscuras detrás de un hombre que llora por un muerto y por un cine, no calculo por dónde salgo.