Sesión doble Capítulo 7
23%

Capítulo 7

El piso de encima del cine tiene dos dormitorios.

Uno es decente: cama de matrimonio, un armario de tres cuerpos con luna, una ventana que da a la calle y a la torre de la Catedral si estiras el cuello y hace bueno.

El otro está lleno de bobinas hasta el techo.

Latas redondas apiladas en columnas, cajas de cartón con carteles enrollados, un proyector antiguo jubilado con una sábana por encima, y un maniquí sin cabeza vestido de acomodador que me da un susto de muerte cada vez que paso de noche camino del baño.

Ese cuarto no es un dormitorio. Es el pasado de Tino, apilado por orden más o menos alfabético.

O sea, que hay una cama. Una.

— Yo duermo en el sofá — digo el primer día, con la maleta en la mano, plantada en mitad del salón como un mueble más. — Tú en tu cama. Cada uno lo suyo, como acordamos en el contrato.

— El sofá tiene un muelle que te deja el riñón como un mapa de carreteras con todas las nacionales marcadas — dice Darío, dejando una caja mía en el suelo con cuidado. — Y tú vienes de operarte de un hombro. Duermes tú en la cama.

— No pienso echarte de tu cama, que es tuya.

— No pienso dejar que una convaleciente duerma en el potro de tortura de Tino. Ese sofá tiene cuarenta años y un carácter.

— No soy una convaleciente, soy una especialista de baja, que no es lo mismo.

— Es lo mismo pero con mejores abdominales.

Nos quedamos mirándonos, cada uno con su caja en las manos, en un duelo de cabezotas que Tino, si nos viera, estaría grabando para la próxima bobina con una sonrisa de oreja a oreja.

Al final gana la solución más tonta del universo: cama para mí las noches pares, cama para él las impares, y el que no tenga cama, al sofá con el muelle asesino.

Un calendario de cama, colgado en la nevera con un imán con forma de la Catedral que compró mi madre.

Ya somos oficialmente el matrimonio más raro de León y todavía no nos hemos casado.

Deshago media maleta. Media. La ropa de andar por casa la cuelgo; el resto se queda dentro, con el billete en el bolsillo lateral. Ni yo misma sé si es por costumbre o por aviso.

—

El baño es otro capítulo aparte, digno de secuencia cómica.

Es pequeño, con azulejos de un verde quirófano de los años setenta y una ducha con una cortina de plástico que se te pega al cuerpo en cuanto abres el grifo, con hambre atrasada.

Hay un solo espejo, con una mancha de óxido en una esquina, una sola toma de corriente para el secador y el cepillo, y dos personas que no saben compartir absolutamente nada, ninguna de las dos, porque una lleva diecinueve años sola en un piso y la otra lleva dieciséis años en hoteles.

La primera mañana coincidimos en la puerta a las ocho en punto. Él con el cepillo de dientes ya con pasta, yo con la toalla y cara de sueño.

— Pasa tú.

— No, pasa tú.

— Tú madrugas para lo de las máquinas, que las enciendes temprano.

— Tú tienes rehabilitación, que es más importante.

Y así podríamos estar hasta el Juicio Final, dos personas educadísimas muriéndose las dos de ganas de mear, si Fellini no decidiera colarse entre nuestras piernas y sentarse en mitad del baño a lamerse una pata con la parsimonia de un funcionario a punto de jubilarse.

Nos reímos los dos a la vez, sin querer, sin público, y ese es el problema de este hombre: que cuando se ríe tarda en arrancar pero luego se le queda la risa puesta, y a mí se me olvida por un segundo que esto es un contrato con fecha de caducidad.

— Pasa tú, anda — dice, y me cede el paso apartándose contra el marco. Y al pasar rozo su brazo, el de la quemadura vieja, y noto el calor de la piel un segundo de más de lo que dura un roce normal.

Un segundo. Lo apunto mentalmente en la lista de cosas que no voy a apuntar en el contrato. Esa lista, para ser una lista que no existe, empieza a tener bastantes entradas.

—

Las reglas del paripé las escribimos esa noche, en la mesa de la cocina, con una libreta de Nel que tiene un unicornio en la portada porque es lo único que había a mano y Nel es Nel.

Regla uno: delante del barrio, matrimonio. Cogeditos de la mano, alguna mirada, lo normal de un recién casado. Nada exagerado, nada de arrumacos de más, que Chus tiene ojo de lince endeudado y salta a la mínima.

Regla dos: en casa, cada uno lo suyo. Su cabina, mis cosas, el calendario de cama en la nevera, respeto absoluto por el territorio del otro.

Regla tres: ni una palabra a Visi de que es de mentira. Ni a Nel, que llora y se le escapa todo. Ni a Bene, que con dos vinos lo cuenta en la porra. Ni al gato, que ese cotillea con la mirada.

