Capítulo 8
Me caso un viernes de octubre, con León de fiesta por San Froilán, las calles del casco viejo llenas de puestos de cerámica y de gente comiendo pulpo de pie con un vaso de tinto, y yo con un vestido color hueso que me ha elegido mi madre y unos zapatos que Duna llama "de matar en corto" porque, según ella, con esos tacones podría desnucar a un especialista rival si hiciera falta.
Duna ha venido de Madrid en el tren de ayer. Se plantó en la puerta del piso del cine con su maletín de maquilladora y una frase de saludo:
— Vengo a dejarte de matrimonio de verdad, aunque sea de mentira. Siéntate y calla, que te conozco el poro.
Me maquilla en la cocina del piso mientras Gadea, mi amiga de la infancia leonesa, la cervecera del Húmedo, la que tiene la fábrica pequeña dos portales más allá, nos trae tres botellines de su cerveza artesana a las once de la mañana "para los nervios, que hoy se puede".
Las dos se han conocido hace media hora y ya se quieren con locura, porque tienen en común dos cosas serias: que me quieren a mí y que no se callan una.
— A ver — dice Gadea, sentada del revés en una silla de la cocina, con el botellín colgando de dos dedos. — Explícame otra vez lo de que es de mentira, porque yo te veo una carita esta mañana que no me cuadra con lo de mentira.
— No hay carita.
— Hay carita — confirma Duna, dándome sombra en el párpado con un pincel, sin levantar la vista.
— No te muevas. Hay carita desde que me hablaste por teléfono de las manos con grasa y de la quemadura del brazo.
Yo te maquillo desde hace diez años, Robledo.
Sé distinguir tu cara de "esto es un trámite" de tu cara de "socorro, que me gusta". Y esta es la segunda.
— Es la primera. Es un trámite. Un año y fuera.
— Lo que tú digas. Cierra el ojo.
En el grupo de las tres, que se llama "Escenas peligrosas" desde que teníamos veinte años y hacíamos el bruto por Madrid, llevan toda la semana dándome la turra.
Gadea manda un audio cada mañana de tres minutos.
Duna responde con un gif de una boda que explota por los aires.
Yo escribo que es un papeleo, una cláusula, un año y a Madrid.
Nadie me cree. Ni yo me creo del todo, si me pongo honesta, que procuro no ponerme.
—
El juzgado de León tiene la solemnidad de una oficina de la ITV. Sala pequeña con tarima, una bandera, una jueza con prisa porque detrás de nosotros van dos bodas más en cadena, y sillas de plástico gris atornilladas al suelo.
Y aun así, cuando entro del brazo de mi padre —que ha venido, Aurelio, torpe y emocionado, con un traje que le queda grande de hombros porque adelgazó con el divorcio y nunca volvió a recuperar el sitio, y que me ha dicho en el pasillo "estás guapa, hija" con una voz que hacía años que no le oía—, se me hace un poco bola en la garganta.
Porque hay gente. Gente de verdad, que ha venido de verdad.
Está Visi, con un vestido de los domingos y el broche del rollo de película en la solapa.
Está Nel, que ya está llorando y aún no ha empezado la ceremonia, fiel a su naturaleza.
Está Bene con americana y la cara colorada de la emoción y del vermú.
Está medio barrio repartido por las sillas de plástico.
Y está Darío, de pie delante, con una camisa blanca y una corbata cuyo nudo le ha hecho Visi porque él solo no sabe, mirándome entrar por el pasillo con una cara que yo no le había visto nunca en la vida, ni a los dieciséis ni ahora, una cara que no sé revelar y que me obliga a mirar al suelo para no tropezar con los tacones asesinos.
Los anillos son de bazar. De verdad. Los compramos Darío y yo la semana pasada en una tienda de todo a un euro de la calle Ancha, muertos de risa los dos, porque gastarnos dinero en anillos para una boda de mentira nos parecía tirar el dinero a la basura, y elegimos dos aros dorados que, según la etiqueta, dejan el dedo verde si te descuidas y sudas.
En la caja, la dependienta nos dijo "qué bonito, ¿es para un regalo?
", y contestamos "sí" los dos a la vez, que ya nos está pasando mucho eso de contestar a la vez, de pisarnos las frases, de pensar lo mismo al mismo tiempo.
La jueza lee lo que tiene que leer, rápido pero con oficio. Pregunta lo que tiene que preguntar.
Y llega el momento.
— Darío, ¿quieres por esposa a Jara?
Darío me mira. Tarda ese segundo que tarda siempre, el de calentar el arco. Y dice, con esa voz baja y segura que tiene, sin titubear:
— Sí, quiero.
