Capítulo 9
Nel, con toda su buena fe de golden retriever cinéfilo, sube el sábado a la marquesina y coloca, letra a letra, subido a la escalera de Tino y con la lengua fuera de la concentración, un mensaje que a él le parece precioso:
RECIÉN CASADOS - VIVA EL AMOR
Y el domingo por la mañana, cuando bajo a por el pan medio dormida, la marquesina dice otra cosa.
Los críos del barrio han vuelto a las andadas de madrugada.
Han robado unas letras, han movido otras de sitio con paciencia de artistas, y donde ponía "RECIÉN CASADOS - VIVA EL AMOR" ahora pone algo que no pienso transcribir aquí porque mi madre podría leer este libro algún día, pero que combina de forma muy creativa y muy anatómica la palabra "casados" con una parte del cuerpo humano y una sugerencia poco recomendable para un cine familiar de sesión matinal.
Me quedo en la acera, con la barra de pan calentita bajo el brazo, mirando la marquesina.
Y me entra una risa floja, de esas de primera hora de la mañana que no se pueden parar, porque en dieciséis años en Madrid, con mis pisos y mis rodajes y mi vida de adulta funcional, nadie me ha hecho reír a las nueve de la mañana de un domingo con una obscenidad escrita en letras de cine.
Bene sale de la taberna con el mandil ya puesto, se pone las gafas de leer, deletrea la marquesina moviendo los labios, y aplaude a la calle vacía.
— ¡Esos son mis chavales! — le grita al aire de la mañana. — ¡Tino estaría orgullosísimo! ¡Menuda cantera!
Darío baja detrás de mí, en camiseta, con el pelo aplastado del sueño. Ve la marquesina. Entorna los ojos para leerla mejor. Y suspira con la paciencia infinita del que ya ha librado esta guerra mil veces y sabe que la va a perder mil más.
— Voy a por la escalera — dice. — Tú vigila que no vuelvan los artistas a firmar la obra.
Sube a la marquesina con la escalera de Tino y empieza a recolocar las letras robadas, encaramado, con el barrio pasando por debajo y saludando. Yo le sujeto la escalera desde abajo, que para eso sirvo, y le voy pasando las letras que faltan.
— La ele — pide, con la mano abierta hacia abajo.
— Toma la ele.
— ¿Sabes que subir a esto es de lo poco que se me da bien de tu oficio? — digo, mirándolo trepar. — Yo subiría en dos segundos.
— Ya. Y te caerías en uno, para presumir. — Coloca la ele en su sitio. — Aquí arriba no se presume. Se coloca la letra y se baja despacio. La marquesina es lo primero que ve el barrio. Si está torcida, el cine parece enfermo.
Y ahí, sujetándole la escalera a un hombre que trata una marquesina como quien le toma el pulso a un enfermo, con la niebla de la mañana levantándose sobre los tejados y la torre de la Catedral asomando al fondo, se me ocurre por primera vez, y me asusta, que a lo mejor no tengo tanta prisa por que llegue septiembre.
Aparto el pensamiento como quien aparta una letra que sobra. Pero el pensamiento, como los críos, vuelve.
—
Ser recién casados en un barrio como este es un trabajo a jornada completa, sin convenio, sin pausa para el bocadillo y sin derecho a huelga.
Toda la semana entra gente al cine a felicitarnos, en un goteo que no cesa.
Vecinas que traen tuppers de croquetas "para que no cocinéis los primeros días, que estaréis en las nubes".
Un señor que fue amigo de Tino desde el servicio militar y que nos cuenta, con la voz temblona y los ojos húmedos, una anécdota de 1975 en la que aparecen Tino, una moto y una chica de Astorga.
La del estanco, que nos regala un décimo de lotería de Navidad "para que empecéis con suerte, que la suerte hay que tentarla".
Y a todos, a cada uno, hay que sonreírles, cogernos de la mano delante de ellos, poner cara de dos tortolitos en su nube, decir "gracias, qué detalle, muy amables", y aguantar el tipo mientras por dentro yo pienso en el hombro, en la rehabilitación del lunes con las gomas elásticas, y Darío piensa en lo que sea que piense este hombre, que nunca se sabe del todo porque tiene la cara de un cine con la fachada intacta y dentro vete tú a saber qué proyectan.
La peor es la vecina del tercero de al lado, que sube el lunes con un flan de huevo y ganas de radiografiarnos.
— ¿Y os conocisteis de jóvenes, entonces? — pregunta, sentada en nuestro sofá agonizante, con el flan en el regazo, sin ninguna intención de irse hasta sacar material.
— Sí — digo yo. — De adolescentes. Aquel verano.
