Sesión doble Darío
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Darío

Hay una cosa que Tino me enseñó el primer día, con dieciséis años recién cumplidos y una bolsa de deporte con todo lo que tenía dentro, que no era mucho: que un proyector calienta antes de dar luz.

Que no puedes encenderlo y esperar imagen de golpe.

El arco tiene que templar, coger temperatura despacio, y solo entonces, cuando ya está caliente por dentro, proyecta bien.

Si lo fuerzas antes, si tienes prisa, quemas la película.

Se te funde el fotograma justo en la cara del protagonista.

Yo funciono igual. Tardo. La gente lo confunde con frialdad, con sequedad, con antipatía. No es nada de eso. Es que caliento despacio. Siempre he calentado despacio, desde crío. Y he aprendido a que no se me note, que es distinto de no sentirlo.

Son las siete de la mañana y estoy en la cabina, con Rita medio destripada encima de la mesa de luz y una pieza en la mano que ya no fabrica nadie en toda Europa, la busqué.

Y en vez de pensar en la pieza, que es para lo que he madrugado, pienso en que hoy hace exactamente diecinueve años que dormí por primera vez en el piso de encima de este cine.

—

Mi padre se fue cuando yo tenía ocho. No hay mucho que contar, la verdad, es una historia corta y sin trama.

Un día estaba y un día su lado del armario amaneció vacío, con las perchas colgando, y mi madre me dijo que había ido a trabajar fuera, que era mentira.

Luego mi madre también fue a trabajar fuera, y esa vez sí era verdad, se fue a limpiar casas a Alemania, pero tampoco volvió, o volvió tan de tarde en tarde que dejó de contar como volver.

Me crió mi abuela hasta que se murió una mañana de febrero mientras hacía las sopas.

Y a los dieciséis me recogió Tino, que no era nada mío, ni tío ni padrino ni pariente lejano, solo el hombre del cine al que yo iba a esconderme las tardes en que en mi casa no había nadie que encendiera la luz.

Me dio una cabina, dos máquinas y una frase que me sé de memoria: "Aquí las cosas no se mueven, chaval.

La pantalla está donde está. Las butacas están atornilladas al suelo desde el sesenta y uno.

Y yo, mientras viva, estoy donde estoy, en esta butaca".

Fue lo más parecido a una promesa que me hizo nadie en la vida.

Y la cumplió. Hasta el final la cumplió: se murió en la butaca, sin moverse, como había dicho.

Me enseñó a proyectar aquel mismo otoño.

A empalmar el celuloide con acetona y pulso de relojero.

A hacer el cambio de bobina justo en la marca, esos dos puntitos que salen arriba a la derecha de la pantalla y que solo ve quien sabe mirarlos, para que el espectador no note el corte y la película siga entera, sin saltos, sin enterarse de que en la cabina dos manos han hecho un relevo a oscuras.

"El buen proyeccionista es el que no se nota, chaval", me decía Tino.

"Estás, sostienes, y que nadie sepa el trabajo que cuesta que no se caiga la imagen. "

Yo creía, con dieciséis años y las manos oliendo a acetona, que me estaba enseñando un oficio. Tardé en entender que me estaba enseñando a mí. A quedarme en la cabina sosteniendo la luz para que otros vean, sin salir nunca al escenario. Se me dio bien. Demasiado bien.

Por eso me quedé. Por eso llevo diecinueve años sin moverme de cuatro calles del casco viejo de León.

La gente que quiero se va o se muere; lo tengo comprobado, es un patrón, sale siempre.

Así que hice lo lógico: me anclé a lo único que no podía irse ni morirse.

Un edificio de baldosa color crema. Dos máquinas de hierro con nombre de estrella de cine.

Un gato que no se sube a cualquiera. La butaca de Tino, la doce de la fila F, en la que no me he sentado nunca, ni cuando él vivía ni ahora, porque esa butaca es suya y sentarme en ella sería admitir que ya no va a volver a sentarse, y hay cosas que uno no admite aunque las sepa.

Y funcionaba. El sistema funcionaba. Anclado, quieto, sin pedir nada, sin esperar nada. Veinte años funcionando.

Hasta hace tres semanas.

—

El verano en que ella tenía dieciséis, yo también los tenía.

Vino a pasar unos meses con Tino, que era su tío abuelo de verdad, no de mentira como lo era mío.