Regla cuatro, y esta la pongo yo, con letra grande: nada de líos. Somos dos profesionales cumpliendo una cláusula testamentaria. Ni tonterías, ni confusiones, ni malentendidos de película romántica de sobremesa.

Darío lee la cuatro, tuerce un poco la boca, coge el boli, y dibuja al lado una casillita de verificación. Y la deja sin marcar.

— ¿Por qué no la marcas? — pregunto.

— Por si acaso — dice, y no sé si es coña.

Con este hombre nunca sé si es coña o va en serio, porque tiene la costumbre de decir las cosas serias con la misma cara con la que diría que va a llover, y las bromas con la misma cara con la que uno da el pésame.

Hay que conocerlo. Y yo llevo tres días de un año conociéndolo.

—

Como esto es un papel, y yo de papeles sé, propongo ensayar. En un rodaje no sales a cámara sin ensayar el plano; no vamos a salir a la calle a hacer de matrimonio sin marcar la coreografía primero.

— ¿Ensayar el qué? — Darío me mira desde la banqueta, receloso.

— El personaje. A ver, cógeme de la mano. — Le tiendo la mano. Él me la coge como quien coge una herramienta que no sabe para qué sirve, tieso, formal. — No, así no. Pareces un vendedor de seguros. Relaja. Somos un matrimonio, no un apretón de negocios.

— Es que no sé cómo van cogidos de la mano los matrimonios.

— Nadie sabe. Pero disimulan. — Le entrelazo los dedos con los míos, que es distinto de agarrar. — Así. Y ahora tienes que mirarme de vez en cuando, como quien se acuerda de que la otra sigue ahí, no solo cuando te hablo.

— ¿Y tú? Tú miras los suelos, no a mí. Un matrimonio que entra en un sitio y mide las salidas canta más que yo.

Touché. El muy... tiene razón. Yo entro en cualquier sala calculando por dónde se escapa, es más fuerte que yo, lo llevo de fábrica.

— Vale. Trato. — Le aprieto la mano. — Yo miro menos las salidas. Tú miras más a la novia. Un ensayo al día hasta que salga natural.

Ensayamos. Cruzamos el salón cogidos de la mano tres veces, como dos idiotas, con Fellini mirándonos desde el respaldo del sofá con cara de estar viendo el peor cine de su vida.

A la tercera nos da la risa a los dos a la vez, y se nos suelta la mano, y nos damos cuenta de que la parte de cogerse la mano nos ha salido regular pero la de reírnos juntos nos sale sola, sin ensayo, a la primera toma.

Eso no lo apunto en la libreta del unicornio. Eso me lo callo, que ya me estoy callando muchas cosas.

—

Chus aparece el jueves sin avisar, con la excusa de "ver cómo os instaláis, primos, que os traigo un detallito", que en el idioma de Chus significa "vengo a pillaros en un renuncio para heredar y de paso a no traeros nada".

Sube al piso husmeando cada rincón con el disimulo de un elefante en una cacharrería.

Mira si hay dos cepillos de dientes en el vaso del baño —los hay, tuvimos la precaución, hasta de mojarlos—.

Mira si la cama está deshecha por los dos lados —la deshacemos por los dos lados cada mañana, somos idiotas pero no tanto—.

Busca fotos nuestras por las estanterías —no hay, no nos ha dado tiempo a fabricarnos un pasado en común de mentira, que eso lleva su Photoshop—.

Toca las cosas. Abre un armario y lo cierra.

Se asoma al cuarto de las bobinas, ve el maniquí de acomodador sin cabeza vestido de gala y da un respingo que casi le tira el marco.

— ¿Y aquí no dormís? — pregunta, señalando el cuarto de las bobinas, con retintín. — Qué raro. Recién casaditos y con un cuarto de invitados libre.

— Aún no estamos casados, Chus — digo. — Es la semana que viene. Y ahí no duerme nadie, que hay un maniquí que asusta.

— Ah, verdad, verdad, la boda. Qué ilusión.

— Sonríe, coge un marco de fotos vacío de la estantería, le da la vuelta buscando no sé qué, lo deja mal colocado a propósito.

— Es que, sabéis, tengo un amigo en el juzgado.

Y me ha comentado, así, entre nosotros, que estas bodas rápidas por herencia las miran con lupa ahora.

Que si huelen a conveniencia, se pueden anular.

Y adiós cine. — Nos mira a los dos, a uno y a otra, disfrutando del momento como quien chupa un caramelo.

— Pero vosotros no, claro. Vosotros os casáis por amor. Se os ve a la legua.

Y entonces Darío hace una cosa que no está escrita en la libreta del unicornio.

