Sesión doble Capítulo 10
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Capítulo 10

Mi madre se vuelve a Madrid el martes, después de una semana instalada en el piso familiar de la calle de siempre, dejándome la nevera de casa llena de tuppers etiquetados con su letra y una frase de despedida en el andén de la estación de autobuses:

— Ese hombre te mira cuando no lo miras, hija.

— Me coloca bien el cuello del abrigo, que no estaba mal puesto.

— Y tú lo miras cuando él no te mira a ti.

Sois dos tontos con suerte, que hay quien no encuentra a quien mirar en toda la vida.

— Me da un beso. — Cuídate el hombro. Y come de los tuppers, no de máquina.

Y se sube al ALSA antes de que me dé tiempo a contestarle, que es su técnica de combate de toda la vida: soltar la bomba, dar media vuelta y subirse al autobús mientras la bomba estalla.

Me quedo sola en León con un cine, un proyeccionista, un gato que me ha adoptado y un año entero por delante. Y con un problema que no había metido en el plan de rodaje: no tengo absolutamente nada que hacer.

Una especialista de baja es una desgracia con patas y con el hombro en cabestrillo psicológico.

No puedo saltar, no puedo correr, no puedo caerme, no puedo hacer lo único que sé hacer bien en esta vida.

El hombro me tira si cojo peso, la fisio de León me tiene con gomas elásticas de colores y ejercicios de abuela que consisten en levantar el brazo veinte veces mientras cuento en alto, y me paso las mañanas dando vueltas por el piso como un tigre enjaulado en dos por dos, midiendo la jaula, contando los pasos de pared a pared. Once. Once pasos.

Hasta que una mañana bajo al cine a que me dé algo distinto que las paredes del piso, y mi cabeza de rodaje, que llevaba tres meses de baja dormida y criando polvo, se despierta de golpe y con hambre.

—

Porque el Capri, con todo el cariño del mundo, que le tengo mucho, es un desastre organizativo de dimensiones históricas.

Lo veo con los ojos con los que veo un set de rodaje al llegar: dónde está el peligro, dónde se pierde el tiempo, qué falla, qué se puede optimizar.

Y aquí falla todo, con arte pero falla. La programación la lleva Darío en su cabeza y en cuatro papeles sueltos con letra apretada.

Las entradas se venden a mano, con un taco de números correlativos que Visi arranca de uno en uno como en 1970.

No hay redes sociales, no hay una triste cuenta, no hay cartelera en internet, no hay nada, absolutamente nada, que le diga a un chaval de veinte años de León que este cine existe, que está aquí, a cuatro calles de la marcha del Húmedo.

La sala se llena los sábados por la mañana de críos que no pagan y se vacía el resto de la semana de adultos que pagarían encantados si supieran que pueden.

— Esto es una mina sin explotar — le digo a Darío una mañana, con una libreta en la mano y esa energía mía que Duna llama "modo coordinadora" y que a mí me sale sola cuando huelo un plan.

— Mira, escúchame. Sesiones temáticas. Ciclos con gancho.

Un fin de semana de cine de acción de los ochenta, que yo conozco a coordinadores de especialistas que vendrían a presentarlo gratis, por amor al oficio, y traen anécdotas.

Una noche de terror para Halloween con la sala a oscuras del todo.

Una sesión golfa los viernes para la gente que sale por el Húmedo.

Podemos llenar esto, Darío. Está pidiendo a gritos que lo llenen.

Darío levanta la vista de Marlon, que está destripado sobre la mesa como casi siempre, y me mira con una calma que empieza, poquito a poco, a sacarme de mis casillas.

— Esto es un cine de barrio — dice. — No una discoteca ni un festival.

— Es un cine de barrio vacío. Que es mucho peor que una discoteca. Una discoteca al menos se llena.

— Lleva sesenta años siendo lo que es. Y ahí sigue.

— Y lleva sesenta años perdiendo público, poquito a poco, butaca a butaca.

— Me cruzo de brazos, con cuidado del hombro.

— ¿Sabes cuál es la diferencia entre conservar y embalsamar, Darío?

Que lo que conservas está vivo, y lo que embalsamas está muerto pero parece que respira.

Y desde fuera cuesta distinguirlos hasta que lo tocas.

Se limpia una mano en el trapo que lleva colgado del bolsillo. No contesta enseguida, que él nunca contesta enseguida. Coge una pieza de Marlon, la mira al trasluz, la vuelve a dejar en su sitio exacto.

— Tino lo quería así. Tal cual está.

— Tino está en cinco bobinas mangoneándonos la vida desde el más allá y montándonos el suspense.

No creo que le importara un ciclo de terror en Halloween, con la de pelis de miedo que le encantaban.