Llegó con una mochila, un moño tirante y una manera de subirse a los sitios que me daba vértigo a mí, que estaba abajo mirándola.

Se subía al tejado del cine a ver las estrellas sobre la meseta.

Se descolgaba por la escalera de incendios por deporte, por gusto, por el puro placer de bajar por donde no se baja.

Medía los suelos al entrar en la cabina, ya entonces, calculando por dónde escapar de un cuarto del que nadie la echaba.

Me pasé el verano coladísimo por Jara y disimulando fatal, que es lo que hace uno a los dieciséis: disimular fatal y creerse un maestro del disimulo.

La última noche, en el tejado, con la Catedral iluminada al fondo y toda la meseta a oscuras alrededor, estuvimos a punto.

Se acercó ella, o me acerqué yo, eso no lo he tenido claro en dieciséis años y ya no lo tendré, y hubo ese momento en que dos caras se buscan y el aire se pone del grosor del celuloide, denso, a punto de arder.

Y entonces Jara se echó atrás. Dijo algo de que se hacía tarde.

Bajó por la escalera de incendios, por donde bajaba siempre.

A la mañana siguiente ya no estaba. Se había ido a Madrid en el primer autobús, el de las siete. Sin despedirse. Sin una nota debajo de la puerta. Tino me dijo que le había surgido, que su madre la necesitaba, que ya volvería en Navidad. No volvió en Navidad. No volvió en dieciséis años.

Fue la primera. El primer abandono con nombre, apellidos y hora de salida.

Antes de Jara, los que se iban se iban sin que yo les hubiera pedido nada, sin que yo hubiera puesto nada encima de la mesa.

Ella fue la primera a la que estuve a punto de pedirle algo, allí en el tejado.

Y aprendí la lección esa misma mañana, mirando la calle vacía: si pides, te quedas con la mano tendida y el autobús ya en marcha.

Por eso no lo volví a hacer con nadie. Nunca más le he pedido a nadie que se quede. Ni una vez en dieciséis años.

No se lo he contado. Jara cree que lo he olvidado, todo aquello, el tejado, el casi-beso, el autobús de las siete.

Lo he visto en su cara estos días, en el tanatorio, en la cabina: cree que para mí aquel verano fue una tontería de críos que se me borró con los años.

Que la miro raro por el tiempo que ha pasado, no por la nota que no escribió.

Que lo crea. Es más cómodo para los dos. A lo que se va, mejor no recordárselo.

—

Ahora ha vuelto. Y esta vez trae algo que no traía a los dieciséis: una fecha exacta.

Un año. Lo dijo el notario con su vozecita de reloj.

Lo dijo Tino desde la pantalla. Lo dice la propia Jara cada vez que puede meterlo en una frase, para que quede bien claro y nadie se confunda: "en septiembre, cada mochuelo a su olivo".

Tiene hasta el billete comprado, seguro.

Es de las que compran el billete de vuelta antes de deshacer la maleta, de las que duermen con un pie fuera de la cama por si acaso.

Y yo he dicho que sí a casarme con la única persona del mundo que ya me demostró, con dieciséis años y un autobús de las siete, que sabe irse sin avisar y sin mirar atrás.

Muy listo, Darío. Aplausos. Muy listo.

Me lo he montado bien en la cabeza, eso sí, que para eso soy ordenado.

Es un trato. Un contrato de un año, con cláusulas, con fecha de caducidad impresa como el yogur.

Cumplo por Tino, que se lo debo, que le debo todo lo que soy y hasta lo que como.

Salvo el cine de las garras de Chus, que quiere convertir en pisos el único sitio del mundo donde a mí no se me ha movido el suelo debajo de los pies.

Y no me encariño. Es fácil no encariñarse de algo que sabes con día y hora que se te acaba.

Lo difícil es lo otro, y lo otro no lo voy a hacer.

Caliento despacio, ya lo he dicho. Tengo margen. Tengo un año entero para no encender del todo el arco antes de que Jara se suba al autobús. Doce meses de templar sin llegar a arder. Puedo hacerlo.

Eso me digo, a las siete de la mañana, con una pieza en la mano que ya no fabrica nadie.

—

El problema es que Jara ya ha empezado a moverlo todo, y a mí eso, que debería fastidiarme, me tiene mirándola más de la cuenta.

Lleva tres días bajando al cine con una libreta y esa manera suya de entrar en una sala midiéndola, calculando por dónde se escapa y por dónde se mejora, todo a la vez.