Y no suena a trámite. Ese es el problema, el problema de todo esto. No suena a papeleo en absoluto. Suena a otra cosa que no habíamos apuntado en la libreta del unicornio.
— Jara, ¿quieres por esposo a Darío?
Trago. Todo el barrio me mira. Mi madre se ha llevado un pañuelo a la boca y hace un ruidito.
Mi padre, a mi lado, me aprieta el brazo un segundo.
Y yo, que he saltado de coches en marcha a sesenta por hora sin que me temblara el pulso, que he ardido con un traje ignífugo delante de una cámara sin pestañear, noto que la voz me va a hacer la jugarreta de siempre, la del "te quiero" que no me sale, y la sujeto como puedo, con las dos manos mentales, y digo:
— Sí. Quiero.
Nos ponemos los anillos de bazar. El mío se atasca en el nudillo a la segunda vuelta y hay que empujarlo con saliva, y media sala se ríe con cariño, y Bene grita "¡ánimo, que eso luego cuesta más quitarlo!
", y hay más risas. Y luego la jueza dice eso de que podemos besarnos, que en las bodas civiles no siempre lo dicen pero esta jueza es de las clásicas, de las que le ponen ceremonia hasta a la ITV.
Y aquí es donde estaba el plan, negro sobre blanco. Un beso corto. Pactado la noche antes en la cocina. Lo habíamos hablado con la libreta delante: pico rápido, sonrisa al público, y a firmar el acta. Dos profesionales cumpliendo una toma.
Darío se acerca. Me pone una mano en la mejilla, con esos dedos de grasa y de cuidado infinito, y me da el beso pactado.
Y el beso pactado dura lo que no tenía que durar. Ni de lejos.
No sé quién de los dos alarga el segundo de más.
Lo juro por mi hombro que no lo sé, y eso que soy buena calculando tiempos, que en mi oficio un segundo de más te mata.
Solo sé que un momento estábamos cumpliendo el guion, pico y fuera, y al siguiente el guion se ha ido a paseo por la ventana del juzgado, y hay una mano suya en mi cara y una mano mía agarrada a su camisa blanca que no recuerdo haber puesto ahí, y el juzgado entero, el barrio, mi madre, mi padre, Chus, la jueza con prisa, todos han desaparecido del plano, y solo queda ese beso que empezó siendo mentira y a mitad de camino se le olvidó por completo serlo.
Nos separamos. Los dos a la vez, otra vez, con el susto pintado en la cara.
El barrio aplaude a rabiar. Merche llora ya a moco tendido, sin disimulo.
Y Chus, en tercera fila, entorna los ojos y aprieta los labios, porque un beso así no lo da un matrimonio de conveniencia, y él lo sabe, y nosotros sabemos que él lo sabe, y aun así ha pasado delante de todos, sin que pudiéramos, o quisiéramos, cortarlo a tiempo.
—
La fiesta es en el Capri. Faltaría más. No íbamos a celebrar la boda del cine en otro sitio que no fuera el cine.
Merche ha convertido el ambigú en un bufé con mantel de tela.
Gadea ha traído un barril de su cerveza.
Bene ha traído el vino "del bueno, no el de diario, que hoy no es día de diario".
Y Nel ha proyectado en la pantalla grande una foto de Tino que ha rescatado del despacho, sonriendo, con la linterna de proyectar sujeta en la boca, presidiendo desde arriba su última función como el maestro de ceremonias que fue toda la vida.
Y Bene, cómo no, en cuanto se ha tomado dos vinos del bueno, saca una libreta cuadriculada y un boli del mandil y monta la porra del barrio en mitad del ambigú, subido a una silla.
— ¡Señoras y señores del Capri! — Se tambalea un poco pero se sostiene.
— ¡Apuestas! ¡La porra oficial! Dos preguntas, atención.
Una: esta boda, ¿de verdad o de mentira?
— Se ríe el barrio, medio escandalizado, medio encantado.
— Y dos: si es de verdad, ¿cuánto aguanta?
¡Un euro la apuesta, se paga el año que viene, en septiembre, aquí mismo!
La gente se lía a apostar entre risas y empujones.
Uno dice tres meses y que al cuarto se matan.
Otro apuesta a que se divorcian en Navidad, con las cenas familiares.
La vecina del segundo de Bene apuesta un euro a "de verdad y para toda la vida" y todo el ambigú la abuchea con muchísimo cariño.
Visi, cuando le llega el turno y Bene le tiende la libreta, no dice nada.
Deja el euro encima del papel, y al lado, en vez de escribir un número o un "sí" o un "no", dibuja despacio unos puntos suspensivos.