— Suavizo la voz, que me ha salido más dura de lo que quería, más de bronca que de propuesta.

— No quiero cambiarlo, Darío. Que no me estás entendiendo.

No quiero convertir esto en otra cosa. Quiero que no se muera. Que es distinto. Muy distinto.

—

Chocamos por eso una y otra vez esos días de octubre.

Él conserva, yo reinvento. Él quiere que todo siga exactamente donde Tino lo dejó, hasta el cartel de "AGOTADAS" amarilleado de la taquilla que no ha servido para nada en treinta años y que es puro adorno arqueológico.

Yo quiero moverlo todo, probar cosas, arriesgar una sesión, equivocarme si hace falta y volver a probar.

Y lo raro, lo que no me esperaba, es que discutiendo funcionamos. Bien, además.

Porque yo propongo una locura y él la aterriza sin cargársela.

Yo digo "sesión de medianoche, la gente flipa" y él dice "el permiso de ruido a esas horas nos lo tumba el ayuntamiento, pero se puede hacer un pase especial a las diez con la copia buena de la de vampiros que tenemos en el almacén, que está impecable, y llamarlo sesión de medianoche igual, que nadie mira el reloj".

Yo empujo, él sostiene para que no se caiga.

Yo tiro del carro cuesta arriba con toda mi mala leche y él pone la cuña detrás para que no ruede hacia atrás y me aplaste.

En un rodaje, a esa combinación la llamamos un buen equipo, de los que repiten contigo peli tras peli.

Aquí no sé todavía cómo lo llamamos, pero se le parece muchísimo, y me incomoda cuánto se le parece.

San Froilán se va apagando en la ciudad esos días: recogen los puestos de cerámica de la plaza, queda flotando por el casco viejo el olor a pulpo cocido y a azucarillo de los churros, y una mañana amanece la primera helada de verdad, la que pinta los coches de blanco, y León entero se pone su cara de invierno, esa cara de piedra y niebla que le va tan bien.

Gadea me saca a tomar el vermú al Húmedo, con su tapa gratis por cada caña, que aquí la tapa es sagrada y viene sola, y me pregunta por Darío entre morcilla y morcilla, y yo le digo que bien, que es un buen compañero, que trabajamos bien juntos, que hacemos equipo.

Y Gadea me mira por encima del botellín, mastica despacio, y no dice nada.

Que ya es la segunda que me mira así y se calla.

En este barrio todo el mundo se calla exactamente lo mismo, y yo empiezo a sospechar qué es.

—

El miércoles nos pasamos la tarde entera limpiando la sala a fondo, que llevaba sin una limpieza seria desde vete tú a saber.

Yo aspiro las butacas fila por fila; Darío repasa la pantalla con un producto que huele a hospital y una escalera de tijera.

Nel anda por medio, en teoría ayudando, en la práctica ensayando planos con su móvil para el corto que quiere rodar este año, que cambia de argumento cada semana.

— Hoy va de un proyeccionista que se enamora de un fantasma — nos informa, tumbado en el pasillo para coger un ángulo. — Contrapicado. Muy Kubrick.

— Muy quítate de en medio — le digo, aspirando hacia él.

Desde lo alto de la escalera, Darío frota la esquina de la pantalla y suelta, sin girarse:

— La pantalla es de perlé. La tela. Se llama así. — Da otra pasada. — Refleja mejor la luz que las modernas de plástico. Tino la mandó traer de Madrid en el sesenta y ocho, en tren, enrollada en un tubo. Vino de pie en el vagón, cuidándola como a una novia.

Y yo, subida a la butaca de la fila cinco para llegar a un rincón, me quedo mirándolo un segundo de más, ahí arriba en la escalera, hablándole a la pantalla con la misma voz con la que le habla a las máquinas, y pienso que este hombre no conserva el cine por vago ni por miedo, como yo creía.

Lo conserva porque sabe la historia de cada cosa.

Sabe de qué tren bajó cada tornillo. Y una no tira lo que sabe de dónde viene.

— ¿Y las butacas? — pregunto, por preguntar, por seguir oyéndolo.

— Terciopelo. Las tapizó el padre de Bene, que era tapicero antes que tabernero. — Baja un peldaño. — La F doce la retapizó él solo, aparte, porque era la de Tino. Le puso el relleno un dedo más mullido. Nunca se lo dijo. Tino lo notó igual.

Nel, desde el suelo, ha dejado de grabar y escucha con la boca abierta, y yo tengo que fingir que me pica un ojo para que no se me note nada, que se me nota todo, que en este cine todo se proyecta en pantalla grande.

Después, en la taquilla, ayudo a Visi a contar la recaudación de la semana, que cabe en una caja de galletas y sobra sitio. Cuento las monedas dos veces. No sale mucho. No sale casi nada.