Ha ordenado el ambigú. Ha propuesto no sé cuántas cosas.

Yo le digo que no a casi todas, por costumbre, porque lo mío es que las cosas se queden donde están, que para eso me quedo yo con ellas.

Y ella me discute, y se le enciende la cara cuando discute, y yo le llevo la contraria un rato más de lo necesario solo por verla discutir.

Desde la cabina, por el ventanuco, la veo cruzar el patio de butacas con Fellini persiguiéndola.

El gato, que no sigue a nadie, la sigue a ella.

Se le sube a la falda cuando se sienta. Y Visi, que lo ve todo, no dice nada, pero últimamente deja dos cafés en el ambigú en vez de uno, y a mí eso me da mala espina, aunque no sabría decir de qué.

Yo bajo la vista a Rita antes de que Visi me pille a mí mirando por el ventanuco.

Porque una cosa es que el gato se equivoque de familia, y otra que me equivoque yo.

El gato no compró billete de vuelta. Yo he leído la cláusula.

Sé cómo acaba la película porque yo mismo la voy a rebobinar en septiembre y a guardar en su lata.

Me lo repito. No cuela del todo, pero me lo repito.

—

Baja a la cabina a las ocho, con el pelo suelto por una vez, no en el moño de guerra, y me cambia la cara sin pedirme permiso, porque suelto se le ve otra, más de andar por casa, menos de salir corriendo, más la de dieciséis y menos la de los créditos.

Trae unos papeles del juzgado, el formulario de los testigos, y una lista que ha hecho su madre que es más larga que los créditos de una de esas películas de superhéroes que ahora duran tres horas.

— Mira lo que ha traído Merche — dice, dejándose caer en la banqueta de Tino sin saber que es la banqueta de Tino.

— Quiere arroz. Quiere que la gente nos tire arroz.

En un juzgado. Le he dicho que en el juzgado no se puede tirar arroz y me ha mirado con la cara de quien acaba de enterarse de que no existe la Navidad.

Y yo, mientras la escucho quejarse de su madre con esa gracia que tiene para quejarse, hago una cosa con las manos que no he decidido hacer. Que las manos deciden solas.

Cojo la cafetera italiana que tengo en el hornillo de la cabina.

Pongo café. La enciendo. Saco dos tazas de la estantería.

Y en una de ellas, sin pensarlo, con el piloto automático de un cuerpo que se acuerda de cosas que la cabeza querría tener olvidadas, echo dos cucharadas de azúcar.

Dos. Ni una ni tres. Dos exactas, rasas.

Se la pongo delante, en la mesa de luz, apartando el celuloide.

Jara la coge, bebe, y se para a mitad de sorbo. Me mira por encima del borde de la taza, con los ojos color miel entornados.

— ¿Cómo sabías que lo tomo con dos de azúcar?

Y ahí está. La trampa. El fotograma que delata el truco.

Porque no lo sé de ahora, no lo he oído estos días.

Lo sé de hace dieciséis años, de un verano en esta misma cabina, cuando le hacía el café a escondidas de Tino y ella me decía "dos, que soy muy golosa", y se reía, y yo me habría tirado del tejado de cabeza por esa risa.

Me acuerdo entero. El cuerpo se acuerda. Los dedos se acuerdan de la cantidad, de dónde estaba el azucarero, de todo.

— Lo habré oído a Visi — miento, y me subo las gafas, y me giro hacia Rita, que está destripada encima de la mesa y no me juzga, que para eso es de hierro.

Jara se queda callada un momento, con la taza entre las dos manos, calentándose los dedos. No insiste. Bebe. Vuelve a lo del arroz de su madre y a que dónde encontramos dos testigos que no sean Bene borracho.

Pero yo me he oído la mentira salir de la boca y me he odiado un poco. No por mentir, que la mentira era piadosa y pequeña. Por acordarme. Por que las manos se acuerden de la cantidad exacta de azúcar de una mujer que tiene el billete de vuelta comprado antes de casarse conmigo.

Un proyector calienta antes de dar luz. Y yo noto, con la taza de ella humeando en la mesa y su risa todavía dándome vueltas por dentro, que el arco se me ha puesto caliente sin pedirme permiso, diecinueve años después, a las ocho de la mañana.

Faltan cinco días para la boda. Y ya he empezado, sin querer y a traición, a hacer lo único que me había jurado no hacer.