— Aquel verano — repite Darío a la vez, y nos volvemos a pisar, y la vecina abre los ojos encantada, porque para ella eso es la prueba del amor y para nosotros es que llevamos una vida entera contestando lo mismo al mismo tiempo.
— ¡Ay, qué bonito, os salió a coro! — Se lleva la mano al pecho. — ¿Y quién dio el primer paso?
— Ella — dice Darío.
— Él — digo yo.
Silencio. La vecina nos mira, del uno a la otra. Recompongo la sonrisa a toda prisa.
— Los dos — arreglo. — Fue... mutuo. Muy mutuo.
— Como tiene que ser — suspira ella, comprándolo entero, porque la gente compra lo que quiere creer. Y se come una cucharada de nuestro flan, que ha traído para nosotros pero se está comiendo ella, y se queda cuarenta minutos más.
Cuando se va, Darío cierra la puerta, apoya la frente en la madera un segundo, y dice, sin girarse:
— El primer paso lo diste tú. En el tejado. — Una pausa. — Y luego lo deshiciste, también tú.
Y se mete en la cabina antes de que a mí se me ocurra qué contestar, que no se me ocurre, porque es verdad, y las verdades a mí me dejan sin réplica, que para lo único que soy lenta es para eso.
Es agotador. Actuar sin que nadie grite "corten" es agotadísimo.
En un rodaje, cuando la toma sale bien, el director dice "buena" y descansas, te sientas, te quitas el arnés, respiras.
Aquí no hay toma buena que valga. Aquí es un plano secuencia de un año entero, sin corte de montaje, sin dobles que te cubran, sin colchoneta debajo.
Lo peor, lo verdaderamente peor, es que se nos da bien.
Ya lo dijo él en la fiesta, apoyado en la pared.
Cogernos de la mano se ha vuelto fácil. Demasiado fácil.
Ayer, en la pescadería, esperando la merluza, la mano de Darío buscó la mía antes de que nadie mirara siquiera, sin que hubiera público al que engañar, y cuando me di cuenta ya estábamos cogidos de la mano delante del mostrador, gratis, sin motivo, con la pescadera de espaldas.
Aparté la mano. Él apartó la suya. Ninguno dijo nada. Pagamos la merluza.
—
El jueves por la noche me llaman por videollamada las de "Escenas peligrosas", que llevan toda la semana insoportables y con una teoría cada una.
Aparecen las dos partidas en la pantalla del móvil: Duna en su sofá de Madrid con una mascarilla verde puesta que la deja de monstruo de película, y Gadea en su fábrica del Húmedo, con el mono de trabajo y una llave inglesa todavía en la mano.
— A ver, cuéntanos lo del beso — ataca Gadea sin saludar, que Gadea no saluda, embiste. — Porque yo estaba en la tercera fila del juzgado, Robledo, y aquello no fue un beso de trámite. Aquello fue un beso con banda sonora.
— Fue el beso pactado — digo, tumbada en la cama con el móvil en alto. — Se alargó un poco. Nervios. La jueza. El público. Ya está.
— "Se alargó un poco". — Duna repite mis palabras con su voz de perito forense, sin mover la mascarilla para que no se le agriete. — Tía, un pico se alarga medio segundo. Eso duró lo que un anuncio. Lo cronometré. Cuatro segundos largos. En cuatro segundos yo maquillo una herida de bala.
— No lo cronometraste.
— Lo cronometré. Pregúntale a Gadea.
— Lo cronometró — confirma Gadea, señalándola con la llave inglesa. — Y luego me miró y levantó cuatro dedos.
Me tapo la cara con la mano libre. Estas dos son mi familia elegida y también mi cruz.
— Es un contrato — insisto desde detrás de la mano. — Un año. Con fecha. En septiembre me subo a un tren y a Madrid, a coordinar acción como Dios manda, y esto se queda en una anécdota buenísima para contar en los rodajes.
— Vale. — Gadea deja la llave inglesa sobre un barril, se acerca a la cámara, y baja la voz, que en Gadea es señal de que va a decir algo de verdad.
— Pero una pregunta, y contéstame rápido, sin pensar.
Si es un contrato y en septiembre te vas...
¿por qué duermes en el piso de él y no en casa de tu madre, que la tienes vacía a diez minutos?
Abro la boca. La cierro. No tengo la respuesta rápida. Tengo la respuesta lenta, y la respuesta lenta da miedo.
— Porque la cláusula dice que hay que vivir juntos — suelto al fin, que es verdad y es trampa a la vez.
— Ajá — dicen las dos a la vez, con el mismo tono, y se ríen, y yo les cuelgo, y me quedo mirando el techo del piso, el de la mancha con forma de España, pensando en que a veces la peor toma es la que no lleva guion.
—
Y luego está lo de la cama. Que era cuestión de tiempo.