Se acerca a mí por detrás, sin prisa, me pasa un brazo por la cintura, apoya un momento la barbilla en mi hombro bueno —el bueno, se ha fijado en cuál es el bueno, me doy cuenta ahí— y dice, con una tranquilidad de proyeccionista que ha visto mil finales y no se asusta de ninguno:

— Por amor, Chus. Como en las películas de las que llenan la sala. — Y me da un beso en la sien, corto, cálido, que me deja el sitio caliente. — Si quieres te reservo la butaca de primera fila el día de la boda. Para que lo veas todo bien de cerca y te quede claro.

Chus se va sin más munición, mascullando algo de que ya volverá.

Y yo me quedo con la marca del beso ardiéndome en la sien y con el brazo de Darío retirándose despacio de mi cintura, dedo a dedo, y una regla número cuatro sin marcar que, de repente, tiene todo el sentido del mundo y me da un poco de vértigo, del mismo que me daba subir al tejado a los dieciséis.

— Buena improvisación — digo, con la voz un pelín rara, recolocándome una mecha que no se había movido.

— Soy proyeccionista, no actor — dice, girándose hacia la ventana, hacia la torre de la Catedral. — Ha sido suerte.

Suerte. Ya. Como lo del café con dos de azúcar. Este hombre tiene una suerte muy bien informada.

—

Esa noche cenamos juntos por primera vez, que hasta ahora habíamos comido cada uno a su hora, esquivándonos hasta en la cocina. Darío hace unas patatas con chorizo que huelen a domingo de la infancia de otro, porque la mía olía a comida de máquina y a padres callados.

— No sabía que cocinaras — digo, sentándome.

— Tino no. Yo, algo. Cuando vives solo mucho tiempo, o cocinas o te mueres de bocadillo.

— Me pone el plato delante sin preguntarme.

Y al lado, sin decir nada, un vaso de agua y el salero, que ya se ha fijado en que echo sal a todo antes de probarlo, cosa que a mi madre la saca de quicio desde que tengo uso de razón.

Comemos en silencio un rato, un silencio raro que no es incómodo, que es la primera cosa cómoda que compartimos. Fellini nos vigila desde la encimera, esperando a que caiga algo.

— ¿Y tú por qué no cocinas? — pregunta él, por decir algo.

— Porque nunca estoy. He vivido dieciséis años en hoteles y pisos de alquiler de rodaje.

Deshacer la maleta para llenar una despensa que vas a dejar en tres meses es de tontos.

— Me sale más seco de lo que quería, y me arrepiento a medias.

— Aprendí a no echar raíces en las cocinas. Es lo primero que se abandona.

Darío no dice nada. Pero me acerca la fuente para que repita, en silencio, que es su manera de decir algo. Y yo repito. Y me doy cuenta, con la boca llena de patata, de que llevo tres meses sin comer algo hecho por alguien que sepa mi nombre.

—

El sábado, después de la sesión de los críos, me quedo sola en la sala recogiendo envoltorios de gominola de debajo de las butacas, que los enanos dejan el patio hecho un campo de batalla de celofán y palos de chupachús.

Visi barre por el otro pasillo, sin prisa.

Es un momento tranquilo, de esos que en un rodaje no existen porque siempre hay alguien gritando algo, un rato entre toma y toma, cuando baja la luz de la sala y el sitio entero parece respirar hondo.

Me siento un momento en una butaca de la fila cuatro a descansar el hombro, que la escoba tira. Y entonces noto un peso en las piernas.

Fellini.

El gato naranja. El que según Visi solo se sube a la falda de los suyos, el que a Nel no le ha dado ni la hora en dos años enteros de devoción, el que juzga a todo el que entra por la puerta.

Salta a mi regazo sin pedir permiso ni firmar nada, da tres vueltas midiendo el terreno, se enrosca hecho una rosca perfecta, y se pone a ronronear como un motor de proyector calentando el arco antes de dar luz.

En mi falda. En mi falda de mentira, de casada de mentira, de sobrina que se va en septiembre con billete comprado.

Me quedo muy quieta, sin atreverme a moverme, con las manos en el aire y un gato encima que ha decidido, por su cuenta y riesgo y sin consultar a nadie, que yo soy de la familia. Que yo. La que se va.

Levanto la vista despacio.

Visi ha parado de barrer. Está apoyada en el palo de la escoba, mirándonos, al gato y a mí, con una ceja levantada y una sonrisa pequeña que no acaba de salirle del todo a la superficie. No dice nada. Visi nunca dice ni la mitad de lo que sabe, y sabe siempre más de la mitad.

Pero deja la escoba apoyada con cuidado en el respaldo de una butaca, se da media vuelta, y se va despacio hacia el ambigú, murmurando algo para sí misma que no llego a oír, algo que suena a "vaya, vaya" o a "ya empezamos", no lo sé.

Y a mí, con el gato ronroneando en la falda y la sala a media luz y el olor a terciopelo viejo por todas partes, se me cierra la garganta de una manera que desde luego no estaba en el contrato, y que no sé si es por Tino, o por el gato, o por la sien que todavía me arde de un beso que era mentira.