Tres puntitos. Y se va con su copa de vino sin explicar nada a nadie, dejando a Bene mirando los tres puntos con cara de no entender la apuesta.
Mi padre me pilla sola un momento, junto al ambigú, mientras Merche discute con Nel sobre la música. Aurelio da vueltas a su copa sin beber, con esa forma suya de estar en las fiestas pidiendo perdón por ocupar sitio.
— Yo ayudaba a Tino aquí de joven, ¿sabes? — dice, mirando la sala, no a mí. — Antes de conocer a tu madre. Ponía las letras en la marquesina, subido a la escalera. Se me daba bien deletrear al revés, desde arriba. — Sonríe a medias. — Nunca te lo conté. Hay muchas cosas que no te conté.
— No pasa nada, papá.
— Sí pasa. — Le tiembla un poco la copa.
— Pero hoy no toca. Hoy te has casado en el cine donde yo era feliz con dieciocho años.
Y me parece... me parece que las cosas vuelven al sitio, hija.
Aunque sea por un cine. Aunque sea de la manera más rara.
— Me da un beso torpe en la frente, de esos que no sabe dar.
— Ese chico agarra las cosas con miedo a que se le rompan.
Tú también. A ver si entre los dos aprendéis a agarrar sin miedo, que a tu madre y a mí se nos dio fatal.
Y se aparta antes de que yo pueda contestar, con la copa todavía llena, y se pone a aplaudir algo que no requería aplauso, que es lo que hace mi padre cuando ha dicho una verdad y no sabe qué hacer con las manos después. De tal palo.
Darío y yo tenemos que estar toda la tarde de matrimonio, sin descanso, sin corten.
Cogidos de la mano cuando alguien mira. Sonrientes cuando alguien se acerca.
Bailando la canción lenta que ha puesto mi madre —una de Xoel López, de esas que hablan del norte y de volver a los sitios, y que Darío conoce, porque le sale tararear el estribillo por lo bajo sin darse cuenta de que lo tararea—.
Recibiendo besos de señoras que no conozco de nada.
Diciendo "gracias, gracias, muy amables" a gente que nos desea una vida entera juntos con una convicción que me deja tocada.
Cuando llega la canción lenta, la del norte y el volver, Merche nos empuja al centro de la sala vacía de butacas, entre el ambigú y la pantalla, y no hay escapatoria: hay que bailar, que un recién casado que no baila con su mujer canta mucho.
Darío me pone una mano en la cintura con ese cuidado suyo de tocarlo todo con miedo a rayarlo, y yo le pongo la mano en el hombro, y empezamos a movernos con la torpeza de dos personas que saben caerse y proyectar películas pero no bailar.
— Piso mal — me avisa por lo bajo, muy serio, como quien confiesa un defecto grave.
— Yo caigo bien y bailo peor. Estamos empatados.
— Menos mal que nos casamos de mentira. Un matrimonio de verdad con estos pies no dura.
Me río contra su hombro, sin querer, y noto que huele a celuloide y a café, y que debajo de la camisa blanca el corazón le va más rápido de lo que le pega a un hombre tan callado.
Y no digo nada. Y él tampoco. Y seguimos pisándonos al ritmo de una canción que habla de volver a los sitios, en mitad de un cine, delante de todo un barrio que aplaude una historia que se creen ellos más que nosotros.
Y en un momento, entre el barullo y el vino, con una copa cada uno y la foto de Tino sonriéndonos desde la pantalla grande, nos quedamos los dos apartados un segundo, apoyados en la pared del fondo de la sala, viendo la fiesta desde fuera, como se ve una película.
— Se nos da bien — digo, sin pensarlo, con la copa en la mano.
— ¿El qué?
— Esto. Fingir. — Le doy un sorbo. — Nos lo hemos creído hasta nosotros ahí dentro, en el juzgado. En el beso. Yo me lo he creído un segundo. Y no me lo quería creer.
Darío mira la sala. Mira a su gente, a la gente de Tino, celebrando una mentira que parece la cosa más verdadera del mundo, brindando por un amor que no existe con un vino que sí. Y tarda en contestar, como tarda él siempre, calentando el arco despacio antes de dar luz.
— Ese es el problema, Jara — dice al fin, muy bajo, mirando la fiesta y no a mí. — Que se nos da demasiado bien.
Y le da un trago largo a su copa. Y yo le doy un trago a la mía. Y ninguno de los dos dice nada más, porque los dos hemos entendido exactamente lo mismo al mismo tiempo, otra vez, y ninguno de los dos tiene esta noche el valor de ponerle nombre a lo que hemos entendido.