El sofá del salón, el del muelle asesino, el potro de tortura de cuarenta años que Tino nunca quiso jubilar, dice basta el miércoles por la noche.
Le toca a Darío dormir en él, según el sagrado calendario de la nevera, y a los diez minutos oigo desde el dormitorio un crujido de madera vieja, un ruido de muelle rindiéndose, y un taco leonés bien traído.
Salgo. Darío está de pie mirando el sofá, que ha desarrollado en el centro un cráter por el que se le ve la tripa al mueble, con un muelle asomando como el hueso de una fractura abierta. De las que maquilla Duna.
— Se ha muerto — diagnostica, con la solemnidad de un forense. — Después de cuarenta años de servicio. Descanse en paz.
— Ahí no duerme ni un mártir — digo, mirando el cráter.
— Y en el cuarto de las bobinas solo hay latas y un maniquí que da miedo.
— Suspiro. Miro la cama del dormitorio a través de la puerta.
La cama, que es una, que es grande, y que de repente parece el epicentro de todos mis problemas.
— Es una cama de matrimonio. Somos dos adultos con estudios.
Ponemos una frontera y ya está. Como personas civilizadas.
La frontera la construyo yo, con toda la almohada y todos los cojines disponibles del piso: una hilera de plumón por el centro exacto del colchón, un muro de contención digno de una gran superproducción con presupuesto de estudio americano.
Territorio Jara a la izquierda. Territorio Darío a la derecha.
Zona desmilitarizada de cojines en medio, patrullada por nadie.
— Como en la peli esa antigua — murmura él, metiéndose en su lado con un cuidado exagerado de no rozar la frontera. — La del periodista y la niña rica. La de la manta colgada en la cama del motel para no verse.
— Esa acababa en boda.
— Esta empezó en boda. Vamos justo al revés. Somos una peli montada del final al principio.
Nos quedamos los dos boca arriba, en la oscuridad, cada uno atrincherado en su lado, mirando un techo que tiene una mancha de humedad con una forma que, si la miras con ganas, es más o menos la península ibérica, con Portugal y todo.
El colchón es viejo y se hunde un poco hacia el centro, hacia la frontera, hacia el enemigo, y hay que hacer fuerza con el pie en el borde para no rodar cuesta abajo hacia la zona neutral.
La casa hace ruiditos. La calle, abajo, está en silencio salvo por algún grupo tardío de San Froilán volviendo a casa cantando mal. Huele al piso, a ese olor a celuloide y a café que sube de la cabina y que ya empieza a parecerme, peligrosamente, olor a casa.
—
Y en la oscuridad, cuando ya llevamos un rato largo callados y creo que se ha dormido, la voz de Darío llega baja, sin cuerpo, solo voz flotando por encima de la frontera de cojines.
— ¿Sabes por qué el proyector se llama Rita?
— No.
— Por Rita Hayworth. — Una pausa. Lo noto sonreír sin verlo, por cómo le sale la voz, más blanda.
— Tino compró esa máquina el mismo año que echó "Gilda" en la sala, cuando la reestrenaron.
Y decía que el proyector tenía el mismo genio que ella: que se hacía de rogar, que si no la tratabas con respeto se te plantaba justo a la mitad de la bobina buena, en la mejor escena, pero que cuando le daba la real gana de funcionar, cuando se decidía, no había nada más bonito en todo el cine.
— Otra pausa, más corta. — Y a Marlon lo llamó Marlon por Brando, claro está.
Porque murmura, no se le entiende cuando arranca, y solo se pone en marcha cuando le sale a él de las narices, no cuando lo necesitas.
Me río. Se me escapa la risa entera, en la oscuridad, con la guardia baja del todo, sin nadie a quien fingirle nada, sin barrio, sin Chus, sin público al que convencer.
Una risa de verdad, de las que salen del estómago, y por eso mismo peligrosa, porque las risas sin público son las de verdad, las que no llevan colchoneta debajo por si te caes.
— Estáis los dos como cabras. Tú y tu tío. Ponerle nombre de actriz a un proyector.
— Puede ser. — Silencio. El colchón nos empuja otra vez un poco hacia el centro a los dos, hacia la frontera, y hago fuerza con el pie. — Buenas noches, Jara.
Y luego, más bajo todavía, cuando ya casi no lo espero, cuando creía cerrada la conversación, con esa media sonrisa que le oigo aunque no se la vea en lo oscuro:
— Buenas noches, especialista.
Y yo me quedo despierta un rato largo, en mi trinchera de cojines, escuchando la respiración pausada de un hombre al otro lado de una frontera de plumón que, de repente, en mitad de la noche leonesa, me parece muy poca cosa, ridículamente poca cosa, para todo lo que se supone que tiene que contener.