— Antes esto se llenaba — dice Visi, sin pena, con la naturalidad de quien ha visto pasar sesenta años por ese cristal redondo.

— Los estrenos de los sábados por la noche había cola hasta la esquina de Bene.

Ahora la gente ve las películas en el teléfono, tumbada, comiendo.

— Cierra la caja de galletas. — Pero el cine no es la película, niña.

La película la ves donde sea. El cine es lo otro: la oscuridad compartida, la butaca que cruje, el de al lado que se ríe cuando tú te ríes. Eso no cabe en un teléfono.

— ¿Y cómo se paga eso, Visi? — pregunto, y le doy vueltas a una moneda de dos euros entre los dedos. — La oscuridad compartida no paga la luz.

Visi me mira por encima de las gafas, un segundo largo, y no me contesta. Coge la caja de galletas, la guarda debajo del mostrador, y dice solo:

— Pregúntale a Darío quién paga la luz. — Y se va al ambigú a por sus dos cafés.

No entiendo la frase hasta dos días después. Y cuando la entiendo, me siento muy tonta por no haberla entendido antes.

—

El jueves me pongo a ordenar el despacho de Tino, que es un cuchitril de dos por dos detrás de la taquilla, lleno hasta las cejas de papeles de sesenta años de cine.

Facturas, programas de mano viejos, cartas de distribuidoras que ya no existen ni en el recuerdo, entradas de estrenos de los años setenta guardadas con una goma.

Un caos precioso y polvoriento. Y yo, con mi cabeza de organizar que necesita organizar algo o revienta, empiezo a hacer montones en el suelo: esto se tira, esto se guarda, esto es historia del cine de León y hay que enmarcarlo y colgarlo en el hall.

Y en el fondo del último cajón, debajo de una caja de puros vacía que huele a tabaco de hace décadas, encuentro una carpeta azul con las cuentas del cine.

La abro por curiosidad, por completar el montón. Y se me borra la sonrisa de la cara de golpe.

Porque el Capri no gana dinero. El Capri lleva años perdiéndolo a espuertas.

Hay recibos de la luz atrasados con avisos de corte que alguien pagó tarde, con recargo.

Hay un préstamo del banco de hace seis años para arreglar el tejado que amenazaba con caerse sobre las butacas.

Hay una lista de números en rojo, columna tras columna, que da vértigo del de verdad, del que no lleva arnés.

Este cine no se mantiene solo, ni de lejos.

Este cine se está hundiendo despacio, desde hace años, como un barco con una vía de agua, y alguien lo ha estado achicando a cubos, en silencio, para que no se note desde la cubierta.

Y entonces, debajo de todo, encuentro los extractos de la cuenta.

Todos los meses, desde hace años, sin fallar uno, entra una transferencia en la cuenta del cine para tapar el agujero justo antes de que se hunda del todo.

Siempre por la misma cantidad, más o menos.

Siempre a final de mes, el día 30 o el 31, cuando entra la nómina.

Y el ordenante, mes tras mes, año tras año, es siempre el mismo nombre escrito con la misma tipografía fría del banco.

Darío Colinas.

Su sueldo. Casi todo su sueldo de proyeccionista, mes tras mes, metido en el agujero de un cine que ni siquiera era suyo, que era de Tino, para que Tino no se enterara nunca de que la cosa se hundía y no se llevara ese disgusto.

Para que la sesión de los sábados siguiera siendo gratis para los críos.

Para que Visi cobrara su sueldo puntual.

Para que el barrio siguiera teniendo su cine encendido.

En silencio absoluto. Sin decírselo a nadie, ni a Visi, ni a Tino, ni desde luego a mí.

Sin pedirle nunca nada a cambio a nadie, ni las gracias.

Me quedo sentada en el suelo del cuchitril, con la carpeta azul abierta sobre las rodillas y el polvo bailando en el único rayo de luz que entra por el ventanuco.

Y arriba, a través del techo, oigo el zumbido de una de las máquinas arrancando y los pasos de Darío por la cabina, tranquilos, ordenados, medidos, los pasos de un hombre que lleva años pagando por dentro, con su propio dinero y sin una queja, para que nadie note desde fuera que algo se está cayendo.

Y me doy cuenta, ahí sentada entre sesenta años de papeles, de que no sé nada de este hombre. Nada de lo importante. Creía que lo tenía calado —el callado, el ordenado, el de las gafas— y no sé nada.

Y de que, de repente, contra todo mi criterio profesional y mi instinto de supervivencia, quiero saberlo todo.

Y eso, por descontado, no estaba en el contrato que firmamos en la mesa de la cocina con una libreta de unicornios.